El mejor libro (según Gladys) Capítulo 10 El desembarco
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Capítulo 10 El desembarco

El desembarco

El Plaza Tropical Mall de madrugada era otro animal.

Entró por la puerta de servicio del ala este, junto a los baños, con su gafete de Brillo Total Services , un termo de café y el trapeador de mango de aluminio al hombro.

Era el suyo, el de siempre, el que había clavado en la caja de las papayas.

Nadie le había pedido que lo trajera. Los supervisores de flota robótica no trapeaban.

Pero Rogelio sostenía que un hombre no debe entrar a trabajar con las manos vacías, del mismo modo que un sacerdote no debe entrar a misa sin rosario.

Revisó la tableta. El cronograma de limpieza del día, programado por la empresa desde una oficina en Atlanta, decía:

06:00–09:00 — Limpieza general, sectores A a F.

09:00–14:00 — Modo reposo.

15:15 — Limpieza de mantenimiento, sector C (fuente central). Duración: 15 min. Modalidad: automática.

Rogelio frunció el ceño. A las 15:15, según el cartel que colgaba en la entrada del mall, el lanzamiento de la bebida estaría en pleno apogeo.

Quince mil personas, decía el gerente. Llamó a Atlanta.

Le contestó una máquina que le ofreció nueve opciones, ninguna de las cuales correspondía a su pregunta.

Marcó la opción cero. La máquina le dijo que todos los agentes estaban ocupados y le puso música de flauta de pan.

Colgó.

A las 4:31, al salir del depósito para hacer la primera ronda, oyó ruidos en el sector C.

Se acercó despacio, por detrás de una palma de plástico, la misma detrás de la cual se había escondido Yeyo el día del desmayo, aunque Rogelio no lo sabía.

Junto a la fuente, bajo una lámpara portátil de obra, había tres técnicos vestidos de negro, con audífonos, rodilleras y guantes de látex, arrodillados sobre el mármol pulido del borde del estanque.

Uno sostenía una tableta. Otro manejaba una pistola aplicadora conectada a un bidón blanco con una etiqueta que decía DESLICE PRO 9 — GEL LUbrICANTE INDUSTRIAL — NO APTO PARA SUPERFICIES DE TRÁNSITO .

El tercero, con un rodillo de pintor, extendía el gel sobre el mármol en capas finas, transparentes, invisibles, en un semicírculo de un metro y medio junto al borde del agua.

Brillaba un poco bajo la lámpara. Casi nada. Como el rastro de un caracol en una boda.

El de la tableta dijo, en voz baja:

—La marca de piso va aquí. —Puso en el suelo, en el centro del semicírculo, una pequeña cruz de cinta adhesiva fosforescente—. Aquí se para la talento a las 15:16. Kimi entra por la derecha. La talento da un paso hacia ella. Y…

Hizo un gesto con la mano, un arco hacia atrás, hacia el agua.

—¿Y si se hace daño? —preguntó el del rodillo.

—El estanque tiene cincuenta centímetros de profundidad. Rocafuerte dice que una 44-C sobre agua es de las más seguras del catálogo.

—¿Rocafuerte sabe para quién es?

El de la tableta no contestó.

Rogelio se quedó detrás de la palma de plástico durante un largo rato, sin moverse, mirando el semicírculo invisible sobre el mármol.

Treinta y un años trapeando pisos le habían enseñado a leerlos como otros hombres leen el periódico.

Sabía qué significaba cada mancha, cada brillo, cada rastro.

Alguien había escrito en la oscuridad una página para que otra persona la leyera con el cuerpo sin saberlo, y aquel brillo casi imperceptible junto a la fuente le produjo algo que no había sentido nunca en su vida laboral, ni siquiera el día que le presentaron al robot.

Le produjo asco.

Esperó a que los técnicos se fueran. Luego salió de detrás de la palma y caminó hacia la fuente con el trapeador al hombro.

No llegó.

A dos metros del borde, un guardia de seguridad privada de otra empresa, más alto y más joven que Tamayo, con un chaleco que decía NATIVA EVENTS — STAFF , le cerró el paso con el brazo.

—Zona restringida. Producción.

—Soy de limpieza.

—Hoy no se limpia aquí.

Rogelio miró el semicírculo. Miró al guardia. Miró la cinta adhesiva fosforescente, con su pequeña cruz, esperando.

—Ese piso está sucio —dijo.

El guardia miró el mármol, que brillaba impecable bajo la lámpara de obra.

—Está perfecto, señor.

Rogelio no discutió. Treinta y un años le habían enseñado también cuándo no discutir. Se dio vuelta y volvió al depósito, donde los seis robots dormían en fila. Se sentó en una caja de productos de limpieza, frente a Tomasa, sacó la tableta y volvió a leer el cronograma.

15:15 — Limpieza de mantenimiento, sector C (fuente central). Duración: 15 min. Modalidad: automática.

Se quedó mirándolo mucho tiempo.

*   *   *

7:30 a.m.

En la cocina de la calle 49, Yeyo le hizo el desayuno a su tía.

Nunca lo había hecho. En diecinueve años de vida, y ocho meses durmiendo en el sofá de plástico, Yeyo no había hecho nada en esa cocina que fuera más allá de abrir cajas de cereal.

Pero esa mañana, cuando Gladys salió del cuarto a las 7:25 con los ojos desnudos y la cara de haber dormido cuarenta minutos, encontró la mesa puesta: el mantel de frutas limpio, una taza de café con tres cucharadas de azúcar, dos tostadas con mantequilla cortadas en triángulo y un huevo frito con la yema rota y los bordes negros como el encaje de una mantilla de luto.

Gladys se quedó en la puerta de la cocina, con la mano en el marco.

—¿Y esto?

Yeyo se encogió de hombros. Estaba de pie junto a la estufa, con la sartén todavía en la mano.

—Tienes que comer —dijo—. Una tiene que caerse bien desayunada.

Gladys lo miró. Era su frase. La del primer día, la del martes a las 7:40. Yeyo la había guardado todo este tiempo en algún lugar detrás de los audífonos del tamaño de dos toronjas, en algún sótano donde nadie sabía que tenía sótanos.

Se sentó y comió. El huevo estaba salado y amargo y quemado. Se lo comió entero.

—Yeyo —dijo, al terminar.

—¿Qué?

—Hoy no me grabes.

Yeyo la miró y dejó la sartén en la estufa.

—¿Nada?

—Nada. Ya hay once cámaras. Y dos drones. Y quince mil celulares. —Gladys se limpió la boca con una servilleta de la tintorería—. Hoy quiero que alguien me mire sin nada en la mano.

Yeyo lo pensó. Luego sacó el celular del bolsillo, lo miró un momento y lo dejó sobre la mesa, junto al azucarero, boca abajo.

—Ok —dijo.

Y por primera vez, a Gladys le pareció que "ok" era la palabra más completa del idioma.

*   *   *

8:15 a.m.

Gladys eligió la blusa amarilla.

No fue una elección difícil, porque era la única.

La había lavado ella misma el martes, a mano, en el lavadero del patio, con jabón de barra.

La había planchado el viernes en la prensa de la tintorería, con almidón medio, bajo la supervisión silenciosa de don Aurelio.

Él no dijo nada, pero al final, cuando ella la colgó en la percha, se acercó con la lupa, revisó el cuello y asintió una sola vez.

Se puso pantalones blancos y unas sandalias sin lijar.

No se puso faja: la de Hydra-Glow seguía detrás de las medias de nylon de 1994, y la cláusula 14 del contrato podía irse, en palabras que Gladys no dijo en voz alta pero pensó con total claridad, a freír espárragos.

Tampoco llevaba pestañas ni cartera. En el bolsillo del pantalón, doblada en cuatro, llevaba la estampita de San Judas, desclavada de la pizarra.

—Viene conmigo —le dijo a Yeyo—. Le debo una.

*   *   *

9:40 a.m.

La limusina llegó a la calle 49 a las 9:40, veinte minutos antes de lo previsto, y se estacionó frente a la casa de Doña Chela con la solemnidad de un cortejo fúnebre al revés.

Era blanca, larga, con los vidrios polarizados.

El chofer, de guantes blancos y gorra, bajó a abrir la puerta trasera y se quedó de pie junto a ella, rígido, sin mirar a nadie, como un soldado de la guardia de honor.

Los once tiktokers que todavía acampaban en la acera se levantaron de sus bolsas de dormir como zombis.

El vendedor de mangos encendió el altavoz.

La señora de la pancarta de JUSTICIA PARA LIMPIO levantó la pancarta.

Doña Chela salió de su casa a las 9:52.

Llevaba un vestido de lentejuelas plateadas que había comprado en 1979 para una fiesta de fin de año en el Hotel Fontainebleau.

No había vuelto a ponérselo porque Ramiro le había dicho que parecía "una bola de discoteca con piernas".

Le quedaba perfecto. Le quedaba, de hecho, mejor que en 1979, porque en 1979 era una mujer de treinta y tres años con miedo de llamar la atención, y ahora era una mujer de ochenta con un casco dorado en la cabeza, una credencial de copresentadora oficial colgada del cuello y un millón y medio de seguidores que la llamaban abuela.

Llevaba tacones plateados de cinco centímetros y unos aretes de perlas que habían sido de su madre.

Llevaba en la mano un ramo de flores que había llegado esa mañana de Nativa y que eran, pese a todas las garantías contractuales, claveles.

Caminó hasta la limusina entre los aplausos de los tiktokers , con la lentitud majestuosa de una reina de carnaval. El chofer le ofreció la mano y Doña Chela se la tomó.

Y entonces, con un pie ya dentro del auto, se detuvo.

Se dio vuelta y miró hacia la casa de al lado. La puerta se acababa de abrir. Por ella salía la señora de blusa amarilla, pantalones blancos y ojos desnudos, con su sobrino detrás. Se había quedado quieta en el primer escalón al ver la limusina, como quien ve pasar un desfile que no es para ella.

En la calle, frente a la casa, el oficial Heriberto Tamayo esperaba de pie junto a su Corolla del 2006, con el uniforme planchado, la insignia de nuevo en el pecho y la puerta del copiloto abierta para Gladys.

Doña Chela miró a Gladys durante un largo momento.

Luego levantó la mano, la de los claveles, y le hizo un gesto pequeño, casi imperceptible, con dos dedos, de los que se hacen en los velorios para llamar a alguien a sentarse en el banco de adelante.

Gladys no se movió.

—Ven, mija —dijo Doña Chela, en voz alta, para que la oyera toda la calle 49—. Ven. Que a mí me hubieras invitado.