Capítulo 3 El Maestro #3
Brayan sonrió con infinita paciencia.
—De todo, hermano.
—¿Y cuánto es todo?
Brayan abrió la boca. La cerró. Miró a Gladys.
—¿Cuánto es todo, hermana?
Gladys pensó en su tarjeta de puntos de la farmacia. Cuatrocientos doce puntos. Pensó en las marcas: PerriCoco, Lashes del Alma, el abogado, Faja Moldéame. Pensó en treinta y ocho mil personas que la querían de abuela, de tía, de reina.
—Todavía nada —dijo, con una sonrisa enorme—. Pero va a ser muchísimo.
Firmó con su rúbrica de los catorce años, la grande, la de los autógrafos, la que nunca había usado para nada más importante que la luz. Brayan firmó debajo con una espiral que, según explicó, representaba "el infinito en su versión humilde".
Yeyo se acercó a la mesa, tomó el ticket y lo leyó en silencio. Luego sacó su propio celular, le tomó una foto y, sin decir nada a nadie, se la mandó a sí mismo por correo electrónico con el asunto por si acaso .
* * *
A las 22:03, en el estacionamiento del edificio de Gladys, el Maestro Brayan Luminoso se sentó en su Mazda, cerró la puerta y respiró.
No hondo. Respiró normal, como respira un hombre cansado.
Se quitó las sandalias de cuero crudo, que le habían dejado dos ampollas en el dedo pequeño del pie izquierdo, y se puso unas zapatillas de edición limitada que había comprado en 2017 para revender y nunca revendió.
Se desabotonó un poco más la camisa de lino, que le picaba.
Apoyó la frente en el volante. En el asiento de atrás, detrás de él, en la oscuridad, las cuarenta cajas de vaporizadores sabor tres leches lo miraban en silencio, como un jurado.
Sacó el teléfono. Marcó.
—¿Mami? —dijo—. Sí. Sí, ya comí. No, no es el de los vapes. Mami, escúchame. Mami. Conseguí una.
Del otro lado se escuchó una voz aguda, cansada y llena de amor, que dijo algo largo.
—No, mami, no es como el batido. Esto es distinto. Esta sale en televisión. Bueno, en internet. Pero es lo mismo. —Hizo una pausa—. Treinta por ciento. —Otra pausa—. De todo.
La voz aguda preguntó algo corto.
Brayan miró por el parabrisas hacia la ventana iluminada del segundo piso, donde se veía la silueta de una señora en conjunto color melón bailando sola en la cocina, con los brazos en alto, frente a una pizarra de corcho.
—Todavía nada, mami —dijo—. Pero va a ser muchísimo.
* * *
Esa misma noche, en el piso veintidós de una torre de cristal en Brickell, en una sala de reuniones con paredes de vidrio y un nombre, Sala Autenticidad , grabado en la puerta, las siete personas que componían la dirección de Nativa Creative Group miraban en una pantalla gigante, por decimocuarta vez, el recorte que ya todo internet conocía como QUÍTATE KIMI .
En la pantalla, Kimi Soto hacía su contracción rabiosa entre la ceja y la nariz, una y otra vez, en cámara lenta, con subtítulos, con música dramática, con efectos de zoom, con un meme de fondo que decía yo cuando la señora del mango me roba el live .
El recorte tenía catorce millones de reproducciones.
El live original de Kimi había sido, por lejos, el más visto de su carrera.
Y absolutamente ninguno de los comentarios hablaba de la bebida Hydra-Glow.
Al fondo de la sala, sentada en un sillón de cuero blanco, estaba Kimi. Tenía puestos unos lentes de sol enormes y no había dicho una palabra en cuarenta minutos. Lorenzo, a su lado, sostenía la tableta contra el pecho como un escudo.
En la cabecera de la mesa, la directora general de la agencia, una mujer de unos cincuenta años llamada Valeria Montenegro, que vestía de negro de pies a cabeza y no había parpadeado en toda la reunión, apagó la pantalla con un control remoto.
—Opciones —dijo.
Un joven con pelo engominado levantó la mano.
—Podemos decir que la señora es una actriz contratada por la competencia. Que fue un ataque.
—Descartado. Nadie contrataría a esa señora.
Una muchacha con lentes de marco grueso levantó la mano.
—Podemos hacer que Kimi pida perdón. Un video llorando. Lágrima única. Sin sonarse la nariz.
Detrás de los lentes de sol, Kimi hizo un ruido que era casi un gruñido.
—Descartado —dijo Valeria—. Kimi lleva dos años llorando. Ya nadie le cree las lágrimas. Siguiente.
Nadie levantó la mano. Afuera, a través del vidrio, la bahía de Biscayne brillaba con las luces de los cruceros como un joyero abierto.
Valeria Montenegro se puso de pie, caminó hasta el ventanal y se quedó mirando la ciudad. Tenía las manos en la espalda. Tenía la postura de un almirante que evalúa una flota enemiga y descubre, con un placer frío, que está hecha de botes de goma.
—La gente no quiere perfección —dijo—. Ya no. Hace dos años querían perfección, y se la vendimos. Ahora quieren… —buscó la palabra, y la encontró con asco— …verdad. Quieren una señora que se cae. Quieren pestañas en el piso. Quieren mangos.
—¿Y entonces? —preguntó el de pelo engominado.
Valeria se dio vuelta. Sonrió. No era una sonrisa agradable.
—Entonces no la vamos a destruir —dijo—. La vamos a contratar.
En el sillón de cuero blanco, Kimi Soto se quitó lentamente los lentes de sol.