Capítulo 3 El Maestro #2
—Siento tu desmayo —dijo Brayan, con la voz grave y lenta de las meditaciones guiadas—.
Lo siento aquí. En el plexo. Fue hermoso, hermana.
Fue un regalo. Pero había algo. Había… un control.
¿Me sigues? Tú no te desmayaste. Tú decidiste desmayarte.
Y el público lo siente. Lo sienten sin saberlo. Eso es el diecisiete por ciento.
Gladys abrió un ojo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo también fui así. Yo también controlaba. Yo vendía tiempo compartido, hermana. ¿Sabes lo que es eso? Es vender el tiempo. El TIEMPO. Y un día me di cuenta de que el único tiempo que no se puede compartir es el AHORA.
—Yo me desmayé muy ahora —protestó Gladys, un poco herida.
—Lo sé. Lo sé. Pero había un ANTES en tu ahora. Había ensayo. ¿Cuántas veces ensayaste?
Gladys bajó la vista. Pensó en el sofá de plástico. Pensó en el chillido de la rana.
—Diecinueve.
Brayan asintió con una tristeza profunda y, al mismo tiempo, con una alegría comercial mal disimulada.
—Diecinueve. Eso es mucho ego, hermana. Eso es mucho ANTES. Lo que tú necesitas es desaprender. Necesitas desmayarte sin saber que te vas a desmayar, pero sabiendo que te vas a desmayar. ¿Me sigues?
—No.
—Perfecto. Eso es el paso uno.
Don Aurelio volvió a su sándwich y lo mordió con una violencia que no se le conocía.
* * *
La primera sesión del Método Luminoso se llevó a cabo esa misma tarde, a las siete, en la sala de Gladys, frente a la vitrina de los ángeles, porque Brayan dijo que los ángeles eran "testigos de alta vibración" y que una sesión de espontaneidad sin testigos era "como un árbol que cae en el bosque y nadie lo sube".
Estaban presentes: Gladys, con un conjunto deportivo color melón que había comprado en 2009 para un plan de ejercicio que duró una tarde; Yeyo, en el sofá de plástico, con los audífonos en el cuello y un plato de croquetas de jamón en el regazo; Brayan, sentado en la alfombra en posición de loto, con el cuarzo rosado frente a él como un pisapapeles cósmico; y, en la pared compartida con la casa de al lado, la oreja invisible pero absolutamente presente de Doña Chela, que había dejado de ver la novela de las siete por primera vez en once años.
—Paso uno —dijo Brayan, con los ojos cerrados—. Desaprender a caminar.
—Yo sé caminar.
—Por eso. Por eso hay que desaprenderlo, hermana. Tú caminas con intención. Yo te vi en el video. Caminabas como si fueras a cobrar una deuda. El universo no le entrega el accidente a quien camina con intención. El universo le entrega el accidente a quien camina como una hoja.
—¿Como una hoja?
—Como una hoja que cae. Sin saber dónde. Sin querer llegar. Sin EGO. ¿Me sigues?
Gladys se paró en un extremo de la sala, junto a la puerta del baño. Respiró hondo. Pensó en una hoja. La única hoja que se le ocurrió fue una de lechuga, y eso la desconcentró.
—Camina —dijo Brayan.
Gladys caminó.
Caminó hacia la cocina con paso firme, recto y decidido, la barbilla levantada, los brazos balanceándose en un ritmo marcial, como quien va a devolver un producto defectuoso a la tienda con el recibo en la mano.
—No —dijo Brayan—. Eso es intención.
—No tenía intención.
—Estabas yendo a la cocina.
—Porque la cocina está ahí.
—Pero no tienes que ir a la cocina, hermana. Tienes que dejar que la cocina venga a ti.
Gladys miró la cocina. La cocina no se movió.
Lo intentó otra vez. Y otra. Caminó con los ojos cerrados y se golpeó con la vitrina de los ángeles, lo que provocó que un querubín de porcelana perdiera un ala, y Yeyo dijo "uy" con la boca llena de croqueta.
Caminó en zigzag, como Brayan le sugirió, "para confundir al ego", y el ego no se confundió en absoluto, pero la pierna izquierda sí.
Caminó hacia atrás, porque Brayan dijo que el futuro está detrás de nosotros y el pasado adelante, según una tribu de los Andes que había visto en un documental, y chocó con el sofá de plástico, que chilló con el chillido de la rana, sobre el cual cayó de espaldas encima de Yeyo y del plato de croquetas.
Silencio.
Una croqueta rodó por la alfombra hasta detenerse frente al cuarzo rosado de Brayan, como una ofrenda.
Brayan abrió los ojos.
Lo miró todo: a la señora en conjunto color melón despatarrada sobre el sofá, al muchacho aplastado debajo con la cara llena de migas, el querubín sin ala, la croqueta, el cuarzo.
Y en su cara apareció una expresión de éxtasis puro, de revelación, la expresión de un hombre que ha visto por fin la tierra prometida y descubierto que tiene salida al mar.
—ESO —susurró—. Eso, hermana. Eso fue cien por ciento.
Gladys, todavía sobre Yeyo, lo miró sin entender.
—¿Eso?
—Eso fue ESPONTANEIDAD PURA. Tú no sabías que te ibas a caer. No había ANTES. No había ego. Eso es lo que yo enseño. Eso es el Método Luminoso.
—Yo me tropecé con el sofá.
—No, hermana. El sofá te encontró a ti.
Desde debajo de su tía, con la voz amortiguada por el conjunto color melón, Yeyo dijo:
—Nadie grabó eso.
Brayan se quedó inmóvil. Por un segundo, apenas un segundo, algo cruzó su cara que no era luminoso en absoluto: el gesto de un vendedor que acaba de ver cómo la pareja de jubilados se levanta de la mesa y se va sin firmar. Luego cerró los ojos, sonrió, y dijo con una paz infinita:
—El universo lo grabó.
—El universo no tiene cuenta —dijo Yeyo.
* * *
El contrato se firmó a las nueve y cuarto de la noche, sobre la mesa de la cocina, en el reverso de un ticket de la tintorería Siempre Blanco , porque era el único papel que había a mano y porque Brayan dijo que "el documento elige su forma".
Lo redactó él mismo, con una pluma dorada que sacó de un bolsillo del lino y que tenía grabada la leyenda Timeshare Top Seller 2014 . Tenía una letra redonda, generosa, llena de mayúsculas innecesarias, y cuando terminó leyó el texto en voz alta, con la solemnidad de un notario zen:
Yo, GLADYS MARITZA ObrEGÓN, conocida como LA MARCA GLADYS, acepto ingresar al MÉTODO LUMINOSO DE ESPONTANEIDAD CONSCIENTE™ bajo la modalidad de BECA DE TALENTO (sin costo), a cambio de lo cual cedo al MAESTRO brAYAN LUMINOSO el TREINTA POR CIENTO (30%) de los ingresos, beneficios, alianzas y energías derivadas de la Marca Gladys y sus expresiones, incluidos pero no limitados a: caídas, desmayos, tropiezos, mangos, pestañas y cualquier otro accidente presente o futuro, planificado o no planificado, en este plano o en otros.
Firmado con AMOR.
Gladys escuchó con los ojos brillantes. Nunca le habían ofrecido una beca. En la secundaria le habían ofrecido una vez un lugar en el equipo de voleibol, pero había sido porque una de las titulares se había fracturado un tobillo, y eso no contaba.
—¿Beca? —repitió—. ¿O sea que no pago?
—Nada, hermana. El dinero es energía. Tú me das energía, yo te doy método.
—Treinta por ciento —dijo Yeyo, desde la puerta de la cocina, con una croqueta en la mano.
Los dos adultos lo miraron.
—Yo cobro diez —dijo Yeyo—. Él treinta. ¿De qué?