El membrillo del jurado Capítulo 7
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Capítulo 7

Purificación Garrovillas tiene un cuaderno de hule negro debajo del mostrador del estanco y lleva llenándolo desde que murió Franco.

No apunta cotilleos. Eso hay que dejarlo claro, porque la gente de fuera se piensa que Puri es una cotilla, y las cotillas hablan.

Puri apunta. Apunta lo que le fían, lo que le deben, quién ha comprado el sello para qué carta, qué día vino la del butano, qué día se llevaron el andamio de la casa de enfrente y a qué hora abrió el banco el jueves. Y no dice nada.

Y luego, un día cualquiera, sin que nadie le pregunte, mientras te cobra un paquete de tabaco que ni siquiera es para ti, suelta un dato. Y con ese dato te reordena el mundo.

El estanco está en la Plaza, en los soportales, tres puertas más allá de donde estaba la caseta del jurado, y Puri lleva sesenta y ocho años viendo entrar y salir a todo el pueblo por debajo de esos arcos.

———

A las cinco de la tarde del sábado, Marga Cañamero se subió a la escalinata con un micrófono y dijo que la Feria seguía. Yo estaba abajo; estábamos todos. Y lo dijo con la voz rota, y no era teatro, porque a Marga la conozco desde que era una cría con dos coletas y sé cuándo actúa.

— Sé lo que estáis pensando — dijo —. Y tenéis razón. Yo también lo pienso.

Y luego lo explicó, y a mí, que llevo veinte años llevándole la contraria a esta familia entera, aquella tarde no me salió nada que decirle.

Que hay cuarenta y dos expositores. Que veintiocho han venido de fuera y han pagado furgoneta, hotel y género.

Que hay siete chavales contratados por el Ayuntamiento hasta el domingo.

Que hay diecisiete mil personas anunciadas, con sus autobuses pagados, y que a esa gente no la para nadie ya.

Que si cerramos hoy, la que se hunde no es la familia Corbacho: se hunde el que ha traído tres mil euros de queso en una furgoneta desde Asturias y no lo puede devolver.

— Y si alguien me dice que le falto al respeto a Nino, yo lo entiendo — dijo —. Pero Nino vivía de esto. Nino venía por esto. Y a mí, con la mano en el corazón, me parece que le faltaríamos más al respeto vendiendo la Feria del año que viene desde un pueblo hundido.

Se suspendió la música y se suspendieron los pasacalles, se quitaron las banderolas, se puso un crespón en el balcón del Ayuntamiento y otro en la caseta de la asociación, y se aplazó la entrega de premios, que era el domingo, porque sin jurado no hay premios y el jurado era él.

Y la Feria siguió, a medio gas y en voz baja, que es una cosa muy rara de ver: una feria hablando bajo.

Se vendió, ¿eh? Se vendió muchísimo. Eso también hay que decirlo, aunque quede feo. La gente venía a comprar y a preguntar, y compraba y preguntaba, y a las ocho de la tarde yo no tenía torta ni para mi madre.

Y el que venga a decirme que qué poca vergüenza, que se compre un billete y se venga a vivir aquí un año. Yo pesé, corté, envolví y cobré nueve horas seguidas con la cara puesta, porque tenía cuatrocientos kilos en la furgoneta y esos kilos no entienden de duelos.

———

Las teorías empezaron a las once de la mañana y a las siete de la tarde ya no cabían en la Plaza.

Yo las oí todas desde el mostrador, que es el mejor sitio del mundo para oír a un pueblo.

En un mostrador la gente habla mientras espera, y mientras habla tú pesas, cortas, envuelves y cobras, y no te miran a la cara, y eso lo cambia todo: en una conversación normal la gente te mira; en un mostrador la gente mira el queso.

— Un cable pelado.

— Es que aquello es una chapuza, Herminia, tú lo sabes.

— Es que el año pasado, en la romería...

— Es que aquí montan el ferial cuatro amigos y a correr.

— Es que ese chaval no tiene ni el papel.

— ¿Qué chaval?

— El Pinilla.

Y ahí ya estaba: a las siete de la tarde del sábado, en Trujillo, sin que la Guardia Civil hubiera dicho ni media palabra, el pueblo ya tenía culpable.

Yo dije lo que había que decir, que era "anda, anda, no digas tonterías", y me miraron con esa cara de "ya, ya" y siguieron. Y a Yaiza, que estaba envolviendo, se le quedaron las manos paradas encima del papel un segundo largo, y luego siguió envolviendo.

Hay que entender una cosa, y me cuesta decirla porque es de los míos de quien hablo.

Un pueblo no señala a nadie por maldad. Un pueblo señala porque necesita dormir.

Ha pasado una cosa espantosa en la Plaza de tu casa, en tu fiesta, en el sitio donde tú llevabas a los críos a comprar globos, y eso, si no tiene explicación, se queda ahí flotando y no se va.

Así que le buscas dueño. Y el dueño es siempre el que menos apoyos tiene.

Álvaro Pinilla tiene treinta y tres años, no tiene padre desde los dieciséis, no tiene apellido de los que aquí pesan y ya venía tocado de lo de la romería. En cuatro horas fue suyo.

Yo no dije nada más aquella tarde, y no lo cuento para disculparme, porque yo también quería dormir.

———

A las ocho y media fui al estanco a por tabaco para mi madre, que fuma tres cigarros al día desde 1962 y que no piensa dejarlo ahora, dice, que ya sería tonta.

Estaba el estanco vacío. Puri me cobró sin decir nada, apuntó algo en el cuaderno de hule con esa letra suya de contable de otro siglo y cerró el cuaderno con la goma.

— Tres cosas — dijo.

Yo esperé, que a Puri se la espera.

— Una. El de la limpieza. Tomás. Que dice que la puerta del mostrador estaba abierta y el candado en el suelo. No forzado. Abierto y en el suelo.

— Lo abriría él.

— Eso digo yo. — Ordenó los mecheros de la caja de al lado, que estaban perfectamente ordenados —. Dos. La abogada. Se ha ido esta mañana a las once y ha vuelto a las cuatro. Se ha ido con la maleta y ha vuelto con la maleta.

— ¿Y eso qué quiere decir?

— Que quiso irse y no la dejaron. — Se encogió de hombros —. O que se lo pensó.

Puri no adorna: te da la piedra y tú ya verás qué haces con ella.

Se quedó callada y miró hacia fuera, hacia los soportales, donde había un corrillo de seis o siete parados delante de la caseta con la cinta puesta.

— Y tres — dijo.

— Y tres.

— Que la casa de Genaro es de los Corbacho.

Yo me quedé con el paquete de tabaco en la mano.

— ¿Cuál, la de las Cambroneras?

— Ésa. La casa entera, con el taller abajo. — Se pasó la lengua por el labio, contando —. Renta antigua. Del cincuenta y ocho, que la firmó el padre de Genaro con don Nicolás Corbacho, el abuelo. Genaro nació allí. Y allí sigue, con la Emérita.

— ¿Y cuánto paga?

— Poco. — Puri hizo una pausa exacta —. Muy poco. Lo que se pagaba entonces, con lo que le han ido subiendo, que es nada.

— Bueno, eso está protegido, ¿no? Esos contratos...

— Eso está protegido mientras el que vive dentro viva — dijo Puri —. Y mientras al dueño le dé igual.

Cerró el cajón.

— Y ahora a ver.

Ya está, eso fue todo. Puri no dijo "fíjate qué casualidad", ni "y mira por dónde", ni ninguna de esas cosas que decimos los demás para que se note que hemos dicho algo importante. Dijo "y ahora a ver", cobró y se puso a colocar unas postales.

Y yo salí a los soportales con el tabaco de mi madre en la mano y no pensé absolutamente nada. Porque Nino Corbacho estaba muerto, y un hombre muerto no le quita la casa a nadie, y lo único que Puri me estaba diciendo, o eso creí yo entonces, era que Genaro ahora se quedaba tranquilo.

Y en eso, ya ven, yo tenía toda la razón del mundo.

———

El cabo Quiles apareció en mi puesto a las nueve menos cuarto, cuando ya estaba recogiendo, sin gorra, con el cuello desabrochado y con esa cara de haber estado catorce horas de pie.

— Doña Herminia.

— No me llames doña, Damián, que te he visto en pañales.

— Es que no me ha visto usted en pañales, que yo soy de Zafra.

— Bueno, pues igual me da. ¿Qué quieres?

— Queso — dijo.

Y no era mentira: este chico entra a comprar queso de verdad y luego se queda media hora, que es un sistema que a él le funciona muy bien y que en el cuartel le deben de reír. Le corté un cuarto de la buena y le puse un trozo aparte, para él, de la que no vendo.

— ¿Cómo ha ido el día?

— Uf.

— ¿Y el chaval? Porque aquí ya lo tienen sentenciado.

— Ya. Ya lo sé. — Se metió el trozo en la boca entero, que es como se come el queso cuando uno lleva catorce horas —.

Herminia, esto es lo que es. La instalación es una pena.

Se lo digo yo, que he estado ahí toda la tarde con el perito.

Aquello lo ha montado un chaval a toda prisa por cuatro duros, con material de segunda, y el Ayuntamiento firma que lo ha visto un ingeniero que yo no sé quién es.

— Ya.

— Es una desgracia. Una desgracia con un culpable de los que no van a la cárcel, que es el peor.

Aquí no ha querido matar nadie a nadie. Aquí lo que ha pasado es que a un señor le ha dado la corriente en un charco a las siete de la mañana porque este pueblo lleva veinte años montando la luz de la Feria a lo que salga.

Envolvió su cuarto y sacó el monedero, y entonces, mientras contaba las monedas encima del mostrador, sin darle importancia ninguna, dijo:

— Lo único raro es el diferencial.

Yo tenía la mano en la báscula y ahí se me quedó.

— ¿Qué diferencial?

— El de la caseta. — Contó dos monedas más —. Que no saltó.

— ¿Cómo que no saltó?

— Que no saltó, Herminia. Estaba puesto.

Cuando entramos nosotros a las ocho, la luz de la caseta estaba dada.

El motor de la cámara funcionando y todo.

Con el suelo hecho una piscina. — Empujó las monedas hacia mí —.

El perito dice que pasa, que esos aparatos viejos a veces no saltan, que dependen de por dónde se vaya la corriente y de la humedad y de no sé qué. Que hubo mala suerte.

Cogió su paquete.

— Mala suerte. Eso ha dicho.

Se fue por los soportales con su cuarto de torta debajo del brazo, saludando a la gente, y yo me quedé sola con la báscula puesta y las monedas encima del mostrador sin recoger.

Mala suerte.

Yo, ese mismo jueves, había fregado mi obrador con manguera y el diferencial me había saltado, como me salta cada día desde hace dieciséis años, como me saltó el lunes delante de Yaiza, como me salta en cuanto cae una gota donde no debe.

Un charco de dos centímetros, un armario de metal y un hombre agarrado a él, y el diferencial de esa caseta tan tranquilo.

Se me quedó dentro como se te queda una china en la bota: al principio andas igual, y luego, a los cien metros, ya no puedes pensar en otra cosa.