El mejor libro (según Gladys) Capítulo 7 Accidente mío #3
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Capítulo 7 Accidente mío #3

No debía estar allí. Esa tarde, según el calendario que le había mandado Nativa Creative Group junto con un contrato provisional de "talento secundario", debía estar en una sesión de fotos en un estudio de Wynwood, posando como "el guardia héroe" junto a una botella gigante de Hydra-Glow de cartón.

Pero la libreta de tapa negra decía otra cosa.

La libreta decía que el sujeto del Expediente N.º 001 había cancelado su compromiso de las tres con una excusa sospechosa, lo cual sabía porque Lorenzo, que no sabía guardar nada, se lo había contado en un mensaje de voz que en realidad iba dirigido a otra persona.

Y la libreta decía que un buen oficial va adonde está la verdad, no adonde está la botella de cartón.

Así que había vigilado la casa desde las once.

La había seguido hasta el Súper Bendición en su Corolla del 2006, a tres autos de distancia, con los lentes oscuros puestos.

Había tenido que dar la vuelta dos veces a la manzana buscando estacionamiento, porque el de la entrada estaba ocupado por la furgoneta de La Voz de Hialeah .

Y cuando por fin entró corriendo, esta vez sí corriendo, sin ninguna dignidad institucional, con el walkie-talkie rebotándole en el hombro, lo que encontró en el pasillo 4 superaba todo lo que había previsto en catorce meses de expedientes vacíos.

Una señora y un empleado en el suelo, empapados, rodeados de mangos, riéndose como locos.

Y un robot trapeándolos.

Tamayo lo entendió todo de golpe. La organización había ido demasiado lejos.

Ahora usaban máquinas. Robots. Agentes artificiales.

Aquella cosa redonda con ojos animados no era un aparato de limpieza: era un sicario electrónico, enviado para silenciar a la señora, que obviamente había decidido traicionar a la red.

Por eso había cancelado su compromiso. Por eso estaba sin faja.

Sin transmisor. Sin pestañas. Estaba desertando.

Y la red la quería muerta. O al menos muy limpia.

—¡ALTO! —gritó Tamayo, con una voz que, esta vez, salió exactamente en el tono que había practicado frente al espejo durante catorce años—. ¡ALTO AHÍ!

El Limpio-Bot 3000 no se detuvo. Siguió trapeando a Rogelio, que se reía más fuerte cada vez que el cepillo le pasaba por las costillas.

Tamayo sacó de su cinturón las esposas de plástico que había comprado en la tienda de disfraces, las que nunca había estado autorizado a usar, las que llevaban catorce meses esperando un criminal.

Se lanzó sobre el robot. Resbaló también, naturalmente, en los doce galones, pero resbaló hacia adelante, con impulso, con la gracia accidental de un defensa central que se barre para cortar un contraataque, y aterrizó con todo su peso sobre el Limpio-Bot 3000, que emitió un pitido de sorpresa.

Tamayo le agarró uno de los sensores láser, lo más parecido a una muñeca que encontró, y le puso las esposas.

CLIC.

Luego las cerró sobre el carrito de compras más cercano.

El robot intentó avanzar. El carrito lo retuvo. El robot intentó retroceder. El carrito lo siguió. El robot giró sobre sí mismo, arrastrando el carrito en círculos, cada vez más rápido, con el halo azul parpadeando en rojo y la vocecita electrónica repitiendo, cada vez más aguda:

¡OBSTÁCULO! ¡OBSTÁCULO! ¡CUIDADO, PISO MOJADO! ¡OBSTÁCULO!

Hasta que, en la vuelta número once, algo en su interior hizo pop , salió un hilito de humo por la parte de atrás, la pantalla mostró por última vez los ojos animados, esta vez cerrados, con una X en cada uno como en los dibujos animados, y el Limpio-Bot 3000 se detuvo para siempre en el centro del pasillo 4, esposado a un carrito de compras, junto a una montaña de mangos verdes.

Tamayo se incorporó. Estaba empapado de pies a cabeza. Tenía un mango aplastado en el hombro, justo sobre el walkie-talkie. Se acomodó los lentes oscuros. Sacó la libreta de la bolsa de sándwich, que por fin demostraba su utilidad hermética, y escribió:

15:07. Primer arresto de mi carrera.

Sospechoso: robot. Nombre: "Limpio". Cargos: intento de trapeo con agravantes.

Luego miró a Gladys. Gladys, todavía en el suelo, sentada entre los mangos, con la blusa amarilla transparentada por el agua y los ojos desnudos brillando, lo miraba a él.

—Oficial —le dijo—. Me salvó otra vez.

Y Tamayo, que no había salvado a nadie nunca en su vida, que había sido reprobado tres veces por la academia, que había guardado durante catorce meses una libreta vacía en una bolsa de sándwich, sintió que algo le subía por la garganta, desde un sótano que ni siquiera sabía que tenía.

—Señora —dijo, con la voz quebrada—. Está usted bajo mi protección.

*   *   *

El video se tituló de mil maneras. El que más circuló, el montaje de los cuatro ángulos hecho por un usuario anónimo de Tampa, se llamó simplemente LA SEÑORA DEL MANGO, EL CONSERJE Y EL GUARDIA ARRESTAN A UN ROBOT .

A las 18:00 tenía dos millones de reproducciones.

A las 21:00, once millones.

A la medianoche, lo habían compartido tres canales de televisión nacionales, un senador del estado de Florida que lo usó para hablar de la automatización en el sector minorista, un sindicato de trabajadores de limpieza de Chicago, una cuenta de humor japonesa, un monje budista de Tailandia con dos millones de seguidores que lo publicó sin comentario, solo con un emoji de flor de loto, y la cuenta oficial de la empresa fabricante del Limpio-Bot 3000, con un comunicado de cuatro párrafos que empezaba con la frase Lamentamos profundamente el incidente y terminaba ofreciendo un descuento del quince por ciento.

Los comentarios, esta vez, no venían de Sweetwater ni de Doral. Venían de todas partes.

ESTA ES LA GLADYS QUE CONOZCO

el señor riéndose me hizo llorar no sé por qué

SIN PESTAÑAS Y MÁS HERMOSA QUE NUNCA

MANGÓN VOLVIÓ

el guardia esposó al robot a un carrito estoy muerta

esto no es contenido esto es la vida

que alguien le dé un aumento al señor del trapeador

¿por qué me siento como si hubiera visto un milagro?