El mejor libro (según Gladys) Capítulo 4 Las tropas #2
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Capítulo 4 Las tropas #2

—Pero con una condición —añadió, y escribió en la pizarra, debajo de todo, con letras enormes:

CONDICIÓN: 100.000 SOLDADOS. PLAZO: 72 HORAS.

Gladys miró la pizarra. Miró a Brayan. Brayan miró el techo. Yeyo miró su bolsa de papas, que estaba vacía.

Fue Brayan el que habló primero, con una voz suave, lenta, cargada de misterio, la voz con la que en otros tiempos anunciaba a las parejas de jubilados que quedaban solo dos semanas disponibles en el penthouse con vista al mar.

—Conozco a alguien —dijo.

*   *   *

El garaje de Doral olía a plástico caliente, a polvo, a cable quemado y, muy de fondo, a arroz con pollo, porque la vecina de la casa de al lado cocinaba todos los días a la misma hora y el extractor de su cocina daba justo sobre la ventana del garaje.

Hacía un calor seco y zumbante. Cuatro ventiladores industriales giraban en las esquinas, empujando el aire caliente de un lado a otro sin enfriarlo, como políticos que se pasan un problema.

Gladys se detuvo en la entrada. Durante un largo momento no dijo nada.

Miró los estantes. Miró los cuatro mil teléfonos brillando en la penumbra azulada, con sus pantallas encendidas, sus cables blancos colgando como raíces, sus pequeñas luces parpadeando.

Escuchó el zumbido, que no era un solo zumbido sino miles de zumbidos superpuestos, un murmullo eléctrico y continuo, como el de una colmena, o el de una iglesia antes de la misa, cuando todos rezan en voz baja al mismo tiempo.

Y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Dios mío —susurró—. Es una catedral.

Walter Iglesias la miró sin ninguna expresión. Luego miró a Brayan.

—¿Esta es la señora?

—Esta es, hermano.

—La del mango.

—La del mango.

Walter asintió una sola vez.

—La 2.304 la vio —dijo—. El sábado. Le gustó.

Gladys se volvió hacia él con los ojos brillantes.

—¿Quién es la 2.304?

Walter la llevó por el pasillo C hasta el nivel tres, posición cuarenta y uno, y le señaló el Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal.

En la pantalla, una cuenta llamada Yamileth_Sonrisas_Bendecidas mostraba una foto de perfil de una muchacha sonriente que, según una búsqueda de imágenes que nadie en ese garaje iba a hacer jamás, era en realidad una modelo de catálogo de una tienda de muebles en Eslovenia.

—Esa —dijo Walter—. Anda bajita de ánimo. Pero le gustó su video. Le dio corazón.

Gladys se inclinó sobre el teléfono. Lo miró de cerca, con la ternura de una abuela que mira un recién nacido en la incubadora. Luego, con mucho cuidado, le habló.

—Gracias, Yamileth —dijo—. Gracias por el corazón, mi amor.

Walter se quedó mirándola. Algo, muy dentro de su cara plana, en un lugar donde hacía años que no pasaba nada, se movió ligeramente, como una cortina cuando alguien abre una puerta en otra habitación.

—Nadie les habla —dijo, en la misma nota gris de siempre—. En doce años. Nadie les habla.

—¿Por qué no?

Walter lo pensó.

—Porque son falsos.

Gladys se enderezó. Se acomodó el vestido de lunares. Miró los cuatro mil teléfonos que brillaban a su alrededor, y en su cara apareció aquella luz que ya empezaba a ser su marca registrada: la luz de quien ha decidido, contra toda evidencia, que el mundo es exactamente como ella dice que es.

—Nadie es falso, Walter —dijo—. Todos somos seguidores de algo.

Brayan, detrás de ella, se llevó la mano al cuarzo.

—Eso es muy profundo, hermana. Voy a usarlo en el curso.

—Son cincuenta dólares el millar —dijo Walter.

*   *   *

El trato se cerró en veinte minutos. Walter no aceptaba tarjetas ni transferencias ni nada que dejara rastro; aceptaba efectivo, en billetes que revisaba uno por uno a contraluz, con la lámpara de la frente encendida.

Gladys pagó con el sobre de Navidad, un sobre de manila que guardaba desde hacía años en el fondo de la vitrina de los ángeles, detrás del arcángel San Miguel, y que tenía escrito en la tapa, con su letra redonda de maestra rural, PARA CUANDO PASE ALGO .

Doña Chela le había enseñado ese sistema. Así guardaba ella el peinado.

Brayan pidió factura. Walter lo miró durante cuatro segundos completos, sin parpadear, hasta que Brayan dijo "está bien, hermano, está bien, era una prueba de energía" y dejó de pedirla.

Antes de irse, Gladys pidió un último favor.

—Quiero dejarles un mensaje. A todos.

Walter se encogió de hombros. Le indicó el centro del garaje, entre los pasillos B y C, donde había una silla plegable y una pequeña mesa con un ventilador. Yeyo sacó el celular, apuntó y, esta vez, antes de nada, le mostró la pantalla con el contador corriendo.

Gladys se paró en el centro del garaje, rodeada de cuatro mil pantallas azuladas, iluminada desde abajo como una santa de cartón en una procesión de pueblo, con el pelo levantado por los cuatro ventiladores industriales que soplaban en direcciones opuestas y el vestido de lunares flameando como la bandera de un país inventado.

—Mis soldados —dijo.

El zumbido pareció responder.

—Mañana ustedes van a despertar siguiéndome.

Y yo sé que algunos van a decir que ustedes no son de verdad.

Que son máquinas. Que son números. Pero yo les digo una cosa: yo fui cajera treinta años, y durante treinta años la gente me vio como una máquina.

Una máquina de dar tickets. Una máquina de recibir camisas con mole.

Y yo era de verdad. Siempre fui de verdad.

—Se le quebró la voz—. Así que yo sé lo que es que nadie te hable.

Walter, apoyado en la puerta del garaje con la taza de café en la mano, miraba el suelo.

—Los quiero —dijo Gladys—. A todos. Hasta a los que comentan en polaco.

Silencio. Solo el zumbido, el ventilador, el arroz con pollo de la vecina.

Y entonces, en el pasillo C, nivel tres, posición cuarenta y uno, el Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal vibró por su cuenta, sin que nadie le hubiera dado ninguna orden, y en la pantalla apareció, durante un instante, una notificación: Yamileth_Sonrisas_Bendecidas ha reaccionado con ❤️.

Walter levantó la vista. Miró el teléfono. No dijo nada. Pero esa noche, por primera vez en doce años, dejó una lucecita encendida en el garaje, como se deja en el cuarto de los niños.

*   *   *

A la mañana siguiente, @LaMarcaGladys tenía ciento cuatro mil seguidores.

Los comentarios del último video se habían multiplicado de manera extraordinaria.

Muchos decían cosas razonables, como "jajaja", "ícono" o "quiero a esta señora de abuela".

Pero otros, cada vez más, tenían un sabor particular, difícil de definir, como un plato cocinado por alguien que ha leído sobre la comida pero nunca la ha probado:

Bella señora mango buen día producto calidad.

excelente contenido hermano

Dios bendice tu caída. Salmo 37:24.

Mi deseo la señora Gladys feliz siempre. Bonito cara de mujer.

Świetny film, polecam.

❤️❤️❤️ señora linda ❤️❤️❤️

Gladys los leyó todos, uno por uno, en voz alta, en la cocina, mientras se tomaba el cafecito. Contestó cada uno con un corazón. Al que estaba en polaco le contestó "gracias, igualmente".

Yeyo, desde el sofá de plástico, la miró por encima del celular.

—Tía. Esos son los de Walter.

—Esos son mis soldados, Yeyo.

—Son teléfonos.

Gladys dejó la taza sobre el mantel de frutas, junto al mango estampado, con una lentitud solemne.

—Tú también eres un teléfono, Yeyo —dijo—. Nada más que con piernas.

Yeyo lo pensó. No tuvo cómo refutarlo.

*   *   *

La prueba de la Faja Moldéame Inteligente se realizó esa misma tarde en la fábrica, bajo la supervisión de Nieves, la costurera de setenta y cuatro años que cosía con una lupa y que tenía, como don Rigoberto repetía con orgullo, "treinta y ocho años de servicio sin una sola baja".

Nieves era pequeña, arrugada y silenciosa, con unas manos que parecían raíces de un árbol muy antiguo y unos ojos que, detrás de la lupa colgada al cuello, se veían enormes como los de un búho.

Le colocó la faja a Gladys detrás de una cortina de baño con estampado de peces, ajustando uno por uno los treinta y dos ganchos del costado con una fuerza que no correspondía a su tamaño.

A cada gancho, Gladys soltaba un pequeño gemido.

Al gancho número veintiocho soltó un gemido grande.

Al treinta y dos, se le escapó, desde algún sótano del idioma, un "¡ay, mi madre! " que se escuchó en la calle.

—Ya está —dijo Nieves, con una voz que sonaba como papel de seda.

Gladys salió de detrás de la cortina.

Era otra mujer. O, mejor dicho, era la misma mujer, pero redistribuida.

Lo que antes estaba en el centro ahora estaba arriba, y lo que antes estaba abajo ahora no estaba en ninguna parte que se pudiera identificar con claridad.

Caminaba erguida como un cadete, con la respiración corta y el pecho elevado, y en el ombligo, bajo el vestido de lunares, se adivinaba el pequeño bulto rectangular con su lucecita verde parpadeando a través de la tela, como una luciérnaga atrapada en un globo.

Don Rigoberto la miró de arriba abajo. Se le humedecieron los ojos.

—Señora —dijo—. Parece usted un monumento.

—No puedo respirar.

—Eso es la firmeza.

Brayan juntó las manos frente al pecho.

—Hermana. Veo tu aura. Está comprimida. Pero brilla.

—Siéntese —dijo don Rigoberto—. Pruebe sentarse.

Gladys miró la silla de plástico. La miró como se mira un río que hay que cruzar sin puente.

Dobló las rodillas con mucho cuidado. La faja crujió como el casco de un barco en una tormenta.

Bajó un centímetro. Otro. Otro. Y cuando por fin sus caderas tocaron el asiento, la cajita del ombligo emitió un pitido agudo, largo y estridente, como el de un camión dando marcha atrás.

¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP!

Gladys se levantó de un salto.

El pitido se detuvo.

Silencio en la fábrica. Las seis máquinas de coser se habían detenido al mismo tiempo. Las cinco costureras restantes miraban por encima de sus lupas y sus lentes. En la calle, un perro comenzó a ladrar.

—¿Qué fue eso? —preguntó Gladys.

Don Rigoberto carraspeó.

—Un sensor de presión. Detecta cuando la faja está en uso activo y manda la señal al satélite.