Capítulo 4 Las tropas
Las tropas
En un garaje de Doral, detrás de una casa amarilla con un flamenco de plástico descolorido en el jardín y un letrero de SE VENDE que llevaba allí seis años sin que nadie supiera si era cierto, vivían cuatro mil personas.
Vivían en estanterías metálicas de cinco niveles, alineadas en pasillos estrechos como las de un almacén de repuestos.
Cada una ocupaba un espacio de doce por siete centímetros.
Cada una estaba conectada a un cable blanco que bajaba hasta una regleta, y de la regleta a otra regleta, y de esa a otra más, en una genealogía eléctrica que terminaba en un solo enchufe de la pared, detrás del calentador de agua, que Walter revisaba tres veces al día con la preocupación de un padre que revisa la fiebre de un hijo.
Eran teléfonos celulares. Modelos viejos, de pantallas rayadas, comprados por lotes en subastas de liquidación.
Todos encendidos. Todos brillando en la penumbra con una luz azulada y fría, como un acuario sin peces.
Walter Iglesias tenía cincuenta y siete años, una camiseta sin mangas que alguna vez había sido blanca, unas chancletas de piscina y una voz que no subía ni bajaba nunca, que se mantenía siempre en la misma nota plana, gris y exacta, como el pitido de una máquina de hospital.
Había sido técnico de refrigeración durante veinticinco años.
Luego lo despidieron. Luego su esposa se fue a Tampa con un instructor de salsa.
Luego, una noche de insomnio, descubrió que la gente pagaba dinero por seguidores falsos, y que un seguidor falso, en el fondo, no era muy distinto de un refrigerador: un aparato que hay que mantener frío, encendido y funcionando, y del que nadie se acuerda hasta que se descompone.
Cada teléfono manejaba entre tres y cinco cuentas.
Cada cuenta tenía un nombre, una foto robada de algún rincón del mundo y una personalidad, más o menos, que Walter les había asignado a lo largo de los años con la paciencia de un novelista ruso.
Estaba Brenda_Love_Miami_22 , que comentaba corazones.
Estaba jose.manuel.oficial.1978 , que comentaba "excelente contenido hermano".
Estaba Dios.Es.Fiel.777 , que comentaba versículos.
Y estaban miles más, cuyos nombres Walter no recordaba todos pero cuyos números sí, porque los números no se olvidan.
A veces fallaban. Un teléfono se recalentaba. Una cuenta era suspendida. Un modelo de 2016 empezaba a comentar solo en polaco, por razones que nadie entendía. Walter los atendía uno por uno, de noche, con una linterna en la frente, hablándoles en voz baja.
Esa mañana, mientras tomaba un café aguado en una taza que decía WORLD'S OKAYEST DAD , Walter se detuvo frente al estante C, nivel tres, posición cuarenta y uno, y observó durante un largo rato un Samsung Galaxy con la pantalla rota en diagonal.
—La 2.304 anda bajita de ánimo —dijo, a nadie—. Hoy no la pongo a comentar.
Le acarició la esquina de la carcasa con el dedo índice, como quien le toca la frente a un enfermo, y pasó al siguiente pasillo.
* * *
La fábrica de Fajas Moldéame ocupaba una bodega en la zona industrial de Hialeah, entre un taller de reparación de transmisiones y una distribuidora de productos de limpieza que, desde hacía años, perfumaba toda la cuadra con un olor a pino tan intenso que los pájaros evitaban la zona.
La bodega había tenido, en sus tiempos de gloria, noventa máquinas de coser, dos turnos y un letrero luminoso en el techo que decía FAJAS MOLDÉAME: TU CUERPO, NUESTRA MISIÓN .
Ahora tenía seis máquinas funcionando, un solo turno y un letrero al que se le habían apagado varias letras, de modo que desde la autopista se leía FA AS MOL E: TU CUE P , NUES RA MISIÓN , lo cual, reconocía el propio fundador, resumía bastante bien la situación.
Don Rigoberto Almánzar recibió a la comitiva de pie, en la puerta de su oficina, con las manos cruzadas en la espalda.
Tenía sesenta y ocho años, un cuerpo cuadrado y compacto como un baúl de viaje, una guayabera blanca planchada con una perfección que habría conmovido a don Aurelio, y un bigote gris recortado con la simetría militar de una frontera.
En la pared de la oficina, detrás de él, colgaba un mapa de Estados Unidos lleno de chinchetas rojas, cada una de las cuales representaba, en otros tiempos, una tienda que vendía Fajas Moldéame.
Quedaban tres chinchetas. Las demás estaban en un vasito de plástico sobre el escritorio, como soldados caídos a la espera de sepultura.
—Señora Obregón —dijo, con una voz ronca de mando—. Bienvenida al cuartel general.
Gladys entró con un vestido rojo de lunares blancos que había elegido porque "a los empresarios les gusta el rojo, es el color del dinero en China".
La seguía Brayan Luminoso, de lino blanco, descalzo en su sandalia-concepto, con el cuarzo rosado balanceándose en el pecho.
Y detrás, Yeyo, con una bolsa de papas fritas que había comprado en la gasolinera y que no pensaba compartir con nadie.
Don Rigoberto les señaló tres sillas de plástico frente al escritorio. Luego se sentó en su sillón de cuero, que crujió con un sonido de rama vieja, y apoyó las manos sobre la mesa.
—Voy a ser directo, señora. Esta empresa está en retirada.
—Lo siento mucho —dijo Gladys.
—No lo sienta. Las grandes campañas de la historia tuvieron retiradas. Napoleón se retiró de Rusia. Los griegos se retiraron de Troya, y después volvieron metidos en un caballo. Una retirada no es una derrota, señora. Es una reorganización de la retaguardia.
—Eso es muy profundo, hermano —dijo Brayan, con los ojos entrecerrados—. Eso es muy Tao.
Don Rigoberto lo miró por primera vez. Lo miró de arriba abajo, desde el cuarzo hasta las sandalias, con la expresión de un coronel que pasa revista a un recluta que se presentó en pijama.
—¿Y usted quién es?
—Yo soy su guía espiritual, hermano. Maestro Brayan Luminoso. Tengo el treinta por ciento.
—¿El treinta por ciento de qué?
—De su energía.
Don Rigoberto sostuvo la mirada un momento más. Luego, con el mismo gesto con que un general despacha una información irrelevante del frente, se volvió hacia Gladys.
—Mis tropas están diezmadas, señora. En 1994 tenía noventa costureras.
Hoy me quedan seis, y una de ellas, Nieves, tiene setenta y cuatro años y cose con una lupa.
La competencia china nos arrasó. Las fajas colombianas nos cercaron por el flanco.
Y ahora las muchachas jóvenes ya no usan fajas.
Usan… —hizo una pausa, como si la palabra le quemara— … aceptación corporal .
—Qué horror —dijo Gladys, sin saber muy bien por qué.
—Por eso la necesito a usted. Usted es una mujer madura. Una mujer real. Una mujer de fajas. Y usted tiene…
Don Rigoberto se detuvo. Buscó un papel en el escritorio. Lo encontró. Se puso unos lentes de lectura.
—…cuarenta y un mil seguidores.
—Cuarenta y un mil trescientos —corrigió Yeyo, con la boca llena de papas.
—Cuarenta y un mil. —Don Rigoberto se quitó los lentes—. Es una tropa respetable, señora. Pero no alcanza. Para la campaña que tengo en mente necesito un ejército. Necesito cien mil soldados. Cien mil. Ni uno menos.
Gladys sintió que el corazón le bajaba al estómago. Cien mil. Era más gente que la que vivía en Hialeah en los tiempos de su madre. Era, calculó rápidamente, casi dos veces y media lo que tenía.
—¿Y qué campaña es? —preguntó Brayan, inclinándose hacia adelante con un interés que ya no tenía nada de espiritual.
Don Rigoberto se puso de pie. Caminó hasta un armario metálico, gris, con un candado. Lo abrió con una llave que llevaba colgada del cuello, junto a una medalla de la Virgen. Y sacó, con las dos manos, como quien saca la bandera de un regimiento, una caja de cartón negra con letras doradas.
La puso sobre el escritorio. La abrió.
Adentro, sobre un lecho de papel de seda color carne, descansaba una faja.
Era de un tono beige quirúrgico, con costuras reforzadas, ganchos de metal a lo largo del costado y, a la altura del ombligo, un pequeño bulto rectangular del tamaño de una caja de fósforos, con una lucecita verde que parpadeaba.
—La Faja Moldéame Inteligente —dijo don Rigoberto, con la voz quebrada de un padre en la graduación de su hijo—. Con GPS.
Silencio.
Yeyo dejó de masticar.
—¿Para qué tiene GPS una faja? —preguntó Gladys.
Don Rigoberto la miró con una tristeza infinita, como si la pregunta revelara todo lo que estaba mal en el mundo moderno.
—Señora. ¿Usted sabe cuántas fajas pierde una mujer a lo largo de su vida?
Gladys lo pensó.
—¿Ninguna?
—Eso cree usted. Eso creen todas. Pero las fajas se pierden.
Se quedan en la casa del novio. Se olvidan en los hoteles.
Se las roba la cuñada. Mi sobrino, que estudió ingeniería en línea, me hizo el cálculo: una de cada cuatro fajas en este país está desaparecida.
—Golpeó el escritorio con el puño—. Desaparecida, señora. En manos del enemigo.
—Yo nunca…
—Con este dispositivo, la dueña sabe en todo momento dónde está su faja. Y la fábrica también. —Bajó la voz—. Especialmente la fábrica.
Brayan asintió lentamente, como si acabara de escuchar una verdad eterna.
—La faja que nunca se pierde —murmuró—. Hermano. Eso es un koan.
—Eso es una patente —dijo don Rigoberto—. En trámite.
* * *
La propuesta, cuando finalmente la formuló, cabía en tres puntos, que don Rigoberto escribió en una pizarra blanca con marcador negro y numeró con cifras romanas, porque decía que los números arábigos eran para los contadores y los romanos para los conquistadores:
I. La señora Obregón usará la Faja Moldéame Inteligente en todos sus accidentes, caídas, desmayos y apariciones públicas.
II. La señora Obregón mencionará la marca en cada video, con naturalidad.
III. A cambio, la empresa pagará quinientos dólares y cuatrocientas fajas.
—¿Cuatrocientas fajas? —preguntó Gladys.
—Tengo un excedente de inventario —dijo don Rigoberto, sin inmutarse—. Considérelo un botín de guerra.