Capítulo 3 El Maestro
El Maestro
La foto de perfil era un recorte del live de Kimi Soto: Gladys sentada en el mármol del Plaza Tropical Mall, con un ojo pestañado y otro desnudo, mirando a cámara con una expresión que oscilaba entre la dignidad de una reina en el exilio y el aturdimiento de una gallina a la que acaban de despertar.
La descripción, escrita por Yeyo en once segundos, decía: la del mango. la del mall. es mi tía.
El domingo a mediodía, la cuenta tenía treinta y ocho mil seguidores.
Gladys lo supo al despertar, porque Yeyo, que dormía en el sofá de plástico desde que su madre lo había echado de la casa "por falta de proyecto de vida", la esperaba en la cocina con el celular en la mano y una expresión que en él equivalía al asombro, es decir, con los ojos abiertos más o menos del todo.
—Treinta y ocho mil —dijo.
Gladys se sentó. Se levantó. Se volvió a sentar.
Fue hasta la vitrina de los ángeles de porcelana y les dio la noticia en voz baja, uno por uno, empezando por el más grande, un arcángel San Miguel de cuarenta centímetros con la espada partida por la mitad desde el huracán Andrew. Luego volvió a la cocina y preguntó:
—¿Qué dicen?
—Muchas cosas.
—Léeme las mejores.
Yeyo deslizó el dedo.
—"Señora usted es un ícono".
—Sigue.
—"Quiero que la señora del mangón sea mi abuela".
—Tía. Que sea tu tía. Sigue.
—"Esto es obviamente una campaña de marketing, nadie se cae así dos veces".
Gladys se llevó la mano al pecho.
—Dos veces —repitió, conmovida—. Ya me reconocen el cuerpo de obra.
—Hay mensajes privados también.
—¿De quién?
—De marcas.
La palabra quedó suspendida en el aire de la cocina, junto al olor del cafecito y el zumbido del tubo fluorescente, con la reverberación de las palabras que cambian una vida.
Gladys la había escuchado mil veces en la televisión, en boca de muchachas de piel perfecta que decían "trabajo con marcas" como quien dice "trabajo en la NASA".
Nunca había imaginado que una marca pudiera escribirle a ella, a una cajera de tintorería, a una mujer cuyo único vínculo comercial hasta la fecha era una tarjeta de puntos de la farmacia con cuatrocientos doce puntos acumulados.
—Léemelas —susurró—. Despacio.
Yeyo carraspeó.
—"Hola Gladys! Somos PerriCoco, el primer agua de coco premium para perros. Nos encantaría enviarte producto para tu mascota."
—No tengo perro.
—Dice que no importa.
—Sigue.
—"Buenos días, reina. Somos Lashes Del Alma, pestañas con pegamento biodegradable que se despegan solas a las ocho horas para cuidar tu piel y el planeta."
Gladys lo pensó con seriedad.
—Eso sería un peligro para mi carrera.
—"Hola, soy abogado de lesiones personales. ¿Le gustaría demandar al supermercado?"
—Jamás. El supermercado es mi cuna.
—"Faja Moldéame. Queremos hablar de una alianza estratégica. Atentamente, Don Rigoberto Almánzar, Presidente Fundador y Director General."
—Esa guárdala.
—Y hay una más.
—¿De quién?
Yeyo giró la pantalla hacia ella. El mensaje venía de una cuenta cuya foto de perfil mostraba a un hombre de unos cuarenta años, bronceado, de barba perfilada con una exactitud casi arquitectónica, vestido de lino blanco y sentado en posición de loto sobre una roca frente al mar, con los ojos cerrados y una sonrisa de quien acaba de recibir una transferencia bancaria del cosmos.
El nombre de la cuenta era Maestro Brayan Luminoso ✨ Coach de Espontaneidad Consciente™ .
El mensaje decía:
Hermana. Vi tu desmayo. Lo sentí aquí (🫀). Lo que hiciste fue un 83% auténtico. El otro 17% es EGO. Yo puedo ayudarte a Autenticar-TE. No te escribo por dinero. Te escribo porque el universo me mostró tu pestaña. Mañana paso por tu trabajo. No me respondas. Solo SIENTE. ? ? ✨
Gladys lo leyó tres veces. A la tercera se le humedecieron los ojos.
—¿Cómo sabe dónde trabajo?
Yeyo se encogió de hombros.
—Dice "la de la tintorería" en todos los comentarios. Lo puso Doña Chela.
* * *
El Maestro Brayan Luminoso había nacido en Kendall en 1986 con el nombre de Bryan Alexis Pérez Ocampo, y había sido, en este orden: vendedor de tiempos compartidos en un hotel de Fort Lauderdale; revendedor de zapatillas deportivas de edición limitada; distribuidor independiente de un batido nutricional que le costó a su madre la amistad de catorce primas; cofundador de una marca de cigarrillos electrónicos sabor tres leches que fue retirada del mercado por razones que nunca terminaron de aclararse; y, durante seis semanas de 2021, criptoinversionista, hasta que una moneda llamada SaboCoin se evaporó del mismo modo en que se evaporan los charcos en julio: sin ruido y para siempre.
El despertar le llegó en 2022, en un retiro de ayahuasca en Tulum al que había ido con la intención de conocer mujeres y del que regresó, según contaba, "habiéndome conocido a mí mismo, que es la mujer más difícil".
Allí había tenido una visión: el ser humano moderno había perdido la capacidad de ser espontáneo, y alguien tenía que enseñársela de vuelta. Con método. Con pasos. Con un precio.
Así nació el Método Luminoso de Espontaneidad Consciente™ , doce pasos distribuidos en un curso en línea de novecientos noventa y siete dólares, un retiro de fin de semana en un Airbnb de Key Largo por dos mil cuatrocientos, y un programa de mentoría personalizada cuyo precio no figuraba en ninguna parte porque, como decía Brayan, "cuando el alumno está listo, el precio aparece".
Tenía cuatro mil seguidores. Tenía once alumnos, de los cuales ocho eran parientes.
Tenía un Mazda con cuarenta cajas de vaporizadores sabor tres leches en el maletero, que no había logrado vender ni tirar, porque sostenía que eran "energía estancada" y que había que soltarlas "cuando el universo lo indicara".
Y tenía, desde el sábado a las 14:07, una certeza nueva: la señora del mango era su salida.
* * *
El lunes a las 12:30, en la tintorería Siempre Blanco , la temperatura interior alcanzaba los ochenta y siete grados y el carrusel de prendas giraba con un rumor de huesos.
Don Aurelio almorzaba detrás del mostrador un sándwich de jamón y queso que él mismo planchaba en una de las prensas industriales, con una servilleta de tela metida en el cuello, mientras supervisaba de reojo a su cajera, que llevaba toda la mañana mirando la puerta con la intensidad de una novia en el altar.
—Gladys —dijo—. La camisa de la señora Estévez. La del cuello. Tiene una mancha de mostaza desde el Día de Acción de Gracias.
—Ya voy, don Aurelio.
—Hace diez minutos que dice "ya voy".
—Es que estoy esperando a alguien.
—¿A quién?
Gladys lo pensó. No sabía exactamente cómo explicarlo.
—A un maestro.
Don Aurelio levantó una ceja.
—¿De qué?
—De espontaneidad.
La ceja de don Aurelio se quedó arriba, como un telón que se atasca.
En ese momento sonó la campanita de la puerta, y entró el Maestro Brayan Luminoso.
Entró descalzo.
No del todo, porque llevaba unas sandalias de cuero crudo tan delgadas que parecían más bien una sugerencia de sandalia, un concepto de calzado.
Pero la impresión general fue de hombre descalzo, de profeta recién bajado del monte, y así lo recordaría Gladys siempre.
Vestía el mismo lino blanco de la foto de perfil, con la camisa abierta hasta el esternón para mostrar un collar de semillas, un cuarzo rosado del tamaño de una ciruela y un pecho depilado con una dedicación que sugería sufrimiento.
Llevaba la barba perfilada como un jardín japonés.
Olía a palo santo, a protector solar y, muy de fondo, a tres leches artificial.
Se detuvo en el umbral. Cerró los ojos. Respiró hondo, llenándose los pulmones del aire de la tintorería, que era aproximadamente treinta por ciento vapor y setenta por ciento percloroetileno, y tosió.
Luego abrió los ojos, se llevó las manos juntas al pecho, hizo una pequeña reverencia hacia el carrusel de ropa y dijo:
—Qué energía tan densa. Me encanta. Aquí hay mucho que soltar.
—Aquí hay mucho que planchar —dijo don Aurelio.
Brayan lo miró con una compasión infinita, la compasión que reservan los iluminados para los que todavía no se han enterado de nada.
—Hermano. Tú cargas mucha rigidez.
—Yo cargo almidón.
—Es lo mismo, hermano. ¿Me sigues? El almidón es la rigidez del alma hecha materia.
Don Aurelio dejó el sándwich sobre el mostrador. Era la primera vez en diecinueve años que Gladys lo veía interrumpir el almuerzo.
—Joven —dijo, con una serenidad terrible—. El almidón es lo único que separa al hombre de la bestia. Un cuello sin almidón es un cuello que se entrega. Un pueblo sin cuellos firmes es un pueblo que se rinde ante el primer charlatán con sandalias que entra por la puerta.
—Eso es ego, hermano.
—Eso es la Historia, joven.
Hubo un silencio en el que se escuchó solamente el resoplido de las planchas, como un público que contiene la respiración.
Gladys, detrás del mostrador, sintió que asistía a algo antiguo y fundamental: el choque entre dos religiones, una que creía en el cuello y otra que creía en el alma, en un local de nueve por doce metros entre un consultorio de uñas y una tienda de celulares desbloqueados.
Fue Brayan el que desvió la mirada primero. No por derrota, sino porque en ese momento vio a Gladys, y su cara se transformó por completo, como un paisaje cuando sale el sol, o como la cara de un vendedor de tiempos compartidos cuando ve entrar a una pareja de jubilados.
—Hermana —dijo, abriendo los brazos—. Eres tú.
—Soy yo —dijo Gladys, que no sabía qué otra cosa decir.
Brayan cruzó la tintorería, esquivó un carrito de ropa sucia, se golpeó la rodilla con una canasta de ganchos, no lo registró o fingió no registrarlo, y le tomó las dos manos por encima del mostrador. Tenía las manos suaves como un bebé y un anillo con una piedra que, según decía, era meteorito.
—Cierra los ojos.
Gladys los cerró. Brayan también. Don Aurelio no.