El membrillo del jurado Capítulo 24
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Capítulo 24

A las seis de la mañana, la leche de cuarenta cabras que han pasado la noche en el berrocal huele a monte y a establo, y hace un ruido al caer en la cuba que no se parece a ningún otro ruido del mundo, un ruido gordo y blanco, y encima de la cuba se levanta el vapor, y el vapor sube hasta la bombilla y allí se queda dando vueltas.

Esto es lo que hay. Esto es lo que ha habido siempre.

Esto es exactamente lo que había el lunes veintisiete de abril a esta misma hora, cuando yo no sabía nada de nada y era muchísimo más feliz y me quejaba del precio del pienso, y esto es lo que hay hoy, dieciocho de junio, jueves, a las seis y siete minutos de la mañana.

La misma cuba, la misma bombilla, el mismo vapor subiendo y dando vueltas, y mi abuela hizo esto aquí mismo con una cuba de madera y una lumbre debajo.

La leche no se ha enterado de nada. Ni de la Feria, ni del muerto, ni del papel de Madrid, ni de que este pueblo lleva dos meses hablando en voz baja. La leche llega a las seis y hay que ponerse.

Le meto el termómetro. Treinta y uno y medio: le falta poco.

Me subo las mangas hasta el codo, me lavo hasta que me duelen las manos del agua fría, y meto el brazo y muevo, que eso lo puede hacer una máquina y hay quien la tiene y hace un queso estupendo, y en mi obrador lo hago yo, porque lo hacía mi madre y porque el día que yo no pueda mover cuarenta litros con este brazo cierro la puerta, echo la llave y me voy a la playa a ponerme pesada con los camareros.

Mi madre entra a las seis y veinte con el bastón y con la taza.

— Este café está frío.

— Está recién hecho, madre.

— Herminia, hija, yo llevo ochenta y tres años tomando café y tú llevas cincuenta y seis haciéndolo mal. Uno de los dos tiene que estar equivocado y no voy a ser yo.

Y se sienta en la banqueta del rincón, la suya, la que está ahí desde que mi abuela, y se pone a mirarme trabajar, que es lo que ha hecho todas las mañanas de los últimos catorce años.

———

Yaiza llega a las seis y media, tarde, como siempre, con las zapatillas sin atar y con el móvil ya en la mano.

— Herminia, ponte ahí.

— Ni hablar.

— Que es un momento. Que estoy haciendo uno de cómo se corta la cuajada, que me lo han pedido mil personas.

— Mil personas no han pedido nada.

— ¡Que sí! Mira los comentarios. — Y me pone la pantalla delante, que yo sin las gafas no veo nada —. Mira: cuándo enseñáis cómo se corta. Y aquí otra. Y aquí otra.

— Yaiza, corta la cuajada.

La corta. Y me graba cortándola, porque al final me graba siempre, y yo salgo en esos vídeos con el gorro puesto y con cara de pocos amigos y con las manos rojas del agua, y por lo visto eso le gusta a la gente de Barcelona y de Valladolid y de un sitio que se llama Wisconsin, que a mí que me lo expliquen.

— Ochocientos cuarenta — dice mi madre desde la banqueta.

— ¿Cómo?

— Los que la siguen. Que ayer eran ochocientos treinta y uno. — Sopla el café —. Y a ver quién le dice a esta niña que ochocientos cuarenta no son nada, que en la Feria hay cuatro mil el sábado por la mañana y no cabe un alma.

— ¡Basi, que ochocientos cuarenta seguidores son muchos!

— Hija, son la mitad de Torrecillas. Y en Torrecillas no me conoce nadie.

———

Cuajo está debajo de la mesa del zaguán, hecho un ovillo, con el hocico metido entre las patas de atrás, en esa postura imposible que ponen los perros pequeños y que a mí me da dolor de espalda nada más de verla.

Ha estado toda la noche en la nave del pienso, trabajando, y a las seis de la mañana se retira a su despacho y ahí no hay quien lo levante hasta las once, ni con jamón.

Seis kilos. La cabeza negra y el cuerpo blanco y una oreja doblada desde que un gato se la partió en el dos mil veintiuno, que ése fue el único bicho que le ha ganado una guerra en seis años y por eso no hay gatos en esta casa.

Este perro le encontró la navaja a la Guardia Civil de España metiendo el hocico por una junta de un dedo.

Y por eso hay un hombre en Cáceres esperando juicio, y una señora en la ventana de un mesón preguntando a qué hora viene su hijo a cenar, y un pueblo entero que ha tenido que enterarse de una cosa que no quería saber y que va a tardar veinte años en dejar de decirla en voz baja.

Y él no lo sabe. Ni lo va a saber nunca. Él iba al azúcar, que es lo único que va buscando este animal desde que nació, y lo hizo estupendamente, y lo volvería a hacer mañana, y luego se durmió.

Yo le he dado muchas vueltas a esto, muchísimas más de las que le tengo que dar a estas alturas de mi vida, y al final he llegado a la única conclusión razonable, que es que a mí me gustaría muchísimo ser ese perro.

———

La tabla me la trajo Fabiola el jueves pasado.

Vino en el coche a media tarde, con el táper vacío todavía en el asiento de atrás porque venía de Cáceres directamente y no había pasado ni por su casa, y la sacó del maletero envuelta en una manta vieja de las de tapar muebles, y la trajo abrazada contra el pecho, y me la puso encima del mostrador sin decir nada y sin quitarle la manta.

Un metro veinte por cuarenta. Pino. Cepillada, lijada a mano hasta que no le queda un pelo, con los cuatro cantos matados y con dos taladros avellanados en los extremos que yo no había pedido y que están exactamente donde tienen que estar para que la tabla no me baile en los soportes viejos de la cámara, que son del año setenta y ocho y que no le he enseñado a ese hombre en mi vida.

Estaba terminada. La terminó él aquel viernes por la tarde, después de que yo me fuera de su taller con la bolsa de churros en el bolsillo del delantal y con Nicasio esperándome en la puerta.

— Me ha dicho que te la trajera — dijo Fabiola —. Es lo único que me ha pedido en un mes.

— Fabiola...

— Y que no se la pagues. — Y se le puso una cosa en la cara, y se aguantó, que es lo que hace esta mujer todos los días desde el diecisiete de mayo —. Que ya te lo dijo él.

Se tomó un café de pie, en el mostrador, hablando de otra cosa. De que la Emérita se ha aprendido el camino del cuarto de baño. De que en el mesón hay que cambiar la campana. De que su cuñada dice que pone mucha comida.

Y luego se fue.

La tabla está puesta. La puse ese mismo día, con Yaiza sujetando y yo apretando los tornillos, y quedó bordada, y en esa tabla llevan oreándose desde el viernes doce tortas del Berrocal.

Y ahí van a orearse todas las que yo haga hasta que me muera.

———

Nicasio aparece a las nueve menos cuarto.

Trae el maletín y trae la caja de la nevera portátil, y no llama, porque en esta casa lleva sin llamar desde mil novecientos ochenta y dos.

— Vengo a lo de las vacunas.

— Nicasio, las vacunas se las pusiste hace tres semanas.

— Éstas son otras.

— Ya.

— La de la lengua azul.

— La de la lengua azul se la pusiste en marzo.

— Bueno, pues vengo a mirarlas. — Deja el maletín en el poyo —. Que hay que mirarlas.

Mi madre, desde la banqueta, no dice nada.

Pero se toma un sorbo de café con muchísima calma y con una cara que yo conozco desde que tengo uso de razón, y luego mira para la ventana como si en la ventana hubiera algo interesante, y en la ventana no hay más que una pared de piedra que lleva ahí ciento veinte años.

Nicasio va y mira las cabras. Y tarda veinte minutos en mirar veinte cabras que no tienen absolutamente nada. Y vuelve.

Y se queda en la puerta del obrador, con el maletín en la mano, mirándose las botas.

— Oye.

— Qué.

— El sábado.

— ¿Qué pasa el sábado?

— Que si te apetece cenar.

Yo estoy metiendo la última cuajada en el molde y no levanto la cabeza, porque tengo las manos hasta las muñecas en la cuajada y porque hay que apretar bien las esquinas, que si no luego sale un queso con la falda mal hecha y me lo dice mi madre.

— ¿Cenar dónde?

— Pues en Cáceres. O donde tú digas. Da igual dónde.

— Bueno.

— ¿Bueno qué?

— Bueno que sí, Nicasio, que qué pesado. — Aprieto la esquina —. Que a las nueve, que antes no puedo.

— A las nueve.

— A las nueve.

Y se va. Y le oigo arrancar el coche y le oigo meter primera y le oigo pararse en la cancela un rato más largo del que hace falta para abrir una cancela.

Mi madre no ha dicho ni mu.

— Madre.

— Yo no he dicho nada.

— Ya. Pero lo está diciendo.

— Herminia, yo estoy tomándome un café. — Se levanta con el bastón —. Que está frío.

Y se va al zaguán, y en el zaguán se para, y sin girarse dice:

— Ponte lo verde.

———

Los sellos nuevos llegaron el lunes.

Vienen en rollos de mil, con un dibujo que le encargó la asociación a una chica de Plasencia, que es un berrueco con un poco de jara y nada más, sin florituras. Y alrededor pone: torta del Berrocal. Marca colectiva. Asociación de Queseros de la Villa.

Debajo, un número. El mío es el cuatro. Cipri es el dos y lleva dos años sin poder usarlo y lo va a poder usar en el dos mil veintiocho, y hasta entonces vende sin sello, que es lo que hay. Miriam es el once.

Yo pensaba que me iba a emocionar y no me emocioné nada. Abrí la caja, saqué el rollo, lo puse en la máquina y me pasé la mañana pegando etiquetas, y al mediodía ya se me había olvidado, y ésa es la manera en que en este pueblo pasan las cosas importantes.

Se lo enseñé a mi madre esa noche.

Cogió el rollo. Le dio la vuelta. Se lo acercó a los ojos, que ya no ve bien, y estuvo un rato leyendo el nombre con el dedo por debajo, letra por letra, como leía mi abuela.

Y luego lo dejó en la mesa y dijo:

— Pues ya está.

Y se fue a la cama.

———

Son las diez de la mañana del dieciocho de junio y ya aprieta el sol.

En el camino de los Berrocales hay polvo.

Las jaras se han quedado sin flor y se han puesto marrones, que es lo que hacen todos los años a mediados de junio y luego el año que viene vuelven, y la que no lo entienda que se dedique a otra cosa.

Los doce quesos del viernes están en la tabla nueva, secándose, con la corteza cogiendo color.

Dentro de tres semanas los bajo a la cámara. Dentro de dos meses les nace el moho. Dentro de cinco los abro y sabrán a lo que sabe el berrocal en junio, con la jara ya seca, que es un sabor más serio que el de mayo y a mí me gusta más, aunque eso no lo diga nadie.

Sigo cuajando a las seis.

La leche no entiende de ferias, ni de juicios, ni de quién tiene razón.

La leche llega a las seis y a las seis hay que estar, y por eso yo he podido levantarme todas las mañanas de este mes, y por eso Cipri se levanta, y por eso Ovidio se levanta, y por eso Fabiola abre el mesón todos los días a la una menos cuarto con su madre postiza en la ventana de arriba.

Y en la Villa el queso vuelve a llamarse como se llamaba.

Un nombre es de quien lo dice todas las mañanas en voz alta. No de quien lo escribe en un papel.