Capítulo 4
Marca nacional número cuatro millones doscientos doce mil novecientos treinta y tres.
Eso es lo que hay en la pantalla del móvil de Yaiza, encima del hule de la mesa de la cocina, el jueves a las diez y media de la mañana, entre la cafetera y la lista de la compra.
Titular: Dehesa Corbacho, S.L.
Denominación: LA TORTA DEL BERROCAL.
— Léelo otra vez — digo.
— Herminia, que lo he leído cuatro veces.
— Léelo otra vez, Yaiza.
Lo lee otra vez. Yo estoy de pie, con el gorro todavía puesto y las manos frías de la cuba, y no me siento, porque hay cosas que se oyen mejor de pie.
— Y aquí abajo pone quién lo ha llevado — dice ella —. El representante. Vadillo Ruano, Loreto. Con un teléfono de Madrid.
— La de la carpeta.
— La de la carpeta.
Mi madre está en su sillón, junto a la ventana, con la labor en las rodillas y el bastón colgado del brazo. No ha dicho nada en cinco minutos, que en ella es una eternidad geológica.
— A ver si me entero — dice al fin —. ¿Ese chico ha ido a Madrid y ha puesto en un papel que la torta del Berrocal es suya?
— No es exactamente eso, señora Basi — dice Yaiza —. Es que ha registrado el nombre. La marca. O sea, que el nombre ahora es de su empresa.
— ¿El nombre?
— El nombre.
— ¿Y el queso?
— El queso es de quien lo hace.
— Ah — dice mi madre —. Menos mal.
Y sigue con la labor. Y yo, que llevo cincuenta y seis años oyendo a esa mujer, sé perfectamente que no ha terminado, que está cociendo, y que lo que salga de ahí a lo largo del día va a ser para enmarcarlo.
———
Lo que significa ese papel me lo explica Yaiza en veinte minutos, buscando en el móvil, y me lo confirma después, por teléfono, un abogado de Cáceres que se llama igual que un primo mío y que cobra por minuto.
Significa que a partir de ahora, si yo pongo en mi etiqueta torta del Berrocal, Dehesa Corbacho, S.L.
me puede mandar una carta. Y si no la hago caso, me puede llevar a un juzgado.
Y aunque yo llevara razón, que es lo que dice el abogado que a lo mejor sí, tendría que pagarme un pleito de tres años para demostrar una cosa que en este pueblo sabe hasta el que barre.
— Pero ¡si lo lleva usando doscientos años! — dice Yaiza.
— Ya.
— ¡Si está en las etiquetas de su abuelo!
— Ya.
— ¡Si está escrito en la fachada de la Villa, Herminia, en el azulejo ese de la ruta del queso!
— Ya, hija.
Ése es el asunto. Que lo usábamos tanto que a nadie se le ocurrió que se pudiera coger. Es como si mañana viene uno y registra "buenos días". Nadie ha ido nunca al notario a decir que buenos días es de todos. Se dice y ya está.
Y ahora resulta que lo que es de todos, si nadie lo escribe, no es de nadie.
Y lo que no es de nadie se lo lleva el primero que traiga un abogado.
———
La junta de urgencia se convoca a las siete en el mesón otra vez, y ahora sí que el mesón se queda pequeño, porque no vienen catorce: vienen treinta y pico, y viene gente que no es de la asociación, y viene el chaval de Santa Marta con su padre, que tiene ochenta años y no baja al pueblo desde la Semana Santa.
Cipri grita.
Cipri grita desde el minuto uno y no para en cuarenta minutos. Que si canallas. Que si a mí me lo van a decir. Que si hace doce años ya lo intentó. Que si esto es un robo con papel timbrado y que en este país al que roba con corbata le dan un premio.
— ¡Doscientos años! — brama, con el puño en la mesa, y salta un vaso —. ¡Doscientos años haciendo esto mi familia y viene el hijo de la Ovidia a decirme cómo se llama lo que yo hago!
— Cipri, siéntate — le digo.
— ¡No me da la gana de sentarme!
— Siéntate, hombre, que te va a dar algo.
— ¡Que me dé!
Y no se sienta. Cipri no se sienta desde el lunes.
Fabiola va y viene con las tablas y no cobra nada, y se para en mitad del pasillo con la bandeja apoyada en la cadera para oír, y no la he visto en la vida tan callada.
Miriam Cerrillo está sentada en la esquina de siempre.
No abre la boca. Y en un momento, cuando el de La Cumbre dice aquello de "esto es lo que pasa cuando aquí se le ríen las gracias al de Madrid", ella mira la mesa, y sigue mirando la mesa, y el de La Cumbre no lo ha dicho por ella, o sí, ya no lo sé, y tampoco entonces le di importancia.
Marga, la alcaldesa, ha venido y se ha sentado en el fondo con una cara de circunstancias.
— Yo os pido una cosa — dice, y hay que reconocerle que lo dice a la cara —. Una. Que esto se hable la semana que viene.
— ¿Cómo que la semana que viene?
— Que abrimos la Feria mañana, Cipri. Mañana.
Que tenemos diecisiete mil personas anunciadas y cuarenta y dos expositores y tres televisiones.
Que esta Feria da de comer a este pueblo diez días al año y sin esos diez días la mitad de vosotros cerráis en noviembre.
Yo no digo que no tengáis razón. Digo que el sábado no es el día.
— ¿Y cuál es el día, Marga? — dice Cipri —. Porque el papel lo firmaron en febrero y aquí nadie se ha enterado hasta hoy.
Y ahí Marga no tiene respuesta, y se calla, y me cae mejor por callarse.
———
Genaro estuvo toda la junta en un rincón, en una silla baja de las que Fabiola pone en la barra, con la caja de herramientas a los pies porque venía de la Plaza y se volvía a la Plaza.
No dijo nada.
Yo lo miré dos veces. Estaba sentado con la espalda recta, las manos abiertas sobre las rodillas, quietas, y la cabeza un poco de lado, escuchando.
Ni asentía ni negaba. Cuando Cipri dio el puñetazo y saltó el vaso, Genaro alargó el brazo y lo cogió al vuelo antes de que se cayera, lo puso derecho, y volvió a poner la mano en la rodilla.
Es que él no es quesero. Ésa es la explicación que yo me di en aquel momento, si es que me di alguna. Es carpintero. Aquello no iba con él. Estaba allí porque su hermana ponía las mesas y porque en este pueblo Genaro está en todos los sitios donde hay que mover algo.
En un momento, cuando el de La Cumbre preguntó a voces que quién era esa gente de Madrid para venir aquí a ponerle nombre a lo nuestro, Fabiola contestó desde la barra, sin volverse:
— Es que no son de Madrid. Es el Nino.
Y se hizo un silencio de esos que se hacen cuando alguien dice en voz alta la cosa que todos estaban pensando en voz baja.
Yo miré al rincón. Genaro seguía igual. Las manos en las rodillas.
A las ocho menos cuarto se levantó, cogió la caja y se fue a montar.
———
Álvaro terminó el ferial ese jueves.
Lo sé porque a las nueve de la noche, cuando yo subía a por el coche, me lo encontré en la Plaza, con la Plaza ya vacía y las casetas de pie y el olor a serrín todavía. Estaba delante del cuadro de la caseta del jurado con la puertecilla abierta y el móvil en alto, haciendo fotos con el flash.
— ¿Terminas?
— Termino.
— ¿Y eso?
— Fotos — dijo, y me miró de reojo por si me reía.
No me reí. Le pregunté qué era aquello, porque yo de eso no sé, y el chaval, que estaba cansado y estaba solo y llevaba doce horas de rodillas, se puso a explicármelo con una ilusión que daba lástima.
Que esto es el general. Que esto es el diferencial, que es lo que salta.
Que esto de aquí es la tierra, este cable amarillo y verde, y que ese cable es el que te salva la vida, Herminia, ése y no otro, porque si un aparato se pone en contacto con su carcasa, la corriente se va por ahí abajo y no se va por ti.
— Como en mi cámara.
— Como en su cámara. Que salta cuando friega. Es que salta porque funciona. El día que friegue usted y no salte, me llama.
Cerró la puertecilla del cuadro. Le hizo una foto a la puertecilla cerrada. Y otra a la caseta entera desde tres metros, con el móvil en horizontal.
— ¿Y esa última para qué?
— Para saber qué día fue — dijo —. Que el móvil pone la fecha.
———
Bajando por la calle nos cruzamos con don Casimiro, que subía a la torre con el trípode al hombro y una bolsa de tela cruzada, a las nueve de la noche.
— Don Casimiro, ¿ahora?
— Ahora dejo el trasto arriba, Herminia, que subir a las seis de la mañana con esto a cuestas ya no. Ya no, hija, que tengo sesenta y nueve años y la escalera de Santa María la hicieron para gente más flaca.
— ¿Y qué va a hacer usted a las seis de la mañana?
Y ahí el hombre soltó el trípode y se le puso una cara de crío.
— ¿Que qué voy a hacer? Que están los pollos. En el nido de la torre norte hay tres. Tres, Herminia. Y a las seis y media, cuando raya, viene la madre y les da, y con la luz de ese cuarto de hora... — se besó la punta de los dedos, el hombre —. Mira, mira lo que me trajo mi hermano.
Sacó de la bolsa un tubo negro de un palmo largo, gordo como un brazo, y me lo puso en las manos, y pesaba lo que pesa un cordero.
— Cuatrocientos milímetros. ¿Eh? Cuatrocientos. Desde la torre te saco a la cigüeña de San Martín y le cuento las plumas.
— Menudo trasto.
— Menudo trasto, dice. Esto es lo mejor que ha entrado en esta casa desde el aire acondicionado.
Y se fue escaleras arriba, resoplando, con su tubo y su trípode, a las nueve de la noche de un jueves, para estar puesto a las seis y media de la mañana con la luz que a él le gusta.
———
En casa, a las diez y media, mi madre seguía en el sillón, y yo empecé a contarle lo de la junta y no me dejó llegar al final.
Dejó la labor. Cogió el bastón, y en vez de apoyarse en él lo puso encima de la mesa camilla, cruzado, delante de mí, que es lo que hace ella cuando va a decir algo y quiere que se sepa que lo está diciendo.
— Herminia. Que me da igual el papel.
— Madre, es que el papel es lo que...
— Que me da igual, hija. Escúchame, que soy vieja y no lo voy a repetir.
Se calló dos segundos. Fuera se oían las cigüeñas.
— Un nombre no es de quien lo escribe. Un nombre es de quien lo dice.
Yo llevo ochenta y tres años diciendo torta del Berrocal todos los días de mi vida, y mi madre lo dijo antes, y tu bisabuela lo decía cuando aquí no sabía escribir ni el cura.
¿Y viene uno con una carpeta y ya no es mío?
— Cogió la labor otra vez —. Anda, hija.
Que lo escriba donde quiera. Que a ver cómo hace para que dejemos de decirlo.