Capítulo 3
Lo que la abogada preguntó en la junta del lunes fue esto, y lo apunto porque luego costó recordarlo con calma:
Quién usa el nombre de torta del Berrocal. Desde cuándo. Cuántos kilos al año. Si hay algún papel. Si alguien, alguna vez, en doscientos años, se molestó en escribirlo en algún sitio.
Estuvo veinte minutos. No levantó la voz, no dijo una palabra fea y no aceptó el vino que Fabiola le puso delante sin preguntar. Se llamaba Loreto Vadillo, dejó una tarjeta encima de la mesa y se fue calle abajo con los zapatos aquellos. Y catorce queseros se quedaron mirando la puerta.
— Pues muy simpática — dijo el de Santa Marta.
— Muy simpática — dijo Cipri.
Nadie entendió nada. Yo tampoco, y eso que me quedé con la tarjeta y me la metí en el bolsillo del delantal, donde estuvo tres días con el papel de un caramelo y un tique de la gasolinera.
———
El miércoles Nino Corbacho llega a las doce y diez en un coche gris que aparca donde no se puede aparcar, y no pasa nada, porque es Nino.
Yo estoy en los soportales, en la puerta del puesto que estamos montando, con una caja de moldes en las manos, y desde ahí lo veo bajarse.
Sesenta y un años. La camisa por fuera, del color del hueso, esa cosa de tela buena que se arruga a propósito.
Gafas de sol en la cabeza. Y esa manera de salir de un coche que tiene la gente que sale mucho de los coches: sin mirar dónde pone el pie, seguro de que el suelo va a estar donde tiene que estar.
La Plaza Mayor de Trujillo a las doce de la mañana de un miércoles de finales de abril, con el sol dando en la piedra y las casetas a medio vestir, es de las cosas más bonitas que hay.
Yo lo digo sin presumir. Hay una escalinata, hay soportales torcidos que llevan quinientos años torcidos, hay balcones con las macetas fuera, y arriba, en Santa María y en San Martín y en el castillo, las cigüeñas dándole al pico como una máquina de escribir vieja.
Cuando yo era chica había siete nidos. Ahora hay que contarlos por torres, porque por nidos no acabas.
En esa Plaza se plantó Nino Corbacho, y la Plaza se le puso alrededor.
— ¡Nino!
— ¡Hombre, Nino!
— Nino, ¿esa foto?
Es que lo quieren. Ése es el asunto y por eso duele.
En Trujillo a Nino lo quieren, con una parte de tirria dentro que no se saca, como la piedra del hueso de la aceituna.
Es de aquí. Es el hijo de la Ovidia, la cabrera de la calle de abajo, que crió a dos chicos limpiándole las casas a otras.
Se fue a los veinte con una maleta y ahora sale en la televisión los martes por la noche diciendo cosas de los quesos, y cuando dice una cosa de un queso ese queso vende o no vende.
Así, sin más. Una línea de Bernardino Corbacho en Sal y Brasa y a un hombre le cambia el año.
En la revista firma Bernardino Corbacho. Aquí es Nino, el de la Ovidia.
Y eso es lo que no nos perdona.
———
La cata pública es a la una, en la escalinata, con dos mesas y un mantel, y va la alcaldesa, y va don Casimiro, y va medio pueblo, porque es gratis y porque es él.
Marga Cañamero, que es prima de Cipri y alcaldesa desde hace siete años, presenta. Tiene cincuenta años, un tono de voz de reunión y una capacidad para decir "el motor económico de nuestra tierra" tres veces en dos minutos que a mí me maravilla.
— ...y qué mejor manera de abrir esta edición que con quien ya es de la casa, aunque nunca se haya ido del todo...
— Bueno, bueno — dice Nino, con la mano. Y empieza.
Hay que ser justos, y a mí ser justa me cuesta con este hombre pero me esfuerzo: cata bien.
Cata muy bien. Coge la torta, la mira al trasluz, le mete el dedo en la corteza para ver cómo cede, se lo lleva a la nariz y se queda cuatro segundos con los ojos en el suelo, y en esos cuatro segundos sabe lo que a mí me cuesta media hora saber.
Eso no se aprende. Eso se trae de casa, y a él se lo dio su madre limpiando escaleras.
— Esto está corto de curación. Dos semanas. Le faltan dos semanas y le sobran ganas de vender.
El de Santa Marta, que tiene veintiséis años, se pone del color de la pared.
— Y esto — coge otra —, esto es honrado. Es aburrido, pero es honrado. Que ya es más de lo que se puede decir de la mitad de esta Plaza.
Risas. Se ríen. Se ríe hasta el que ha comido.
Y luego coge la tercera y ni la prueba.
— ¿De quién es?
— Mía — dice Cipri, de pie, al fondo, con las orejas ya coloradas.
— Ah — dice Nino —. Ya me parecía.
Y la deja en la mesa. Y no dice nada más.
Y ese no decir nada más, delante de ochenta personas y de tres periodistas, es lo peor que le ha hecho nadie a Cipriano Cañamero en sesenta y cuatro años, y hace doce le hizo algo parecido con media línea escrita y a Cipri se le cayó el queso del mercado de Cáceres en una temporada.
Cipri no se sienta. Cipri se queda de pie mirando su torta encima de la mesa, sin tocar, con la marca del dedo de otro hombre en la corteza.
Yo aparto la vista. Alguien tiene que apartar la vista.
Y luego coge la mía.
Es la de tres meses. La que yo curo despacio en la cámara vieja, la que no vendo en la Feria porque se me acaba en diciembre.
La coge, la parte, se queda con el trozo en la mano y le mete la nariz dentro, y esos cuatro segundos suyos se le hacen seis, y a mí, que estoy a quince metros y detrás de una columna, me pasa una cosa por dentro que me da una vergüenza espantosa.
— Ésta está bien — dice.
Y ya está. Ésa fue la crítica entera: tres palabras y a otra cosa.
Y yo me pasé el resto de la tarde vendiendo con esas tres palabras metidas en el pecho, y me odié por ello a las nueve de la noche, fregando la furgoneta, y me sigo odiando ahora que lo cuento, porque a ese hombre yo le tenía tanta tirria como el que más y me alegré igual.
Así es como funciona esto, y por eso él podía hacer lo que hacía.
———
Y entonces sale el membrillo.
Lo ha puesto Fabiola, que ha bajado del mesón con una bandeja y ha ido colocando tacos al lado de los quesos, sin pedir permiso, porque en Casa Zafrilla el queso se toma con membrillo y a ella que la registren.
Y son tacos del de mi madre, porque a Fabiola le regala mi madre cada octubre, y llevan clavo y llevan la cenefa del molde en el canto y en esta Plaza yo los conozco desde diez metros.
Nino coge uno con dos dedos, lo levanta y lo mira igual que había mirado la torta al trasluz, y ahí ya sé que va a hacer daño, porque a Nino se le ve venir con el mismo tiempo que a una tormenta de mayo.
— ¿Esto?
— Membrillo — dice Fabiola, orgullosa.
— Ya veo que es membrillo, guapa.
Lo deja otra vez en la bandeja y se limpia los dedos en la servilleta despacio, dos veces, tres, con esa cosa de las manos que tienen los que han pasado hambre de crío y lo han tapado con un buen sastre.
— A ver, señores. Que estamos en dos mil y pico.
El queso se toma solo. Solo. Un queso bueno no necesita que le pongas un dulce encima para que baje.
Eso lo hacíamos cuando el queso estaba malo y había que taparlo.
Ponerle membrillo a una torta de esta tierra es como...
— y busca la palabra, y la encuentra, y se le nota que le gusta — es de catetos.
Nadie dice nada. Fabiola se queda con la bandeja en la mano en mitad de la escalinata, con el trapo al hombro, y por primera vez desde que la conozco no se le ocurre qué contestar, y a Fabiola siempre se le ocurre.
Yo miro para el suelo, y luego miro a mi izquierda, no sé por qué, y en el lateral, junto a la caseta a medio montar, con el martillo todavía en la mano porque no le ha dado tiempo ni a soltarlo, está Genaro, mirando a su hermana.
———
Después Nino apadrina a Miriam, que es un número que tiene ensayado: se pone dulce de golpe, y cuando Nino se pone dulce da más miedo que cuando muerde.
— Miriam. Ven aquí, Miriam, no te escondas.
Miriam Cerrillo tiene treinta y cinco años y una quesería que montó sola con un préstamo, en la que hace un queso con ceniza vegetal por fuera que a Cipri le parece un insulto personal a la memoria de su padre. Es lista, trabaja como una burra y aquí se le ha perdonado todo menos gustarle a Nino.
— Esta mujer — dice él, con la mano en el hombro de ella, para todo el mundo — es lo único que ha pasado en este pueblo en veinte años.
Lo único. Lo demás es esto: gente haciendo lo que hacía su padre porque lo hacía su padre.
Miriam ha entendido dónde está el mundo.
Los demás siguen esperando a que el mundo suba a la Villa a buscarlos.
Y aplauden, ojo, que eso es lo bueno: aplaude gente a la que acaba de llamar cateta hace cinco minutos.
Miriam no aplaude. Miriam mira al suelo con la cara muy quieta, y aquel día yo pensé que era vergüenza torera, y luego pensé otras cosas.
———
Al final, cuando ya se recogía, Nino iba por la segunda copa, o por la tercera, y andaba por los soportales con el corrillo detrás.
Y por en medio de todo aquello, cruzando la Plaza con dos tablones al hombro, pasaba Genaro.
— ¡Genarito!
Genaro paró, con los tablones puestos.
— Genarito, hombre. ¿Todavía?
— Todavía — dijo Genaro.
— Que llevas montando esto desde que yo tenía pelo, Genarito — dijo Nino, y se rió, y se rieron los del corrillo, que eran seis o siete y ninguno era mala persona —. Éste, éste sí que es de los nuestros. Cuando yo era chico me hizo un carrito de madera. ¿Te acuerdas, Genarito?
— Me acuerdo.
— ¡Qué grande!
Y le dio en el brazo, en el brazo del tablón, y Genaro se movió un poco para no perder el equilibrio, y siguió andando. Delante había treinta vecinos.
Yo digo una cosa: a ese hombre no lo llama Genarito nadie. Se llama Genaro, tiene sesenta y un años y le ha puesto el tejado a media calle de las Cambroneras. Y el diminutivo, en un pueblo, no es cariño; el diminutivo es una manera de decirle a alguien que sigue siendo el crío que era y que tú no.
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Ya se iba, ya estaba en el coche con la puerta abierta y un pie dentro, con la alcaldesa despidiéndolo y con Loreto Vadillo esperando de pie al otro lado con su carpeta, y entonces se volvió, con la copa todavía en la mano, y lo dijo a voces, para la Plaza entera.
— ¡Y una cosa! Que esta Feria se hace mayor, ¿eh? Ya está bien de aldea. Este año hay novedades. Novedades sobre el nombre.
— ¿Sobre qué nombre? — dijo alguien.
— Sobre el nuestro — dijo él, y se metió en el coche.
La gente se rió, porque venía de reírse y porque no se había entendido nada, y se fue cada uno a su caseta.
Yo me quedé quieta en los soportales con la caja de moldes en las manos, que no la había soltado en dos horas y me pesaba una barbaridad.
Sobre el nuestro, había dicho.
Y a mí, de toda la frase, lo que se me quedó dando vueltas hasta las tantas no fue el nombre. Fue el nuestro.