El mejor libro (según Gladys) Capítulo 10 El desembarco #4
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Capítulo 10 El desembarco #4

—Pero yo quiero contarles —continuó Doña Chela, alejándose definitivamente de la cartela, del guion, de la página catorce y de todas las siguientes— que yo conozco a Gladys desde 2003, cuando se mudó al lado mío con un camión que me rompió la cerca y dos cajas llenas de ángeles, y ya desde entonces una se daba cuenta de que esa mujer tenía algo…

Habló durante diecinueve minutos.

Al costado del escenario la esperaba el vicepresidente de Hydra-Glow, un hombre de cuarenta y cinco años con traje azul, zapatos sin calcetines y una sonrisa de anuncio de pasta de dientes.

Esperó los diecinueve minutos con su discurso de tres páginas en la mano, sin que nadie se atreviera a interrumpirla.

Doña Chela habló de Gladys, del camión, de la cerca y de los dos exmaridos.

Habló de sus cataratas, de su vista, del flan aguadito de 1987 y de Ramiro, que en paz descanse.

Habló de los rulos, del peinado y de lo que se siente esperar ochenta años a que pase algo.

Habló de la ventana. Habló, sin nombrarla, de la pelea en la cerca.

Al final, el público estaba callado, escuchando en completo silencio, como se escucha a una abuela contar una historia en una cocina a las once de la noche. Entonces dijo:

—Y yo le tomé una foto a su pizarra. Por la ventana. Y la mandé a todo el mundo. Porque yo nunca había tenido nada que contar. —Hizo una pausa. Se acomodó el casco dorado, aunque no hacía ninguna falta—. Así que si alguien aquí tiene que pedir perdón, no es ella. Soy yo.

Silencio en el sector C.

Luego, desde algún lugar de la multitud, una voz gritó:

—¡TE PERDONAMOS, CHELA!

Y quince mil personas lo repitieron.

Doña Chela se quedó en el escenario, con el micrófono en la mano, el ramo de claveles bajo el brazo y las lentejuelas brillando bajo el cañón de luz.

Miraba a la multitud con los ojos húmedos y una sonrisa temblorosa.

Luego se volvió hacia el vicepresidente de Hydra-Glow, que seguía esperando al costado con sus tres páginas.

—Mijo —le dijo, por el micrófono—, perdón, te toca. ¿Cómo te llamabas?

*   *   *

2:47 p.m.

El cantante de reguetón de segunda fila cantó Hidrátame Suave a las 14:47, en lugar de a las 14:25. La canción duraba dos minutos. La cantó dos veces, porque la primera nadie le prestó atención: el público estaba todavía gritando el nombre de La Chela.

*   *   *

3:05 p.m.

Detrás del escenario había una carpa blanca con aire acondicionado, llena de espejos, percheros, cajas de Hydra-Glow y una mesa con agua alcalina, rodajas de pepino y ningún azúcar. Allí esperaba Gladys Maritza Obregón, sentada en una silla plegable, con la estampita de San Judas en la mano.

Estaba tranquila. Eso era lo más raro. Había esperado nervios, sudor frío, el corazón como un pan en el horno.

No sintió nada de eso. Sentía una calma extraña, dulce, un poco hueca, como la que se siente en una iglesia vacía un martes por la tarde.

Afuera se oían los gritos de quince mil personas, amortiguados por la lona, como el mar dentro de una caracola.

A su lado, en otra silla plegable, estaba Doña Chela, con los tacones plateados quitados y los pies hinchados sobre una caja de Coco Zen.

No hablaban. No hacía falta. Cada tanto, Doña Chela le pasaba un sobrecito de azúcar que había sacado de su cartera, y Gladys se lo echaba directamente en la boca.

Yeyo estaba de pie en la entrada de la carpa, con las manos vacías.

En el otro extremo de la carpa, frente a un espejo rodeado de bombillas, Kimi Soto se estaba poniendo la cara.

Lo hacía sola, sin estilista y sin Lorenzo. Despacio: base, corrector, sombra, pestañas. A su lado, en un banquito, con el Tupperware naranja en el regazo, Doña Amparo la miraba con la desconfianza de quien ve a alguien pintar una pared que ya estaba bien.

—Te estás tapando la cara de tu abuelo —dijo.

—Es para las cámaras, abuela.

—Las cámaras que se busquen su propia cara.

Kimi se detuvo con el pincel en el aire y se miró en el espejo. Tenía la mitad de la cara pintada. La otra mitad era Westchester.

A las 15:08, Lorenzo entró corriendo en la carpa, con la tableta contra el pecho y cara de pánico.

—¡Kimi! ¡Gladys! ¡Posiciones! ¡Nueve minutos para el momento estelar!

—¿Qué momento estelar? —preguntó Gladys.

Lorenzo se quedó inmóvil. Abrió la boca y la cerró. Miró a Kimi. Kimi lo miró a él desde el espejo, con media cara.

—El… el abrazo —dijo Lorenzo—. El abrazo de tía y sobrina. En la fuente. Hay una marca en el piso. Una crucecita fosforescente. Usted se para ahí, señora Gladys. Kimi entra por la derecha. Usted da un paso hacia ella. Y… se abrazan.

—¿Y después?

Lorenzo tragó saliva.

—Después… lo que surja.

Gladys se puso de pie. Se alisó la blusa amarilla. Guardó la estampita de San Judas en el bolsillo del pantalón. Miró a Doña Chela, que le apretó la mano un segundo sin decir nada. Miró a Yeyo, en la puerta, con las manos vacías. Miró a Kimi, en el espejo, con media cara.

Kimi dejó el pincel sin terminar de pintarse. Se levantó, con la cara partida en dos como una luna en cuarto creciente, y caminó hacia la salida de la carpa por el otro lado, sin mirar a nadie.

Al pasar junto a Gladys se detuvo y se inclinó hacia ella. Le susurró al oído, muy rápido:

—No pises la cruz.

Y salió.

Gladys se quedó quieta.

—¿Qué dijo? —preguntó Doña Chela.

Gladys no contestó.

*   *   *

3:12 p.m.

En el depósito de Brillo Total Services , junto a los baños del ala este, la tableta de Rogelio emitió un aviso.

LIMPIEZA DE MANTENIMIENTO, SECTOR C, EN 3 MINUTOS. MODALIDAD: AUTOMÁTICA. INICIANDO SECUENCIA.

Los seis Limpio-Bot 3000 despertaron al mismo tiempo. Sus halos se encendieron en azul. Sus pantallitas mostraron los ojos animados, parpadeando uno tras otro, en fila, como si se desperezaran. Sus tanques de veinte galones gorgotearon. Sus cepillos giraron en el aire, probándose.

Rogelio se puso de pie. Tomó el trapeador de mango de aluminio y lo apoyó en el hombro.

—Primero —dijo—. Segundo. Tercero. Cuarto. Quinto. Tomasa.

Los robots giraron hacia él. En sus pantallas apareció el mismo texto, seis veces:

¡HOLA! ¡SOY LIMPIO!

Rogelio abrió la puerta del depósito. Afuera se oía el rugido del sector C: el reguetón, los gritos, la música épica que volvía a sonar.

Los seis robots avanzaron hacia la puerta en fila india, despacio, zumbando, con sus halos girando en la penumbra del pasillo de servicio como una procesión de velas.

Rogelio los dejó pasar. Luego salió detrás de ellos.

No iba a mirarlos. Esta vez no.

*   *   *

3:13 p.m.

Alrededor de la fuente central, distribuidas en círculo entre la multitud según el plano de las catorce equis rojas que don Rigoberto había dibujado en el mapa, catorce personas estaban de pie.

Debajo de la ropa llevaban una faja color rojo imperial con treinta y dos ganchos, un dispositivo del tamaño de una cajetilla de cigarrillos en el ombligo y, bordadas en hilo dorado, las palabras MODO NAPOLEÓN .

Llevaban de pie cuatro horas.

Nadie se había sentado. Nadie podía sentarse.

Nieves, con su vestido negro de misa, estaba apoyada en una palma de plástico con los ojos cerrados, rezando en voz baja un rosario que llevaba contando desde el mediodía.

Las gemelas Nena y Pupi, idénticas en lino crema, se sostenían la una a la otra por los codos, con la cara del mismo tono de gris.

Doña Olga Ocampo, la madre de Brayan, estaba de pie con una dignidad inmensa y un tic en el ojo izquierdo que no había tenido nunca.

Kevin, el primo de la deuda, había intentado sentarse una vez, a las 12:40, en el borde de un macetero. Tuvo que levantarse de un salto antes de que el dispositivo terminara de cargar, con un chillido corto que hizo girar a cuarenta personas.