El membrillo del jurado Capítulo 2
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Capítulo 2

— Llévate uno para Genaro.

— Madre, que voy a una junta, no a una merienda.

— Pues llévatelo a la junta y luego se lo das. ¿Qué te cuesta?

Mi madre está de pie delante de la alacena de la cocina, que es un mueble de los de antes, alto, con la madera oscura de tanta cera y tanto siglo, y dentro tiene la reserva.

La reserva son los membrillos de octubre.

Los hace ella, sola, todos los años, y el día que no pueda hacerlos yo creo que se muere de mala manera, y me lo dice, además, para que yo lo sepa.

— ¿Cuántos quedan?

— Nueve.

— ¿Nueve? Madre, si hizo usted veintitantos.

— Veinticuatro.

— ¿Y dónde están los otros quince?

— Donde tienen que estar — dice, y saca uno.

Los envuelve en papel de estraza y los ata con una cuerda fina, uno por uno, y cada paquete es un ladrillo cuadrado, apretado, del color del tejado de Santa María cuando le da el sol de las ocho.

Los hace en un molde de barro que era de su suegra, mi abuela paterna, una mujer de la que solo sé que tenía muy mal genio y muy buena mano.

El molde tiene una cenefa por dentro, una cosa tonta, unas rayas y un remate en forma de hoja, y el membrillo sale con esa cenefa marcada en el canto.

Todos los membrillos de mi madre llevan esa marca. Y todos llevan clavo.

— Con clavo — digo, oliéndolo por encima del papel.

— Pues claro que con clavo. ¿De qué otra manera se hace?

— De ninguna, madre.

— Ah. Bueno.

En Trujillo hay quien le echa canela y hay quien no le echa nada. Mi madre le echa dos clavos por kilo, machacados, y ese olor punzante, entre pimienta y farmacia, se le mete al dulce dentro y ya no sale. Yo lo distingo con el papel puesto. Cualquiera que haya merendado en esta casa lo distingue.

— A ese hombre no le hace nadie un dulce — dice ella mientras me lo mete en el bolso.

— ¿A Genaro?

— ¿A quién si no? Con la Emérita de ochenta y ocho ahí metida en la cama y él dándole de comer con la cuchara. Anda, hija, llévaselo y no me des la lata.

———

Bajo a la Plaza a las siete menos veinte y me la encuentro convertida en una carpintería al aire libre.

Han empezado esta mañana. El lunes se traza, el martes se levanta, el miércoles se cubre y el jueves ya hay puestos con género dentro.

Llevan treinta años haciéndolo en ese orden y en ese orden se hace, y el que llega nuevo aprende o estorba.

Hay tablones apilados en los soportales, hay un remolque en mitad del empedrado, hay un chaval del Ayuntamiento con un chaleco amarillo mirando un plano al revés, y encima de todo, tan tranquilas, las cigüeñas de Santa María y de San Martín, que llevan siglos viendo montar y desmontar cosas debajo y ya no se asoman.

Y en el centro de todo aquello está Genaro Bejarano, de rodillas encima de una tarima, midiendo con el metro.

Genaro tiene sesenta y un años y las manos más grandes que he visto en un cristiano.

Es el hermano de Fabiola, la del mesón, y monta esta Feria desde que la Feria es Feria.

No es el jefe de nada. No tiene empresa, no tiene cuadrilla fija, no tiene furgoneta rotulada.

Tiene un taller en la calle de las Cambroneras con serrín hasta el techo y un cartel que puso su padre.

Cobra lo que el Ayuntamiento le pone en un papel y no discute, y de paso, mientras monta, te arregla el escalón que se descalzó, la barandilla que baila y la puerta del cuarto de la luz, que lleva tres años sin cerrar.

— Genaro.

— Herminia.

Ni levanta la cabeza, y no lo hace por desprecio, sino porque está midiendo. Genaro habla cuando ha terminado.

Se levanta. Se sacude las rodillas. Coge un rollo de cuerda del suelo, saca del bolsillo del pantalón la navaja, la abre con el pulgar y corta el cordel de un solo tajo, limpio, sin serrar. La cierra contra el muslo y se la guarda. Todo eso le lleva cuatro segundos y lo hace sin mirar.

Esa navaja la conozco desde la escuela. Era de su padre.

Tiene el mango de asta, gastado y brillante de cuarenta años de mano, y en un lado están las iniciales quemadas a fuego, G y B, torcidas, que se las hizo él mismo con un punzón al rojo cuando tenía dieciocho y le quedaron feas.

Con esa navaja Genaro corta cuerda, pela una vara, abre un saco, parte el queso en la merienda y corta el membrillo.

Yo le he visto cortar membrillo con ella en esta Plaza, sentado en un bordillo, con un trozo de torta encima y sin plato, más veces de las que puedo contar.

— Te manda esto mi madre.

Coge el paquete. Lo sopesa. Lo huele por encima del papel, sin disimulo, con esa cara suya que no cambia nunca.

— ¿De octubre?

— De octubre.

— Dile que muchas gracias.

— Díselo tú, que la ves más que yo.

— Se lo diré — dice, y se lo mete en la caja de herramientas, entre el metro y un bote de tornillos, y vuelve a arrodillarse.

— ¿Y la Emérita?

Tarda en contestar. No porque le moleste: porque está midiendo otra vez.

— Ahí está.

— ¿Come?

— Come poco.

— ¿Y duerme?

— De día — dice, y apunta el tablón con el lápiz plano que lleva en la oreja —. De noche me llama.

Y ya no dice más, y yo tampoco pregunto más, porque a Genaro Bejarano se le pregunta hasta ahí y hasta ahí contesta, y el que siga preguntando se queda hablando solo en mitad de la Plaza.

Y eso fue todo. Un paquete de estraza dentro de una caja de herramientas. Yo lo vi y no vi nada, porque no había nada que ver.

———

Arriba, en la esquina de la caseta grande, Álvaro Pinilla está subido a una escalera de aluminio con el móvil en la mano, haciéndole una foto a una caja de plástico gris.

— ¿Qué haces, Álvaro?

— Fotos.

— ¿A eso?

— A eso.

Baja tres peldaños para hablarme, porque el chaval es educado, y se queda ahí, a media escalera, con el móvil en una mano y una brida en la boca. Se la quita.

— Le hago una foto a cada caja de conexión, Herminia. A cada una. Y al cuadro cuando lo cierre. Con la fecha y todo.

— ¿Y eso para qué?

— Para que no me la carguen otra vez.

Álvaro Pinilla tiene treinta y tres años, es primo de Yaiza, y el año pasado, en la romería, se fue la luz de la caseta de la peña a mitad de la noche y el pueblo entero dijo que había sido el electricista.

Y no había sido el electricista: había sido un señor de Madroñera que enchufó una freidora industrial en una regleta de sobremesa.

Pero el pueblo ya lo había dicho, y en un pueblo lo que se dice queda, aunque después se sepa.

Aquello le costó al chaval dos bodas y un chiringuito.

— Anda — le digo.

— Es que yo firmo esto, Herminia. Bueno, firmo... yo lo monto. Y si mañana alguien mete un mueble frigorífico de tres mil vatios en una toma de mil, y salta, y se van diez casetas a hacer puñetas un sábado a las dos de la tarde, ¿a quién van a mirar? A mí. Pues fotos.

— ¿Y las guardas?

— Las guardo todas. Del año pasado tengo cuatrocientas.

— Cuatrocientas fotos de cajas de plástico.

— Cuatrocientas once — dice, muy serio, y vuelve a subir.

Yo me río sola camino del mesón. Que cada uno se defienda como pueda, digo yo. Yo etiqueto lotes y guardo los partes de la leche siete años en una carpeta de anillas, y si viene el inspector le saco el jueves de hace cinco primaveras. Cada oficio tiene su manera de dormir tranquilo.

———

Casa Zafrilla está en la calle que sube a la Villa, y a las siete de la tarde de un lunes de abril está lleno, porque una junta de queseros es, sobre todo, una excusa.

Fabiola Bejarano ha juntado cuatro mesas al fondo, ha puesto tres tablas de queso que no caben, dos platos de jamón que nadie ha pedido y una jarra de vino por cabeza, y cuando le dices que sobra, dice que no sobra, y cuando le dices que quién paga, dice que ya se verá, y luego cobra la mitad.

Fabiola es la hermana de Genaro, cincuenta y un años, un vozarrón que se oye desde la Plaza y una manera de servir que consiste en dejarte el plato delante mientras te cuenta algo y llevarse el plato de al lado antes de que el otro haya acabado.

— ¡Herminia! ¡Que no te sientes ahí, que esa pata baila!

— Fabiola, que llevas tres años diciendo eso.

— Y tres años que baila. ¡Genaro! ¡GENARO!

Genaro, que ha entrado detrás de mí con la caja de herramientas, deja la caja, le da la vuelta a la mesa, se agacha, aprieta dos tornillos que ni sabía yo que estaban ahí, se levanta y se va otra vez a la Plaza sin decir palabra.

Se han tardado más en llamarlo que él en arreglarlo.

Nadie le da las gracias porque llevamos cuarenta años sin dárselas, y eso, ahora que lo pienso, dice algo de nosotros.

Somos catorce, y de los catorce hay nueve que llevan sentándose en esta misma esquina del mesón desde que se fundó la asociación, que fue el año que se murió mi padre.

Aquí se ha discutido de todo: del precio de la leche, de si los de Ibahernando son de la comarca o no son de la comarca, de si el reglamento tiene que decir cabra o puede decir cabra y oveja, y de una vez que hubo que echar a un hombre por vender torta comprada como torta hecha, que aquello duró dos años y todavía hay quien no se saluda.

Cipri preside, de pie, porque Cipri preside siempre de pie.

Está Miriam Cerrillo en una punta, con su carpeta y su queso de ceniza del que no se habla en esta mesa si no queremos que Cipri se ponga colorado antes de tiempo.

Están los de Ibahernando, los dos hermanos de La Cumbre, el chico que ha cogido la quesería de su padre en Santa Marta.

Y estoy yo, que llevo veinte años sentándome enfrente de Cipri para llevarle la contraria, que es una responsabilidad que no me ha dado nadie pero que alguien tiene que asumir.

— Bueno — empieza Cipri —. Que os he llamado porque hay un tema del nombre.

— ¿Qué tema del nombre? — dice el de Santa Marta.

— Un tema.

— Cipri, hijo, explícate — digo yo.

— Es que no lo sé. Es que no lo sé, Herminia, y por eso os he llamado. Sé que hay un tema del nombre, sé que Nino Corbacho llega el miércoles y sé que viene con una abogada de Madrid. Y a mí, cuando alguien trae abogada a una feria, se me pone el cuerpo de una manera.

Y entonces, con Cipri de pie, con catorce queseros callados y con Fabiola parada en mitad del pasillo con una bandeja en la mano, se abre la puerta del mesón.

Entra una mujer de unos cuarenta y cinco años, con un abrigo bueno, unos zapatos que en esta calle no duran ni una semana y una carpeta debajo del brazo. Se para. Nos mira uno a uno, sin prisa, como quien cuenta las sillas.

— Buenas tardes — dice —. ¿Son ustedes la junta de la asociación?