Capítulo 9 Los Cien Días #4
Tenía noventa y dos páginas. Se titulaba HYDRA-GLOW: LANZAMIENTO NACIONAL — Tía y Sobrina en vivo — Guion técnico definitivo .
Especificaba, minuto a minuto, todo lo que ocurriría en la fuente central del Plaza Tropical Mall entre las 14:00 y las 16:00 del sábado 17: la llegada de la limusina de La Chela, la entrada de Kimi, el discurso del vicepresidente de Hydra-Glow, la cascada de botellas iluminadas, la actuación de un cantante de reguetón de segunda fila que había cobrado cuarenta mil dólares por cantar una canción de dos minutos titulada Hidrátame Suave , la distribución de doce mil muestras gratis y el lanzamiento, a las 15:30, de ocho mil globos plateados desde el techo de cristal.
Y en la página cuarenta y siete, en un recuadro rojo, había una entrada que solo conocían cuatro personas en todo el edificio:
15:17 — MOMENTO ESTELAR.
Talento (Gladys) cae en la fuente.
Talento NO debe saberlo.
Producción colocará, durante la madrugada del sábado, una capa de gel lubricante transparente de grado industrial (ref.
"Deslice Pro 9") en el borde del sector C de la fuente, en un radio de 1,5 metros, donde Talento se ubicará según la marca de piso.
Talento pisará la zona al acercarse a Kimi para el abrazo del minuto 15:16.
Caída estimada: tipo 44-C ("hacia atrás al agua, con salpicadura"). Consultado con F. Rocafuerte (sin revelar destinatario).
Nivel de espontaneidad objetivo: 100% (real).
Cámaras: 11 ángulos. Dron: 2. Transmisión simultánea en 6 plataformas.
Valeria leyó el recuadro tres veces.
Durante toda su carrera había fabricado momentos auténticos.
Lágrimas únicas. Risas medidas. Crisis emocionales leves con duración de cuarenta segundos.
Pero todos, siempre, sabían que estaban fingiendo.
Los talentos lo sabían. El público, en el fondo, lo sabía.
Era un pacto. Una ficción compartida, como el teatro, como la lucha libre, como la política.
Esto era distinto. Esto era fabricar un accidente real para una persona que no sabía que iba a tenerlo. Era, pensó Valeria con una frialdad que no la sorprendió, exactamente lo que Gladys había querido desde el principio: saber la hora, pero no el minuto. Solo que esta vez no sabría ni la hora.
Era el accidente más orgánico de la historia. Y lo había diseñado ella.
En la pantalla gigante del fondo, sin sonido, se repetía en bucle el último fotograma del live de la cocina: la señora de blusa amarilla girada hacia su pizarra, con la boca abierta en una palabra que no se oía.
Valeria cerró el documento. Apagó la pantalla. Se quedó sentada en la oscuridad, frente a la bahía, frente a los cruceros iluminados como joyeros abiertos.
Y no se levantó en mucho rato.
* * *
Falta un día.
El viernes 16 a las once de la noche, en la cocina de la calle 49, bajo el tubo fluorescente que parpadeaba como un corazón nervioso, Gladys Maritza Obregón quitó la sábana de la pizarra.
Quitó las cuatro chinchetas, una por una. Dobló la sábana de su segunda boda, la de algodón, la que nunca se había estrenado, y la dejó sobre la silla. Luego miró la pizarra.
Estaba todo ahí. San Judas Tadeo, con su llama en la cabeza y su medalla en el pecho, patrono de las causas difíciles, acusado en directo ante dos millones cuatrocientas mil personas de dirigir una organización criminal.
La factura de la luz, vencida. Y las dos frases en rojo, en letra redonda de maestra rural, subrayadas dos veces cada una:
MIÉRCOLES. 3:00. ACCIDENTE MÍO.
JUEVES. 20:00. DISCULPA ACCIDENTAL MÍA.
En el sofá de plástico, Yeyo dormía con el celular sobre el pecho.
En la calle, frente a la casa, el Corolla del 2006 tenía la luz interior encendida.
Del otro lado de la cerca, la ventana de la cocina de Doña Chela estaba a oscuras, y no brillaba nada en ella, ni pantalla ni casco.
En algún lugar de Hialeah, en una bodega de la zona industrial, catorce fajas rojas esperaban colgadas en sus perchas.
En Doral, en un garaje oscuro, cuatro mil lápidas de doce por siete centímetros guardaban silencio.
En Westchester, un flan se enfriaba en la nevera.
En Brickell, un recuadro rojo en la página cuarenta y siete esperaba su minuto.
Y en el Plaza Tropical Mall, sector C, en un depósito junto a los baños del ala este, seis robots blancos, redondos y achatados, con tanques de veinte galones, dormían en fila con sus halos azules apagados, mientras un hombre de sesenta y tres años con un gafete nuevo les pasaba un trapo, uno por uno, con respeto.
Gladys tomó el marcador rojo de la gaveta de los cubiertos. Le quitó la tapa. Olía a alcohol y a principio.
Escribió:
SÁBADO. 3:00.
Y se detuvo.
Se quedó con el marcador en el aire, frente al corcho, durante un tiempo muy largo.
Pensó en todo lo que podía escribir después.
Caída. Desmayo. Accidente. Disculpa. Verdad.
Mía. Pensó en la sábana. En don Aurelio y el cuello que no puede mantenerse firme solo.
En Chela en la ventana. En Rogelio diciendo "alguien tiene que mirarlos".
En el minuto que no había escrito el miércoles, el que había sido de Dios, o del robot, o de nadie.
Y entonces, por primera vez desde aquella madrugada en que decidió hacerse famosa por accidente, Gladys Maritza Obregón le puso la tapa al marcador.
Dejó el resto en blanco.
Como una página. Como un piso recién trapeado. Como una promesa.