El membrillo del jurado
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Capítulo 1
A las seis y diez la leche está a treinta y dos grados y mi madre lleva un cuarto de hora opinando desde la puerta del obrador, con el bastón por delante y la bata de cuadros abrochada hasta arriba.
— Se te va a pasar — dice.
— No se me va a pasar, madre.
— Se te pasó en el noventa y siete.
— En el noventa y siete tenía veintisiete años y un novio.
— Pues por eso se te pasó.
Meto el brazo hasta el codo y remuevo. La leche de la ordeña de ayer tarde y la de esta mañana, mezcladas en la cuba de acero, tienen ese olor limpio y tibio que no se parece a nada y que yo no sabría explicarle a nadie que no haya nacido dentro de él.
Huele a cabra, sí, pero a cabra de campo verde, que en abril las cabras comen otra cosa y la leche lo cuenta.
La de enero es más seca. La de mayo, si llueve como debe, sale con una punta dulce al final que se te queda pegada al paladar.
Cuarenta años metiendo el brazo en la cuba y todavía me paro un segundo antes de echar el cuajo, solo para olerla.
Mi madre, que se llama Basilisa Nevado y que en este pueblo es la Basi desde que el mundo es mundo, tiene ochenta y tres años, un bastón que usa más para señalar que para apoyarse, y la manía de estar despierta antes que yo.
Fue quesera antes que yo. Y antes que ella lo fue su madre, en una casa del camino de los Berrocales que ya no existe y de la que solo queda una pared y una higuera.
— ¿Y el termómetro? — pregunta.
— Treinta y dos.
— Ese termómetro miente.
— Ese termómetro tiene tres años.
— Como los hombres — dice, y se va hacia la cocina arrastrando las zapatillas, muy contenta de sí misma.
Yo me quedo removiendo. Ella se ha ido a decir la última, que es lo suyo, y yo me he quedado con la cuajada, que es lo mío. Llevamos así cincuenta y seis años y no vamos a arreglarlo ahora.
———
El obrador de la Quesería Chamorro son cuatro paredes alicatadas hasta el techo, dos cubas, una prensa que compró mi padre en Cáceres el año que nació mi hermano, y dos cámaras de curación con las paredes sudando.
Está en el camino de los Berrocales, a dos kilómetros escasos de Trujillo, y desde la puerta, si te pones de puntillas y aparta uno la nave del pienso, se ve el castillo arriba del todo con dos cigüeñas puestas en el torreón, una en cada punta, muy tiesas ellas, presidiendo lo suyo.
Hacemos torta del Berrocal. De cabra, de las nuestras y de las de Ovidio Corbacho cuando andamos cortos, cuajo vegetal de cardo, y una paciencia que no se enseña.
Se llama así desde antes de mi abuela. Berrocal es esto de aquí afuera: el granito que sale del suelo como si a la tierra le hubieran salido muelas.
La llamamos torta del Berrocal como llamamos Plaza a la plaza y Villa a la Villa, porque se llama así y punto.
A las seis y media, mientras la cuajada empieza a coger cuerpo, Cuajo mata una rata en el rincón del pienso.
No hace ruido. Nunca hace ruido. Es un ratonero bodeguero andaluz, blanco con la cabeza negra, seis kilos de nervio, seis años, y no ladra cuando trabaja: se planta, escucha con una pata levantada, y luego hay medio segundo de saltos y ya está.
Después se sienta y me mira con esa cara de perro que ha hecho lo que tenía que hacer y espera que se le reconozca.
No es cariñoso, Cuajo. Es eficiente. A mí me lame la mano dos veces al año y una es por error.
— Muy bien — le digo.
Él no se mueve.
— Que muy bien, hombre.
Nada. Cuajo tiene sus tarifas y no incluyen los halagos. A Cuajo se le paga en queso, y solo se lo pasa por debajo de la mesa la gente que a él le da la gana. Yo no soy de ésa. Yo soy la que le pone el pienso.
———
Yaiza llega a las siete menos veinte, que es veinte minutos tarde, y entra por el zaguán con el casco de la moto en la mano y una explicación ya empezada.
— Es que en la cuesta del cuartel han puesto una valla y hay que dar toda la vuelta por...
— Ponte el gorro.
— Que sí, Herminia. Pero es verdad lo de la valla.
— Y lo de la valla la semana que viene también será verdad. Ponte el gorro.
Yaiza Pinilla tiene veintitrés años, unas manos buenas para el queso que ella todavía no sabe que tiene, y ochocientos seguidores en el móvil a los que les enseña cómo se corta la cuajada. Mi madre se ríe de los ochocientos seguidores dos o tres veces por semana.
— Ochocientos — dice Basi desde la cocina, que oye por las paredes —. Como el pueblo de mi abuela entero.
— Y su abuela vivía en un pueblo de ochocientos, señora Basi, y no era una tontería.
— Hija, aquello se llamaba Robledillo y estaba en un sitio, con su fuente y su era. Los tuyos ¿dónde están?
Yaiza me mira. Yo me encojo de hombros y sigo cortando.
— En todas partes — dice ella.
— En todas partes es en ninguna — contesta mi madre, y se acabó la conversación, porque cuando mi madre da con la frase se calla, que es lo que la hace peligrosa.
———
A las nueve baldeamos. Es lo que hay: en un obrador se friega tres veces al día y se friega con manguera, y el agua va al sumidero y se lleva por delante el suero, los restos y las ganas de vivir. Yaiza le da a la manguera. Yo levanto los cubos.
Y el diferencial salta.
Tac. Sin drama. Se va la luz de la sala de moldeo y se queda todo con la claridad gris que entra por la ventana alta.
— Otra vez — dice Yaiza.
— Otra vez.
Voy al cuadro, que está en la pared del pasillo dentro de una caja de plástico blanco con la tapa un poco desencajada de tantos años, y subo la palanquita.
Chas. Vuelve la luz. Vuelve el zumbido de la cámara vieja, la de la derecha, la que compró mi padre y que yo no cambio por cabezonería y porque cura como no cura ninguna.
— Es la cámara — dice Yaiza.
— Es la cámara.
— ¿Y no la puede mirar Álvaro?
— La ha mirado tu primo tres veces. Dice que la cámara está vieja y que el suelo está mojado y que mientras yo siga fregando con manguera va a saltar. Y que si no saltara, entonces sí que tendría que preocuparme.
Yaiza le da otra vez a la manguera. Yo me seco las manos en el delantal y me quedo mirando la caja blanca del cuadro un segundo de más.
Esa cosa es más miedosa que yo. Y mira que yo soy miedosa.
Basta que caiga una gota donde no debe, que la humedad se meta por un empalme viejo, que la cámara arranque con el suelo encharcado, y ese chisme corta la corriente antes de que a mí me dé tiempo a decir ay.
Para eso está. Es lo único de esta casa que hace su trabajo sin que haya que pedírselo dos veces.
Yo entonces no le di más importancia. Era lunes, era abril, y quedaban cuatro días para la Feria.
———
Porque en Trujillo, la primera semana de mayo, no se habla de otra cosa.
La Feria del Queso son diez días de trabajo para trescientas familias y una semana de vender lo que no vendes en todo el año.
Vienen de Asturias, de Menorca, de Navarra, de un pueblo de Zamora que hace un queso que a mi madre le parece jabón.
Se llena la Plaza Mayor de casetas hasta los soportales, se queda la estatua del caballo en medio de todo aquello con cara de no haber pedido esto, y las cigüeñas de las torres, que llevan ahí desde antes que el caballo, se pasan diez días dándole al pico encima de nuestras cabezas sin enterarse de nada.
Nosotros llevamos treinta y dos años poniendo puesto. Mi padre puso el primero, con dos caballetes y un tablero, y se trajo el género en el remolque del tractor porque no había otra cosa. Yo he puesto todos los demás.
Y este año, además, presentábamos al concurso.
El concurso es una cosa seria, y el que diga que no, miente.
Se presentan cuarenta y tantos quesos de toda España, se les quita el nombre, se les pone un número, y los cata un jurado a puerta cerrada.
Y el que gana lo pone en la etiqueta y lo pone en la puerta de su tienda y lo pone en la esquela de su padre si le apura.
Yo he quedado segunda dos veces y no he ganado nunca, y he oído decir por ahí que a mí eso me da igual.
A mí eso no me da igual.
Se lo dije a mi madre una vez, hará quince años, y ella me contestó que los concursos los ganan los quesos jóvenes porque el jurado tiene prisa, y que yo curo demasiado.
Y luego se quedó tan ancha. Yo estuve tres días dándole vueltas y al final le dije que a lo mejor tenía razón, y ella dijo: "Pues claro que tengo razón.
Lo que no sé es si tú tienes que hacerles caso a ellos o al queso. "
Y ahí se acabó la conversación, que es lo que pasa siempre.
———
Cipri Cañamero aparece a las once y media con la furgoneta mal aparcada en la entrada, como siempre, y una cara de circunstancias que le he visto seis o siete veces en cuarenta años y ninguna buena.
— Herminia.
— Cipriano.
— No me llames Cipriano, que pareces mi madre.
— Es que te llamas Cipriano.
Cipri tiene sesenta y cuatro años, es primo de la alcaldesa, preside la Asociación de Queseros de la Villa desde hace once, y lleva desde el instituto peleándose conmigo en todas las juntas que se han convocado.
Nos hemos dicho cosas en una sala de reuniones que no se dicen ni en un divorcio.
Y luego, cuando a él se le acaba el cuajo, viene aquí.
Y cuando a mí se me acaba, voy allí. Así es esto.
Al que no lo entienda que se lo expliquen otros.
— Me hace falta cuajo — dice.
— ¿Cuánto?
— Para dos cubas.
Voy a la cámara pequeña y le saco lo suyo. Él se queda en la puerta del obrador con las manos en los bolsillos, sin entrar, mirando mis cubas de esa manera que tiene de mirar las cosas ajenas, calculando. Cipri no puede evitarlo. Cipri entra en una cocina y te cuenta los platos.
Le pongo el bote en las manos.
— Gracias.
— De nada.
Y no se va.
Se queda ahí, dándole vueltas al bote, y mira hacia la nave del pienso, donde Cuajo está sentado vigilando un agujero con una fe que ya quisiera don Casimiro para sus feligreses.
— Este año viene Nino — dice.
— Este año viene Nino todos los años, Cipri. Lleva doce viniendo.
— Ya.
— Presidirá el jurado, catará, dirá tres cosas horribles con una sonrisa, se hará una foto con la alcaldesa y se volverá a Madrid.
— Ya.
Cipri se pasa la mano por la nuca. Tiene las orejas coloradas, y a Cipri las orejas se le ponen coloradas antes de que hable la boca. Cuarenta años. Uno acaba leyendo a la gente como lee la etiqueta de un lote.
— Este año viene con papeles — dice.
— ¿Con qué papeles?
— Papeles. Yo qué sé. Me lo ha dicho Fabiola, que se lo ha dicho no sé quién del parador, que han reservado tres habitaciones y una es para una abogada.
— Cipri, en la Feria hay abogados hasta debajo de las piedras. El de la Denominación es abogado.
— Ya.
Sube a la furgoneta. Arranca. Y luego baja la ventanilla, con el codo fuera, y me habla desde ahí, que es como habla Cipri cuando dice algo que le importa.
— Hay junta esta tarde. En Casa Zafrilla, a las siete.
— ¿Junta el lunes de Feria? Cipri, que tengo cuatrocientos kilos que sacar.
— Ven, Herminia.
Y arranca. Pero antes, con el motor ya en marcha y sin mirarme, dice una cosa que no le pega nada y que por eso se me queda.
— Ven. Que esto nos va a doler a todos.