Capítulo 11 Waterloo #2
Fue el sonido de catorce camiones dando marcha atrás dentro de una campana.
Fue el sonido de un avión despegando dentro de un ropero.
Rebotó en el techo de cristal, en las columnas, en los barandales del segundo y el tercer piso, en el agua del estanque, que tembló en ondas concéntricas como si alguien hubiera tirado una piedra muy grande.
Hizo vibrar los vidrios de las vitrinas.
Hizo que los maniquíes de una tienda de ropa del segundo piso se inclinaran levemente hacia adelante, como si quisieran ver mejor.
Hizo que el cantante de reguetón de segunda fila, que esperaba detrás del escenario para hacer un bis que nadie le había pedido, se tirara al suelo creyendo que era un ataque.
Y quince mil personas hicieron lo mismo al mismo tiempo.
Se taparon los oídos.
Quince mil manos soltaron quince mil celulares.
Algunos cayeron al suelo. Otros quedaron colgando de sus cordones, girando, grabando zapatos.
Otros se quedaron en los bolsillos, grabando oscuridad.
Otros fueron recogidos por niños, que empezaron a grabar a sus padres con las manos en las orejas y la boca abierta en un grito que no se oía.
En seis plataformas, tres millones de espectadores vieron cómo la imagen de los drones temblaba, cómo el sonido de la transmisión se saturaba en un rugido blanco, cómo en la cámara siete un vicepresidente de Hydra-Glow con zapatos sin calcetines se caía de espaldas sobre la cascada de botellas iluminadas.
Doña Amparo Soto, de pie junto a la carpa con el Tupperware naranja en los brazos, se llevó las manos a los oídos por instinto.
El Tupperware salió volando.
Subió.
Subió con la lentitud irreal de las cosas que no deberían estar en el aire, girando despacio, mostrando alternativamente la tapa y el fondo, la tapa y el fondo, con el papelito pegado encima que decía FLAN — NO VOLTEAR dando vueltas como la hélice de un avión de juguete.
Ciento veinte años de receta de Sagua la Grande.
Una abuela, una bisabuela, una tatarabuela.
Cuatro generaciones de mujeres equivocándose en la cocina, girando sobre la fuente central del Plaza Tropical Mall a ciento cuarenta decibeles.
Y el oficial Heriberto Tamayo, que era el único ser humano del sector C que no se había tapado los oídos, porque el curso en línea decía en el módulo dos que un agente de seguridad nunca, bajo ninguna circunstancia, suelta la vista de la escena, lo vio.
Corrió.
Esta vez no pensó en la dignidad institucional.
No pensó en los zapatos ortopédicos. No pensó en la academia, ni en Duvalier, ni en la libreta, ni en San Judas Tadeo.
Corrió como corre un hombre de cuarenta y siete años con el uniforme dos tallas más chico, con los botones de la barriga a punto de declarar la independencia, a través de una multitud aturdida, esquivando cuerpos, saltando un carrito de bebé, empujando sin querer a una monja franciscana que lo bendijo mientras caía.
Y en el último metro se lanzó.
Voló horizontal, con los brazos extendidos, como Fabián Rocafuerte en la portada de su libro, como un santo en levitación, como un portero en el último minuto de una final. El Tupperware naranja bajaba girando. Tamayo subía.
Se encontraron en el aire.
Tamayo lo atrapó con las dos manos, contra el pecho, y aterrizó de espaldas sobre el mármol seco, fuera del semicírculo, con un ruido de colchón que se rinde.
Se deslizó un metro. Se detuvo. Y se quedó ahí, acostado, con los ojos cerrados y el Tupperware abrazado sobre la insignia del águila con candado, respirando como un fuelle.
Luego abrió los ojos. Miró el recipiente.
La tapa estaba arriba.
FLAN — NO VOLTEAR.
No se había volteado.
A doce metros de distancia, subida sobre los hombros de un señor de lentes oscuros, con las dos manos tapándose los oídos y la boca abierta en un grito que nadie oyó, una niña de nueve años con una camiseta hecha en casa que decía OFICIAL TAMAYO ES MI HÉROE lo había visto todo.
No con un celular. Con los ojos.
* * *
15:17:00 (tercer piso)
En la cabina de cámaras, Marlene no se tapó los oídos.
No porque no oyera el pitido. Lo oía perfectamente, incluso a través de la puerta metálica y de tres pisos de concreto.
Hacía vibrar el ventilador de pie, los chicharrones dentro de la bolsa y los veintidós monitores en la pared.
Pero en el monitor siete, bajo la lluvia, en una hacienda, Leonardo acababa de abrir la carta de su madre.
Y Marlene llevaba once años esperando ese momento.
No iba a soltar la mirada ni aunque se cayera el techo de cristal.
—Léela —susurró—. Léela, Leonardo.
A su lado, Valeria Montenegro estaba de pie frente a los diecinueve monitores y había dejado de hablar.
En todos los monitores se veía lo mismo, desde once ángulos: el caos.
Una multitud con las manos en los oídos.
Celulares por el suelo. Un vicepresidente de espaldas sobre una cascada de botellas.
Seis robots con halos naranjas rociando agua en abanico alrededor del estanque.
Un conserje trapeando entre ellos como si nada.
Un guardia acostado en el piso abrazando un recipiente naranja.
Catorce personas sentadas en círculo, cada una con una luz roja en el ombligo.
Y en el centro de todo, junto a la fuente, fuera del semicírculo, a cuarenta centímetros de una cruz fosforescente que nadie había pisado, una señora de blusa amarilla abrazada a una muchacha con media cara, las dos inmóviles, las dos con los ojos cerrados, las dos sin taparse los oídos.
Valeria tenía en la mano la libreta de cuero negro, abierta en la página cuarenta y siete. 15:17 — MOMENTO ESTELAR.
Eran las 15:17.
No había momento estelar. Había otra cosa. Algo que no estaba en ningún guion, ni en noventa y dos páginas ni en catorce ni en ninguna. Algo que ella no había diseñado, que no podía editar, que no sabía cómo iba a terminar.
Por primera vez en su carrera, Valeria Montenegro sintió que el suelo se le movía bajo los pies. Literalmente: el pitido hacía temblar el piso de la cabina.
—Iker —dijo—. Corta la transmisión.
—No puedo. Está en seis plataformas. Tres millones en vivo. Si cortamos ahora…
—¡Corta!
—¡Si cortamos parece que escondemos algo!
Valeria lo miró. Iker tenía razón. Por primera vez en tres años de trabajo juntos, Iker tenía razón en algo y no decía "divino".
Valeria cerró la libreta de cuero negro. La metió en el bolsillo interior del traje. Se quitó los tacones de aguja, uno y después el otro, y los dejó sobre el escritorio, junto a la máquina de espresso portátil.
—¿Adónde vas? —preguntó Lorenzo, pálido como una fotocopia de una fotocopia.
—Abajo —dijo Valeria—. A arreglarlo.
Y salió descalza de la cabina.
La puerta metálica se cerró detrás de ella con un golpe que nadie oyó.
En el monitor siete, Leonardo desdoblaba la carta con las manos temblorosas bajo la lluvia.
Marlene se inclinó hacia la pantalla, con la bolsa de chicharrones apretada contra el pecho.
Se inclinó tanto que el codo se le apoyó en el escritorio.
En el escritorio había un micrófono de mesa conectado al sistema de altavoces del centro comercial.
Y el micrófono tenía un botón rojo que decía TRANSMITIR — TODOS LOS SECTORES .
Marlene no lo vio. Tenía los ojos en Leonardo.
El codo sí lo vio.
* * *
15:18:30
Valeria Montenegro bajó por las escaleras mecánicas del ala norte a pie, descalza, a contracorriente, porque las escaleras que bajaban estaban bloqueadas por la multitud y solo funcionaban las que subían.
Bajaba contra el movimiento de los escalones, peldaño a peldaño, con el traje negro, las uñas Obsidiana Mate agarradas al pasamanos de goma y el pelo, perfectamente recogido desde las seis de la mañana, deshaciéndose mechón a mechón.
Era como caminar hacia atrás en el tiempo.
Cada paso que daba la escalera la devolvía medio paso.
Llegó al segundo piso sin aliento. Llegó al primero con un pie sangrando, porque se había clavado el borde de un peldaño.
En la planta baja no pudo avanzar. Había quince mil personas con las manos en los oídos, empujándose sin rumbo, como peces en una pecera a la que alguien le ha dado un golpe.
Valeria se metió entre ellas. La empujaron.
La pisaron. Un niño la grabó con el celular de su padre.
Una monja franciscana la bendijo. Nadie la reconoció.
Sin tacones, sin libreta en la mano, con el pelo deshecho y el pie sangrando, Valeria Montenegro era, por primera vez en veinte años, una mujer cualquiera en un centro comercial un sábado por la tarde.
A lo lejos, entre las cabezas, vio el chorro de la fuente subiendo tres metros y cayendo como una palmera.
Siguió avanzando.
* * *
15:19:00
En la cabina de cámaras, Lorenzo se había quedado solo con Iker, la técnica de transmisión, el muchacho del carrito, Marlene y la telenovela.
Miraba los diecinueve monitores. Temblaba.
Llevaba dos años con la tableta contra el pecho y la cara de fotocopia, esperando una mala noticia por correo electrónico, y ahora la mala noticia había llegado toda junta, sin correo, en once ángulos y a ciento cuarenta decibeles.
Nadie le decía qué hacer. Valeria se había ido.
Iker se había sentado en el suelo con la gorra en las manos.
La técnica de transmisión se había puesto unos audífonos con cancelación de ruido y miraba al techo.
Lorenzo abrió el guion técnico definitivo en la tableta. Buscó desesperado alguna instrucción, alguna página, alguna línea que dijera qué hacer si catorce fajas pitaban al mismo tiempo, seis robots se volvían locos y la talento no pisaba la cruz.
No encontró nada.
Encontró, en cambio, la página ochenta y uno: 15:30 — Lanzamiento de globos. 8.000 unidades. Plateados. Desde techo de cristal, compuertas 1 a 6. Activación: botón azul, consola principal.