El mejor libro (según Gladys) Capítulo 10 El desembarco #5
80%

Capítulo 10 El desembarco #5

Fabián Rocafuerte, con la faja roja ajustada sobre la cadera de titanio, estaba inmóvil como un poste, con los brazos cruzados y los ojos fijos en la cruz fosforescente junto al borde del agua.

Joselito, con el portátil abierto sobre un brazo, verificaba por decimocuarta vez la sincronización de los dispositivos.

Brayan Luminoso, en lino blanco, con los dos cuarzos, respiraba con los ojos cerrados.

Por primera vez en su vida no estaba meditando: estaba rezando.

En la posición número uno, la más cercana al escenario, don Rigoberto Almánzar esperaba de pie junto a una columna, en guayabera de gala con puños franceses, con la mano derecha apoyada sobre el tercer botón de la camisa.

Miraba el reloj de la columna.

15:13.

A su lado, un niño de unos siete años le tiró de la guayabera.

—Señor. ¿Por qué tiene una luz roja en la barriga?

Don Rigoberto bajó la vista. El dispositivo brillaba a través de la tela blanca de la guayabera, en el ombligo, como un corazón rojo.

—Porque soy emperador, mijo —dijo.

El niño lo pensó. Luego asintió, satisfecho, y volvió con su madre.

*   *   *

3:14 p.m.

En la cabina de cámaras del tercer piso, Valeria Montenegro estaba de pie frente a los diecinueve monitores.

En todos se veía la fuente. Desde arriba, por el dron uno.

Desde el costado, por la cámara tres. De frente, por la cámara siete.

Y en primer plano, en la cámara once, la pequeña cruz de cinta adhesiva fosforescente junto al borde del agua, en el centro de un semicírculo de mármol que brillaba un poco, casi nada, bajo las luces del techo.

—Posiciones —dijo Iker por el intercomunicador—. Talento uno, fuera de la carpa. Talento dos, por la derecha. Tres minutos para el estelar.

—¿La talento sabe? —preguntó la técnica de transmisión, sin levantar la vista de los cables.

Nadie contestó.

El monitor siete no mostraba la fuente. En él, Leonardo sostenía un sobre amarillento bajo la lluvia, en una hacienda. Marlene, en la silla con el respaldo roto, había dejado de comer chicharrones. Tenía la bolsa apretada contra el pecho.

—Ahí va —susurró Marlene—. Ahí va, Leonardo. Ábrela.

Valeria la oyó y se volvió hacia el monitor siete. Leonardo rasgaba el sobre. Temblaba. La lluvia le corría por la cara como lágrimas que nadie había medido con ninguna pipeta.

Valeria volvió a los diecinueve monitores. Miró la cruz fosforescente. Miró el brillo casi invisible del mármol. Abrió su libreta de cuero negro en la página cuarenta y siete, en el recuadro rojo, y leyó por última vez: Talento NO debe saberlo.

Por un instante, tan breve que ninguna de las once cámaras lo habría captado, algo pasó por la cara de Valeria Montenegro.

No era una contracción rabiosa entre la ceja y la nariz.

No era una lágrima única de 0,07 mililitros.

Era algo más pequeño, más antiguo, más difícil de nombrar.

Era la cara de una mujer que, en algún patio, en algún momento de 1983, antes de las uñas negras y del piso veintidós, se había caído también alguna vez, delante de todo el mundo, y alguien se había reído.

Luego desapareció.

—Adelante —dijo.

*   *   *

3:15 p.m.

Tres cosas ocurrieron al mismo tiempo.

En el pasillo de servicio del ala este, la puerta metálica se abrió de par en par.

Seis robots blancos, redondos y achatados, con halos azules girando y tanques de veinte galones gorgoteando, entraron en el sector C en fila india, diciendo al unísono con sus vocecitas electrónicas: ¡HOLA!

¡SOY LIMPIO! ¡CUIDADO, PISO MOJADO! Detrás de ellos caminaba un hombre de sesenta y tres años con un trapeador de mango de aluminio en el hombro, como un fusil retirado del servicio.

En la columna número uno, junto al escenario, don Rigoberto Almánzar desabrochó el primer botón de su guayabera.

Y de la carpa blanca, detrás del escenario, salió Gladys Maritza Obregón.

Blusa amarilla. Pantalones blancos. Sandalias sin lijar. Sin faja. Sin pestañas. Sin cartera. Con una estampita de San Judas Tadeo en el bolsillo y una frase de cuatro palabras en el oído.

No pises la cruz.

Quince mil personas la vieron.

Y el sector C, por primera vez en toda la tarde, se quedó completamente en silencio.

Gladys caminó hacia la fuente.

No caminaba como un general hacia una batalla, ni como una hoja que cae.

Caminaba como una señora de cincuenta y tres años que viene de la tintorería: con los pies un poco cansados, la espalda un poco doblada, los ojos pequeños y castaños, con arrugas finas como las líneas de un mapa.

Caminó despacio. Miró la fuente, el chorro de agua que subía tres metros y caía como una palmera.

Miró el techo de cristal, por donde entraba la luz de la tarde en rayos oblicuos y dorados, digna de catedral, de aparición mariana.

Miró a la multitud, quince mil personas reales, calientes, que la miraban a ella.

Miró la cruz fosforescente en el piso, a tres metros de distancia.

Y a su derecha, desde el otro lado de la fuente, vio salir a Kimi Soto.

Caminaba hacia ella con los brazos abiertos, con media cara pintada y media cara de Westchester.

En una mitad de la boca llevaba la sonrisa vulnerable ensayada con la fonoaudióloga de Coral Gables.

En la otra mitad llevaba algo que se parecía mucho a una advertencia.

El reloj de la columna marcó las 15:16.

Gladys dio un paso.