Capítulo 2 El desmayo #3
SEÑORA DEL MANGÓN Y EL GUARDIA DE LA LIbrETA ES EL CROSSOVER QUE NO SABÍA QUE NECESITABA
kimi muévete que no dejas ver
kimi quítate
QUÍTATE KIMI
Kimi leyó el último comentario. Su ceja hizo otra vez aquella contracción involuntaria, más breve, más peligrosa, como el temblor que anuncia un volcán. Lorenzo, sin decir nada, se alejó medio paso.
Fue entonces cuando Tamayo, siguiendo las instrucciones del módulo cuatro del curso ( Posición lateral de seguridad: gire suavemente al paciente sobre su costado ), metió una mano bajo el hombro de Gladys y otra bajo su cadera, y la giró.
La giró con demasiada energía.
Gladys, que había estado dispuesta a sostener el desmayo durante una hora si era necesario, no estaba preparada para rotar.
Rodó sobre sí misma una vez y media, como una alfombra que alguien desenrolla con entusiasmo, y quedó boca abajo, con la nariz aplastada contra el mármol y las piernas cruzadas en un ángulo que no correspondía a ninguna posición de seguridad conocida por la medicina.
Y en ese momento, con la cara contra el piso, sintió que la pestaña izquierda, la Glamour Imperial de pegamento industrial, la que no se salía ni con aguarrás, se quedaba pegada al mármol del Plaza Tropical Mall.
Gladys levantó la cabeza.
La pestaña no.
La pestaña permaneció en el piso, adherida con una fidelidad feroz, negra y rizada como una oruga dormida, mientras su dueña se incorporaba lentamente sobre los codos con un ojo glorioso y el otro desnudo, pestañeando en la luz dorada de catedral que caía desde el techo.
Silencio en la fuente central.
La señora dormida con la bolsa de Marshalls se despertó. Un niño señaló el suelo y dijo "mamá, un bicho". La tableta de Lorenzo emitió un pitido, porque el live acababa de superar las cien mil personas.
Gladys miró la pestaña. Miró a Tamayo. Miró el aro de luz, a la muchacha bonita, los cientos de celulares que se habían levantado alrededor de la fuente como girasoles hacia el sol.
Y comprendió, en un instante de lucidez que no volvería a tener en varios capítulos de su vida, que ya no importaba si el desmayo había sido real o no.
Nadie lo sabía. Nadie lo iba a saber nunca.
Lo único que existía era la imagen: una mujer de vestido floreado, medio despestañada, rodeada por un guardia con libreta, una influencer con un aro de luz y cien mil desconocidos que la miraban.
Se sentó en el piso. Se alisó el vestido. Se acomodó el pelo con la mano libre de colonia. Y, mirando directamente al aro de luz, con una voz que ya no era de soprano agonizante sino de algo nuevo, algo que todavía no tenía nombre pero que pronto tendría patrocinadores, dijo:
—Buenas tardes. Yo soy Gladys. Y esto es orgánico, mi amor.
* * *
Esa noche, en el estacionamiento del Plaza Tropical Mall, cuando las tiendas ya habían cerrado y el sector C estaba vacío salvo por el murmullo de la fuente, el oficial Heriberto Tamayo seguía sentado dentro de su Corolla del 2006, con la luz interior encendida y la libreta de tapa negra abierta sobre el volante.
Al final no la había detenido. No había motivo.
El supervisor Duvalier había llegado quince minutos después, con los lentes oscuros puestos, y le había preguntado si la señora había robado algo, si había dañado algo, si había ofendido a alguien.
Tamayo había tenido que admitir que no. Solo se había desmayado.
Duvalier le había preguntado entonces qué problema había con que una señora se desmayara, y Tamayo, por primera vez en su vida, no había sabido explicarlo.
Era algo en su manera de caminar. Algo en la lavanda.
Algo en cómo, después de levantarse, había mirado a la cámara como si la cámara le debiera plata.
En su celular, el video del live, recortado por un desconocido y titulado EL GUARDIA MÁS HEROICO DE MIAMI SALVA A LA SEÑORA DEL MANGÓN , tenía ya ochocientas mil reproducciones.
En él, Tamayo se veía más alto de lo que era, más valiente de lo que se sentía y bastante menos gordo, gracias a un ángulo favorable.
Los comentarios lo llamaban "el Tamayo", "papá Tamayo" y, en un caso que lo había obligado a detener el auto un momento, "mi héroe de sesenta y cuatro grados".
Nunca en su vida lo habían llamado así. Nunca en su vida lo habían llamado de ninguna manera.
Tamayo miró la libreta. Miró el video. Volvió a mirar la libreta.
Luego tomó la pluma y, debajo de todo lo que había escrito sobre el Expediente N.º 001, añadió una línea, y la subrayó dos veces, porque sin saber por qué, sentía que las cosas importantes había que subrayarlas dos veces o el universo no se daba por enterado:
Vigilar de cerca. Muy de cerca.
A once kilómetros de allí, en una pizarra de corcho, junto a una estampita de San Judas, alguien acababa de escribir con marcador rojo: ¿QUIÉN ES EL GUARDIA? CONSEGUIRLO.
En el piso del sector C, junto a la fuente, pegada al mármol con una fidelidad que ninguna máquina de limpieza lograría vencer hasta el martes siguiente, una pestaña negra y rizada seguía durmiendo.