Capítulo 6
El sábado de Feria yo madrugo más que Nino Corbacho, aunque él no lo supiera nunca.
A las cinco y media estoy en el obrador sacando el género del día.
A las seis y cuarto cargo. A las siete menos diez salgo de los Berrocales con la furgoneta llena y las manos oliendo a suero, y a las siete y veinte estoy aparcando en la cuesta de abajo, que es donde nos dejan a los del puesto meter el coche hasta las nueve.
Hacía fresco. En Trujillo, a primeros de mayo, las noches todavía se portan: cae el sol y refresca, y a las siete de la mañana andas con la rebeca puesta sabiendo que a la una te vas a estar muriendo.
Estaba el cielo de ese azul que no es azul todavía.
Los faroles apagándose. Y arriba, en Santa María, las cigüeñas ya con la matraca, que ésas no libran.
Subí con la primera caja a las siete y veinticinco.
La Plaza estaba vacía. Vacía de verdad: dos barrenderos al fondo, un hombre bajando la persiana de una caseta que se había quedado echada, y el olor a lo de anoche, que en las ferias es un olor triste y honrado, a vino derramado y a cartón mojado.
Y a las siete y media el hombre de la limpieza gritó.
———
Se llama Tomás, lleva veintitantos años en la brigada, tiene sesenta y pico y esa mañana no gritó una palabra.
Gritó un sonido. Yo estaba a treinta metros y solté la caja encima del empedrado, y las cuñas de la caja se salieron y se fueron rodando, y yo eché a andar deprisa sin correr, porque a mi edad ya no se corre.
La caseta del jurado tenía el candado en el suelo y la puerta del mostrador abierta.
Tomás estaba fuera, en el escalón, sentado, con las dos manos abiertas delante, mirándoselas.
— Ahí — dijo —. Ahí dentro.
Yo asomé la cabeza. Solo la cabeza. Y de eso me alegro y me arrepiento a la vez, y no sé qué pesa más.
En la trastienda, que son tres metros por tres, estaba Nino Corbacho sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la cámara. Las piernas estiradas y un poco abiertas. La cabeza hacia delante, la barbilla en el pecho. La chaqueta buena a un lado, doblada encima de la silla.
Parecía un hombre que se ha sentado a descansar.
Eso es lo que parecía. Un hombre de sesenta y un años, en una feria, a las siete de la mañana, que ha llegado, ha abierto, se ha quitado la chaqueta, y se ha sentado un momento en el suelo porque estaba cansado.
El suelo estaba mojado. Todo. La tarima entera, brillante, con dos centímetros de agua en la parte de abajo, junto a la puerta, donde la caseta hace panza.
Y el grifo de la pared goteaba. Tac. Tac. Tac. Cada dos segundos, dentro de un cubo verde.
Eso es lo que recuerdo de aquella mañana con precisión de reloj: que las cigüeñas daban con el pico, que el grifo goteaba en el cubo, y que yo pensé, muy despacio y muy tonta: hay que cerrar ese grifo, que se pierde el agua.
———
La doctora Solís llegó en cuatro minutos, con la bata puesta encima del pijama, porque el centro de salud está aquí al lado y la habían llamado del móvil de Tomás.
Águeda Solís tiene cuarenta y cuatro años y una manera de trabajar que no la había visto yo hasta esa mañana. Entró, se agachó, hizo lo que tenía que hacer, tardó lo que tenía que tardar, y salió.
— ¿Está...? — dijo alguien.
— Sí.
Y cerró la puerta del mostrador con la espalda, y se quedó ahí de pie tapándola, y ya no dejó pasar a nadie más. Eso lo hizo ella. Nadie se lo mandó.
Para entonces la Plaza ya no estaba vacía. En un pueblo, la noticia va más rápido que el que la lleva. Éramos ya veinte, luego cuarenta, luego los que fueran, todos parados a diez metros, sin acercarse, en ese semicírculo que se hace solo y que nadie ha dibujado nunca en el suelo.
Marga llegó corriendo con el pelo mojado.
Cipri llegó con el mandil puesto. Fabiola llegó y se quedó al lado de Marga con las dos manos en la boca.
Y Ovidio Corbacho llegó a las ocho menos veinte en la furgoneta de las cabras, que la dejó atravesada en mitad de la Plaza con la puerta abierta, y a Ovidio la doctora sí lo dejó pasar, porque era su hermano, y estuvo dentro dos minutos y salió y se sentó en el bordillo y no habló con nadie en toda la mañana.
———
Y a las ocho menos cuarto llegó Genaro con dos caballetes.
Los trajo del remolque, uno en cada mano, andando deprisa, y los plantó delante de la caseta, a tres metros de la puerta, uno y otro, y encima les puso un tablón atravesado. Le costó medio minuto. Y luego se quedó al lado del tablón, de pie, con los brazos cruzados, mirando a la gente.
Y la gente no pasó.
No hizo falta cinta ni hizo falta guardia. Un tablón de pino sobre dos caballetes y un hombre de sesenta y un años quieto detrás, y ochenta vecinos se pararon en seco donde se tenían que parar.
Yo pensé, y lo pensé con una especie de alivio: menos mal que está Genaro.
Eso pensé, palabra. Menos mal que está Genaro. Que aquí siempre hay alguien que hace lo que hay que hacer sin que se lo pidan.
Y luego se fue a por una lona, porque empezaba a dar el sol en el toldo del mostrador y aquella puerta estaba abierta.
———
El cabo Quiles llegó de los primeros. Y luego, a las ocho y diez, un coche más, y de ahí bajó la teniente.
Isabel Mansilla es vallisoletana, tiene cuarenta y ocho años y en aquel momento yo no sabía nada de ella. Bajó del coche, se puso la gorra, miró la Plaza entera de izquierda a derecha una vez, y luego habló con la doctora tres minutos junto a la puerta, con las manos a la espalda.
Después habló Águeda para los que estábamos delante, porque somos un pueblo y porque la gente tenía derecho a que alguien dijera algo en voz alta.
— Ha sido la corriente — dijo —. La corriente hace que el corazón deje de latir como tiene que latir.
Se llama fibrilación. Ha sido en un instante y no se sufre apenas: la persona no puede soltarse y no puede pedir ayuda, pero pierde el conocimiento enseguida.
Tiene una marca en la palma de la mano derecha.
Eso es todo lo que puedo decir. Lo demás lo dirá quien tenga que decirlo.
— ¿Y cómo...? — dijo Cipri, y no acabó.
Y ahí habló el cabo Quiles, que es un chaval de treinta y seis años, simpático, de los que te hablan en el cuartel con el mismo tono con que te hablarían en la barra, y que aquella mañana estaba tan blanco como Tomás.
— Está el suelo lleno de agua, Cipri. Lleno. Y ese armario es de metal.
— La instalación — dijo alguien detrás.
Y eso ya no lo paró nadie.
La instalación. La instalación del ferial. Que si ya lo decía yo. Que si esto tenía que pasar. Que si las casetas de este pueblo son un cable colgando de otro cable desde el año de la nana. Que si el año pasado en la romería.
En cuatro minutos, en aquella Plaza, a las ocho y cuarto de la mañana del sábado dos de mayo, ya se había dicho todo lo que se iba a decir durante dos semanas.
Una desgracia. La instalación vieja. Un accidente.
Y a mí, que soy incapaz de dejar una cosa a medias y eso en el pueblo lo llaman ser una metomentodo, aquella palabra me entró y me salió sin tocar nada. Accidente. Claro. ¿Qué iba a ser?
Un hombre solo, a las siete de la mañana, en un charco, agarrando un armario de metal.
Yo llevo cuarenta años fregando obradores con manguera. Sé lo que es el agua y el metal. Me he llevado calambres que me han puesto el brazo tonto hasta el codo. Aquello, en aquel momento, era la cosa más normal del mundo.
Y encima había una historia entera esperando debajo, y el pueblo la cogió al vuelo, porque las historias que están esperando debajo se cogen solas.
Nino Corbacho murió en la Feria del Queso. En la Plaza de su pueblo. A las siete de la mañana, catando cuarenta y dos quesos que no le había pedido nadie que catara, en una caseta que abrió con su llave porque no se fiaba de nadie.
A las nueve y media ya se decía en tres bares.
— Se murió catando.
— Como tenía que ser.
— Ay, no digas eso, mujer.
— Si lo digo con cariño.
Eso es lo peor de un pueblo y también es lo mejor, y yo llevo cincuenta y seis años sin decidirme.
Aquí no se llora a la gente: se la cuenta.
En Trujillo, a un hombre lo entierras y a la semana ya es un cuento con final.
Y a Nino, que se había pasado la vida contándonos a nosotros en una revista, le hicimos lo mismo en dos horas y a la cara de su hermano.
Fabiola no. Fabiola estuvo toda la mañana al lado de Marga con las manos en la boca, sin decir palabra, y a las once subió al mesón y abrió, porque tenía sesenta cubiertos apuntados, y sirvió los sesenta.
———
Estuve allí hasta las nueve y media.
No hice nada útil. Eso es lo que se hace en un pueblo cuando pasa una cosa así: se está. Uno se queda de pie a diez metros durante dos horas, sin hablar, sin ayudar, sin irse. Y luego se va a su casa y le dice a su madre que ha estado allí. Y su madre asiente. Y con eso ya está pagado no sé qué.
Nos dijeron que nos apartáramos y nos apartamos. Nos dijeron que quitáramos los coches y los quitamos. La teniente Mansilla habló con Marga en la escalinata, cinco minutos, y Marga asentía y se pasaba la mano por la cara.
Y en algún momento, antes de que pusieran la cinta, yo pasé por delante de la puerta del mostrador, que estaba entornada. Yo iba a lo mío, iba a por mi caja, que se me había quedado tirada con las cuñas rodando por el empedrado.
Y miré dentro. Un segundo. Lo que se tarda en pasar por delante de una puerta.
En la trastienda hay una mesa plegable, de esas de camping, con las patas de aluminio. Ahí es donde el jurado pone las muestras cuando las saca de la cámara: hay un cuaderno, tres bolígrafos, una jarra, unos vasos de plástico y una bandeja.
Y encima de la mesa, en un papel de estraza abierto, había un membrillo.
Un membrillo casero. Un ladrillo cuadrado, de los de molde, con la cenefa marcada en el canto.
Empezado.
Le faltaban dos trozos. Dos, cortados de arriba abajo, de un tajo cada uno. Gruesos, de un dedo largo. Limpios, sin migas alrededor, sin ese desmigado que hace el cuchillo de sierra cuando el dulce está frío.
Yo me quedé quieta medio segundo. Solo medio.
Y luego seguí andando y cogí mi caja, y me fui a mi puesto, y me pasé el día vendiendo queso de mala manera y contestando cuarenta veces a la misma pregunta con la misma cara.
Pero se me quedó dentro una tontería, y no se la dije a nadie, porque era una tontería y porque delante de la caseta había un hombre muerto de sesenta y un años y una hermana llorando y a nadie le importa un dulce.
Nino Corbacho no habría probado ese membrillo por nada del mundo.
Lo dijo el miércoles, en la escalinata, con un taco entre dos dedos y ochenta personas mirando. Lo dijo delante de Fabiola, que se quedó con la bandeja en la mano sin saber qué contestar.
De catetos, había dicho.
Ese hombre no se comió ese membrillo.
Entonces, ¿quién?