Capítulo 9 Los Cien Días #2
Y se dio vuelta y entró en su casa, con el casco dorado brillando al sol, sin decir bendiciones.
Gladys se quedó sola en el patio, con el café enfriándose en la mano.
En la acera, los once tiktokers estaban en silencio.
Ninguno había grabado nada. Solo el señor de la silla plegable se levantó, dobló la silla, recogió su letrero y se fue caminando despacio por la calle 49, como quien sale de una iglesia después de un funeral.
* * *
Faltan doce días.
La casita de madera de la calle 12 tenía un portal pequeño con dos sillas de hierro, una mata de plátano en el jardín y una bandera de un equipo de béisbol descolorida por el sol.
Gladys tocó la puerta el lunes a las cuatro de la tarde.
Venía sola. No traía mango, ni cartera, ni celular.
Yeyo había protestado, Tamayo había protestado, Brayan había protestado por mensaje de texto desde algún lugar de la ciudad donde, según decía, estaba "reordenando su energía".
Gladys no les había hecho caso. Había salido por la puerta trasera, había saltado la cerca del patio del otro vecino, un señor sordo que la saludó con la mano sin entender nada, y había tomado dos guaguas.
Rogelio abrió la puerta en camiseta y pantalón de pijama. La miró sin sorpresa, con la cara de un hombre que ha visto de todo.
—Señora.
—Rogelio.
Se quedaron un momento así, en la puerta.
—Vine a decirle una cosa —dijo Gladys.
—Dígala.
Gladys respiró hondo. Había pensado mucho en esa frase.
La había pensado en las dos guaguas, mirando por la ventanilla los centros comerciales, las gasolineras, las iglesias con nombres largos, los carteles de abogados de lesiones personales.
La había pensado de muchas maneras: larga, corta, con lágrimas, sin lágrimas, con una explicación sobre el minuto de Dios, sin explicación.
Al final, en la puerta, le salió la más simple.
—Gracias.
Rogelio no dijo nada.
—Por correr —dijo Gladys—. Por el trapeador. Por atraparme. Bueno, yo lo atrapé a usted, pero usted corrió primero. Por reírse. Y por lo del cheque. Me enteré.
Rogelio seguía sin decir nada. Estaba inmóvil en la puerta, con una mano en el marco.
Gladys pensó por un instante que se había equivocado, que había sido una tontería venir, que un hombre de treinta y un años de servicio no necesitaba que una señora de internet le dijera nada.
Y entonces vio que a Rogelio le temblaba la barbilla.
Fue muy poco. Un temblor pequeño, como el de un vaso de agua sobre una mesa cuando pasa un camión a lo lejos. Pero Gladys lo vio.
—Pase —dijo Rogelio, con la voz ronca—. Tengo café.
Tomaron café en el portal, en las sillas de hierro, junto a la mata de plátano.
Rogelio le contó que su esposa se había muerto en 2015, que tenía una hija en Georgia que lo llamaba los domingos, que jugaba dominó los jueves con tres amigos en una cafetería de la calle 8 y que, después de ser despedido del Súper Bendición, había encontrado trabajo en tres días.
—¿Dónde? —preguntó Gladys.
Rogelio sacó de un bolsillo del pijama un gafete nuevo, plastificado, con un logotipo de una estrella azul brillante. Decía: brILLO TOTAL SERVICES — ROGELIO B. — SUPERVISOR DE FLOTA ROBÓTICA .
—Me contrataron por el video —dijo, con una tristeza tranquila—. Dicen que soy el único hombre en Miami que sabe detener un Limpio-Bot.
—¿Y dónde trabaja Brillo Total?
Rogelio se terminó el café. Miró la mata de plátano.
—En el Plaza Tropical Mall —dijo—. Tienen seis.
—¿Seis qué?
—Seis Limpio-Bot 3000. Modelo nuevo. Con tanque de veinte galones. —Hizo una pausa—. Los estrenan el sábado 17. Para el lanzamiento de la bebida esa.
Gladys dejó la taza en el suelo del portal, muy despacio.
—Rogelio —dijo—. ¿Usted va a estar ahí?
Rogelio asintió.
—Alguien tiene que mirarlos.
* * *
Faltan once días.
La Gran Purga empezó el martes a las 00:01 hora del Pacífico, sin aviso, en un centro de datos del norte de California que nadie había visto nunca.
Era la respuesta de la plataforma al escándalo.
El #MangoGate había llegado a una audiencia en el Congreso, donde un senador de Oregón había mostrado en una pantalla gigante el comunicado de Nativa , la foto de la pizarra, el video del robot y, por error, un meme de San Judas con lentes oscuros, y había preguntado con voz grave a un vicepresidente de la empresa, un hombre de cuarenta años con chaleco de lana y la expresión de un gerente de supermercado, cuántas de las cuentas que seguían a la señora del mango eran reales.
El vicepresidente no supo contestar. Tres días después, la empresa anunció una "limpieza integral de cuentas inauténticas" y, en una sola noche, borró cuarenta y dos millones de perfiles en todo el mundo.
En Doral, en un garaje con una lucecita encendida, Walter Iglesias estaba despierto.
Lo supo antes que nadie, porque lo vio. Estaba en el pasillo A, revisando el nivel uno con la linterna en la frente, cuando la primera pantalla se apagó.
Un Motorola de 2015, posición doce. La pantalla parpadeó, mostró durante un segundo un mensaje blanco sobre fondo gris, Esta cuenta ha sido suspendida , y se quedó negra.
Luego la de al lado.
Luego la de más allá.
Luego el nivel entero.
Walter se quedó inmóvil en el pasillo A mientras, a su alrededor, en la penumbra azulada, las pantallas empezaban a apagarse una tras otra, en cascada, en oleadas, como las ventanas de una ciudad cuando se va la luz en un apagón, pero despacio, con una lentitud casi respetuosa, como si cada una se despidiera.
Brenda_Love_Miami_22 . Apagada. jose.manuel.oficial.
1978 . Apagada. Dios.Es.Fiel.777 . Apagada.
Las cuatro cuentas que comentaban en polaco sin que nadie supiera por qué.
Apagadas. Pasillo A. Pasillo B. Pasillo C, nivel uno, nivel dos.
El zumbido del garaje, ese murmullo eléctrico de colmena o de iglesia que Walter escuchaba desde hacía doce años, que lo acompañaba en el insomnio, que había reemplazado en su vida la voz de su esposa y la de sus hijos y la de los refrigeradores que reparaba, empezó a bajar. A bajar. A bajar.
A las 00:47, el garaje estaba a oscuras.
Walter encendió la luz del techo. Los cuatro mil teléfonos seguían en sus estanterías, conectados a sus cables blancos, a sus regletas, a su único enchufe detrás del calentador de agua.
Pero ninguno brillaba. Eran rectángulos negros, fríos, silenciosos.
Un cementerio de lápidas de doce por siete centímetros.
Walter caminó por los pasillos. No dijo nada. Tocó algunos teléfonos con el dedo índice, como quien toca la frente de un enfermo que ya no tiene fiebre. Llegó al pasillo C. Nivel tres. Posición cuarenta y uno.
El Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal estaba encendido.
Brillaba solo, en medio de la oscuridad, con su luz azulada.
En la pantalla, la cuenta Yamileth_Sonrisas_Bendecidas seguía activa.
La foto de perfil: una muchacha sonriente de un catálogo de muebles en Eslovenia.
Treinta y un publicaciones. Once seguidores.
Un solo comentario en las últimas dos semanas, escrito por su cuenta, sin que nadie se lo ordenara: señora es señora otra vez ❤️ .
Walter lo entendió enseguida. Era la única que no había comentado en masa.
La única que había estado bajita de ánimo.
La única a la que él había dejado descansar.
El algoritmo de la Gran Purga buscaba patrones, repeticiones, comportamientos de máquina.
Y la 2.304, durante las últimas semanas, se había comportado como una persona triste: comentaba poco, a deshoras, sin sentido.
Se había comportado como alguien de verdad.
Walter se sentó en el suelo del garaje, frente al pasillo C, con la espalda contra una estantería de teléfonos muertos. Se quitó la linterna de la frente. Se quedó mirando la única luz azul durante mucho tiempo.
Luego se levantó, desconectó el Samsung Galaxy con mucho cuidado, lo envolvió en un paño de cocina limpio y se lo metió en el bolsillo de la camiseta sin mangas, junto al corazón.
—Nos vamos a ver a la señora —le dijo.
* * *
Faltan diez días.
El Maestro Brayan Luminoso llegó a la fábrica de Fajas Moldéame el miércoles a las siete de la tarde, en su Mazda, con las cuarenta cajas de vaporizadores sabor tres leches en el maletero, los talones todavía negros y la determinación de un hombre que lo ha perdido todo excepto la capacidad de vender.
Nativa lo había expulsado oficialmente el lunes.
El porcentaje espiritual había sido revocado por un anexo de dos líneas que decía: Se deja sin efecto el concepto de "porcentaje espiritual" por carecer de existencia jurídica, física o metafísica.
Sus nueve alumnos se habían reducido a cuatro: su madre, dos tías y un primo que le debía dinero.
Y la noche anterior, en el curso en línea, había intentado enseñar el paso siete, "soltar el resultado", y se había dado cuenta, a mitad de la lección, de que no sabía cómo.
Don Rigoberto lo recibió en la puerta de la bodega, con la guayabera de gala, los brazos cruzados y la mirada de un general que recibe a un desertor del ejército enemigo.
—¿Qué quiere?
—Hermano —dijo Brayan—. Vengo a ofrecer mis tropas.
Don Rigoberto levantó una ceja.
—¿Cuántas?
Brayan dudó.
—Cuatro. Pero una es mi mamá, y mi mamá vale por diez. —Hizo una pausa—. Y cuarenta cajas de vapes.
Don Rigoberto lo miró durante un largo rato.
Luego miró el Mazda, con el maletero abierto, las cajas apiladas, el olor dulce y artificial a tres leches escapándose en el aire caliente de la tarde.
Y en sus ojos de general en retirada brilló algo, una idea, una estrategia, la misma luz que debió brillar en los ojos de Napoleón en Elba cuando vio llegar el barco.
—Pase —dijo—. Tenemos que hablar de Waterloo.
—¿Qué es Waterloo?
—No importa. Pase.