Capítulo 7 Accidente mío #2
A su lado, de pie, con el trapeador de mango de aluminio apoyado en el hombro como un fusil retirado del servicio, Rogelio lo miraba.
Llevaba cinco horas mirándolo. Era su nuevo trabajo.
El gerente le había dado un gafete nuevo, que decía ROGELIO — SUPERVISOR DE ROBÓTICA — ¡PREGÚNTAME!
, y una tableta donde tenía que registrar cada treinta minutos "incidencias del sistema".
Hasta el momento había registrado tres: el robot se había detenido frente a un exhibidor de salsas picantes durante once minutos sin razón aparente; el robot había trapeado cuatro veces la misma baldosa del pasillo 9; y el robot se había negado a entrar al pasillo 12, el de los productos de limpieza, como si supiera algo.
—¿Cómo va? —le preguntó el gerente, pasando con el fotógrafo de La Voz de Hialeah .
—Trapea —dijo Rogelio.
—¿Bien?
Rogelio miró el pasillo 4. El piso brillaba con un brillo mojado, excesivo, como un lago en calma. El robot soltaba doce galones de agua con una generosidad que ningún ser humano con espalda se habría permitido.
—Trapea mucho —dijo.
* * *
Gladys entró por la puerta automática a las 14:57. El suspiro de la puerta sonó exactamente igual que dos semanas atrás.
Detrás de ella venían Yeyo, con el celular ya grabando, y Brayan, descalzo, con los talones negros, que al pisar el linóleo helado del aire acondicionado soltó un pequeño grito y empezó a caminar en puntas de pie, como una bailarina con juanetes.
Gladys se detuvo en la entrada del pasillo 4. Miró. Vio el robot, con su halo azul girando. Vio el piso, brillante como un espejo. Vio a Rogelio, con su trapeador al hombro, su gafete nuevo y su cara de hombre que ha visto de todo. Y Rogelio la vio a ella.
La reconoció en seguida, aunque no tuviera pestañas. La reconoció por la blusa. Por la manera de pararse. Por algo en los ojos que no tenía nada que ver con las pestañas.
Ninguno de los dos dijo nada.
Gladys no traía mango. Eso fue lo primero que Rogelio notó, con un alivio que no supo explicarse.
No traía cartera. No traía faja: se notaba en la cintura, en la respiración, en la forma en que la blusa amarilla caía suelta sobre el cuerpo como caen las cosas que no tienen que demostrar nada.
No traía nada en las manos. Solo estaba ahí, parada en la entrada del pasillo, como una señora cualquiera que viene a comprar papayas un miércoles por la tarde.
Eran las 14:59.
Gladys había pensado mucho en ese momento.
Había pasado la noche despierta pensándolo.
Y había llegado a una sola conclusión, que no escribió en ningún cuaderno, que no subrayó dos veces, que ni siquiera le dijo a San Judas: no iba a hacer nada.
Iba a saber la hora, pero no el minuto. Ni el segundo.
Ni el qué. Iba a caminar por el pasillo, a comprar papayas, y a dejar que el universo, si todavía se acordaba de ella, cumpliera su parte del contrato.
Iba a caminar como una hoja.
Dio un paso.
El reloj de la pared, un reloj redondo con el logotipo de una marca de café, marcó las 15:00.
Y el Limpio-Bot 3000, en el centro del pasillo, se detuvo.
Su halo azul dejó de girar. Sus cepillos dejaron de rotar.
Los cuatro sensores láser zumbaron más fuerte, como insectos alarmados.
En la pequeña pantalla del frente, los ojos animados parpadearon una vez, dos veces, tres, y luego se quedaron fijos, abiertos, mirando directamente hacia la entrada del pasillo, hacia la señora de la blusa amarilla.
Apareció un texto nuevo:
OBSTÁCULO DETECTADO.
Y luego:
ANALIZANDO.
Y luego, después de una pausa larga, en la que la flauta de pan llegó por fin a algo que se parecía a un estribillo:
¡HOLA! ¡SOY LIMPIO! ¡CUIDADO, PISO MOJADO!
Y el Limpio-Bot 3000, con todos sus doce galones, avanzó hacia Gladys a su velocidad máxima.
* * *
Lo que ocurrió en los siguientes diecinueve segundos quedó registrado desde cuatro ángulos distintos: el celular de Yeyo, que por primera vez en su vida no se olvidó de grabar; la cámara de seguridad del pasillo 4; la cámara del fotógrafo de La Voz de Hialeah ; y el celular de una adolescente de quince años con la gorra al revés que estaba grabando las cajas de cereal del pasillo 3 para algo del colegio y que, al oír el chillido, giró por instinto, como un perro de caza.
Era el mismo muchacho del sábado del mango.
Nunca nadie supo qué hacía ahí otra vez.
Él dijo después que era casualidad. Nadie le creyó, lo cual, en aquella historia, era una forma de creer.
Los cuatro videos, montados después por miles de usuarios en todas las combinaciones posibles, mostraban lo mismo.
El robot avanzaba por el pasillo, girando su halo azul, soltando agua, diciendo ¡CUIDADO, PISO MOJADO!
con su vocecita electrónica. Gladys, que caminaba como una hoja, sin intención, sin ANTE, sin faja, no lo vio venir.
Estaba mirando las papayas. El robot la alcanzó por el costado.
Uno de sus cepillos rotatorios se enganchó en el dobladillo de la blusa amarilla.
La blusa tiró. Gladys giró sobre sí misma como un trompo.
El robot, confundido por el obstáculo que ahora estaba enganchado a su cepillo, giró también, en sentido contrario, soltando un chorro de agua como una manguera de bomberos.
El piso, ya brillante como un lago, se convirtió en una pista de patinaje.
Y Rogelio, que había estado de pie a tres metros con su trapeador al hombro, hizo algo que no había hecho en treinta y un años de servicio: corrió.
Corrió hacia la señora. Hacia el robot. Hacia la página que se estaba escribiendo sola.
Con el trapeador por delante, como una lanza, como un caballero de novela antigua cargando contra un molino que esta vez sí era un gigante.
Llegó justo cuando Gladys terminaba su segunda vuelta de trompo.
Metió el trapeador entre el cepillo y la blusa para desengancharlas. Lo logró. La blusa quedó libre.
Pero sus propios zapatos, unos mocasines de suela de cuero de treinta y un años de servicio, no estaban preparados para doce galones.
Rogelio resbaló.
Resbaló hacia atrás, con los brazos girando como aspas, con el trapeador saliendo disparado hacia el techo en un arco perfecto, directo hacia la pirámide de mangos verdes del final del pasillo, la de MANGO FRESCO.
CALIDAD BENDICIÓN. Y Gladys, que acababa de quedar libre, que no tenía faja ni pestañas ni diálogo ni cronograma, que no había ensayado nada, que no sabía el minuto ni el segundo ni el qué, hizo lo único que su cuerpo supo hacer en ese instante sin preguntarle a nadie.
Se lanzó a atraparlo.
Lo atrapó. A medias. Lo atrapó por la cintura del chaleco verde, en el aire, con los dos brazos, como se atrapa un saco de arroz que se cae de la camioneta.
Y los dos, la cajera de la tintorería y el trapeador del Súper Bendición, cincuenta y tres años y sesenta y tres años, cayeron juntos, abrazados, sobre el linóleo inundado, y se deslizaron tres metros por el pasillo 4 como un trineo sin nieve, hasta estrellarse suavemente contra la base de la pirámide de mangos.
La pirámide se tambaleó. Pensó. Se desplomó.
Cuarenta y dos mangos verdes cayeron sobre ellos como una lluvia de balas de cañón en la cubierta de un barco pirata.
Y desde abajo de la montaña de fruta, con la cara pegada a la de un desconocido, la blusa empapada, los ojos desnudos y el alma en el lugar exacto donde tenía que estar, Gladys Maritza Obregón gritó, desde el sótano más hondo del idioma, sin ninguna marca, sin ningún permiso, sin ninguna razón:
—¡MANGÓOOOOOOOOOOOOOON!
Silencio en el Súper Bendición.
Y entonces, debajo de ella, Rogelio Barroso Tejeda, supervisor de robótica, treinta y un años de servicio sin que nadie le dijera gracias, empezó a reírse.
No fue una risa discreta. Fue una carcajada enorme, de las que se aguantan durante tres décadas y salen todas juntas, de golpe, como el agua de una represa que revienta.
Una risa que le sacudía el pecho, que lo hacía toser, que le llenaba los ojos de lágrimas que ningún Tobías habría podido medir con ninguna pipeta.
Se reía acostado en el agua, entre los mangos, con una señora encima, con el gafete torcido, con el trapeador clavado en la caja de las papayas como una bandera en la luna.
Gladys se empezó a reír también.
Se rieron los dos, en el suelo, un minuto entero.
Yeyo, desde la entrada del pasillo, seguía grabando sin moverse, con la tranquilidad de un documentalista que ve a dos leones jugar y entiende que no es asunto suyo.
Brayan, en puntas de pie sobre el linóleo helado, se había llevado las dos manos a la boca y lloraba, no sabía por qué, sin ningún cuarzo que lo explicara.
El fotógrafo de La Voz de Hialeah disparaba sin parar.
El gerente del chaleco de lana miraba la escena con la boca abierta, calculando mentalmente el costo de cuarenta y dos mangos, doce galones de agua y una demanda por lesiones personales.
Y el Limpio-Bot 3000, a dos metros, con su halo azul girando, con la pantalla parpadeando, se acercó despacio a los dos cuerpos en el suelo, se detuvo, zumbó, y mostró en su pantalla:
OBSTÁCULO DETECTADO.
¡HOLA! ¡SOY LIMPIO!
Y empezó a trapearlos.
* * *
El oficial Heriberto Tamayo llegó al Súper Bendición a las 15:04, lo cual, para sus estándares, era una hora inaceptablemente tarde.