Capítulo 7 Accidente mío
Accidente mío
Rogelio Barroso Tejeda llevaba treinta y un años trapeando los pisos del Súper Bendición y había llegado, en ese tiempo, a una comprensión del mundo que ningún filósofo había alcanzado y que él nunca se había molestado en explicarle a nadie, porque nadie se lo había preguntado.
La comprensión era esta: el piso es una página en blanco.
No lo hacía con tristeza. Lo hacía con respeto. Sabía que las historias tenían que borrarse para que pudieran escribirse otras. Sabía que un piso sucio era un piso vivo y un piso limpio era una promesa. Y sabía, sobre todo, que en treinta y un años nadie, ni un solo cliente, le había dicho gracias.
El sábado del mango, él estaba en el pasillo 5, arreglando la sección de enlatados, y no lo vio.
Pero lo supo después, por el video, como lo supo todo el mundo.
Y el martes, cuando aquella señora de blusa amarilla sacó de su cartera un mango negro y lo dejó caer a propósito, él estaba al fondo, acomodando lechugas, y lo vio todo.
Lo vio con la tranquilidad de un hombre que ha visto de todo en los pasillos de un supermercado.
Y cuando pasó el trapeador sobre la mancha, no lo hizo por maldad, ni por reglamento.
Lo hizo porque la página tenía que estar en blanco.
Después vio el video del mall. Después vio el de la faja que pitaba. Después vio el de la perra pomerania, y algo en él, algo pequeño y antiguo, se apagó un poco. Aquella señora había caído mejor en su pasillo.
El martes por la tarde, el gerente nuevo, un muchacho de veintiocho años con un título en administración logística y un chaleco de lana en pleno septiembre, lo llamó a la oficina.
—Rogelio —le dijo, sin mirarlo, mientras escribía en la computadora—, el miércoles llega el Limpio-Bot.
—¿El qué?
—El Limpio-Bot 3000. Un robot de limpieza autónomo con inteligencia artificial, sensores láser y tanque de agua de doce galones. Trapea solo. No descansa. No pide aumento. No se enferma. —El gerente hizo una pausa—. No tiene sindicato.
Rogelio asintió.
—¿Y yo?
—Tú vas a ser supervisor del robot.
—¿Y qué hace un supervisor del robot?
El gerente dejó de escribir. Lo pensó. Era la primera vez que lo pensaba.
—Lo miras —dijo al fin.
* * *
El miércoles a las 5:47 de la mañana, en la cocina de la calle 49, Gladys Maritza Obregón se preparaba para su primer accidente propio en diez días con la concentración de un torero en la capilla de la plaza.
No se puso la faja.
Fue la decisión más difícil. La Faja Moldéame Inteligente ya no era suya, don Rigoberto se la había llevado en su caja negra, pero Nativa Creative Group le había mandado una sustituta, una faja de diseño europeo, sin ganchos, sin GPS, color "desnudo universal", con el logotipo de Hydra-Glow bordado en la cintura por dentro, "para que la marca te acompañe incluso donde nadie la ve".
La cláusula 14 del contrato decía que debía usarla en todas sus apariciones públicas.
Gladys la miró un rato largo, extendida sobre la cama como la piel de un animal que no existía.
Luego la dobló, la guardó en la gaveta de la ropa interior, detrás de un paquete de medias de nylon de 1994, y cerró la gaveta con el pie.
Tampoco se puso pestañas.
Esa fue la segunda decisión más difícil.
Se paró frente al espejo del baño, con el paquete de Glamour Imperial en una mano y el tubo de pegamento industrial en la otra, y se miró los ojos desnudos.
Eran unos ojos pequeños, castaños, algo caídos en las esquinas, con arrugas finas como las líneas de un mapa.
Eran los ojos de su madre. No los había visto así, sin nada, en quince años.
—Hola —les dijo.
Los ojos parpadearon. No hicieron ningún ruido de abanico.
Luego se puso la blusa amarilla. La del mango. La original.
* * *
El problema del miércoles no era solo la faja o las pestañas. Era el documento.
El PDF de Momentos Auténticos de la Semana , página siete, decía con total claridad:
MIÉRCOLES
3:00 p.m. — Playa de Key Biscayne, sector sur.
MOMENTO: Yoga al atardecer con sobrina.
Talento intenta postura "Guerrero II" guiada por Kimi. Pierde el equilibrio. Caída tipo 31-A ("hacia atrás en arena, con risa"). Kimi la ayuda. Ambas ríen. Puesta de sol.
Diálogo sugerido (Talento): "¡Ay, mi niña, yo soy guerrera pero de la cocina!"
Producto: Hydra-Glow sabor Coco Zen. Dos botellas visibles en toalla de playa.
Nota del Consultor de Vulnerabilidad: Talento debe mostrar "fragilidad inspiradora". Referencia: abuelita en comercial de seguros de vida.
Eran exactamente las 3:00 p.m. La misma hora de la pizarra.
Gladys lo había visto el lunes a medianoche, justo después de escribir con el marcador rojo, y en lugar de cambiar la hora de su accidente, había decidido, con una lógica que solo ella entendía, que eso era una señal.
San Judas Tadeo no ponía las horas por casualidad.
A las 7:15 llamó a Lorenzo.
—Lorenzo, mi amor. No me siento bien.
Del otro lado se escuchó un silencio de pánico, como el de un piloto que ve apagarse un motor.
—¿Qué tiene?
Gladys se llevó la mano a la frente, aunque Lorenzo no podía verla.
—Ay —dijo, con voz de soprano agonizante—, qué calor, Dios mío.
—Son las siete de la mañana.
—El calor no tiene hora, Lorenzo.
Lorenzo le pasó el teléfono a Tobías. Tobías le hizo un interrogatorio de diecisiete preguntas sobre sus síntomas, anotó todo, le pidió que se tomara la temperatura, que describiera el color de su lengua, que calificara su nivel de energía del uno al diez y que dijera, con la mayor precisión posible, cuántos mililitros de lágrimas había producido en las últimas veinticuatro horas.
Gladys contestó todo con la voz más débil que pudo.
A la pregunta de las lágrimas respondió "muchas, mi amor, muchísimas", y Tobías anotó DESBORDE .
A las 8:40, Valeria mandó un mensaje de texto.
Mañana entonces. Doble jornada.
Nada más. Ni un "que te mejores". Ni un emoji. Gladys lo leyó y sintió una punzada rara, como cuando una deja una fiesta temprano y descubre que nadie lo notó.
* * *
El Maestro Brayan Luminoso llegó a las 13:30 sin que nadie lo llamara.
Desde la firma en la Sala Autenticidad, su vida había cambiado de una manera que él describía como "expansión" y que cualquier otro describiría como "desempleo".
El porcentaje espiritual que Valeria le había inventado no se traducía, por ahora, en ningún dinero real.
Sus once alumnos se habían reducido a nueve, porque dos primos se habían ido a un curso de trading de criptomonedas.
Y la agencia le había prohibido aparecer en los videos de Tía y Sobrina porque, según un memorándum interno que Lorenzo le había reenviado por error, su presencia "confundía el posicionamiento de marca" y su lino "no era aspiracional sino sospechoso".
Venía descalzo, sin sandalias esta vez, porque decía que la tierra le estaba hablando y había que escucharla con los pies. Tenía los talones negros de caminar por el estacionamiento.
—Hermana —dijo, en la puerta de la cocina—. Sentí algo. Anoche. Algo me despertó a las tres de la mañana y me dijo: "Ve a ver a Gladys. Hoy pasa algo."
Gladys lo miró desde la mesa, con los ojos desnudos.
—¿Quién te dijo?
Brayan dudó. La verdad era que Yeyo le había mandado un mensaje la noche anterior: mi tía va a hacer algo mañana a las 3. no le digas a nadie. yo tampoco sé qué. Pero un maestro no revela sus fuentes.
—El universo, hermana.
Luego la miró bien. La miró de verdad. Vio la blusa amarilla.
Vio la ausencia de faja. Vio la cara limpia, los ojos pequeños, el pelo sin rulos, suelto, con algunas canas que la tintura de la semana anterior no había alcanzado.
Y por un instante, uno solo, Bryan Alexis Pérez Ocampo, nacido en Kendall en 1986, vendedor de tiempos compartidos, revendedor de zapatillas, distribuidor de batidos, cofundador de vapes sabor tres leches y criptoinversionista de seis semanas, se quedó sin frase.
—Hermana —dijo al fin, con una voz que no era la de las meditaciones guiadas—. Te ves…
—¿Vieja?
—No. —Buscó la palabra. No la encontró en ninguno de sus doce pasos—. Te ves como la del mango.
Gladys sonrió. Sin pestañas, la sonrisa le llegaba de otra manera a los ojos, más despacio, como el agua que tarda en llegar al último piso de un edificio.
—Vamos al Súper Bendición —dijo—. Pero tú no me enseñas nada hoy.
Brayan asintió. Por primera vez en su carrera, aceptó una condición sin negociarla.
* * *
A las 14:52, el Súper Bendición parecía una feria de pueblo en honor a un santo equivocado.
Había globos plateados atados a los carritos de la entrada.
Había un letrero de tres metros colgado sobre las cajas registradoras que decía ¡BIENVENIDO LIMPIO-BOT 3000!
EL FUTURO LLEGÓ A TU SUPERMERCADO , con una ilustración del robot sonriendo, aunque el robot no tenía cara.
Había una mesa con muestras gratis de galletas de avena y un vaso de café que nadie tomaba.
Había un fotógrafo de un periódico comunitario llamado La Voz de Hialeah , que tenía una tirada de ochocientos ejemplares y cuya sección más leída eran los obituarios.
Y había, por los parlantes, la flauta de pan de siempre, tocando la misma balada romántica al mismo ritmo de siempre, como si nada en el universo pudiera alterar su búsqueda eterna de estacionamiento.
El Limpio-Bot 3000 estaba en el pasillo 4.
Era una máquina blanca, redonda y achatada, del tamaño de una mesa de centro, con un tanque de agua transparente en la parte superior, un anillo de luces azules que giraba como un halo, dos cepillos rotatorios en la parte inferior, cuatro sensores láser que emitían un leve zumbido y, en el frente, una pantalla pequeña donde aparecían, alternándose, dos ojos animados que parpadeaban y la frase ¡HOLA!
¡SOY LIMPIO! ¡CUIDADO, PISO MOJADO! Se desplazaba con una lentitud majestuosa, deteniéndose cada tanto a analizar el suelo, girando sobre sí mismo con un pitido de reflexión, como un monje budista que medita sobre cada baldosa.