Capítulo 11 Waterloo #3
Lorenzo miró la consola principal. Había un botón azul, grande, redondo, con una tapa de plástico transparente para evitar activaciones accidentales. Encima, una etiqueta impresa que decía GLOBOS .
Eran las 15:19. Faltaban once minutos.
Pero Lorenzo llevaba dos años haciendo exactamente lo que decía el guion, y el guion ya no servía para nada.
En ese momento, en la cabina de cámaras del tercer piso del Plaza Tropical Mall, con los monitores temblando y una señora comiendo chicharrones frente a una telenovela, Lorenzo pensó por primera vez en su vida por su cuenta.
Y lo que pensó fue esto: si todo va a salir mal, que por lo menos salga bonito.
Levantó la tapa de plástico transparente.
Apretó el botón azul.
* * *
15:19:40
Las seis compuertas del techo de cristal se abrieron al mismo tiempo con un chasquido metálico.
Y empezaron a caer los globos.
Ocho mil globos plateados, metalizados, redondos, del tamaño de una cabeza humana, cayeron sobre el sector C en una cascada lenta, silenciosa, brillante.
Entraban por las compuertas como el agua entra por las esclusas de un canal y descendían girando, rebotando entre sí, reflejando en sus superficies curvas la luz dorada de la tarde que entraba por el cristal.
Parecían una lluvia de monedas. Parecían una nevada de mercurio.
Parecían, dijo después una de las monjas franciscanas a un periódico católico de Boston, "la forma en que Dios imagina el confeti".
Bajaron sobre las quince mil personas con las manos en los oídos.
Sobre los catorce soldados sentados en círculo con sus faldas rojas pitando.
Sobre el vicepresidente de Hydra-Glow, que intentaba levantarse de la cascada de botellas.
Sobre los seis robots con halos naranjas y sobre Rogelio con su trapeador.
Sobre Tamayo acostado en el suelo con el flan.
Sobre la fuente, el estanque, las monedas, el zapato de bebé de 2019.
Y sobre la señora de blusa amarilla y la muchacha de media cara, que seguían abrazadas junto al borde del agua y que abrieron los ojos al mismo tiempo y levantaron la vista hacia el techo.
Los globos llenaron el aire.
Los drones fueron los primeros en caer. El dron número uno, el que transmitía la vista cenital, se metió en una nube de globos a quince metros de altura y sus hélices cortaron tres en un segundo, con tres estallidos secos que nadie oyó bajo el pitido.
Un cuarto globo se le enredó en el tren de aterrizaje.
Perdió el equilibrio, giró, descendió en espiral como una hoja de otoño hecha de plástico y fibra de carbono, y cayó al estanque con un chapoteo, junto al zapato de bebé.
El dron número dos se estrelló contra el barandal del segundo piso y quedó colgando de un globo como un paracaidista en un árbol.
Luego cayeron las cámaras. No físicamente: se taparon.
Los globos se acumularon frente a los lentes de las cámaras tres, cinco, siete, ocho y once.
Rebotaban contra ellos, se pegaban por la electricidad estática y los cubrían con superficies plateadas que reflejaban el caos en miniatura, deformado, como un espejo de feria.
En seis plataformas, tres millones de espectadores vieron cómo, una tras otra, las once ventanas de la transmisión se llenaban de un plateado brillante e informe, como si alguien hubiera envuelto la realidad en papel de aluminio.
Y los celulares, los que quedaban en alto, los que no habían caído al suelo ni colgaban de cordones ni grababan zapatos, se encontraron con lo mismo: globos. Globos delante de la pantalla. Globos en la cara. Globos en los brazos. Nadie podía grabar nada. Nadie podía ver nada a más de un metro.
Por primera vez desde el sábado del mango, el sector C del Plaza Tropical Mall no estaba siendo grabado.
* * *
15:20:00
En el borde de la multitud, junto al kiosco de fundas de celular, Walter Iglesias no se había tapado los oídos.
No por heroísmo. Walter había pasado veinticinco años reparando refrigeradores industriales en cocinas de restaurantes y bodegas de supermercados, con compresores que rugían a cien decibeles durante ocho horas diarias.
Había perdido el cuarenta por ciento de la audición del oído izquierdo en 1998.
Para él, ciento cuarenta decibeles era solo un ruido más fuerte de lo normal.
Lo que lo había paralizado no era el sonido. Era otra cosa.
Era que conocía ese sonido.
No el pitido en sí, sino su naturaleza. El sonido de muchos aparatos iguales haciendo lo mismo al mismo tiempo, sincronizados, controlados desde un solo lugar.
El sonido de un sistema. Durante doce años, Walter había vivido dentro de un sonido así: cuatro mil teléfonos zumbando en la penumbra de un garaje, conectados a una sola regleta, a un solo enchufe detrás del calentador de agua.
Sabía cómo sonaba un sistema. Sabía cómo sonaba cuando funcionaba y cuando fallaba.
Y sabía, sobre todo, cómo se apagaba.
Levantó la vista y buscó entre la lluvia de globos.
Buscó el origen. En algún lugar tenía que haber un enchufe, una regleta, un calentador de agua.
Lo encontró a veinte metros, junto a una palma de plástico: un muchacho de veinte años con lentes de pasta y una camiseta que decía I ♥ PYTHON , sentado en el suelo, con una luz roja pitando en el ombligo y un portátil abierto en las rodillas.
Tecleaba desesperado, con la cara desencajada, porque había intentado apagar el sistema a las 15:18 y el sistema no respondía.
Walter se abrió paso entre la multitud. Empujó. Pidió permiso. Se agachó bajo los globos. Pisó un celular que grababa el techo. Llegó junto a Joselito.
Joselito lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¡No se apagan! —gritó, aunque Walter apenas lo oyó—. ¡Hice el script de sincronización pero no el de parada! ¡No se me ocurrió que iban a querer parar!
Walter se arrodilló a su lado. Miró la pantalla del portátil. Catorce ventanas abiertas, catorce dispositivos, catorce luces rojas parpadeando en un diagrama de la fuente. No entendía el código. No hacía falta.
—¿Cada una tiene su propia batería?
—Sí.
—¿Y su propio interruptor?
Joselito lo pensó.
—Tienen un botón de reinicio. Atrás. Hay que mantenerlo apretado cinco segundos. Pero hay que ir una por una. Y la gente está sentada encima.
Walter asintió. Se puso de pie. Se abrochó el último botón de la camisa a cuadros, el que no cerraba. Se quitó el pedacito de papel higiénico de la barbilla, lo miró, lo guardó en el bolsillo. Sacó el Samsung Galaxy del paño de cocina y se lo dio a Joselito, que lo tomó sin entender.
—Cuídamela —dijo Walter—. Anda bajita de ánimo.
Y se fue a apagar las fajas.
Una por una.
Empezó por Nieves, que era la que tenía más cerca, sentada sobre una caja de Hydra-Glow vacía, con el rosario en la mano y los ojos cerrados. Walter se arrodilló a su lado.
—Señora. Con permiso.
Nieves abrió los ojos. Lo miró. Se inclinó un poco hacia adelante, sin decir nada, con la dignidad de treinta y ocho años de servicio sin una sola baja. Walter metió la mano entre la tela del vestido negro de misa y la faja roja, encontró el botón y lo mantuvo apretado.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
La luz roja se apagó.
El pitido de Nieves se detuvo.
Nadie lo notó, porque seguían pitando trece. Pero Walter sí lo notó. Era el mismo silencio que se producía en su garaje cuando un teléfono dejaba de zumbar: pequeño, casi imperceptible, y al mismo tiempo definitivo, como una respiración que termina.
Nieves le tocó el brazo.
—Gracias, mijo —dijo, con su voz de papel de seda.
Walter se quedó un segundo inmóvil. Luego se levantó y fue hacia la siguiente.
Las gemelas Nena y Pupi, una sobre la rodilla de la otra. Dos botones, dos veces cinco segundos, dos silencios.
Doña Olga Ocampo, en la silla plegable del señor del letrero.
Se negó al principio, porque su hijo le había dicho que no se levantara pasara lo que pasara.
Walter le dijo que no hacía falta levantarse.
Doña Olga lo miró de arriba abajo, vio la camisa a cuadros, el corte en la barbilla, las manos de técnico, y se dejó. Un silencio más.
Las cinco costureras, esparcidas por el círculo. Cinco silencios.
Kevin, el primo de la deuda, que se resistió, forcejeó y gritó algo sobre sus derechos. Walter lo desactivó igual, con una llave de lucha que había aprendido en 1987 en un curso de defensa personal del YMCA de Hialeah y que no había usado jamás. Un silencio.
Brayan Luminoso, que al ver llegar a Walter cerró los ojos, juntó las manos frente al pecho y dijo "hermano, gracias, hermano, suéltame del ego". Walter no entendió, pero le apagó la faja de todos modos. Un silencio.
Fabián Rocafuerte, sentado en el mármol con la cadera de titanio, que le señaló el botón él mismo con dos dedos, con la precisión de un profesional. Un silencio.
Joselito, que se desactivó solo con dedos temblorosos, siguiendo las instrucciones que Walter le hizo con la mano desde lejos. Un silencio.
Con cada faja que se apagaba, el sector C cambiaba.
El rugido se volvía zumbido, y el zumbido, pitido.
Ya no sonaba como catorce camiones dando marcha atrás dentro de una campana.
Sonaba como doce, como diez, como seis, como tres.
Las manos empezaron a bajar de los oídos.
La gente abría los ojos. Se miraba entre los globos. Se preguntaba qué había pasado.
Al final quedó una sola.
En la posición número uno, junto al escenario, sentado en el borde de la tarima de Hydra-Glow, con la guayabera abierta de par en par y la faja roja imperial resplandeciendo entre los globos, don Rigoberto Almánzar seguía pitando.
Walter se acercó.