Capítulo 9 Los Cien Días
Los Cien Días
Faltan quince días.
Usó una sábana blanca, de algodón, de las buenas, de las que había comprado para su segunda boda y nunca había estrenado porque el segundo marido prefería las de poliéster, "que no se arrugan", lo cual, pensándolo bien, resumía bastante al segundo marido.
La clavó con cuatro chinchetas en las esquinas, sobre la estampita de San Judas, la factura de la luz y las dos frases en rojo que un planeta entero conocía ya de memoria.
Luego retrocedió dos pasos y la miró. La sábana colgaba lisa, inmaculada, con una leve ondulación en el centro, como la cortina de un teatro antes de la función, o como la tela que se pone sobre un espejo en las casas donde hay un muerto.
—¿Qué haces? —preguntó Yeyo desde el sofá de plástico.
—Descansar a San Judas —dijo Gladys—. Lo han acusado de muchas cosas.
Durante toda la noche anterior, después del live , su celular no había parado de vibrar.
Mensajes de todo el mundo. Algunos la llamaban genio.
Otros, loca. Otros, fraude. Un profesor de filosofía de Buenos Aires le había escrito un correo de tres mil palabras sobre la "hiperrealidad de la pizarra", que Gladys no entendió pero guardó en una carpeta llamada COSAS BONITAS .
Una señora de Puerto Rico le había mandado una oración a San Judas "para que la perdone".
Un señor de Ohio, en inglés, le había propuesto matrimonio.
Y Valeria, a las 21:03, le había enviado un solo mensaje:
Libertad total. Sin guion. Haz lo que quieras. Sábado 17, 3:00 p.m., te esperamos en el mall. Cláusula 9: asistencia obligatoria al lanzamiento.
Libertad total. Gladys había leído aquellas dos palabras cuarenta veces durante la noche, y cada vez le habían parecido más pesadas, como esas maletas que al principio se cargan fácil y a la tercera cuadra ya no se pueden levantar.
Durante toda su vida había querido libertad.
Libertad de la tintorería, de don Aurelio, de las camisas con mole, de los dos exmaridos.
Y ahora que la tenía, no sabía qué hacer con ella.
No podía escribir en la pizarra, porque la pizarra la delataba.
No podía seguir un guion, porque ya no había guion.
No podía caerse sin saber que se iba a caer, porque sabía que todo el mundo esperaba que se cayera.
Y no podía caerse sabiéndolo, porque todo el mundo sabría que lo sabía.
Estaba, por primera vez en su vida, completamente paralizada.
A las 7:30 se puso el delantal azul.
—¿Adónde vas? —preguntó Yeyo.
—A trabajar.
—Tía, tienes cuatro millones de seguidores.
—Y trescientas batas del hospital para la semana que viene —dijo Gladys—. Almidón medio.
* * *
Don Aurelio Cabrales no dijo nada cuando la vio entrar.
Estaba detrás del mostrador, con su bigote de paraguas, la servilleta de tela metida en el cuello y un pastelito de guayaba a medio comer, revisando con una lupa el cuello de una camisa.
Levantó la vista. La miró de arriba abajo: el delantal, los ojos sin pestañas, el pelo sin rulos. Luego volvió a la camisa.
—La señora Estévez —dijo—. La mancha de mostaza. Todavía está ahí.
—Ya voy, don Aurelio.
Y fue.
Trabajó toda la mañana en silencio. Recibió camisas, entregó tickets, gritó números por encima del resoplido de las planchas.
A las diez, una muchacha entró con el celular levantado, gritando "¡ES ELLA, ES LA DEL MANGO!
", y don Aurelio, sin levantar la vista de la lupa, dijo "¿trae ropa para lavar?
", y la muchacha dijo que no, y don Aurelio dijo "entonces fuera", con una autoridad tan antigua y tan absoluta que la muchacha se fue sin grabar nada y después contó en internet que había conocido "al abuelo más intimidante de Hialeah".
A las once llegaron dos más. Don Aurelio las despachó igual.
A las doce llegó un equipo de televisión de Univision.
Don Aurelio les cobró por planchar la camisa del camarógrafo.
A la una, mientras almorzaba su sándwich de jamón y queso planchado en la prensa industrial, don Aurelio habló.
—Gladys.
—Dígame.
—¿Sabe usted por qué le pongo almidón a los cuellos?
Gladys lo miró. En diecinueve años, don Aurelio le había hablado del almidón unas cuatro mil veces.
Le había dicho que era la columna vertebral de la civilización occidental, que separaba al hombre de la bestia, que un pueblo sin almidón hacía siestas en lugar de revoluciones.
Pero nunca le había preguntado si sabía por qué.
—Porque… ¿la civilización?
Don Aurelio negó con la cabeza. Se limpió el bigote con la servilleta. Tomó del carrusel una camisa blanca, recién planchada, con un cuello tieso y perfecto como el borde de una hoja de papel, y la puso sobre el mostrador.
—Porque el cuello no puede mantenerse firme solo —dijo—.
Nadie puede. La tela es tela. Se dobla. Se arruga.
Se cae. Eso no es un defecto, Gladys. Eso es lo que es la tela.
—Pasó el dedo por el borde del cuello—. El almidón no finge que el cuello está firme.
El almidón lo ayuda a estarlo. Durante un día.
Después se lava, y hay que almidonarlo otra vez.
Gladys se quedó mirando la camisa.
—Todo el mundo me dice que usted es un viejo terco con una obsesión —continuó don Aurelio, sin ninguna amargura, con la tranquilidad de quien describe el tiempo—.
Y tienen razón. Pero en cuarenta y siete años, nunca le he dicho a un cliente que su camisa venía planchada de fábrica.
Siempre le digo: señor, esto lo planché yo.
Esto lleva almidón. Mañana se va a arrugar otra vez. Vuelva el jueves.
Hubo un silencio largo, solo interrumpido por el resoplido de las planchas y el rumor de huesos del carrusel.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó Gladys.
Don Aurelio mordió el sándwich. Masticó despacio. Tragó.
—Nada —dijo—. Es sobre camisas.
Y volvió a la lupa.
* * *
Faltan catorce días.
La pelea con Doña Chela tuvo lugar el sábado a las 7:40 de la mañana, a través de la cerca que separaba los dos patios laterales, entre las matas de sábila muertas de Doña Chela y la manguera enredada de Gladys, y la presenciaron, desde la acera, once tiktokers que habían dormido allí en bolsas de dormir, el vendedor de mangos de Homestead, la señora de la pancarta de JUSTICIA PARA LIMPIO y el señor mayor de la silla plegable, que seguía allí con su letrero de YO TAMBIÉN ME CAÍ UNA VEZ , y que al parecer no se había ido a su casa desde el jueves.
Doña Chela llevaba el casco dorado. No se lo había quitado.
No se lo iba a quitar. Había dormido sentada en la mecedora, con la cabeza apoyada en un cojín de viaje en forma de herradura, para no aplastarlo.
Llevaba también, colgada del cuello con un cordón azul, una credencial plastificada con el logotipo de Nativa Creative Group que decía LA CHELA — CO-PRESENTADORA OFICIAL — LANZAMIENTO HYDRA-GLOW .
Valeria la había contratado el viernes por la tarde, por teléfono, en una llamada de nueve minutos.
Doña Chela había negociado durante ocho de esos nueve minutos.
Había conseguido un cachet de dos mil dólares, un camerino propio, transporte en limusina desde la calle 49 hasta el mall, un ramo de flores "que no sean claveles, que los claveles son de muerto" y la garantía de que nadie, bajo ninguna circunstancia, le tocaría el peinado.
Gladys salió al patio en bata, con el café en la mano, y la vio. Vio la credencial. Vio el casco dorado. Y Doña Chela la vio a ella.
Se miraron por encima de la cerca durante un largo rato, como dos gatos en una tapia.
—Buenos días, Chela.
—Buenos días, Gladys.
—Bonito peinado.
—Gracias, mija. Me costó ochenta años.
Silencio. En la acera, un tiktoker susurró a su micrófono: "está pasando, está pasando" .
—Me tomaste una foto —dijo Gladys— por la ventana de mi cocina.
—Yo tengo ojos de águila.
—Y se la mandaste a todo el mundo.
—Yo solamente mandé lo que vi. Yo no estaba diciendo nada.
—Chela —dijo Gladys, y la voz le temblaba, no de rabia sino de algo más raro, más triste—, veintidós años.
Veintidós años viviendo al lado. Yo te regué las matas cuando te fuiste a Orlando.
Yo te llevé sopa cuando te operaron de las cataratas.
Yo fui a tu casa la noche que se murió Ramiro y me quedé hasta las cuatro de la mañana escuchándote hablar del flan.
Doña Chela no dijo nada. Se acomodó el casco con la mano, aunque no hacía ninguna falta.
—¿Por qué? —preguntó Gladys.
Y entonces, por primera vez en veintidós años, Doña Chela Ruiz no tuvo respuesta inmediata.
Se quedó con la boca un poco abierta, mirando las matas de sábila muertas.
Los tiktokers contuvieron la respiración.
El vendedor de mangos apagó el altavoz. El señor de la silla plegable se inclinó hacia adelante.
—Porque tú tenías a todo el mundo mirándote —dijo Doña Chela al fin, muy bajo— y yo tenía la ventana.
Gladys parpadeó. Sin pestañas, el parpadeo no hizo ningún ruido.
—Veintidós años, Gladys —continuó Doña Chela, y la voz ya no le salía del pozo con buena cobertura, sino de un lugar más hondo, más seco, sin eco—. Veintidós años mirando tu casa por la ventana. Y tú nunca me invitaste a nada. A la segunda boda no me invitaste.
—Fue en el juzgado, Chela. No invité a nadie.
—A mí me hubieras invitado. —Doña Chela levantó la barbilla—. Yo me hubiera hecho el peinado.
Se quedaron calladas. Del otro lado de la calle, un gallo cantó con tres horas de retraso.
—Y ahora —dijo Doña Chela—, cuando por fin pasa algo, cuando por fin pasa algo en esta calle después de ochenta años, tú estás adentro, con tu guardia y tu maestro y tu sobrino y tus millones, y yo estoy afuera.
En la ventana. Otra vez. —Se tocó la credencial—.
Así que hice lo único que sé hacer. Conté lo que vi.
Gladys la miró durante mucho tiempo. Luego miró la credencial.
—¿Y eso?
—Valeria me llamó.
—Valeria llama a todo el mundo.
—Pero a mí nunca me había llamado nadie —dijo Doña Chela.