El mejor libro (según Gladys) Capítulo 11 Waterloo #5
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Capítulo 11 Waterloo #5

No fue una 12-B. No fue una 31-A ni una 44-C ni ninguna de las ochenta y cuatro caídas catalogadas del Método Rocafuerte .

Fue algo sin nombre, sin número, sin letra: un revoltijo de brazos, piernas, blusa amarilla y pantalón blanco que atravesó el aire en una trayectoria que ninguna física habría podido predecir y aterrizó en el estanque junto a Valeria, de lado, con un chapoteo sordo y feo, como un colchón que se rinde en una piscina.

Fabián Rocafuerte abrió los ojos. Miró la segunda salpicadura, que se deshacía en gotas plateadas bajo la luz del techo.

—Esa no está en el libro —dijo.

Nadie la grabó tampoco.

*   *   *

15:22:30

En el estanque de la fuente central del Plaza Tropical Mall había cincuenta centímetros de agua, cuatrocientas treinta y dos monedas de un centavo, un zapato de bebé de 2019, un dron hundido, unos sesenta globos plateados flotando, un recibo arrugado de una tienda de zapatos y dos mujeres sentadas.

Estaban sentadas una frente a la otra, con el agua hasta la cintura, empapadas, sin aliento. El chorro de la fuente caía detrás de ellas como una cortina, rodeándolas de un rumor constante que las separaba del resto del mundo como las paredes de una capilla.

Gladys escupió agua. Se apartó el pelo de la cara. Se tocó los ojos: no había pestañas que perder. Se tocó el bolsillo del pantalón: la estampita de San Judas seguía allí, empapada, doblada en cuatro.

Valeria no se movía. Tenía el pelo negro pegado a la cara en mechones, como algas.

El maquillaje, que había llevado intacto desde las seis de la mañana, se le había corrido en dos líneas negras desde los ojos hasta la barbilla.

Tenía el traje negro inflado de agua como una vela y la libreta de cuero, en el bolsillo interior, empapada, con la página cuarenta y siete diluyéndose en tinta azul.

Y tenía una expresión que Gladys no le había visto nunca, ni en la Sala Autenticidad, ni en las llamadas, ni en los mensajes de una sola palabra.

Era la expresión de alguien que se ha caído.

Se miraron durante un largo rato.

—Tú pusiste eso ahí —dijo Gladys al fin. No era una pregunta.

Valeria no contestó. Se quitó un mechón de pelo de la boca.

—Para mí —dijo Gladys—. Para que yo me cayera. Sin saberlo.

—Sí.

—¿Por qué?

Valeria miró el agua. Miró las monedas en el fondo, brillando, cada una un deseo de alguien. Miró el zapato de bebé, que flotaba junto a su rodilla. Lo tomó con dos dedos. Lo sostuvo un momento, mirándolo, como si fuera la primera vez que veía un zapato.

—En 1983 —dijo, y la voz ya no era de azafata ante un amerizaje; era una voz más baja, más rota, con un acento que Gladys reconoció de inmediato porque era el suyo, el de la calle 49, el de los gallos atrasados— yo tenía nueve años.

Había un acto en mi escuela, en Hialeah.

La Escuela Elemental Palm Springs. Yo era la Virgen en el pesebre.

Tenía un vestido azul que me había hecho mi mamá con una cortina.

Y cuando iba a subir al escenario para poner al Niño Jesús en la cuna, me pisé el vestido.

Gladys no dijo nada.

—Me caí delante de toda la escuela. Con el Niño Jesús en los brazos.

El Niño Jesús salió volando. Era un muñeco.

Se le rompió la cabeza. —Valeria sonrió, sin alegría—.

Todo el mundo se rió. Todos. Los niños, los maestros, los padres.

Mi mamá no, pero mi mamá estaba llorando, que es peor.

Y ahí, en el suelo, con la cabeza del Niño Jesús en una mano y el cuerpo en la otra, decidí una cosa.

—¿Qué?

—Que nunca más me iba a caer sin decidirlo yo.

El chorro de la fuente caía detrás de ellas. Rumor constante. Cortina de agua.

—Y después —continuó Valeria— descubrí que era más fácil que otros se cayeran por mí.

Treinta años haciendo que otros se cayeran.

Kimi. Dayana. Kevin. Cien talentos. Mil lágrimas medidas.

Todo planificado. Todo seguro. Todo mío.

—Soltó el zapato de bebé, que volvió a flotar—. Y tú llegaste con un mango.

Gladys la miró. Miró a aquella mujer de cincuenta y dos años, empapada en una fuente, con el maquillaje corrido, que una vez había sido una niña con un vestido hecho de cortina.

—¿Y te dolió? —preguntó Gladys.

—¿La caída?

—No. Lo de después.

Valeria tardó mucho en contestar.

—Todos los días —dijo.

Gladys metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sacó la estampita de San Judas Tadeo, empapada, doblada en cuatro, con la llama sobre la cabeza del santo corrida por el agua como una vela que se apaga. La desdobló con cuidado. Se la puso a Valeria en la mano, entre las uñas negras.

—Patrono de las causas difíciles —dijo—. Ya sé que lo acusaron de muchas cosas. Pero te la presto.

Valeria miró la estampita. No dijo nada.

Y en ese momento, del otro lado de la cortina de agua, se oyeron voces.

*   *   *

15:23:00

Los globos se habían asentado.

Cubrían el suelo del sector C como una marea plateada, hasta las rodillas de los adultos y hasta la cintura de los niños, que nadaban en ellos, los pateaban, los lanzaban al aire con gritos de alegría.

Las manos habían bajado de los oídos. Los ojos se habían abierto.

Y los celulares, poco a poco, uno por uno, empezaron a subir otra vez: recogidos del suelo, desenganchados de los cordones, sacados de los bolsillos, arrebatados a los niños.

Primero diez. Luego cien. Luego mil. Luego quince mil, levantados en el aire como antorchas en una procesión que ha perdido el santo.

Y todos apuntaron hacia la fuente.

Alguien, en primera fila, apartó los globos que cubrían el borde del estanque.

Luego otro. Luego una monja franciscana.

La cortina de agua del chorro seguía cayendo.

Y a través de ella, borrosas, deformadas por el agua como en un espejo de feria, se veían dos figuras sentadas en el estanque, una frente a la otra: una de blusa amarilla, otra de negro.

Un murmullo recorrió el sector C.

—Están en el agua.

—¿Quiénes?

—La del mango. Y otra.

—¿Quién es la otra?

—No sé. Una de negro.

—¿Se cayeron?

—¿Cuándo?

—Nadie vio.

—¿Nadie grabó?

Silencio. Quince mil personas revisaron sus teléfonos al mismo tiempo.

Tenían zapatos, techos, globos, la cara de un padre con las manos en los oídos, oscuridad de bolsillo.

Nadie tenía la caída. En seis plataformas, tres millones de espectadores miraban las mismas once ventanas de papel de aluminio.

Doña Chela Ruiz apareció en el escenario de Hydra-Glow con el casco dorado intacto, porque ni un huracán de categoría dos habría podido con él, y mucho menos catorce fajas.

Tenía los tacones plateados en una mano y el micrófono en la otra.

Se asomó al borde del escenario, miró hacia la fuente, entrecerró sus ojos de águila operados de cataratas en 2019 y dijo por el micrófono, con la voz del pozo con buena cobertura:

—Gladys. Mija. ¿Qué pasó?

Quince mil personas contuvieron la respiración.

Detrás de la cortina de agua, las dos mujeres sentadas en el estanque se miraron.

Rogelio Barroso Tejeda llegó al borde de la fuente, del lado seco, pasando entre los seis robots apagados. Sin decir nada, extendió el mango de aluminio de su trapeador por encima del agua, hacia ellas, como se extiende una rama a alguien que se está ahogando en un río.

Y entonces, desde algún lugar de la multitud, desde el fondo, desde un barandal del segundo piso o desde el patio de comidas o desde la silla plegable del señor del letrero, nadie supo nunca desde dónde, una voz gritó la pregunta que tres millones de personas en seis plataformas y quince mil en el sector C tenían en la boca:

—¿FUE ACCIDENTE O FUE GUION?

Quince mil celulares apuntaron al mismo tiempo hacia la cortina de agua.

Esta vez, todos estaban grabando.

Gladys miró el mango del trapeador, suspendido sobre el agua a medio metro de su mano. Miró a Valeria, que tenía la estampita de San Judas apretada entre las uñas negras y los ojos fijos en ella. Miró la cortina de agua, y detrás, borrosas, quince mil luces pequeñas y rectangulares esperando.

Tomó aire.

Y abrió la boca para contestar.