Capítulo 4 Las tropas #3
—¿Y por qué pita?
—Mi sobrino está trabajando en eso.
Gladys se volvió a sentar, con mucho cuidado.
¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!
Se levantó.
Silencio.
Yeyo, desde la puerta, grabando, murmuró:
—Suena como si te hubieras sentado en un camión.
Gladys miró la faja. Miró la silla. Miró a don Rigoberto, cuya expresión era la de un general que ve estallar su propio puente.
Y entonces, con esa capacidad que ya empezaba a ser el centro de su genio, la capacidad de convertir cualquier desastre en una prueba de que el universo estaba de su lado, sonrió.
—No importa —dijo—. Una reina no se sienta.
* * *
La reunión con el oficial Heriberto Tamayo tuvo lugar a las 18:15 de ese mismo día, en el patio de comidas del Plaza Tropical Mall, sector C, en una mesa entre un local de pretzels y otro de comida china cuya especialidad, según un letrero escrito a mano, era el Pollo Naranja Supremo Imperial .
Tamayo había aceptado la invitación por mensaje privado después de una noche entera de deliberación.
El mensaje de @LaMarcaGladys decía: Oficial Tamayo!
!! Soy la señora del desmayo. Usted es mi héroe.
Quiero proponerle algo. Un colab. Bendiciones.
Tamayo no sabía qué era un colab, pero lo había buscado en internet y la definición, "colaboración entre dos creadores de contenido para generar mutuo beneficio", le había parecido exactamente el tipo de frase que usaría una organización criminal para encubrir sus operaciones.
Por lo tanto, había decidido aceptar. Encubierto.
Infiltrado. Como en las películas. Como un verdadero oficial.
Esa tarde había escrito en la libreta de tapa negra, debajo del Expediente N.º 001:
OPERACIÓN FAJA NEGRA (nombre provisional).
Objetivo: infiltrar a "La Marca Gladys" y descubrir su red.
Método: fingir que soy influencer.
Riesgo: alto.
No se le había ocurrido el nombre por ninguna razón. Simplemente le había parecido que sonaba bien. Tampoco sabía, todavía, lo cerca que estaba de la verdad.
Gladys llegó puntual, acompañada de Yeyo, que traía el celular listo y una bandeja con dos pretzels.
Llevaba el vestido de lunares y, debajo, la Faja Moldéame Inteligente, con los treinta y dos ganchos cerrados y la lucecita verde parpadeando a la altura del ombligo.
Caminaba erguida, rígida, majestuosa, como una estatua de la Libertad a la que alguien hubiera puesto a pasear por un centro comercial.
Tamayo se puso de pie. Se acomodó el walkie-talkie en el hombro. Extendió la mano.
—Señora.
—Oficial.
Se dieron la mano por encima de la mesa con una solemnidad de tratado de paz. Luego Tamayo volvió a sentarse. Gladys no.
—Siéntese, por favor —dijo él.
—Prefiero estar de pie.
—Insisto.
Gladys miró la silla de metal del patio de comidas. Miró a Tamayo. Miró el walkie-talkie. Y, porque había en ella todavía una cortesía de cajera de treinta años que no le permitía negarse dos veces a un hombre uniformado, se sentó.
¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!
El patio de comidas entero se dio vuelta. Un niño soltó su helado. El señor del Pollo Naranja Supremo Imperial se asomó por encima del mostrador con el cucharón en la mano.
Gladys se levantó de un salto. El pitido se detuvo.
Tamayo se quedó completamente inmóvil. Tenía los ojos fijos en el vientre de la señora, donde, a través de la tela de lunares, una lucecita verde parpadeaba con regularidad, como un pulso, como una señal, como algo que transmite.
Un micrófono.
Por supuesto. Un micrófono. O un transmisor. O algo peor. La señora estaba conectada. La señora estaba cableada , como decían en las series. Alguien, en algún lugar, estaba escuchando esa conversación. La red era más grande de lo que había sospechado. Mucho más grande.
Tamayo tragó saliva. Se inclinó hacia adelante muy despacio. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro ronco, el susurro de los agentes infiltrados en los estacionamientos subterráneos.
—Señora —dijo—. ¿Quién la envía?
Gladys, de pie, con las manos sobre la faja, pensó en la pregunta. Pensó en la pizarra de corcho, en el marcador rojo, en la madrugada en que había decidido todo. Y respondió con total honestidad:
—San Judas Tadeo.
Tamayo palideció. No conocía a ningún San Judas Tadeo en el ámbito criminal de Miami-Dade, lo cual solo podía significar una cosa: era alguien de muy arriba.
Sacó la libreta de la bolsa de sándwich, la abrió debajo de la mesa, y escribió con mano temblorosa:
Jefe de la organización: alias "San Judas Tadeo". Nivel: ALTO.
La sujeto porta transmisor en abdomen. Pita al sentarse. (¿Sistema de alerta?)
CONFIRMADO: estoy dentro.
Levantó la vista. La señora le sonreía con una ternura enorme, con los ojos llenos de lágrimas y la pestaña izquierda, una Glamour Imperial nueva, perfectamente adherida.
—Oficial —le dijo—, usted y yo vamos a hacer cosas muy grandes.
—Lo sé, señora —respondió Tamayo, y era, sin que ninguno de los dos lo supiera, lo único cierto que se había dicho en esa mesa.
* * *
Esa noche, en Hialeah, en el celular de don Rigoberto Almánzar, un pequeño punto verde se movía por un mapa de la ciudad: del Plaza Tropical Mall a una casa en la calle 49, donde se detuvo.
Don Rigoberto lo miró durante un largo rato desde su sillón de cuero, con los lentes de lectura puestos, con la ternura de un general que sigue en el mapa el avance de su última división.
En Brickell, en el piso veintidós, Valeria Montenegro abrió en su computadora un documento nuevo y lo tituló PROPUESTA — GLADYS .
Y en Doral, en un garaje con una lucecita encendida, Walter Iglesias revisaba los estantes con la linterna en la frente cuando se detuvo frente al pasillo C, nivel tres, posición cuarenta y uno.
El Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal estaba comentando, por su cuenta, sin que nadie se lo hubiera ordenado, en el video del patio de comidas que acababa de subir @LaMarcaGladys:
señora linda guardia héroe amor ❤️
Walter lo leyó dos veces. Luego apagó la linterna, se quedó un momento a oscuras, rodeado del zumbido de sus cuatro mil personas, y dijo en su nota gris de siempre, a nadie en particular:
—Ya está mejor.