Capítulo 9 Los Cien Días #3
Adentro de la bodega, bajo el foco colgante, sobre la mesa de corte, estaba la nueva Faja Moldéame Inteligente.
Ya no era beige quirúrgico. Joselito la había rediseñado en un color que don Rigoberto llamaba rojo imperial y que en la práctica era el color de un camión de bomberos.
Tenía los treinta y dos ganchos reforzados, un nuevo dispositivo en el ombligo del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, con una luz roja en lugar de verde, y, a la altura de la cintura, bordadas en hilo dorado por la propia Nieves con su lupa, las palabras MODO NAPOLEÓN .
Había catorce iguales, colgadas en perchas a lo largo de la pared, como armaduras en la sala de un castillo.
—Batería de setenta y dos horas —dijo Joselito, empujándose los lentes de pasta—. GPS de grado militar. Y el pitido…
—Dígale del pitido —dijo don Rigoberto.
Joselito tragó saliva.
—Ciento cuarenta decibeles.
Brayan no sabía cuánto era eso. Joselito se lo explicó.
—Un avión despegando son ciento veinte.
Brayan se quedó mirando las catorce fajas rojas colgadas en la pared. Pensó en la fuente del Plaza Tropical Mall. En los azulejos turquesa. En el techo de cristal. En la acústica de catedral.
—Hermano —susurró—. ¿Qué quieres hacer?
Don Rigoberto caminó hasta el mapa de Estados Unidos.
Tocó con el dedo la chincheta que había clavado en Florida, sobre el anuncio del lanzamiento.
Luego se volvió hacia la bodega, donde las seis costureras, Nieves a la cabeza, lo miraban por encima de sus lupas, en silencio, en formación, como un regimiento en la plaza de armas.
—Napoleón desembarcó en Golfe-Juan con mil hombres —dijo—. Los soldados del rey fueron a detenerlo. Él se abrió la chaqueta y les dijo: "Si alguno de ustedes quiere matar a su emperador, aquí estoy." Y ninguno disparó. Se pasaron a su lado.
—Qué bonito —dijo Brayan.
—Seis costureras. Cuatro de sus alumnos.
Usted. Yo. Joselito. Y una más. —Don Rigoberto miró a Brayan con intensidad—.
Catorce fajas, catorce soldados. Nos sentamos todos al mismo tiempo, alrededor de la fuente, en el momento exacto en que la señora Obregón aparezca. Ciento cuarenta decibeles por catorce.
Joselito, a su lado, hizo el cálculo mentalmente y se puso pálido.
—Tío, eso no se suma así. Pero igual va a ser… mucho.
—Y cuando todo el mall esté mirando —continuó don Rigoberto, sin escuchar—, cuando la bebida esa ya no se oiga, cuando esa mujer de Brickell esté tapándose los oídos, yo me levantaré y me abriré la guayabera, y todo el mundo verá la faja roja, y sabrán que Moldéame ha vuelto.
Hubo un silencio en la bodega.
—¿Y los vapes? —preguntó Brayan.
Don Rigoberto sonrió por primera vez en siete capítulos.
—Los vapes son para la retirada.
* * *
Faltan nueve días.
El oficial Heriberto Tamayo recibió dos cartas el jueves.
La primera venía de un bufete de abogados de Boca Ratón, en un sobre de papel grueso, y le comunicaba que la empresa fabricante del Limpio-Bot 3000 había decidido "no proceder por la vía judicial en esta instancia", porque las ventas del modelo nuevo habían subido un cuatrocientos por ciento desde el video, y el departamento de mercadotecnia había concluido que "el incidente del arresto representa un activo narrativo de valor incalculable".
La carta terminaba ofreciéndole un descuento del quince por ciento.
La segunda venía en un sobre rosado, decorado con calcomanías de unicornios y escrito a mano con marcador morado.
Adentro había un dibujo hecho con crayones: un hombre con bigote y lentes oscuros, con una capa roja de superhéroe, de pie sobre un círculo blanco con ojos que tenía una X en cada ojo.
Encima decía, en letras grandes y temblorosas: OFICIAL TAMAYO, EL HÉROE DEL ROBOT .
Y abajo, en una letra más pequeña, cuidadosa, con una falta de ortografía:
Querido oficial Tamayo. Me llamo Sofía y tengo nueve años. Mi papá es su jefe. Usted es mi eroe. El sábado voy a ir al mall con mi papá a ver a la señora del mango. ¿Usted va a estar? Por favor diga que sí. Le traigo un regalo. Sofía Duvalier.
Y pegada al final de la hoja, con cinta adhesiva, envuelta en un pedacito de papel de seda, estaba la insignia de Escudo Total Security Solutions LLC : el águila con el candado y la expresión de estreñimiento heroico. La misma que Tamayo había tenido que devolver el día de la suspensión.
Tamayo no entendió cómo había llegado ahí. Luego lo entendió.
Se quedó sentado en el Corolla, frente a la casa de la calle 49, con la carta rosada en una mano y la insignia en la otra, durante cuarenta minutos. Luego se colocó la insignia en el pecho, sobre el corazón, donde siempre había estado. Abrió la libreta de tapa negra. Escribió:
Sábado 17. Plaza Tropical Mall. Sector C. Fuente central.
Objetivo: proteger a la señora.
Objetivo secundario: no decepcionar a Sofía.
Y luego, debajo, lo tachó todo, y escribió solo:
Objetivo: estar ahí.
* * *
Faltan ocho días.
La casa de Westchester olía a canela desde la esquina.
Kimi Soto llegó el viernes a las once de la mañana, sin Tesla, en un taxi, sin maquillaje, con la sudadera gris, el moño del terremoto y el celular apagado en el bolsillo por primera vez en dos años.
Tocó la puerta. La puerta se abrió antes de que terminara de tocar, como si alguien hubiera estado esperando detrás.
Doña Amparo Soto tenía ochenta y un años, un metro cincuenta de estatura, un delantal lleno de manchas de todas las recetas que había hecho desde 1974 y una cara que, vista de cerca, era exactamente la de Kimi con sesenta años más encima, como una foto y su negativo.
La miró sin decir nada. Luego le dio una cachetada suave, casi una caricia, en la mejilla.
—Eso por los dos años —dijo.
Luego la abrazó.
—Y esto también.
En la cocina había una olla de arroz con leche en el fuego.
Doña Amparo le dio una cuchara de madera y le dijo que revolviera.
Kimi revolvió. Estuvieron así casi una hora, sin hablar mucho, la abuela picando cáscara de limón, echando canela, contando historias sin orden de la vecina, del cura, de un gato que se había metido en la iglesia el domingo anterior durante la comunión, y Kimi revolviendo, escuchando, sin mirar el reloj.
Cuando el arroz estuvo listo, Doña Amparo lo probó con la punta de la cuchara. Hizo una mueca.
—Le eché sal —dijo—. Otra vez.
Y se echó a reír. Una carcajada fea, corta, que le salió por la nariz.
Kimi se rió también. Igual. Por la nariz.
—Abuela —dijo después, cuando pudieron parar—. El sábado hay un evento en el mall.
—Ya sé. Lo vi en la tele. La señora del mango.
—Quiero que vengas.
Doña Amparo la miró con desconfianza.
—¿Para qué? ¿Para que me digan otra vez que no doy bien en cámara?
Kimi bajó la vista. Revolvió el arroz con leche salado, que ya no necesitaba revolverse.
—No, abuela. Para que te equivoques.
Doña Amparo se quedó callada un rato largo. Luego se secó las manos en el delantal manchado de cincuenta años de recetas y dijo:
—Llevo el flan.
* * *
Faltan tres días.
En el piso veintidós, en la Sala Autenticidad, a las nueve de la noche, Valeria Montenegro repasaba por última vez el documento del lanzamiento.