El mejor libro (según Gladys) Capítulo 5 La Sala Autenticidad #2
32%

Capítulo 5 La Sala Autenticidad #2

—Prefiero estar de pie.

—Insisto.

Era la segunda vez en una semana que alguien insistía, y la segunda vez que la vieja cortesía de cajera le ganaba la batalla. Gladys se sentó.

¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!

El pitido rebotó en las paredes de cristal de la Sala Autenticidad como una bala en un bunker.

En la mesa de mármol vibraron los vasos de agua de pepino.

En la pantalla del fondo, Kimi hacía su contracción rabiosa en cámara lenta, sin sonido, como si también la hubiera escuchado.

Brayan abrió los ojos de golpe y perdió el mudra.

Gladys se levantó. El pitido se detuvo.

Valeria no se movió. No parpadeó. Solo bajó la vista hacia el vientre de Gladys, donde la lucecita verde parpadeaba a través de la tela fucsia, y luego la subió de nuevo, despacio, hasta sus ojos.

—¿Qué es eso?

—Mi faja —dijo Gladys.

—La Faja Moldéame Inteligente —corrigió don Rigoberto, poniéndose de pie y colocando la caja negra sobre la mesa de mármol con un golpe de tambor militar—. Con GPS. Patente en trámite. Somos su patrocinador oficial.

—Eran —dijo Valeria.

Don Rigoberto se quedó inmóvil con la mano sobre la caja.

—¿Perdón?

—Eran su patrocinador oficial. —Valeria abrió una carpeta negra y deslizó un documento sobre la mesa—.

A partir de hoy, si la señora firma, el patrocinador de sus apariciones será Hydra-Glow, la bebida de hidratación funcional de nuestro portafolio.

Hydra-Glow no tiene problemas con las fajas. Solo tiene problemas con los pitidos.

Don Rigoberto miró el documento. Luego miró a Valeria. Tenía en los ojos la mirada de un general que, desde lo alto de una colina, ve aparecer en el horizonte un ejército con tanques cuando él solo tiene caballería.

—Señora —dijo, con la voz muy baja—, yo tengo un contrato.

—¿Firmado?

Don Rigoberto dudó.

—Escrito en una pizarra.

—Ah —dijo Valeria, y ese "ah" contenía la historia entera del capitalismo.

*   *   *

La propuesta de Nativa Creative Group tenía veintiocho páginas, un índice, tres anexos y un glosario. Valeria la resumió en cuatro minutos exactos, sin mirar los papeles, con la voz neutra y fría de una azafata que explica qué hacer en caso de amerizaje.

La agencia se haría cargo de la "gestión integral de la autenticidad" de la marca Gladys.

Eso significaba que, a partir de la firma, todos los accidentes, caídas, desmayos, tropiezos y demás "momentos espontáneos" serían diseñados, programados, producidos y editados por un equipo de catorce personas, entre guionistas, directores, estilistas, un coreógrafo especializado en caídas y un "consultor de vulnerabilidad".

Cada lunes, Gladys recibiría un documento titulado Momentos Auténticos de la Semana , con el cronograma de sus accidentes, el vestuario, los diálogos sugeridos y las palabras clave de los patrocinadores.

A cambio, la agencia se quedaría con el cuarenta por ciento de todos los ingresos.

—¿Cuarenta? —dijo Brayan, poniéndose de pie tan rápido que el cuarzo azul le golpeó el cuarzo rosado con un clic de bolas de billar—. Hermana, con todo respeto, yo tengo el treinta.

Valeria lo miró por primera vez.

—¿Y usted quién es?

—Su guía espiritual.

—¿Firmado?

—En un ticket de tintorería.

—Ah.

Brayan se volvió a sentar. Sacó el celular por debajo de la mesa y empezó a sumar con el dedo, moviendo los labios. Cuarenta más treinta. Setenta. Más el diez de Yeyo. Ochenta. Se le fue el color de la cara.

—Hermana —le susurró a Gladys—, nos queda el veinte por ciento de ti.

—Con el veinte por ciento de mí se hace mucho —respondió Gladys, que no había escuchado la mitad de las cifras porque estaba mirando la bahía y pensando que así, exactamente así, se debía ver el mar desde el palco del Papa.

Valeria continuó.

—Hay un último punto. El más importante. —Hizo una seña con la mano. Detrás de ella, la puerta de vidrio se abrió, y entró Kimi Soto.

Kimi estaba otra vez con cara.

Era asombroso. En diecisiete minutos, alguien en algún cuarto de maquillaje había borrado las ojeras, el grano, el moño del terremoto, la sudadera gris y hasta la risa de Westchester, y había devuelto al mundo a la Kimi de siempre: la piel de porcelana, el pelo en ondas perfectas, el vestido color crema, la sonrisa vulnerable ensayada con la fonoaudióloga.

Caminaba con pasos suaves, flotantes, como una bailarina de caja de música.

Se sentó junto a Valeria sin hacer ningún ruido, porque ella no llevaba faja, y cruzó las manos sobre la mesa.

—Hola, Gladys —dijo, con la voz aterciopelada—. Qué alegría conocerte al fin.

Gladys la miró. La miró muy de cerca, entrecerrando los ojos, buscando algo, alguna rendija, algún resto de la muchacha del pasillo, la del chicle, la de la risa fea. No encontró nada. Era como buscar el agujero de un clavo en una pared recién pintada.

—Ya nos conocimos —dijo Gladys—. En el pasillo.

Kimi sonrió sin dejar de sonreír.

—Creo que te confundes.

Valeria cerró la carpeta.

—El proyecto se llama Tía y Sobrina . Una serie semanal.

Dos generaciones de mujeres auténticas enfrentando juntas el caos de la vida moderna.

Gladys, la tía caótica, la de los accidentes.

Kimi, la sobrina sabia, la que la recoge del piso.

Ternura. Humor. Hidratación. —Hizo una pausa—.

Los números proyectados son… considerables.

—¿Cuánto es considerable? —preguntó Yeyo, desde el fondo, con la boca llena de pastelito.

Valeria lo miró como se mira una mancha de café en un mantel blanco. Luego escribió una cifra en un papel, lo dobló y lo deslizó por la mesa hacia Gladys, como se hace en las películas.

Gladys desdobló el papel.

Lo miró.

Se le cayó la pestaña izquierda.

No fue por el pegamento, que era el industrial de siempre, el de la señora de Kendall.

Fue por la impresión. Fue como si una parte de su cuerpo, la parte más frágil, la más postiza, hubiera decidido desmayarse por su cuenta, sin ensayo, sin ANTES, en un acto de espontaneidad tan pura que Brayan, a su lado, dejó escapar un pequeño gemido de admiración profesional.

La pestaña aterrizó sobre la mesa de mármol blanco, negra y rizada, junto al vaso de agua de pepino.

Nadie dijo nada.

Kimi miró la pestaña. Y por un instante, uno solo, tan breve que ninguna cámara lo hubiera captado, en la esquina de su boca apareció otra vez aquella risa fea, la de Westchester, la de la guagua. Luego desapareció.

*   *   *

Gladys pidió ir al baño.

Lo pidió porque necesitaba pensar, y porque la faja, después de tres horas, le había dejado de apretar la cintura y había empezado a apretarle directamente el alma.

Tamayo se puso de pie de un salto y dijo "la acompaño", y hubo que explicarle, con cierta delicadeza, que era el baño de mujeres.

Tamayo se ofreció entonces a vigilar la puerta desde afuera.

Se plantó frente a ella con las piernas separadas y las manos cruzadas sobre el cinturón, como un guardia del Palacio de Buckingham, y durante los siguientes veinte minutos impidió el paso a una becaria, dos diseñadoras gráficas y una señora de la limpieza, a quienes les dijo, con el mismo tono solemne, "zona restringida, prosiga por el pasillo alternativo".

El baño de Nativa Creative Group era, naturalmente, blanco.

Tenía una fuente de agua que caía por una pared de piedra, un difusor que perfumaba el ambiente con un aroma llamado Bosque Nórdico Después de la Lluvia , y música ambiental de cuencos tibetanos.

Gladys entró en el último cubículo, cerró la puerta, y se quedó un rato de pie, frente al inodoro, mirándolo.

El problema era evidente. Para usar un inodoro, una tenía que sentarse.

Lo pensó. Pensó en alternativas. Pensó en quitarse la faja, pero eran treinta y dos ganchos, y Nieves no estaba, y la última vez que había intentado soltarlos sola se había quedado atrapada a la mitad durante cuarenta minutos, con la faja a la altura de las rodillas, como una sirena al revés.

Pensó en aguantar. No podía aguantar. Había tomado cuatro vasos de agua de pepino por nervios.

Se sentó.

¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!

En el baño de mármol, con la acústica de catedral, el pitido fue apocalíptico.

Los cuencos tibetanos parecieron desafinar.

La fuente de piedra pareció detenerse. Afuera, a través de la puerta, se escuchó la voz de Tamayo gritando "¡DIEZ-OCHENTA Y OCHO!

¡DIEZ-OCHENTA Y OCHO!" y el golpe de algo, probablemente él mismo, contra la pared.

Y del cubículo de al lado, del penúltimo, llegó una risa.

La risa fea. La de la nariz. La de Westchester.

Gladys se quedó inmóvil, sentada, con el pitido sonando sin parar, porque no se podía levantar hasta terminar, y no iba a terminar con aquel ruido.

Del otro lado de la pared de mármol, la risa siguió, cada vez más fuerte, cada vez menos aterciopelada, hasta convertirse en una carcajada que parecía llevar años encerrada en algún sótano, esperando que alguien abriera la puerta.

—¡Coño, señora! —dijo Kimi entre risas—. ¡Coño! ¡Eso es lo más real que ha pasado en este edificio en cinco años!

—No te burles —dijo Gladys, por encima del pitido, con toda la dignidad posible para una mujer sentada en un inodoro con una sirena en el ombligo.

—No me estoy burlando. —Kimi se sonó la nariz, ruidosamente, sin ningún documento que la autorizara—. Te juro que no me estoy burlando.

El pitido siguió. Las dos se quedaron un rato así, cada una en su cubículo, separadas por una pared de mármol blanco, escuchando la alarma de un camión dando marcha atrás.

—Oye —dijo Kimi al fin, más bajo—. No firmes eso.

Gladys no respondió.