El mejor libro (según Gladys) Capítulo 10 El desembarco #2
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Capítulo 10 El desembarco #2

Silencio. Los tiktokers ni respiraban. El vendedor de mangos apagó el altavoz. El chofer de guantes blancos, que había sido entrenado para no mirar nada, miró.

Gladys bajó el escalón y cruzó el patio. Pasó junto a la manguera enredada, junto a las matas de sábila muertas, junto a la cerca que separaba los dos patios desde hacía veintidós años. Llegó a la limusina. Doña Chela se hizo a un lado para dejarla entrar primero.

—Bonita blusa —dijo Doña Chela.

—Bonito vestido.

—Me costó cuarenta y siete años.

Se metieron las dos en la limusina. Yeyo, detrás, dudó un segundo en la acera. Luego se metió también.

El chofer cerró la puerta. La limusina arrancó despacio, con el ronroneo de un gato grande, y se alejó por la calle 49 bajo la luz amarilla de la mañana.

Dejó atrás a los tiktokers , la pancarta, el altavoz, las bolsas de dormir, el flamenco de plástico de la esquina y, de pie junto a su Corolla del 2006, con la puerta del copiloto todavía abierta, al oficial Heriberto Tamayo.

Tamayo se quedó un rato mirando la limusina que se alejaba. Luego cerró la puerta del copiloto con mucho cuidado, rodeó el auto, se sentó al volante, se puso los lentes oscuros y arrancó detrás de ella, a tres autos de distancia, como siempre.

En la libreta de tapa negra, en el asiento del copiloto, había escrito esa mañana:

Objetivo: estar ahí.

No decía cómo.

*   *   *

10:15 a.m.

La fábrica de Fajas Moldéame parecía un cuartel la mañana de una batalla.

Las seis máquinas de coser estaban cubiertas con sábanas.

El mapa de Estados Unidos había sido descolgado de la pared y extendido sobre la mesa de corte, con el anuncio del lanzamiento clavado en el centro.

Alrededor, dibujado a mano con marcador negro por don Rigoberto en persona, había un plano de la fuente central del Plaza Tropical Mall, con catorce pequeñas equis rojas en círculo alrededor del estanque y un nombre escrito junto a cada una.

Los catorce soldados estaban en formación frente a la mesa. De izquierda a derecha:

​•​        Nieves, setenta y cuatro años, con la lupa colgada al cuello y un vestido negro de misa.

​•​        Las otras cinco costureras, todas entre sesenta y setenta años y con vestidos floreados de domingo: Marisol, Teresita, Yolanda, Carmencita y la Negra Fuentes, que tenía ese apodo desde 1983 y nadie recordaba por qué.

​•​        Doña Olga Ocampo, madre de Brayan, sesenta y ocho años, con una blusa de seda color durazno y la cara de una mujer que había perdido la amistad de catorce primas por un batido nutricional y no pensaba perder nada más.

​•​        Las dos tías de Brayan, Doña Nena y Doña Pupi, gemelas de setenta y un años, vestidas exactamente igual con conjuntos de lino color crema que habían comprado juntas en 1995.

​•​        El primo que le debía dinero, un muchacho de treinta años llamado Kevin, que estaba allí por la deuda y no ocultaba su resentimiento.

​•​        Joselito, con los lentes de pasta, la camiseta de I ♥ PYTHON y un portátil bajo el brazo.

​•​        El Maestro Brayan Luminoso, que para la ocasión había vuelto al lino blanco original, con los dos cuarzos, el rosado y el azul, y los talones, por primera vez en semanas, lavados.

​•​        Don Rigoberto Almánzar, en guayabera de gala con puños franceses, con la llave del armario colgada del cuello junto a la medalla de la Virgen.

​•​        Y una silla vacía, con un letrero de cartulina que decía N.º 14 .

—¿Y el catorce? —preguntó Brayan.

Don Rigoberto no contestó. Miraba el reloj de la pared.

A las 10:23 sonó el timbre de la bodega.

Joselito fue a abrir. Volvió dos minutos después, pálido, con los lentes de pasta torcidos, seguido de un señor alto y delgado de sesenta y dos años, con la nariz rota en tres lugares, la cadera izquierda de titanio y un maletín de cuero con las iniciales F. R. grabadas en dorado.

—¿Rocafuerte? —dijo Brayan.

Fabián Rocafuerte se detuvo en medio de la bodega.

Miró las catorce fajas rojas colgadas en las perchas.

Miró a los trece soldados. Miró a don Rigoberto.

Y, sin decir nada, abrió el maletín, sacó un ejemplar de El Arte de Caer con Gracia: Método Rocafuerte y lo dejó sobre la mesa de corte, junto al plano de la fuente, abierto en la página ciento doce.

La página ciento doce mostraba un diagrama de una caída hacia atrás sobre agua, con flechas, ángulos y la leyenda 44-C: "Hacia atrás al agua, con salpicadura". Nivel de dificultad: medio. Nivel de riesgo: bajo (con agua a más de 40 cm). NO RECOMENDADA SIN CONSENTIMIENTO DEL EJECUTANTE.

La última frase estaba subrayada dos veces con bolígrafo.

—Ayer me pidieron que la diseñara —dijo Fabián, con la voz ronca de hombre que se había caído de un globo sobre un volcán de cartón piedra—.

Para un "talento anónimo". En una fuente.

Con gel. —Se quitó los lentes de sol—. En cuarenta años nunca le he diseñado una caída a alguien que no supiera que se iba a caer.

Nunca. Eso no es una caída, general. Eso es una emboscada.

Don Rigoberto lo miró durante un largo rato. Luego se acercó a la percha, descolgó la última faja roja, la número catorce, y se la ofreció con las dos manos, como se ofrece una bandera.

—Bienvenido al regimiento, soldado.

Fabián Rocafuerte tomó la faja y leyó las palabras bordadas en hilo dorado por la lupa de Nieves: MODO NAPOLEÓN .

—Es roja —dijo.

—Es imperial —dijo don Rigoberto.

Nieves, en silencio, sacó de su bolsillo un cojín de alfileres en forma de tomate y se acercó a Fabián para ajustarle los treinta y dos ganchos.

*   *   *

11:00 a.m.

En un banco de la parada de guaguas de la avenida 107, en Doral, Walter Iglesias esperaba la 36 con una mano en el bolsillo de la camiseta, sobre el corazón. Allí descansaba el Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal, envuelto en un paño de cocina.

No tomaba una guagua desde 2011.

No había estado en un lugar con más de diez personas desde 2014, cuando fue al entierro de su padre y se quedó en el estacionamiento del cementerio, sentado en el auto, durante toda la ceremonia.

Se había puesto una camisa de verdad, con botones y cuello, la única que tenía.

Era una camisa a cuadros azules que su exesposa le había regalado en un cumpleaños de principios de siglo, y había estado colgada en el clóset desde entonces, envuelta en el plástico de la tintorería, la última tintorería a la que Walter había ido.

Le quedaba chica: los botones de la barriga hacían fuerza como los de Tamayo.

Se había peinado con agua y se había afeitado.

Se había cortado en la barbilla y tenía pegado a la herida un pedacito de papel higiénico que había olvidado quitarse.

La 36 llegó a las 11:14. Walter subió y pagó con monedas contadas, una por una, bajo la mirada impaciente del chofer. Se sentó en el último asiento, junto a la ventanilla, con las rodillas juntas y la mano sobre el bolsillo.

Frente a él, una señora con un niño en brazos iba mirando el celular. El niño lo miraba a él. Walter no supo qué hacer con esa mirada. Hacía doce años que ningún ser humano lo miraba a los ojos durante tanto tiempo.

—¿Qué tienes ahí? —le preguntó el niño, señalando el bolsillo.

Walter miró el bolsillo. Miró al niño.

—Una amiga —dijo.

El niño lo pensó.

—¿Es chiquita?

—Doce por siete.

El niño asintió con toda seriedad, como si eso lo explicara todo, y volvió a esconder la cara en el hombro de su madre.

Walter miró por la ventanilla. Pasaban centros comerciales, gasolineras, iglesias con nombres largos, carteles de abogados de lesiones personales.

Pasaba la ciudad, que hacía mucho que no veía pasar.

Y en el bolsillo de su camisa a cuadros, contra su pecho, el Samsung Galaxy vibró una vez, suavemente, sin que nadie le hubiera dado ninguna orden.

*   *   *

12:30 p.m.

La cabina de cámaras del Plaza Tropical Mall era un cuarto sin ventanas en el tercer piso, detrás de una puerta metálica que decía SOLO PERSONAL AUTORIZADO .

Tenía veintidós monitores en la pared, un escritorio con dos teclados, un micrófono de mesa conectado al sistema de altavoces del centro comercial, una silla de oficina con el respaldo roto y un ventilador de pie.

En el monitor número siete, desde hacía once años, había una telenovela.

Marlene estaba en la silla. Tenía cincuenta y ocho años, unos lentes de lectura en la punta de la nariz, una bolsa de chicharrones en el regazo y el walkie-talkie del sistema de seguridad sobre el escritorio, apagado, como siempre.

En el monitor siete, bajo la lluvia, en una hacienda, una mujer vestida de blanco le decía a un hombre de bigote: "¡Tú me engañaste, Leonardo! ¡Tú nunca fuiste un Montenegro!" .

A las 12:30 se abrió la puerta metálica y entró Valeria Montenegro.

Venía con cuatro personas detrás: Lorenzo con la tableta, Iker con la gorra, una técnica de transmisión con dos maletines llenos de cables y un muchacho con un carrito que traía tres monitores adicionales, un sistema de intercomunicadores y una máquina de café espresso portátil.

—Buenas tardes —dijo Valeria—. Nativa Creative Group. Vamos a usar esta sala durante el evento. Tenemos autorización de la gerencia.

Marlene no se dio vuelta. En el monitor siete, Leonardo se arrodillaba bajo la lluvia.

—Aquí no se usa nada durante Pasiones de la Hacienda .

Valeria parpadeó. Era, quizás, la primera vez en su carrera que alguien la contradecía sin mirarla.

—Señora. Es un lanzamiento nacional. Once cámaras. Seis plataformas. Hay quince mil personas abajo.

—Y aquí arriba hay una —dijo Marlene—. Y hoy Leonardo se entera de que no es hijo de don Leopoldo Montenegro.

—Mi apellido es Montenegro.

Marlene se dio vuelta por fin. Miró a Valeria de arriba abajo, desde las uñas Obsidiana Mate hasta los tacones de aguja, pasando por el traje negro, la cara sin parpadeo, la tableta de Lorenzo, la gorra de Iker y la máquina de espresso.

—Ay, mija —dijo—. Lo siento mucho.

Y volvió a la telenovela.