Capítulo 5
El ruido de la Feria empieza antes que la Feria.
A las ocho de la mañana del uno de mayo, cuando yo llego con la furgoneta a la entrada de la Plaza, aquello es un estruendo de persianas de aluminio, carretillas contra el empedrado, un hombre gritando en gallego, otro contestándole en gallego, y la megafonía probando el micrófono con el "sí, sí, sí" de siempre, que es lo que dice todo el mundo en todos los pueblos de España cuando prueba un micrófono, y nunca he sabido por qué.
Descargamos Yaiza y yo: cuarenta cajas, dos cámaras portátiles, el mostrador, el toldo, la báscula y el cartel de mi padre, que es de madera y pesa doce kilos y no lo cambio.
A las diez se abre, y a las diez y cuarto ya no cabe un alma.
Yo no sé explicar lo que es esto. Vienen diecisiete mil personas a un pueblo de nueve mil.
Vienen en autobuses de Madrid, de Sevilla, de Salamanca.
Vienen a comprar queso y se van con cuatro kilos de queso, un jamón que no pensaban comprar y una insolación.
Hay puestos de Menorca, de Cantabria, de Zamora, de un valle de Asturias donde hacen uno azul que huele a los pies del demonio y está buenísimo, y de Canarias, que traen unos ahumados que a mi madre le parecen una modernidad y se los come igual.
Y en medio de todo, presidiendo, la estatua del caballo, y arriba las cigüeñas, y por debajo de las cigüeñas la piedra de quinientos años, y por debajo de la piedra nosotros, vendiendo.
Diez días al año, y todo lo demás es esperar a estos diez días. Por eso Marga tenía razón, y por eso a mí me dolía que la tuviera.
Yo vendo el treinta por ciento del año en esta Plaza.
El treinta. Y el resto lo vendo, en buena parte, a gente que me conoció aquí y que luego me llama por teléfono desde Getafe en noviembre para que le mande una torta por Correos.
Esta Feria no es una fiesta. Yo he oído a los de fuera decir que qué bonito, que qué tradición, y a mí me dan ganas de sentarlos en la trastienda con la báscula.
Esto es la nómina. Esto es el colegio de la niña de Yaiza cuando lo tenga y el tejado de la nave y la letra de la furgoneta.
Y encima, sí, es bonito. Ése es el lío que tenemos aquí con esto, y por eso lo de aquella semana fue tan gordo: porque cuando te tocan la Feria te tocan las dos cosas a la vez, y ya no sabes por cuál te estás enfadando.
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A las once y media Ovidio Corbacho discute con su hermano junto a los corrales, que están detrás, en la explanada, donde ponen las cabras y las ovejas para que las vean los niños de Madrid; y allí, entre balidos y paja y una valla portátil, estaban los dos hijos de la Ovidia el uno enfrente del otro.
Yo pasaba con una caja y no me paré, pero se oía.
— ...que tú te crees que esto es tuyo.
— Es que es mío, Ovidio. La mitad es mía. Mira los papeles.
— ¡Los papeles!
— Los papeles, sí. ¿Qué pasa con los papeles?
— Que los papeles los firmó una mujer que estaba en una cama sin saber ni cómo se llamaba, Nino. Y tú no estabas.
Silencio. Y luego Nino, con esa voz de plató que se le pone cuando quiere terminar una conversación:
— Yo mandaba dinero.
— Sí. Mandabas dinero.
Ovidio tiene cincuenta y siete años, es cabrero, tiene las manos como cepos y no habla nunca de esto con nadie. Se quedó aquí y le limpió la boca a su madre durante cuatro años, y yo lo sé porque yo iba a llevarles queso.
Cuando pasé de vuelta, veinte minutos después, Ovidio estaba solo, apoyado en la valla, mirando a las cabras. Ni me vio.
Y a mí aquello, en aquel momento, me pareció lo de siempre. Los hermanos Corbacho llevan discutiendo por esa finca desde que enterraron a su madre, y en este pueblo hay ocho o nueve familias en las mismas y algunas ya ni se hablan. Aquí las herencias duran más que los matrimonios.
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A la una de la tarde Fabiola sale de la cocina de Casa Zafrilla con las manos mojadas y me coge del brazo en mitad de la calle.
— Herminia. Ven acá. Ven acá, que te cuento.
— Fabiola, que tengo el puesto solo.
— Que vengas.
Y me mete en el zaguán del mesón, entre las cajas de vino, y baja la voz, que en Fabiola bajar la voz es hablar a un volumen normal.
— Se han peleado.
— ¿Quién?
— ¡La abogada y Nino! Aquí. En el reservado. Hace media hora. Han comido los dos ahí dentro y yo estaba en la cocina, que la cocina está pared con pared, y esa pared, hija, esa pared es de cartón desde la reforma.
— Fabiola...
— ¡Que le gritaba ella a él! ¿Eh? Ella. A él.
Que le decía... a ver, que le decía... "todavía estás a tiempo".
Eso. Tres veces. "Todavía estás a tiempo, Bernardino.
" Le llamaba Bernardino, ¿eh?, como en la revista, con esa cosa.
Y él se reía. Y ella dio un golpe en la mesa y dijo una cosa que no se entendió, y luego dijo "yo no me meto en esto", y luego se fue y no se tomó el café.
— ¿Y ya?
— ¿Cómo que y ya? ¡Que le gritó!
— Fabiola, mi madre me grita todos los días.
— Tu madre es tu madre. Ésos son socios. — Se secó las manos en el delantal, muy digna —. Anda, vete, vete a tu puesto, que luego me dirás.
Y me acordé de aquello, claro que me acordé. Pero el viernes de Feria, a la una y media, con doscientas personas delante del mostrador, tú no te acuerdas de nada más que de si te queda cambio de veinte.
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A Miriam la vi a las cuatro subiendo hacia el parador con una carpeta, y ya está, eso es todo lo que vi: una mujer de treinta y cinco años subiendo una cuesta con una carpeta debajo del brazo, a las cuatro de la tarde del viernes de Feria, con el pueblo entero abajo vendiendo y su puesto cerrado.
Yo pensé: qué raro, con el día que hace. Y me olvidé antes de llegar a la esquina.
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La caseta del jurado la abrieron a las seis, y lo que pasó allí lo vio media Plaza.
Es una caseta de las buenas, de las que monta Genaro con tablón de verdad y no con esos paneles de plástico que traen ahora.
Tiene un mostrador delante y detrás una trastienda de tres metros por tres, con una cámara refrigeradora portátil de las que se alquilan, que es un armario metálico con ruedas y un motor arriba que suena como una avispa.
Ahí dentro, bajo llave, están las muestras del concurso: cuarenta y dos quesos numerados sin nombre, para que el jurado no sepa de quién es cuál.
Nino llegó a las seis con dos del jurado, un señor de San Sebastián y una chica de una revista, y con Loreto detrás. Y estaba de buen humor. Nino, cuando estaba de buen humor, era peor.
— ¡Aquí! ¡Que esto lo montó éste! ¡Genaro! ¡GENARITO!
Genaro estaba a diez metros, apretando una tuerca de una valla. Vino, y se limpió la mano en el pantalón antes de dársela, que es una cosa que hace él y que a mí siempre me ha parecido de lo más fino que he visto hacer a nadie en este pueblo.
— Señores, este hombre lleva treinta años montando esta feria. Treinta. ¡Con un martillo y una escuadra! Un artista.
— Bueno — dijo Genaro.
— Un artista de verdad, ¿eh? Que aquí antes esto eran cuatro tablas.
— Cuatro tablas eran — dijo Genaro.
Y entonces Nino le puso la mano en el hombro, y con la mano puesta, mirando al del jurado y no a él, dijo:
— Y el año que viene ya no. El año que viene lo hace una empresa de Cáceres, de las que llevan los congresos. Con estructura de aluminio, con seguros, con todo en regla. Ya está bien de artesanía, ¿verdad, Genarito? Que esto se hace mayor.
Y le dio dos palmadas en la espalda, pam, pam. Yo estaba a cinco metros, con una caja de plástico apoyada en la cadera.
Genaro no dijo nada. Se quedó ahí, con la palmada puesta, y luego, muy despacio, asintió una vez.
— Muy bien — dijo. Y se volvió a la valla.
Y aquí es donde yo tengo que decir una cosa que me ha costado dinero en salud: alrededor había veinte personas y ninguna dijo nada. Ni yo. Ni Marga, que estaba. Ni el hombre de San Sebastián, que no era de aquí y no tenía por qué. Ninguna. Nos quedamos todos mirando la valla.
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A las once de la noche Nino cerró la caseta, y yo estaba enfrente, recogiendo el toldo con Yaiza, y lo vi hacer el número, porque era un número y llevaba doce años haciéndolo.
Sacó la llave del bolsillo y la levantó, y les habló a los del jurado, pero les habló para toda la Plaza, con el brazo estirado y la llave colgando.
— Ésta es la única. La única, señores. Aquí no entra nadie más.
— Bernardino, que hay servicio de limpieza — dijo la chica de la revista.
— El de la limpieza barre delante. Detrás no entra.
Las muestras no las toca nadie más que yo.
— Y cerró, y probó el candado tirando de él dos veces —.
Mañana a las siete estoy aquí. Solo. Como todos los años.
Yo cato los cuarenta y dos antes de que nadie meta la nariz, y luego ya venís vosotros a decirme que soy un tirano.
Se rieron.
— ¿A las siete? — dijo el de San Sebastián —. ¿Un sábado?
— A las siete. Llevo doce años catando a las siete de la mañana en esta plaza. A esa hora el paladar está limpio y el pueblo duerme. Es la mejor hora del año.
Y se guardó la llave en el bolsillo del pantalón y se dio una palmada encima del bolsillo, que era otra cosa que hacía.
Eso lo sabía todo el mundo. Aquello era lo contrario de un secreto: era una costumbre que llevaba doce años contando en voz alta a quien quisiera oírla, y en un pueblo como éste, doce años contando algo en voz alta es lo mismo que tatuárselo en la frente.
Nino Corbacho abría la caseta del jurado, solo, con su única llave, a las siete de la mañana del sábado, y no había en Trujillo ni una sola persona mayor de doce años que no lo supiera.
———
La última vez que lo vi vivo fue a las once y diez.
Iba de espaldas, cuesta arriba, hacia el parador, con la chaqueta al hombro, con el de San Sebastián al lado y hablándole con las manos, y en mitad de la subida se paró a saludar a alguien de un balcón.
Y el del balcón lo saludó. Claro que lo saludó. Era Nino.
Nosotras terminamos de recoger a las once y veinte. Yaiza se fue con la moto y yo me quedé echando el candado del puesto, que se me atasca siempre, y por eso, a las once y media, yo estaba sola y agachada en la esquina de mi caseta con la Plaza vacía.
Y por eso lo vi.
Genaro cruzó la Plaza de la Villa a los soportales, en diagonal, andando como anda él, sin prisa, pisando fuerte con el talón, y llevaba una cosa cuadrada debajo del brazo, envuelta en un papel claro.
Yo pensé, palabra, esto pensé: mira, Genaro, que va a llevarle la cena a su madre. Y seguí peleándome con el candado.