El mejor libro (según Gladys) Capítulo 6 Momentos Auténticos de la Semana
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Capítulo 6 Momentos Auténticos de la Semana

Momentos Auténticos de la Semana

Gladys lo esperaba despierta desde las cuatro y media.

Se había levantado a oscuras, había colado el café, se había puesto los rulos por si acaso y se había sentado en la mesa de la cocina, frente al mantel de frutas, con el celular boca arriba junto a la taza, mirándolo como se mira el teléfono la noche de una primera cita.

San Judas Tadeo la observaba desde la pizarra de corcho.

La pizarra estaba vacía por primera vez en semanas.

Valeria había sido muy clara: a partir de la firma, la marca Gladys ya no planificaba nada.

La agencia planificaba. La marca Gladys solo tenía que ser.

—Ser —había repetido Gladys en la Sala Autenticidad, emocionada—. Como los ángeles.

—Como los ángeles —había dicho Valeria, sin ninguna emoción.

A las 6:11, el PDF se abrió.

La primera página era una portada negra con letras blancas: MOMENTOS AUTÉNTICOS DE LA SEMANA. Talento: GLADYS. Formato: TÍA Y SObrINA, Ep. 1. Preparado por: Equipo Creativo Nativa (14 personas). Nivel de espontaneidad objetivo: 94%.

La segunda página era un índice.

La tercera página decía:

LUNES

10:00 a.m. — Parque Las Palmeras, sendero norte.

MOMENTO: Tropiezo con perro.

Talento camina con Kimi (sobrina) por el sendero. Aparece perro (perro de agencia: DUQUESA, raza pomerania, 11 años, experiencia en 47 producciones). Talento tropieza con la correa. Caída tipo 12-B ("sentada suave con brazos al cielo").

Diálogo sugerido (Talento): "¡Ay, mi niña! ¡Menos mal que estoy hidratada!"

Diálogo sugerido (Kimi): "Tía, tú siempre tan tú." (Sonrisa vulnerable. Ofrecer mano.)

Producto: Hydra-Glow sabor Maracuyá Consciente. Visible en mano de Kimi. Etiqueta hacia cámara.

Duración total: 38 segundos.

Nota del Consultor de Vulnerabilidad: Talento debe mostrar "desconcierto adorable" (no dolor, no vergüenza). Referencia visual: abuelita en comercial de galletas.

Gladys leyó la página tres veces. A la tercera se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Yeyo —dijo, con la voz temblorosa—. Me escribieron un diálogo.

Yeyo, en el sofá de plástico, envuelto en una sábana con estampado de superhéroes que había sido suya a los siete años, abrió un ojo.

—¿Qué dice?

Gladys se puso de pie. Se llevó una mano al pecho. Miró hacia la ventana, donde amanecía sobre Hialeah con una luz naranja y sucia, como una yema de huevo reventada, y declamó con la voz de una actriz de radionovela de los años cincuenta:

—¡Ay, mi niña! ¡Menos mal que estoy hidratada!

Silencio. Un gallo cantó con tres horas de retraso.

—¿Eso lo escribieron catorce personas? —preguntó Yeyo.

—Profesionales, Yeyo.

—Eso lo escribo yo cagando.

—Pero no lo escribiste —dijo Gladys, con una lógica irrefutable, y pasó a la página cuatro.

*   *   *

El Parque Las Palmeras era un rectángulo de césped quemado por el sol, con un lago artificial lleno de patos agresivos, un sendero de concreto rodeado de palmas reales que parecían postes de luz con peluca, y un parque infantil donde los columpios, a las diez de la mañana de un lunes, ya estaban demasiado calientes para ser usados por cualquier ser humano sin guantes de horno.

Cuando Gladys llegó, con Yeyo y un termo de café con azúcar escondido en la cartera, el sendero norte había sido tomado por un ejército.

Había una furgoneta blanca con el logotipo de Nativa , dos carpas plegables, un generador eléctrico que rugía como un león con asma, tres cámaras sobre trípodes, un dron zumbando en el aire como un mosquito con presupuesto, un carrito de catering con agua alcalina y rodajas de pepino, y unas veinte personas vestidas de negro, todas con audífonos, tabletas o portapapeles, que se movían de un lado a otro con la urgencia de un equipo médico en un quirófano.

En el centro de todo, sobre una manta de picnic de cuadros que parecía comprada esa misma mañana y probablemente lo era, una perra pomerania de pelo naranja, con un moño rosado y una expresión de profundo hastío existencial, esperaba su llamado.

—Esa es Duquesa —dijo una muchacha con portapapeles, acercándose a Gladys sin saludar—. No la toque. Cobra por contacto.

Gladys miró a la perra. La perra la miró a ella.

Había en esos ojitos negros y húmedos una experiencia infinita, la experiencia de cuarenta y siete producciones, cuarenta y siete tropiezos, cuarenta y siete señoras gritando "¡ay, mi niña!

". Era la mirada de una veterana de guerra en un desfile de reclutas.

—Pobrecita —dijo Gladys.

—Gana más que usted —dijo la muchacha, y le puso en la mano una hoja con el diálogo impreso en letra tamaño 24, por si acaso.

*   *   *

El coreógrafo de caídas se llamaba Fabián Rocafuerte, tenía sesenta y dos años y había sido, durante cuatro décadas, el doble de riesgo más solicitado de la televisión en español de Miami.

Se había caído de caballos, de balcones, de escaleras, de yates y, en una telenovela de 1998 que nadie recordaba excepto él, de un globo aerostático sobre un volcán hecho de cartón piedra.

Tenía la nariz rota en tres lugares, la cadera izquierda de titanio y una colección de ochenta y cuatro caídas catalogadas por número y letra, que había sistematizado en un manual autopublicado titulado El Arte de Caer con Gracia: Método Rocafuerte , cuya portada lo mostraba en el aire, en posición horizontal, con una sonrisa serena, como un santo en levitación.

Recibió a Gladys con los brazos abiertos.

—¡La del mango! —gritó—. ¡La del mango! ¡Una natural!

Gladys se sonrojó hasta los rulos.

—Gracias.

—Una natural, sí. Pero una salvaje. —Fabián le tomó la cara con las dos manos, como un escultor que examina un bloque de mármol—.

Vi tu video del supermercado. Cuarenta veces.

Técnicamente, un desastre. Pierna derecha sin control.

Brazos en caída libre. Aterrizaje sobre el coxis, que es lo peor que le puedes hacer a un coxis.

Si yo hubiera caído así en 1987, me echan de la telenovela. —Hizo una pausa—. Y sin embargo…

—¿Y sin embargo?

—Y sin embargo, mija, tenía alma.

Gladys se llevó las manos al pecho.

—Pero el alma —continuó Fabián, soltándole la cara— no escala.

¿Tú sabes lo que es escalar? Es hacer lo mismo cincuenta veces igual.

El alma no se puede hacer cincuenta veces igual.

Por eso existe la técnica. Hoy vamos a hacer una 12-B.

Sentada suave, brazos al cielo. Es una caída elegante.

Una caída de abuela de comercial. ¿Me sigues?

—Me dicen mucho eso últimamente —dijo Gladys.

Fabián le enseñó la 12-B durante cuarenta minutos, en una colchoneta azul colocada detrás de una palma real.

Le enseñó a doblar primero la rodilla izquierda, luego la derecha, a proteger las muñecas, a bajar el centro de gravedad "como si te sentaras en una nube que no está", a levantar los brazos al cielo en el último instante, "como si te fueras a llevar a Dios contigo".

Gladys la hizo una vez, dos, cinco, doce.

Cada vez le salía peor. Doblaba la rodilla equivocada.

Se olvidaba de los brazos. En el intento número nueve cayó de lado, como un saco de papas, sobre la colchoneta, y Fabián, al verla, se tapó los ojos con la mano como quien presencia un accidente de tránsito.

—Mija, ¿qué te pasa? En el supermercado caíste perfecto.

—En el supermercado no sabía que me iba a caer.

—¿Y en el mall?

Gladys lo pensó.

—En el mall sabía la hora, pero no el minuto.

Fabián Rocafuerte la miró largamente, con sus ojos de hombre que se había caído de un globo sobre un volcán de cartón piedra.

Y algo en su cara, algo antiguo y profesional, algo que había aprendido a lo largo de ochenta y cuatro caídas catalogadas, reconoció en aquella señora de rulos un problema que no aparecía en ninguna página de su manual.

—Ay, mija —dijo, muy bajo—. Tú eres de las que no se pueden ensayar.

*   *   *

El consultor de vulnerabilidad se llamaba Tobías, tenía veintiséis años, un posgrado en Comunicación Emocional Estratégica por una universidad en línea con sede en Delaware, y una bata blanca de laboratorio que usaba sin ninguna razón médica, "para generar confianza".

Llevaba un portapapeles, un cronómetro y, en el bolsillo del pecho, una pipeta de vidrio con la que, según explicó, medía el volumen de las lágrimas de los talentos para garantizar la uniformidad de la marca.

—Una lágrima única debe tener entre 0,05 y 0,07 mililitros —le dijo a Gladys, con total seriedad—. Menos es frialdad. Más es desborde. El desborde asusta a los patrocinadores.

—¿Y si una llora de verdad?

Tobías frunció el ceño, como si le hubieran preguntado qué pasa si un avión decide volar hacia atrás.

—No entiendo la pregunta.

Le hizo una evaluación. Le mostró tarjetas con imágenes: un perrito abandonado, una anciana sola en un banco, un niño con un globo desinflado.

Le cronometró las reacciones. Anotó cosas.

Cuando le mostró la tarjeta del niño con el globo, Gladys soltó una carcajada, porque el niño se parecía muchísimo a su segundo exmarido, y Tobías escribió en el portapapeles, en mayúsculas, RESPUESTA EMOCIONAL NO ALINEADA , y lo subrayó.

—Usted tiene un perfil muy… —buscó la palabra— …irregular.

—Orgánico —corrigió Gladys.

—Irregular —insistió Tobías, y le dio a oler un pañuelito empapado en una solución de mentol "para facilitar el lagrimeo en caso de emergencia".

*   *   *

Kimi Soto llegó a las 10:40, con cara.

Bajó de un Tesla blanco con los vidrios polarizados, envuelta en un vestido de lino color arena, con un sombrero de paja de ala ancha y unos lentes de sol del tamaño de dos platos de postre.

Traía en la mano una botella de Hydra-Glow sabor Maracuyá Consciente, con la etiqueta perfectamente orientada hacia afuera, como si ya estuviera grabando.

Detrás venía Lorenzo, con la tableta, y una estilista con un maletín de herramientas que parecía el de un cirujano.

Kimi pasó junto a Gladys sin detenerse.

—Hola, tía —dijo, con la voz aterciopelada, sin mirarla.