El mejor libro (según Gladys) Capítulo 5 La Sala Autenticidad
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Capítulo 5 La Sala Autenticidad

La Sala Autenticidad

La invitación llegó en un sobre de papel grueso color hueso, con el logotipo de Nativa Creative Group estampado en relieve, una hoja de palma estilizada que, vista de cerca, estaba formada por la palabra AUTÉNTICO repetida ciento cuarenta veces en letra microscópica.

La trajo un mensajero en bicicleta, un muchacho con casco y lentes de ciclista, que se negó a irse hasta que Gladys firmó un recibo en su tableta y que, al verla abrir la puerta en bata de toalla y rulos, le pidió una foto.

—Para mi mamá —dijo—. Ella la ama.

Gladys posó en la puerta, con la bata abierta sobre el conjunto color melón, la taza de café en la mano y una expresión de estrella de cine sorprendida por los paparazzi en la puerta de su villa en Capri.

El muchacho se fue pedaleando feliz. Del otro lado de la cerca, Doña Chela, que regaba unas matas de sábila que llevaban cuatro años muertas, anotó mentalmente la hora.

Dentro del sobre había una tarjeta que decía:

Nativa Creative Group tiene el honor de invitar a

LA MARCA GLADYS

a una conversación auténtica sobre su futuro.

Jueves, 11:00 a.m. Piso 22. Sala Autenticidad.

Vestimenta: la que te haga sentir TÚ.

—¿Qué me hace sentir yo? —le preguntó Gladys a Yeyo, que estaba en el sofá de plástico comiéndose un cereal directamente de la caja.

Yeyo la miró de arriba abajo: la bata, los rulos, el conjunto color melón, las chancletas con un pompón de peluche rosado.

—Eso.

Gladys lo pensó durante un largo rato. Luego fue a su cuarto, abrió el clóset, y tardó dos horas y cuarenta minutos en decidir que lo que la hacía sentir ella era un traje de chaqueta fucsia con hombreras que había comprado en 1996 para el bautizo de una sobrina, unos zapatos de tacón dorados que no se ponía desde el segundo divorcio y, debajo de todo, con sus treinta y dos ganchos cerrados por Nieves en una visita de emergencia a las siete de la mañana, la Faja Moldéame Inteligente.

*   *   *

La comitiva que llegó el jueves a las 10:52 al vestíbulo de la torre de Brickell habría confundido a cualquier antropólogo.

Adelante iba Gladys, fucsia, dorada, erguida como un mástil, caminando con los pasitos cortos y rígidos que imponía la faja, con la lucecita verde asomando por debajo de la chaqueta a la altura del ombligo, parpadeando con la regularidad serena de un faro.

A su derecha, Brayan Luminoso, que para la ocasión había cambiado el lino blanco por un lino beige, "más corporativo", y se había puesto un segundo cuarzo, este de color azul, "para la negociación".

A su izquierda, don Rigoberto Almánzar, en guayabera de gala con puños franceses, con la caja negra de la Faja Moldéame Inteligente bajo el brazo, por si hacía falta una demostración.

Detrás, Yeyo, con el celular en una mano y un pastelito de guayaba en la otra.

Y cerrando la formación, a tres pasos exactos de distancia, con el uniforme de Escudo Total Security Solutions LLC planchado hasta la agresión, el walkie- talkie en el hombro, los lentes oscuros puestos bajo techo en homenaje a su supervisor Duvalier, el oficial Heriberto Tamayo.

Tamayo se había presentado esa mañana en la puerta de la casa de Gladys sin que nadie lo invitara.

—Señora —había dicho, cuadrándose—. Me enteré de su reunión. Considero que requiere protección.

—¿Cómo se enteró?

Tamayo había dudado. La verdad era que había pasado la noche anterior estacionado en su Corolla frente a la casa, vigilando, y había visto al mensajero, la foto, el sobre. Pero un infiltrado no revela sus fuentes.

—Tengo contactos, señora.

Gladys se había emocionado tanto que casi se sienta en el escalón de la entrada, y solo el recuerdo del pitido se lo había impedido.

—Un guardaespaldas —había susurrado—. Yeyo, ¡tengo guardaespaldas!

—Es el guardia del mall.

—Es mi guardia del mall.

En el ascensor, que era de cristal y subía por el exterior del edificio con una vista de la bahía que parecía una postal retocada, nadie habló.

Brayan meditaba con los ojos cerrados y los dedos en mudra.

Don Rigoberto miraba la ciudad como un general mira un territorio a conquistar.

Yeyo se comía el pastelito. Tamayo vigilaba los números del panel con la intensidad de quien espera una emboscada en cualquier piso.

Y Gladys miraba su reflejo en el cristal, fucsia sobre azul, suspendida en el aire sobre Miami, y pensaba que así, exactamente así, debía sentirse la Virgen durante la Asunción.

En el piso catorce, la faja le apretó tanto que tuvo que agarrarse del pasamanos.

En el piso diecisiete, se le desprendió el broche de una hombrera.

En el piso veintidós, las puertas se abrieron.

*   *   *

La recepción de Nativa Creative Group era enteramente blanca.

El piso era blanco, las paredes eran blancas, los sofás eran blancos, las orquídeas eran blancas, y la recepcionista, una muchacha con el pelo platino, un vestido blanco y una piel tan pálida que parecía haberse criado en el interior de una nevera, se fundía con el fondo de tal manera que Gladys no la vio hasta que le habló.

—Bienvenidos a Nativa —dijo la muchacha, sin sonreír—. ¿Les ofrezco agua alcalina, agua de coco o agua de pepino?

—¿Tiene cafecito? —preguntó Gladys.

La recepcionista la miró como si le hubieran pedido una pistola.

—Tenemos un espresso de origen único cultivado en Etiopía por una cooperativa de mujeres.

—Con azúcar.

—No tenemos azúcar.

—¿Cómo que no tienen azúcar?

—La azúcar es… —la muchacha buscó la palabra correcta— …inauténtica.

Don Rigoberto, que había atravesado la Revolución, dos exilios y la competencia china, se sacó del bolsillo de la guayabera tres sobrecitos de azúcar de un restaurante de Hialeah y se los puso a Gladys en la mano con un gesto de soldado que comparte su última ración con un compañero herido.

—Siempre cargue suministros, señora —dijo.

Las paredes estaban decoradas con fotografías enormes en blanco y negro de los clientes de la agencia en momentos de supuesta intimidad: una muchacha llorando frente a un espejo, un muchacho riendo con la boca llena de hamburguesa, una pareja besándose bajo la lluvia.

Todas tenían un pequeño letrero debajo con el nombre del creador y una frase: "Ser real es mi superpoder.

" — Dayana F. "Sin filtros, sin miedo." — Kevin M. "Por qué dejé de fingir." — Kimi S.

Gladys se detuvo frente a la foto de Kimi. Era un primer plano: la muchacha miraba a cámara con una lágrima única, perfectamente redonda, detenida en la mitad de la mejilla como una perla en un joyero.

—Qué bonita llora esa muchacha —dijo.

—Esa lágrima tomó cuatro horas —dijo una voz detrás de ella.

*   *   *

Kimi Soto no llevaba maquillaje.

Esta vez no llevaba maquillaje de verdad, y la diferencia era asombrosa, como ver a un actor famoso haciendo cola en la oficina de licencias de conducir.

Tenía unas ojeras violáceas, un grano en la barbilla, el pelo recogido en un moño que parecía hecho durante un terremoto y una sudadera gris con capucha que le quedaba enorme.

Masticaba chicle con la boca abierta. Tenía en la mano un vaso de papel con un espresso etíope de mujeres cooperativistas, y en la otra, el celular, con la pantalla hacia abajo, como quien esconde un arma.

—Eres más bajita de lo que pensaba —dijo, mirando a Gladys de arriba abajo.

—Tú eres más fea de lo que pensaba —dijo Gladys, con total inocencia, porque en su generación eso era una forma de conversación.

Kimi dejó de masticar. Se quedó un segundo inmóvil.

Luego, por primera vez en muchísimo tiempo, se rió.

No fue una risa de video, esa risa aterciopelada y medida que había ensayado con la fonoaudióloga de Coral Gables.

Fue una risa corta, ronca, fea, que le salió por la nariz, que sonaba a Westchester, a guagua, a patio de escuela pública.

—Coño —dijo—. Tú eres real.

—Orgánica, mi amor.

Kimi la miró un rato más. Algo le cruzó por la cara, rápido, una sombra, como el ala de un pájaro que pasa frente a una ventana. Luego volvió a masticar.

—Te voy a decir una cosa, señora —dijo, bajando la voz—. Lo que hay adentro de esa sala no es real. Nada. Ni el agua de pepino.

—¿Y tú?

—Yo menos que nada.

En ese momento se abrió una puerta de vidrio al fondo del pasillo, y apareció Lorenzo, el asistente, con la tableta contra el pecho y la cara de fotocopia.

—Kimi —dijo—. ¡Kimi! Estás sin cara.

—Ya voy.

—Valeria dijo que entras con cara.

Kimi suspiró. Tiró el chicle en una maceta con una orquídea blanca. Se fue por el pasillo con Lorenzo detrás, y antes de doblar la esquina, sin darse vuelta, dijo en voz alta:

—Bonita faja, señora. Se te oye desde aquí.

*   *   *

La Sala Autenticidad era un cubo de cristal suspendido sobre la bahía, con una mesa de mármol blanco para dieciséis personas y catorce sillas de diseño que parecían esqueletos de pájaros prehistóricos.

En la pared del fondo, una pantalla gigante mostraba en bucle, sin sonido, el recorte de QUÍTATE KIMI .

Alguien había tenido el mal gusto, o el buen cálculo, de dejarlo puesto.

Valeria Montenegro estaba sentada en la cabecera.

Vestía de negro, como siempre. Tenía las manos juntas sobre la mesa, con las uñas pintadas de un color que el catálogo llamaba Obsidiana Mate y que en la práctica era el color exacto de un agujero.

No se levantó cuando entraron. Los miró pasar uno por uno, como un halcón mira pasar a una familia de conejos por un campo abierto, y cuando llegó el turno de Tamayo, que entró de último, con los lentes oscuros y el walkie-talkie, levantó apenas una ceja perfilada con láser.

—¿Y usted?

—Seguridad —dijo Tamayo.

—Perfecto —dijo Valeria, y anotó algo en una libreta de cuero negro que se parecía de manera inquietante a la de Tamayo, solo que más cara.

Luego se volvió hacia Gladys.

—Siéntese, por favor.

Gladys miró la silla de esqueleto de pájaro. Miró la faja. Miró a don Rigoberto, que negó levemente con la cabeza, como un comandante que le dice a su soldado que no entre en el campo minado.