El mejor libro (según Gladys) Capítulo 10 El desembarco #3
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Capítulo 10 El desembarco #3

Negociaron durante veinte minutos. Al final, Valeria obtuvo diecinueve de los veintidós monitores, el escritorio, el micrófono de los altavoces y el control del sistema.

Marlene conservó el monitor siete, la silla con el respaldo roto, los chicharrones y un derecho estipulado verbalmente y con testigos: que nadie hablara en voz alta entre las 15:00 y las 15:30, que era el horario del capítulo final.

—A las 15:17 hay un momento estelar —dijo Valeria.

—A las 15:17 Leonardo abre la carta de su madre —dijo Marlene.

Se miraron un momento: dos mujeres, dos pantallas, dos guiones. Luego Valeria se sentó en una silla plegable que había traído el muchacho del carrito, abrió su libreta de cuero negro en la página cuarenta y siete, en el recuadro rojo, y se quedó mirándola en silencio.

Marlene subió el volumen.

*   *   *

1:15 p.m.

En el control de acceso para invitados especiales, a la entrada del ala este, junto a los baños del sector C, un guardia de Nativa Events con chaleco de STAFF le cerró el paso a una señora de ochenta y un años y un metro cincuenta de estatura.

—No se pueden entrar alimentos, señora.

Doña Amparo Soto miró el recipiente que llevaba abrazado contra el pecho como un bebé. Era un Tupperware redondo de color naranja, con la tapa sellada con cinta adhesiva y un papelito pegado encima que decía, con letra temblorosa, FLAN — NO VOLTEAR .

—No es un alimento —dijo—. Es un flan.

—El flan es un alimento, señora.

—El mío no. El mío es una receta de mi abuela de Sagua la Grande que tiene ciento veinte años. Eso es patrimonio.

El guardia miró a Kimi. Estaba de pie junto a la señora, sin maquillaje, con la sudadera gris, el moño del terremoto y el pase de acceso total colgado del cuello, pidiéndole con los ojos que por favor, por favor, no hiciera eso.

—Ella viene conmigo —dijo Kimi.

—Usted puede pasar, señorita Soto. El flan no.

—Entonces yo tampoco —dijo Doña Amparo.

—Abuela…

—Kimberly. Llevo dos años sin verte. Me dijiste que viniera a equivocarme. Si no entra el flan, ¿con qué me voy a equivocar?

El guardia abrió la boca para contestar.

No llegó a hacerlo. En ese momento apareció junto a él, desde el pasillo alternativo, el oficial Heriberto Tamayo.

Llevaba el uniforme de Escudo Total Security Solutions LLC planchado hasta la agresión, la insignia del águila con candado en el pecho, el walkie-talkie en el hombro y los lentes oscuros puestos bajo techo.

Técnicamente no estaba de servicio: seguía suspendido. Técnicamente, el sector C ese día no era jurisdicción de Escudo Total , sino de Nativa Events . Pero Tamayo llevaba catorce meses, tres reprobaciones y un robot arrestado entendiendo que los tecnicismos eran para los que no tenían libreta.

—¿Algún problema aquí?

El guardia de Nativa lo miró. Miró la insignia. Lo reconoció, como lo reconocía todo el mundo.

—Usted es el del robot.

—Soy el oficial Tamayo. Sector C. —Miró el Tupperware naranja—. ¿Qué es eso?

—Un flan —dijo Doña Amparo.

Tamayo se inclinó sobre el recipiente con la seriedad de un agente antidrogas en un aeropuerto. Leyó el papelito: FLAN — NO VOLTEAR. Asintió lentamente.

—Autorizado —dijo.

—Oficial, el protocolo del evento…

—El protocolo del sector C lo conozco yo —dijo Tamayo, sin levantar la voz—. Llevo seis años aquí. Conozco cada baldosa. Conozco cada rollo de papel del baño del ala este. Y le digo que este flan pasa.

El guardia de Nativa se hizo a un lado.

Doña Amparo pasó con el Tupperware abrazado contra el pecho. Al cruzar junto a Tamayo se detuvo, lo miró de arriba abajo desde su metro cincuenta y le dijo:

—Usted es el que acusó a San Judas.

Tamayo se puso colorado hasta las orejas.

—Sí, señora.

—Yo le prendo velas a San Judas desde 1961 —dijo Doña Amparo—. Y le digo una cosa: si alguien en este mundo es capaz de organizar un desastre así, es él.

Y siguió caminando.

Kimi se quedó un segundo junto a Tamayo. Se miraron. Era la primera vez que estaban frente a frente sin un aro de luz de por medio.

—Gracias —dijo Kimi.

—Es mi sector —dijo Tamayo.

Kimi dudó. Luego, muy bajo, sin que nadie más la oyera, dijo:

—Oficial. Vigile la fuente. El borde. El lado de la cinta fosforescente.

Tamayo se quitó los lentes oscuros.

—¿Por qué?

Pero Kimi ya se había ido, detrás de su abuela y de un flan de ciento veinte años.

*   *   *

1:40 p.m.

A esa hora, alrededor de la fuente central del Plaza Tropical Mall, había quince mil personas.

Llenaban el sector C como el agua llena un vaso: hasta el borde y un poco más.

Se apretaban en los pasillos, se asomaban desde los barandales del segundo y el tercer piso, se subían a las bancas, a los maceteros de las palmas de plástico, a las mesas del patio de comidas.

Había familias con niños en los hombros.

Había adolescentes con camisetas de #TEAMPIZARRA y otros con camisetas de #TEAMCHELA que se miraban con desconfianza de barras bravas.

Había un grupo de monjas franciscanas de una parroquia de Coral Gables que habían venido, según le dijeron a un reportero, "a acompañar a San Judas en este momento difícil".

Había trabajadores de limpieza de un sindicato de Fort Lauderdale con una pancarta que decía ROGELIO SOMOS TODOS .

En primera fila estaba la señora de JUSTICIA PARA LIMPIO , con una vela de verdad que un guardia le había obligado a apagar.

Y junto a la entrada del patio de comidas, sentado en una silla plegable, estaba el señor mayor del letrero hecho a mano que decía YO TAMBIÉN ME CAÍ UNA VEZ .

Había llegado a las siete de la mañana, antes de que abrieran las puertas, y nadie sabía cómo había entrado.

No había un solo bot.

Por primera vez desde el sábado del mango, cada una de las personas que miraba a Gladys Maritza Obregón existía.

Tenía cuerpo. Tenía calor: sudaba, a pesar de los sesenta y cuatro grados Fahrenheit.

Tenía sed, y por eso los cuarenta promotores de Hydra-Glow con camisetas fosforescentes que caminaban entre la multitud repartiendo muestras gratis de Maracuyá Consciente y Coco Zen se habían quedado sin producto a las 13:25.

Tenía celulares, quince mil celulares, levantados en el aire como antorchas en una procesión.

Y en el borde de esa multitud estaba Walter Iglesias. Estaba apretado contra una columna junto al kiosco de fundas de celular, con su camisa a cuadros azules que le quedaba chica y un pedacito de papel higiénico pegado en la barbilla.

No se movía. Tenía la espalda contra la columna y las dos manos sobre el bolsillo de la camisa.

Respiraba corto, como se respira bajo el agua.

A su alrededor, la gente lo empujaba, lo rozaba, le pisaba los zapatos, le hablaba al oído sin hablarle a él, le echaba el aliento de las muestras de Maracuyá Consciente.

Quince mil personas reales, calientes y ruidosas.

Cuatro veces su garaje entero, pero con piernas.

Walter cerró los ojos.

En el bolsillo, el Samsung Galaxy vibró.

Walter abrió los ojos y sacó el teléfono, con cuidado, del paño de cocina.

La pantalla rota en diagonal brillaba con su luz azul.

Yamileth_Sonrisas_Bendecidas estaba viendo en vivo la transmisión oficial del evento, la de la fuente desde el dron número uno.

Entre miles de comentarios que pasaban como agua, acababa de escribir en el chat, por su cuenta, sin que nadie se lo pidiera:

estoy aquí

Walter lo leyó. Miró alrededor: quince mil personas. Y una más, de doce por siete, en su mano.

—Yo también —dijo, en su nota gris de siempre.

Y dejó de apretar la espalda contra la columna.

*   *   *

2:00 p.m.

El espectáculo empezó a la hora exacta, porque todo lo que dependía de Nativa Creative Group empezaba a la hora exacta. Se desvió del guion a los once segundos, porque todo lo que dependía de Doña Chela Ruiz se desviaba del guion a los once segundos.

La entrada estaba perfectamente planificada.

La página catorce del guion técnico decía: 14:00 — Luces.

Música épica. Humo. La Chela entra por el pasillo norte, saluda, lee cartela 1: "¡Bienvenidos al lanzamiento más hidratado del año!

" Duración: 20 segundos. Pasa a presentar al vicepresidente de Hydra-Glow.

Las luces se apagaron y sonó la música épica.

De dos máquinas escondidas detrás de las palmas de plástico salió un humo blanco y denso, con un olor dulzón a coco artificial.

Y por el pasillo norte, entre las columnas de humo, entró Doña Chela, seguida por un cañón de luz como una estrella de cine.

El vestido de lentejuelas plateadas de 1979 brillaba como una bola de discoteca con piernas y el casco dorado resplandecía como la cúpula de una catedral ortodoxa.

La multitud rugió.

No aplaudió: rugió. Quince mil personas gritaron al mismo tiempo, con un sonido que subió desde el piso de mármol, rebotó en el techo de cristal y bajó otra vez como una ola.

Los de #TEAMCHELA saltaban. Los de #TEAMPIZARRA también, olvidando por un momento su rivalidad.

Las monjas franciscanas aplaudían con una energía que sus superiores no habrían aprobado.

El señor de la silla plegable levantó su letrero.

Doña Chela llegó al pequeño escenario junto a la fuente, un tablado cubierto de alfombra blanca con el logotipo de Hydra-Glow, y tomó el micrófono.

Un asistente le sostenía la cartela 1 fuera de cámara.

La leyó en silencio. Luego miró a la multitud: quince mil caras, quince mil celulares, quince mil personas que, por primera vez en ochenta años, estaban mirándola a ella.

Y dijo:

—Muchachas, buenas tardes, bendiciones.

El sector C entero contestó a coro, como una congregación en misa:

—¡BENDICIONES!

En la cabina de cámaras del tercer piso, Iker dijo "divino" por el intercomunicador. Valeria no dijo nada. Lorenzo miraba el guion con los ojos muy abiertos, pasando páginas.

—Yo no estoy diciendo nada, eh —dijo Doña Chela.

—¡YO NO ESTOY DICIENDO NADA, EH! —rugió la multitud.