El mejor libro (según Gladys) Capítulo 12 Orgánica
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Capítulo 12 Orgánica

Orgánica

—Fue accidente —dijo Gladys.

Fue accidente.

Quince mil personas se quedaron mirando la cortina de agua.

Era verdad. Gladys lo sabía mientras lo decía.

No había pisado la cruz. Había cruzado el gel sin mirar, para darle la mano a una mujer en el agua, y se había caído de cabeza con una caída que no estaba en ningún libro.

Era el accidente más verdadero de su vida.

Más que el mango del primer sábado, porque aquel había sido suyo sin saberlo, y este había sido suyo sabiéndolo todo.

Pero también sabía lo que callaba. Callaba el gel, la cruz fosforescente, la página cuarenta y siete y el recuadro rojo.

Callaba que la mujer de negro sentada frente a ella en el estanque, con la estampita de San Judas apretada entre las uñas, había diseñado aquella trampa para ella.

Lo callaba a propósito, con la misma certeza con que don Aurelio le ponía almidón a un cuello que no se sostenía solo.

No se lo había pedido nadie. Lo había decidido ella, en el agua, en el segundo que tardó en tomar aire.

Valeria la miró.

Se miraron a través del agua durante tres segundos que, en seis plataformas, tres millones de personas vieron como una mancha borrosa detrás de una cortina líquida.

Luego Valeria Montenegro se puso de pie.

Se levantó despacio, con el traje negro chorreando, el pelo pegado a la cara, el maquillaje corrido en dos líneas y el pie sangrando dentro del agua.

Se tambaleó. Se apoyó en el hombro de Gladys.

Salió del chorro de la fuente hacia el lado del público, con el agua hasta las rodillas, y quedó expuesta, de pie en el estanque, frente a quince mil celulares que la apuntaban como un pelotón de fusilamiento.

Nadie la reconoció.

Nadie sabía quién era aquella mujer empapada, descalza, sin tacones, de cincuenta y dos años, con un globo plateado enganchado en la manga. La gente veía una señora de negro que se había caído a una fuente. Nada más.

Valeria levantó la vista hacia el escenario de Hydra-Glow, donde Doña Chela, con el casco dorado, las lentejuelas y el micrófono, la miraba fijamente.

—Señora —dijo Valeria—. ¿Me presta eso?

Doña Chela miró el micrófono. Miró a la mujer en el agua.

La reconoció entonces, por la voz, por el "señora", por la forma de pedir las cosas como si ya fueran suyas.

Era la mujer del teléfono, la que la había llamado un viernes por la tarde cuando nadie la había llamado nunca.

Y aun así, o quizás por eso mismo, bajó del escenario descalza, con los tacones plateados en una mano, caminó por el borde seco hasta la fuente, se inclinó y le tendió el micrófono.

—Con cuidado, mija —le dijo—. Que eso está conectado y tú estás mojada.

Valeria tomó el micrófono.

Se quedó un momento con él en la mano, mirándolo, como había mirado el zapato de bebé en el agua. Luego se lo llevó a la boca.

—Me llamo Valeria Montenegro —dijo.

Su voz salió de los ciento cuarenta altavoces del Plaza Tropical Mall, repartidos por seis sectores, tres pisos, baños, estacionamiento y ascensores.

Era la misma red por la que tres minutos antes había sonado la carta de la madre de Leonardo.

Pero no era la voz de azafata ante un amerizaje.

Era la voz del agua. La de 1983. La de Hialeah.

—Soy la directora general de Nativa Creative Group. La agencia que organizó este evento. —Hizo una pausa—. La que escribió los guiones de Tía y Sobrina. Los Momentos Auténticos. Las lágrimas únicas. Las caídas 12-B.

Un murmullo recorrió el sector C como un viento sobre un campo de trigo.

—Anoche, a las cuatro de la mañana, mandé poner un gel en el borde de esta fuente.

Un gel industrial, invisible, para que ella —señaló a Gladys, sentada detrás en el agua— se cayera al agua en vivo sin saberlo.

Para que fuera real. Para que por fin tuviéramos un accidente de verdad que fuera nuestro.

El murmullo se volvió un rugido sordo. Alguien gritó algo desde el segundo piso.

Una monja franciscana se llevó la mano a la boca.

En la cabina del tercer piso, Iker se quitó la gorra y la dejó caer al suelo.

Lorenzo, a su lado, soltó la tableta, que había llevado contra el pecho dos años seguidos, y la tableta cayó con un golpe seco sobre el linóleo, boca abajo, y se quedó ahí.

—Así que no —dijo Valeria, por encima del ruido—. No fue accidente. Fue guion. Fue mío.

Silencio de nuevo.

—Y me salió mal —añadió—. Me caí yo.

Nadie dijo nada. Quince mil celulares grababan a una mujer empapada de pie en una fuente, con un micrófono en una mano y, en la otra, apretada entre las uñas negras, una estampita de un santo que todo el mundo conocía ya como el jefe de una organización criminal.

Y entonces, detrás de ella, desde el agua, se oyó la voz de Gladys. Sin micrófono. Mojada. Rota. Pero clara.

—Y a mí también, mi amor. —Gladys se levantó despacio, apoyándose en el borde de azulejos turquesa, con la blusa amarilla transparente pegada al cuerpo y el pantalón blanco lleno de monedas de un centavo que se le habían metido en los bolsillos—.

Yo también me caí. Y la mía sí fue accidente.

Pero la de ella también. —Se quedó de pie junto a Valeria, con el agua hasta las rodillas—.

Se le cayó el guion. Como a todos. Así que yo creo que cuentan las dos.

Valeria se volvió a mirarla.

Gladys se encogió de hombros, como quien comenta el tiempo en la acera.

—Una planea la hora —dijo—. Nunca el minuto.

*   *   *

Rogelio Barroso Tejeda seguía en el borde de la fuente, con el mango de aluminio del trapeador extendido sobre el agua, esperando.

Llevaba esperando dos minutos y medio. Tenía el brazo cansado, con un temblor leve que le subía por el hombro. Pero no lo bajó. Treinta y un años le habían enseñado que hay cosas que se esperan con el brazo extendido aunque tiemble.

Gladys tomó el mango.

Con la otra mano tomó la mano de Valeria.

Rogelio tiró.

Tiró despacio, con fuerza, con los pies bien plantados sobre el único metro de mármol seco que quedaba en el borde, porque sabía exactamente dónde terminaba el gel y dónde empezaba la baldosa limpia, como sabe un marinero dónde termina el arrecife.

Tiró como se tira de una cuerda en un pozo.

Y las dos mujeres salieron del estanque juntas, primero Gladys, luego Valeria, chorreando, con los globos plateados pegados a la ropa por la estática y las monedas cayéndoles de los bolsillos como si alguien hubiera ganado un premio en una máquina tragamonedas.

Llegaron al mármol seco. Se sostuvieron la una a la otra. Se quedaron de pie.

Tomasa, la sexta, la del rayón en la carcasa, estaba justo al lado, con el tanque vacío y el halo apagado.

En su pantalla apareció un mensaje que nadie había programado desde Atlanta ni desde ningún otro lugar, y que los técnicos de la empresa fabricante nunca supieron explicar en el informe de incidencia de catorce páginas que redactaron la semana siguiente:

¡GRACIAS!

Rogelio lo vio. No dijo nada. Solo le pasó a Tomasa la mano por la carcasa, sobre el rayón, despacio, con respeto, como se le pasa la mano a un caballo viejo al final de una carrera.

*   *   *

En el escenario, Doña Chela Ruiz recuperó el micrófono.

Valeria se lo devolvió sin decir nada, en el borde de la fuente, mojado, con una gota colgando de la rejilla.

Doña Chela lo sostuvo un momento, lo secó contra las lentejuelas de 1979, subió de nuevo a la tarima de Hydra-Glow con los pies descalzos y los tacones en la mano, y se quedó mirando al sector C.

Quince mil personas. Quince mil celulares.

Ocho mil globos plateados cubriendo el suelo.

Seis robots apagados. Catorce ancianos sentados en círculo con fajas rojas sin luz.

Un guardia acostado en el suelo abrazando un Tupperware naranja, con una niña de nueve años arrodillada a su lado.

Un señor de camisa a cuadros sentado en el mármol junto a un muchacho de lentes de pasta, los dos con la vista fija en un Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal.

Una influencer con media cara sentada en el suelo entre los brazos de su abuela.

Un vicepresidente de Hydra-Glow saliendo de una cascada de botellas con una etiqueta de Coco Zen pegada en la frente.

Un cantante de reguetón que se asomaba por detrás del escenario preguntando si ya podía salir.

Y en el borde de la fuente, empapadas, sostenidas la una por la otra, con un conserje a un lado y un robot al otro, dos mujeres de cincuenta y tantos años de Hialeah que se habían caído al agua sin que nadie las viera.

Doña Chela miró todo eso desde el escenario. Se acomodó el casco dorado, aunque no hacía ninguna falta.

Se acercó el micrófono.

—Bueno —dijo—. Yo no estoy diciendo nada, eh.

Un segundo de silencio.

Luego, desde el fondo del sector C, alguien se rió.

Fue una risa sola, corta, fea, que salió por la nariz. Nadie supo de quién era. Algunos dijeron después que había sido Kimi Soto. Otros, que la abuela de Kimi Soto. Otros, que el propio Rogelio. Otros, que había salido de los altavoces, del monitor siete, de la telenovela. Nunca se supo.

Pero después de esa risa vino otra. Y otra.

Y otra. Y en diez segundos, quince mil personas se estaban riendo al mismo tiempo en el sector C del Plaza Tropical Mall, sentadas y de pie, entre globos plateados, con los celulares en la mano grabando nada, grabando a otros que se reían, grabándose a sí mismos, soltando los celulares porque no se podía grabar y reír al mismo tiempo.

Se reían como se ríe la gente al final de un velorio largo, cuando alguien cuenta la historia del difunto que se cayó a la piscina en la boda de su hija.

Se reían con alivio, con cansancio, sin saber exactamente de qué.

Se reían de la fuente, del gel, de los robots, de las fajas, del flan, de la carta, de San Judas, de ellos mismos.

Se reían como se había reído Rogelio debajo de cuarenta y dos mangos.