Capítulo 11 Waterloo #4
Don Rigoberto lo vio venir. Miró a su alrededor: sus trece soldados apagados, sentados, agotados, en silencio.
Miró la fuente. Miró la lluvia de globos plateados, que seguían cayendo y ya cubrían el suelo hasta las rodillas como una nieve metálica.
Miró al hombre de camisa a cuadros que se arrodillaba frente a él con la mano extendida.
—Usted no entiende —dijo don Rigoberto, aunque nadie podía oírlo—. Nadie ha visto la faja todavía. Nadie ha leído el bordado. Tienen que saber que Moldéame ha vuelto.
Walter no lo oyó. Pero lo entendió. Veinticinco años arreglando refrigeradores le habían enseñado a reconocer el sonido de una máquina que no quiere apagarse porque todavía cree que tiene algo que enfriar.
Walter miró la faja. Leyó el bordado en hilo dorado, hecho por la lupa de Nieves: MODO NAPOLEÓN .
Luego miró a don Rigoberto a los ojos y asintió despacio, una sola vez. Era el asentimiento de un hombre que ha visto apagarse cuatro mil pantallas en una noche y sabe lo que se siente.
—Ya la vi —dijo Walter—. Es muy bonita.
Don Rigoberto se quedó inmóvil.
Luego, muy despacio, se inclinó hacia adelante para dejarle el acceso libre al botón.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
La última luz roja se apagó.
* * *
15:20:52
Silencio.
Fue el silencio más grande que había conocido nunca el Plaza Tropical Mall.
Más grande que el de las cuatro de la madrugada, cuando solo había maniquíes.
Más grande que el de las noches de huracán, cuando cerraban las puertas y apagaban las luces.
Era el silencio de quince mil personas que acaban de dejar de gritar al mismo tiempo, con los oídos zumbando, los brazos todavía a medio bajar, rodeadas de globos plateados hasta las rodillas, sin saber dónde estaban ni qué había pasado ni si había terminado.
Nadie hablaba. Nadie se movía. Los globos seguían cayendo del techo, pero ya pocos, los últimos, despacio, como las últimas gotas de una lluvia que ya pasó.
Y en ese silencio, desde los ciento cuarenta altavoces del sistema de sonido del centro comercial, repartidos por los seis sectores, los tres pisos, los baños, el estacionamiento y los ascensores, sonó una voz de mujer.
Era una voz temblorosa, grave, de actriz de telenovela de las tres de la tarde, leyendo una carta bajo la lluvia:
"Leonardo, hijo mío. Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy.
Todo lo que te dijeron era mentira. Tu nombre, tu apellido, tu casa, tu historia.
Todo lo escribieron otros por ti antes de que nacieras.
Te hicieron creer que eras un Montenegro.
Pero escúchame bien, mi niño: lo que sientas ahora, en este momento, bajo esta lluvia, eso no lo escribió nadie. Eso es tuyo."
Quince mil personas levantaron la cabeza hacia el techo.
En el tercer piso, en la cabina de cámaras, Marlene vio el botón rojo encendido bajo su codo. Soltó los chicharrones. Soltó el codo. Apagó el micrófono con un golpe de la palma abierta, como quien mata una cucaracha.
El silencio volvió.
Pero ya no era el mismo silencio. Algo había quedado flotando en el aire del sector C, entre los globos y el humo de coco que todavía se deshacía bajo el techo de cristal.
Era algo que nadie entendía del todo y que todos habían escuchado.
En la fila de las monjas franciscanas, una hermana de ochenta años se persignó.
El señor de la silla plegable, de pie junto a Doña Olga Ocampo, se quitó el sombrero.
En el borde del escenario, don Rigoberto Almánzar, con la guayabera abierta y la faja roja apagada, se tapó la cara con las dos manos.
Y en la cabina del tercer piso, en el monitor siete, Leonardo se arrodillaba bajo la lluvia con la carta contra el pecho, y Marlene lloraba, sin pipeta, sin mentol, sin medida, por primera vez en once años de telenovelas.
* * *
15:21:10
Valeria Montenegro llegó a la fuente a las 15:21, descalza, con el pie sangrando, el pelo deshecho y el traje negro cubierto de electricidad estática y trocitos de globo.
Había cruzado la multitud entera en tres minutos.
La había cruzado en medio del pitido, de los globos, del silencio y de la voz de la carta.
Había escuchado la carta. La había escuchado entera, detenida entre dos adolescentes con camisetas de #TEAMPIZARRA , con la cabeza levantada hacia un altavoz, como todo el mundo.
Todo lo escribieron otros por ti antes de que nacieras.
Luego había seguido caminando, más despacio.
Salió de entre los globos al borde de la fuente y se detuvo.
Lo primero que vio fue a Gladys.
Seguía allí, junto al borde del agua, a cuarenta centímetros de la cruz fosforescente.
Había soltado a Kimi. Kimi estaba sentada en el suelo a su lado, con la cara entre las manos, media pintada y media no, y la espalda contra las piernas de su abuela, que había llegado de algún modo hasta ella a través de la multitud y le acariciaba el moño del terremoto.
Gladys estaba de pie, con la blusa amarilla manchada de base, los ojos desnudos y las manos vacías, mirando el agua. No la había visto llegar.
Lo segundo que vio Valeria fue el piso.
El semicírculo ya no era un semicírculo.
Era un lago. Seis robots y un conserje lo habían trapeado durante cinco minutos con ciento veinte galones de agua jabonosa, y el gel Deslice Pro 9, grado industrial, no apto para superficies de tránsito, se había expandido en todas direcciones como una mancha de aceite en un charco.
Cubría cuatro metros de mármol alrededor de la fuente.
Brillaba bajo la luz dorada del techo con un brillo espeso, tornasolado, casi hermoso, como la piel de un pez.
Los seis robots estaban detenidos en el borde de la mancha, en fila, con los halos apagados y los tanques vacíos, y en sus seis pantallitas se leía el mismo mensaje, parpadeando: ¡CUIDADO, PISO MOJADO!
Rogelio, junto a ellos, estaba de pie con el trapeador apoyado en el suelo como un báculo, y miraba el lago con la cara de un hombre que había hecho todo lo posible y sabía que no había sido suficiente.
Valeria miró el lago. Miró la cruz, que flotaba en el centro, fosforescente. Miró a Gladys, a cuatro metros, del otro lado.
No sabía qué iba a decirle. No lo había pensado. Había bajado tres pisos descalza para arreglarlo, pero no sabía qué era lo , ni cómo se arreglaba, ni si tenía arreglo. Solo sabía que tenía que llegar hasta ella.
—Gladys —dijo.
Gladys levantó la vista.
Valeria dio un paso.
Fabián Rocafuerte, sentado en el mármol con la cadera de titanio y la faja apagada, la vio pisar la mancha.
Lo supo antes que nadie, antes incluso que la propia Valeria.
Lo supo por el ángulo del pie, por el peso desplazado hacia adelante, por la falta de zapatos.
Cuarenta años de caídas le habían enseñado a leer el comienzo de una en el primer centímetro.
—No —dijo, muy bajo.
El pie derecho de Valeria Montenegro salió disparado hacia adelante, como un corcho de champán.
El izquierdo lo siguió por lealtad. Los brazos giraron como aspas.
El cuerpo se inclinó hacia atrás en un arco perfecto, largo, lento, de una elegancia casi coreográfica: rodillas separadas, espalda recta, cabeza protegida por instinto, brazos abiertos en cruz como si fuera a llevarse al cielo consigo.
Y cayó hacia atrás, hacia el agua, hacia el estanque de cincuenta centímetros de profundidad, con las monedas de un centavo y el zapato de bebé de 2019 y el dron número uno hundido, y la salpicadura subió dos metros, plateada, brillante, como una fuente dentro de la fuente.
Fabián Rocafuerte cerró los ojos.
—Cuarenta y cuatro C —susurró—. Perfecta.
Nadie la grabó.
Ni una sola de las once cámaras, cubiertas de globos.
Ni uno de los dos drones: uno estaba en el fondo del estanque y el otro colgaba del barandal.
Ni uno solo de los quince mil celulares, que en ese momento estaban en el suelo, en los bolsillos, colgando de cordones, apuntando al techo desde donde había llegado la voz de la carta, o en las manos de niños que grababan a sus padres.
En seis plataformas, tres millones de espectadores miraban once ventanas de papel de aluminio.
La única que lo vio fue Gladys.
Y Gladys, que se había pasado un mes entero intentando caerse de verdad, que había ensayado diecinueve desmayos sobre un sofá de plástico, que había escrito la hora de sus accidentes en rojo y los había subrayado dos veces, que había sido guionizada, coreografiada, medida con pipeta, pitada, perseguida y arrastrada por un robot, hizo lo único que su cuerpo supo hacer en ese instante, sin preguntarle a nadie.
Fue a ayudarla.
Cruzó la mancha. No como una hoja, ni como un general, ni como una señora de la tintorería.
Cruzó como cruza cualquier persona cuando ve a alguien caerse al agua: sin mirar el suelo.
Dio tres pasos sobre el gel. Al tercero llegó al borde del estanque.
Se agachó y le tendió la mano a la mujer de negro que estaba sentada en el agua hasta la cintura, con el pelo empapado pegado a la cara, las uñas Obsidiana Mate agarradas al borde de azulejos turquesa y un globo plateado flotando en el regazo.
Valeria la miró. Miró la mano.
La tomó.
Y tiró.
No quería tirar. Nadie quiere tirar. Pero el borde era de gel, la mano estaba mojada, el cuerpo de Valeria pesaba, y Gladys tenía los pies sobre cuatro metros de Deslice Pro 9 grado industrial.
Por un instante, la señora de blusa amarilla quedó suspendida sobre el agua, en un ángulo imposible, con un pie en el mármol y el otro en ningún lugar, sostenida solamente por la mano de la mujer que había planeado su caída.
Luego se fue de cabeza.