Capítulo 11 Waterloo
Waterloo
Gladys dio un paso.
No hacia la cruz.
Nadie supo nunca explicar por qué, ni siquiera ella.
Más tarde, cuando le preguntaron en once entrevistas, tres programas de televisión y un podcast de filosofía de Buenos Aires, dio once respuestas distintas, todas sinceras.
Dijo que fue San Judas. Dijo que fue Kimi.
Dijo que fue el huevo quemado del desayuno.
Dijo que fue don Aurelio y el cuello que no se sostiene solo.
Dijo que fue la primera vez en su vida que alguien le avisaba de algo antes de que pasara, y que no supo qué hacer con eso excepto obedecer.
Al podcast de Buenos Aires le dijo que fue porque la cruz era fosforescente, y a ella nunca le habían gustado las cosas que brillan de más.
El filósofo lo consideró una respuesta profundísima sobre la hiperrealidad.
Gladys lo había dicho porque era verdad.
Lo cierto es que dio un paso hacia la derecha, no hacia adelante.
Un paso corto, torpe, de señora que esquiva un charco en la acera de la calle 49.
Y quedó a cuarenta centímetros de la cinta adhesiva fosforescente, fuera del semicírculo de mármol que brillaba un poco, casi nada, bajo las luces del techo.
Kimi llegó en ese momento, con los brazos abiertos. Frenó en seco al borde del brillo, con los tacones clavados en el mármol seco. Por un segundo se tambalearon juntas, como dos personas que se encuentran en la puerta de un ascensor y no saben quién pasa primero.
Luego se abrazaron.
No fue el abrazo del guion. El guion decía: abrazo tierno, 4 segundos, Kimi acaricia el pelo de la talento, sonrisa vulnerable hacia cámara 7 .
Fue un abrazo apretado, feo, de dos personas que se agarran para no caerse.
Kimi le hundió la cara con media cara pintada en el hombro de la blusa amarilla, y la blusa quedó manchada para siempre de base color Porcelana Nude 02 .
Gladys le puso la mano en la nuca, en el moño del terremoto, como se le pone a una niña que llega llorando del colegio.
—No pisaste —susurró Kimi.
—Me dijiste que no.
—Nadie me hace caso nunca.
—Yo sí, mi amor —dijo Gladys—. Yo soy muy obediente cuando me dicen las cosas antes.
Quince mil personas miraban. Las once cámaras transmitían. En seis plataformas, tres millones de espectadores veían a una señora sin pestañas abrazar a una influencer con media cara, junto a una fuente, sin que pasara absolutamente nada.
Y en la cabina del tercer piso, frente a los diecinueve monitores, Valeria Montenegro dijo, por primera vez en su carrera, en voz alta y sin control:
—¿Qué hace?
Iker, a su lado, con la gorra, miraba la cámara once, la del primer plano, donde la cruz fosforescente seguía en el piso, sola, sin nadie encima, brillando.
—No sé —dijo Iker—. Pero es divino.
* * *
15:16:20
Rogelio Barroso Tejeda no fue detrás de los robots.
Los dejó pasar por el pasillo de servicio, los vio entrar al sector C en fila india con sus halos azules girando, y luego se desvió.
Caminó por el borde de la multitud, pegado a las columnas, con el trapeador de mango de aluminio en el hombro, directo hacia el semicírculo de mármol junto al estanque.
No iba rápido. Iba con el paso de un hombre que ha caminado treinta y un años por los mismos pasillos y sabe exactamente cuánto mide cada baldosa.
Iba a trapear aquel piso. Aunque fuera lo último que trapeara en su vida.
El guardia de Nativa Events lo vio venir a diez metros. Era el mismo de la madrugada, el alto y joven del chaleco de STAFF . Se le cruzó delante con el brazo extendido, como una barrera de estacionamiento.
—Señor. Ya le dije. Zona restringida.
Rogelio se detuvo. No bajó el trapeador.
—Ese piso está sucio.
—Ese piso es de producción.
—Todos los pisos son de alguien —dijo Rogelio—. Pero la mugre es de todos.
El guardia abrió la boca para contestar. No llegó a hacerlo, porque una mano le cayó en el hombro. Era una mano pesada, sudada, con un anillo de graduación de un curso en línea en el dedo anular.
—Zona restringida —dijo el oficial Heriberto Tamayo—. Para usted.
El guardia se dio vuelta. Tamayo estaba detrás de él, con los lentes oscuros en la mano, la insignia del águila en el pecho y la mirada de un hombre que llevaba toda la tarde vigilando un borde de mármol porque una muchacha con media cara le había dicho que lo hiciera.
—Usted no tiene jurisdicción aquí.
—Tengo algo mejor —dijo Tamayo—. Tengo libreta.
Y le mostró la libreta de tapa negra, abierta en la última página, donde decía, con letra de molde y tinta indeleble: Objetivo: estar ahí.
El guardia de Nativa leyó la frase. No entendió nada. Pero había algo en la cara de aquel hombre de uniforme apretado, algo en la manera en que sostenía la libreta, como un sacerdote sostiene el misal, que lo hizo retroceder medio paso.
Fue suficiente. Rogelio pasó por el hueco con el trapeador por delante.
—Gracias, oficial —dijo, sin detenerse.
Tamayo no contestó. Se le había hecho un nudo en la garganta. Nadie le había dado las gracias nunca por dejar pasar a alguien. Siempre se las habían negado por no dejarlos pasar.
* * *
15:16:40
Los seis Limpio-Bot 3000 llegaron al centro del sector C a las 15:16:40 y se detuvieron al mismo tiempo, como un pelotón que escucha una orden.
Sus halos dejaron de girar. Sus cepillos se detuvieron.
Sus sensores láser, cuatro por robot, veinticuatro en total, zumbaron más fuerte, como un enjambre de insectos alarmados.
Barrían el piso de mármol con rayos invisibles, buscando, analizando, midiendo la superficie baldosa por baldosa, con la precisión obsesiva de un algoritmo diseñado en Atlanta por gente que nunca había trapeado nada.
Y encontraron algo.
En las seis pantallitas apareció, al mismo tiempo, el mismo texto:
ANOMALÍA DE SUPERFICIE DETECTADA.
SUSTANCIA NO IDENTIFICADA.
COEFICIENTE DE FRICCIÓN: CRÍTICO.
Y luego, después de una pausa:
¡SUCIEDAD! ¡SUCIEDAD! ¡SUCIEDAD!
Los seis robots giraron sobre sí mismos, con un pitido de reflexión, hacia el mismo punto: un semicírculo de un metro y medio junto al borde del estanque, con una pequeña cruz de cinta adhesiva fosforescente en el centro.
Encendieron los halos. Esta vez no en azul, sino en naranja, el color que el manual de usuario llamaba Modo Limpieza Intensiva y que nadie en el Plaza Tropical Mall había visto nunca.
Y avanzaron hacia la fuente a velocidad máxima, abriendo sus tanques de veinte galones y rociando agua jabonosa en abanico por delante de ellos, como seis pequeños barcos de bomberos saludando a un trasatlántico que entra en el puerto.
La multitud se apartó con un grito. Las monjas franciscanas se recogieron los hábitos. La señora de JUSTICIA PARA LIMPIO soltó la vela apagada y levantó los brazos al cielo como quien ve llegar a un mesías.
—¡LIMPIO! —gritó—. ¡VOLVIÓ! ¡SON SEIS!
Rogelio llegó al borde del semicírculo al mismo tiempo que Tomasa, la del rayón en la carcasa. Se miraron, el hombre y la máquina. Tomasa zumbó. En su pantalla aparecieron los ojos animados, parpadeando.
—Tú también lo viste —le dijo Rogelio.
Tomasa roció agua jabonosa sobre el gel. Rogelio metió el trapeador.
Y durante veinte segundos, en el centro del sector C, un hombre de sesenta y tres años y seis robots trapearon juntos, en silencio, con la misma furia serena, el mismo metro y medio de mármol envenenado.
Por primera vez desde que existían las máquinas de limpieza autónomas, un algoritmo y un conserje coincidieron en qué era mugre.
El problema era que veinte galones por seis son ciento veinte galones.
Y el gel Deslice Pro 9, grado industrial, no apto para superficies de tránsito, no se disolvía en agua. Se expandía.
* * *
15:17:00
En la columna número uno, junto al escenario, don Rigoberto Almánzar desabrochó el segundo botón de su guayabera.
Luego el tercero.
Luego se volvió hacia la multitud y levantó el brazo derecho, en alto, con la mano extendida, como un general que da la señal a la artillería desde lo alto de una colina.
Alrededor de la fuente, en catorce puntos del círculo, catorce personas vieron la señal.
Nieves abrió los ojos y dejó de rezar. Las gemelas Nena y Pupi se soltaron los codos.
Doña Olga Ocampo dejó de parpadear con el ojo izquierdo.
Kevin, el primo de la deuda, murmuró algo que sonó a "por fin".
Joselito tecleó un comando en el portátil.
Brayan Luminoso se llevó las manos a los cuarzos.
Fabián Rocafuerte descruzó los brazos, miró el borde de la fuente, donde un hombre y seis robots trapeaban un semicírculo que se hacía más grande y más brillante cada segundo, y comprendió, con cuarenta años de experiencia en caídas, que aquel piso ya no iba a derribar a una sola persona.
Iba a derribar a cualquiera.
Pero la señal era la señal.
Los catorce se sentaron al mismo tiempo.
Se sentaron donde pudieron: en bancas, en maceteros, en el borde de las mesas del patio de comidas, en el suelo.
Nieves se sentó sobre una caja de Hydra-Glow vacía.
Las gemelas se sentaron una sobre la rodilla de la otra, porque solo había un lugar.
Doña Olga se sentó en la silla plegable del señor del letrero de YO TAMBIÉN ME CAÍ UNA VEZ , que se la cedió con una reverencia.
Fabián Rocafuerte ejecutó una caída 3-A, "sentada seca con dignidad", sobre el mármol, con la cadera de titanio.
Y don Rigoberto Almánzar, en la posición número uno, con la guayabera abierta de par en par y la faja roja imperial resplandeciendo al sol que entraba por el techo de cristal, se sentó en el borde del escenario de Hydra-Glow como Napoleón se sentó en el trono de las Tullerías el 20 de marzo de 1815.
¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!
Catorce veces.
Ciento cuarenta decibeles, catorce veces, en una catedral de mármol y cristal con acústica de iglesia.
Joselito tenía razón: no se sumaba así. Pero igual fue mucho.