El mejor libro (según Gladys) Capítulo 5 La Sala Autenticidad #3
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Capítulo 5 La Sala Autenticidad #3

—Te lo digo en serio. Yo firmé algo así a los diecinueve.

Yo era… —se detuvo, buscando la palabra— …

era una muchacha que hacía videos cocinando con mi abuela en Westchester.

Arroz con leche. Tamales. Ella se equivocaba en todo y se reía.

A la gente le gustaba. Y un día vino Valeria y me dijo lo mismo.

Considerable. —Silencio—. Mi abuela salió en tres videos más.

Luego le dijeron que no daba bien en cámara. Que era muy vieja. Que no era la marca.

El pitido seguía.

—¿Y tu abuela? —preguntó Gladys.

Kimi tardó en contestar.

—Hace dos años que no hablo con ella. No me deja el cronograma.

Del otro lado de la pared, Gladys cerró los ojos.

Pensó en la abuela de Westchester, riéndose con el arroz con leche.

Pensó en el pasillo 4. En el mango. En el sábado, cuando nadie sabía nada y ella se cayó de verdad, sin ensayo, sin faja, sin porcentaje, y gritó una palabra que no existía.

Pensó en todo eso durante lo que pareció un largo tiempo, o al menos lo que tarda un pitido en volverse costumbre.

Luego abrió los ojos.

—Mi amor —dijo—, tú no sabes lo que es tener cincuenta y tres años y que nadie te mire.

Kimi no contestó.

—Yo sí firmo —dijo Gladys.

Y el pitido, como si hubiera estado esperando esa frase, se detuvo en seco.

No porque Gladys se hubiera levantado. Seguía sentada. Se detuvo porque, después de tres días de pitar sin descanso, la batería de la Faja Moldéame Inteligente se había agotado. La lucecita verde parpadeó una vez más, débil, como una estrella que se apaga en otra galaxia, y se extinguió.

En el silencio repentino del baño, se escuchó solamente la fuente de piedra, los cuencos tibetanos, el Bosque Nórdico Después de la Lluvia y, del otro lado de la pared, la voz de Kimi, que ya no era aterciopelada ni ronca, sino algo intermedio, algo que todavía no tenía nombre:

—Ok, señora. Allá tú.

*   *   *

Gladys firmó a las 13:47, sobre la mesa de mármol, con una pluma de Valeria que pesaba como un lingote. Usó la rúbrica de los catorce años, la grande. Esta vez tardó mucho en hacerla, porque la mano le temblaba.

Don Rigoberto, en silencio, guardó la Faja Moldéame Inteligente en su caja negra, cerró la tapa, la puso bajo el brazo y se retiró de la sala con la espalda recta y la barbilla alta, como se retira un general con su bandera doblada después de una capitulación honrosa.

En la puerta se detuvo, se dio vuelta y dijo, sin dirigirse a nadie en particular:

—Napoleón también volvió de Elba.

Nadie supo qué contestar.

Brayan Luminoso negoció durante cuarenta minutos más y consiguió que la agencia reconociera su treinta por ciento, pero no del total, sino "del porcentaje espiritual", un concepto que Valeria inventó en ese mismo momento, que no significaba nada y que Brayan aceptó con lágrimas de gratitud, porque en toda su carrera de vendedor nunca nadie le había inventado un concepto a él.

Tamayo, en el pasillo, con un chichón en la frente del golpe contra la pared del baño, fue abordado por Valeria en persona, que le entregó una tarjeta de cuero negro.

—Usted también —le dijo—. El guardia héroe. La gente lo quiere. Hablemos.

Tamayo miró la tarjeta. Miró a Valeria. Miró la Sala Autenticidad, el cubo de cristal sobre la bahía, la pantalla que repetía sin sonido a una muchacha perdiendo la cara.

Y comprendió, con la claridad de los grandes detectives en el último capítulo de las novelas, que acababa de ser reclutado por la organización.

Que ya no estaba infiltrado. Que estaba adentro. Adentro de verdad.

Esa tarde, en la libreta de tapa negra, escribió:

La red tiene sede en Brickell. Piso 22. Líder operativa: "V." Frialdad extrema. Uñas negras.

Me ofrecieron trabajo. ACEPTAR. (Para investigar.)

San Judas Tadeo: todavía no identificado. Posiblemente por encima de "V."

Y debajo, con otra tinta, más pequeño, como algo que se dice uno mismo en voz baja:

Me dijeron que la gente me quiere.

*   *   *

Esa noche, a las 23:14, en el estacionamiento subterráneo de la torre de Brickell, dentro de un Tesla blanco con los vidrios polarizados, Kimberly Soto se quitó la cara.

Lo hizo despacio, con toallitas desmaquillantes, una por una, mirándose en el espejo del parasol.

Salió la base. Salió el corrector. Salió la sombra, el rubor, el iluminador, el contorno, las pestañas, la lágrima única de la foto de la recepción, que en realidad era una gota de glicerina que llevaba siempre en el bolso.

Salieron las ondas del pelo cuando se lo recogió en el moño del terremoto.

Al final, en el espejo, quedó una muchacha de veintitrés años con ojeras, un grano en la barbilla y una cara que había visto por última vez, con esa claridad, en un patio de Westchester, junto a una señora que se equivocaba en la receta del arroz con leche.

Se quedó mirándola un rato largo.

Luego tomó el celular. Abrió el perfil de @LaMarcaGladys.

Buscó entre los comentarios más antiguos, los del primer video, el del mango, hasta encontrar uno que conocía todo internet: el audio de una señora que decía "yo no me estoy riendo, eh, pero miren" , subido por una cuenta llamada Chela Ruiz Bendiciones ? ? 🌹 .

Kimi entró al perfil. Había cuarenta fotos de flores, dieciocho de un señor difunto con camisa bien planchada y, en la última publicación, una foto tomada esa misma mañana a través de una cerca: la puerta de una casa en la calle 49, un mensajero en bicicleta y una señora en bata con rulos posando como una estrella de cine.

Kimi abrió los mensajes privados. Escribió, borró, volvió a escribir.

Hola señora Chela. Bendiciones. ¿Usted es la vecina de Gladys?

Se quedó mirando el mensaje. El cursor parpadeaba, verde, como la lucecita muerta de una faja.

Lo envió.