El mejor libro (según Gladys) Capítulo 7 Accidente mío #4
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Capítulo 7 Accidente mío #4

Y en algún lugar de la lista, casi al final, entre un comentario en portugués y otro en coreano, había uno de una cuenta cuya foto de perfil era una muchacha de un catálogo de muebles en Eslovenia:

señora es señora otra vez ❤️

*   *   *

A las 22:30, sonó el teléfono de Gladys.

Era Valeria.

Gladys contestó en la cocina, todavía con la blusa amarilla húmeda, con un vaso de café con leche en la mano y los ojos desnudos.

Yeyo dormía en el sofá de plástico con el celular sobre el pecho, agotado, como si hubiera corrido un maratón en lugar de sostener un teléfono durante diecinueve segundos.

Brayan se había ido a su casa a pie, descalzo, diciendo que necesitaba "integrar".

Tamayo se había negado a irse; estaba sentado en su Corolla frente a la casa, con la luz interior encendida, protegiéndola.

—Gladys —dijo Valeria.

—Valeria.

—Cláusula 14. Faja de marca en toda aparición pública. Cláusula 22. Exclusividad de contenido. Cláusula 31. Prohibición de actividades no programadas. Cláusula 38. Prohibición de gritar la palabra "mangón".

—Eso no estaba.

—Lo añadimos el martes. Te mandamos el anexo.

Gladys no dijo nada.

—Técnicamente —continuó Valeria, en su voz de azafata ante un amerizaje—, esto es un incumplimiento grave. Técnicamente, podríamos rescindir el contrato. Técnicamente, podríamos demandarte.

—Técnicamente —repitió Gladys.

—Pero hay once millones de reproducciones. —Pausa—. Veintitrés, ahora mismo. Y subiendo.

Gladys escuchó, del otro lado de la línea, algo que nunca había escuchado de Valeria Montenegro: una respiración.

Una respiración lenta, larga, calculadora, la respiración de un almirante que ve cómo la flota enemiga de botes de goma acaba de hundir su acorazado y, en lugar de rendirse, empieza a pensar en cómo comprar los botes.

—Así que esto es lo que vamos a hacer —dijo Valeria—.

Mañana a las nueve publicamos un comunicado.

Tía y Sobrina, Episodio 2: El Robot . Producido por Nativa Creative Group.

Filmado en exteriores con cámaras ocultas.

Un experimento de autenticidad radical que llevamos semanas planificando.

El robot era nuestro. El conserje era actor.

El guardia era talento contratado. Todo fue guion.

Y funcionó tan bien que ni siquiera tú lo sabías.

Gladys se quedó inmóvil, con el vaso de café en la mano.

—Eso no es verdad.

—Nada es verdad, Gladys. Todo es posicionamiento.

—Rogelio no es actor. Rogelio lleva treinta y un años trapeando ese pasillo. Se rió. Tú no sabes cómo se rió.

—Rogelio va a recibir un cheque de cinco mil dólares mañana a las ocho de la mañana y un contrato de confidencialidad. Yo sé exactamente cómo se va a reír.

Gladys miró la pizarra de corcho. San Judas la miraba. Debajo, en rojo, seguía escrito: MIÉRCOLES. 3:00. ACCIDENTE MÍO.

—Y si no quiero —dijo, despacio.

Silencio.

—Entonces, Gladys —dijo Valeria, con una suavidad que era peor que cualquier grito—, tendrás que explicarle a veintitrés millones de personas cómo es que una señora que se cayó por accidente tenía la hora del accidente escrita en una pizarra.

La línea se cortó.

Gladys se quedó un rato largo con el teléfono en la mano. Luego, muy despacio, volvió la cabeza hacia la ventana de la cocina, la que daba al patio lateral, la que tenía un mosquitero, la que estaba justo enfrente, a tres metros de distancia, de la ventana de la cocina de Doña Chela.

La ventana de Doña Chela estaba a oscuras.

Pero en la oscuridad, durante un segundo, brilló algo pequeño, rectangular, azulado. Como una pantalla. Como un teléfono de pantalla rota que alguien acababa de guardar muy rápido.

*   *   *

A las 23:14, en un Tesla blanco estacionado en un subterráneo de Brickell, llegó un mensaje nuevo al teléfono de Kimi Soto.

Era de Chela Ruiz Bendiciones ? ? 🌹 . No era un audio esta vez. Era una foto.

Estaba tomada a través de un mosquitero, con un ángulo torcido, con el flash rebotando en el vidrio y un dedo gordo tapando una esquina.

Pero se veía perfectamente: una pizarra de corcho, una estampita de San Judas Tadeo, una factura de la luz y, escrito con marcador rojo en letra redonda de maestra rural, subrayado dos veces:

MIÉRCOLES. 3:00. ACCIDENTE MÍO.

Debajo de la foto, Doña Chela había escrito un solo mensaje, con cinco faltas de ortografía y tres emojis de manos rezando:

Te dije q yo consigo todo mija. La tome esta mañana. No se lo digas a nadie. Bendiciones 🙏🙏🙏

Kimi miró la foto. Luego abrió el video del robot, que tenía ya treinta millones de reproducciones, y lo detuvo en el primer segundo, en el reloj redondo de la pared del Súper Bendición, el del logotipo de una marca de café.

Marcaba las 15:00.

Kimi se quedó mirando las dos imágenes, una junto a la otra, durante mucho tiempo. En el espejo del parasol, su cara sin maquillaje la miraba de vuelta: veintitrés años, ojeras, un grano en la barbilla, Westchester.

Abrió una nueva publicación. Pegó la foto de la pizarra. Escribió un título:

LA VERDAD SObrE LA SEÑORA DEL MANGO.

El cursor parpadeaba.

Kimi puso el dedo sobre el botón de publicar. No lo apretó. Tampoco lo quitó.