El mejor libro (según Gladys) Capítulo 2 El desmayo #2
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Capítulo 2 El desmayo #2

Pero Tamayo, que en catorce meses no había atrapado a un solo bromista, había desarrollado a cambio una sensibilidad extraordinaria para detectar lo que llamaba, en su vocabulario privado, caminar con intención .

La gente normal en un centro comercial camina sin rumbo, mirando vitrinas, arrastrando los pies, con la mirada vidriosa del consumo.

Esta señora no. Esta señora caminaba como un general hacia una batalla.

Miraba el techo, calculando la luz. Miraba el piso, calculando la superficie.

Miraba a la gente, calculando el público. Y cada tanto se olía las muñecas.

Tamayo tocó el botón del walkie-talkie.

—Central, aquí Tamayo. Tengo un sujeto femenino, cincuenta a sesenta años, vestido floreado, cartera roja. Acompañada de un menor o adulto joven con dispositivo de grabación. Se dirigen hacia la fuente. Posible diez-ochenta y ocho.

No existía ningún código diez-ochenta y ocho. Tamayo lo había inventado. Significaba, en su sistema personal, "persona que va a hacer algo para internet".

El walkie-talkie respondió con un silencio lleno de estática y, de fondo, muy lejos, la voz de un actor de telenovela que decía: "¡Tú no eres mi padre, Leonardo!".

—Diez-cuatro —dijo Tamayo, para nadie, y empezó a seguirlos.

*   *   *

La fuente central del Plaza Tropical Mall era una estructura circular de azulejos turquesa con un chorro de agua en el centro que subía unos tres metros, se abría como una palmera y caía sobre un estanque donde flotaban monedas de un centavo, recibos arrugados, un zapato de bebé que llevaba allí desde 2019 y una cantidad de deseos incumplidos que ningún ingeniero hidráulico había calculado nunca.

A su alrededor había bancas, macetas con palmas de plástico y una alfombra de gente: parejas, abuelos, adolescentes con bebidas de colores, una señora dormida con una bolsa de Marshalls en el regazo.

Gladys se detuvo a unos seis metros del borde.

Desde allí, en la cara opuesta de la fuente, vio a una muchacha muy bonita hablándole a un aro de luz. No le dio importancia. En Miami, siempre había alguna muchacha muy bonita hablándole a algo.

—Yeyo —susurró—. Posición.

Yeyo se colocó detrás de una palma de plástico. Levantó el celular. Esta vez, antes de nada, tocó el botón rojo y le mostró la pantalla a su tía: el contador corría. 00:03. 00:04.

—Grabando —dijo.

—Gracias a Dios.

Gladys se acomodó el vestido. Se echó colonia de lavanda en ambas muñecas, detrás de las orejas y, en un arrebato de exceso, en el escote.

Miró el techo de cristal del centro comercial, por donde entraba la luz de la tarde en rayos oblicuos y dorados, y pensó que era una luz digna de catedral, de aparición mariana, de estreno de Hollywood.

Pensó que si alguna vez en la vida una mujer había tenido la iluminación adecuada para desvanecerse, era ella, era ahora.

Empezó a caminar hacia la fuente. Un paso. Dos. Se llevó una mano a la frente.

—Ay —dijo, con voz de soprano agonizante—, qué calor, Dios mío.

Una señora que pasaba con un helado de chocolate la miró extrañada, porque el Plaza Tropical Mall mantenía una temperatura interna de sesenta y cuatro grados Fahrenheit y había gente que entraba con suéter.

Gladys dio otro paso. Dejó que los párpados temblaran.

Dejó que la rodilla derecha se aflojara un poco, apenas, como una promesa.

Extendió la mano izquierda hacia el borde de la fuente, como quien busca un apoyo que no llega.

Y entonces, con la gracia de una garza herida, con la dignidad de una reina que recibe una noticia terrible por carta, con toda la técnica acumulada en diecinueve ensayos sobre el sofá de plástico, la marca Gladys se desmayó.

Cayó hacia atrás, lenta, larga, en diagonal.

El vestido de flores se abrió como una sombrilla.

La cartera color vino quedó colgando del codo, sin volar esta vez, en un gesto de respeto.

Y aterrizó, sin chillido alguno, sobre el piso de mármol pulido del Plaza Tropical Mall, con un sonido sordo y suave, como un pan que cae sobre un mantel.

Por primera vez en su vida, pensó, con los ojos cerrados, el desmayo había sonado bien.

*   *   *

Del otro lado de la fuente, Kimi Soto estaba diciendo:

—…y ese día entendí que la vulnerabilidad es la verdadera fuerza, mis amores. Que no hay nada más bonito que mostrarte tal y como eres…

En la tableta de Lorenzo, los comentarios empezaron a cambiar.

detrás de ti se desmayó una señora

KIMI ATRÁS ATRÁS

una señora en el piso!!!!

mira atrás girl

la señora del vestido de flores está bien??

JAJAJA qué forma de caer tan elegante

es la señora del mangón??????

ES LA DEL MANGÓN

LA SEÑORA DEL MANGÓN EN EL LIVE DE KIMI 😭😭😭

Lorenzo levantó la vista de la tableta, vio a la señora en el suelo y se puso pálido, aunque ya estaba bastante pálido de antemano, así que el efecto fue más bien el de una fotocopia que se vuelve a fotocopiar.

—Kimi —susurró—. Kimi. Gira.

Kimi no giró. Kimi no giraba nunca en vivo sin un documento que se lo indicara.

—…y por eso hoy quiero regalarles un código de descuento de mi bebida favorita, Hydra-Glow, que me ayuda a…

—Kimi, hay tres mil personas nuevas en el live. Todas por la señora.

Kimi se detuvo a mitad de la palabra hidratación .

Por primera vez en dos años, y sin ningún documento que lo autorizara, su cara hizo algo espontáneo: se descompuso.

Fue solo un segundo, una contracción rabiosa entre la ceja y la nariz, pero la vieron cuarenta y dos mil personas en tiempo real, y después, en recortes, repeticiones y análisis cuadro por cuadro, la verían varios millones más.

Luego se recompuso, sonrió con una ternura industrial y dijo:

—Ay, mis amores, parece que alguien necesita ayuda atrás. Vamos a mandarle mucho amor.

Y giró el aro de luz hacia la señora.

*   *   *

Heriberto Tamayo llegó a la escena en once segundos, lo cual constituía un récord personal y, probablemente, un récord del sector C.

Llegó con el walkie-talkie en la mano, el pecho inflado y un botón de la camisa a punto de declarar la independencia.

Por primera vez en catorce meses había estado en el lugar exacto en el momento exacto, y lo sabía, y lo sentía en el cuerpo como una descarga eléctrica que le subía desde las suelas de los zapatos ortopédicos hasta la raíz del bigote.

Se arrodilló junto a la mujer. Olía intensamente a lavanda, como un armario de monjas.

Ahora bien, había un problema. En la cabeza del oficial Tamayo coexistían, en ese preciso instante, dos certezas absolutamente incompatibles.

La primera: aquella mujer, que había entrado caminando con intención y oliéndose las muñecas, acompañada por un menor con dispositivo de grabación, era evidentemente un diez-ochenta y ocho, una bromista de internet, la primera presa legítima de su carrera, el nombre que por fin inauguraría la libreta de tapa negra.

La segunda: aquella mujer estaba desmayada en el piso de su sector, frente a decenas de testigos y, según empezaba a notar con creciente emoción, frente a un aro de luz, y él era el único oficial presente con un certificado en Primeros Auxilios y Liderazgo en Situaciones de Crisis (Nivel Básico) .

Podía ser el hombre que la atrapaba.

O podía ser el hombre que la salvaba.

Tamayo, que no había podido ser ninguna de las dos cosas en toda su vida, decidió ser ambas.

—¡Despejen el área! —gritó, con una voz que salió medio tono más aguda de lo que planeaba—. ¡Soy oficial! ¡Denle aire a la sujeto!

Nadie se movió, porque nadie estaba particularmente cerca, pero Tamayo abrió los brazos de todos modos, abarcando a la multitud imaginaria con un gesto de Moisés frente a las aguas.

Luego se inclinó sobre Gladys y le habló al oído, en el tono firme y tranquilizador que el curso en línea recomendaba en el módulo tres:

—Señora. Señora, ¿me escucha? Soy el oficial Tamayo. Está usted en el Plaza Tropical Mall, sector C. ¿Sabe usted qué día es hoy?

Gladys, con los ojos cerrados, tenía un problema propio.

Nunca había ensayado el después. En diecinueve ensayos sobre el sofá de plástico había perfeccionado la caída, el temblor, la garza y la sombrilla, pero no se le había ocurrido pensar qué pasaba cuando una se quedaba tirada en el piso de un centro comercial con un hombre que olía a café recalentado respirándole en la oreja.

Así que hizo lo único que podía hacer una artista en su situación. Improvisó.

—Estoy… —murmuró, con un hilo de voz— …estoy bien… Soy… la marca Gladys…

Tamayo frunció el ceño. Sacó la libreta de la bolsa de sándwich. La abrió en la segunda página, la primera en blanco de su historia profesional, y escribió con letra temblorosa de emoción:

EXPEDIENTE N.º 001

Sujeto: femenino. Edad aprox.: 50-60.

Nombre (declarado): "La Marca Gladys". ¿Alias? ¿Organización?

Señas particulares: pestañas sospechosas. Olor a lavanda. Vestido floreado.

Cómplice: menor o adulto joven con gorra, detrás de palma de plástico.

Levantó la vista hacia la palma de plástico. Yeyo, detrás de ella, seguía grabando con la tranquilidad de un documentalista de la naturaleza que ve a un león comerse a una gacela y entiende que no es asunto suyo.

—Tú —dijo Tamayo, señalándolo con la pluma—. No te muevas.

—Ok —dijo Yeyo, que no tenía ninguna intención de moverse.

Del otro lado, Kimi Soto se había acercado con el aro de luz, Lorenzo y la tableta, y ahora estaba de pie a dos metros de la escena, hablando a cámara en un susurro compasivo.

—Chicos, esto es muy fuerte. Esto es la vida real. Esto es exactamente de lo que les estaba hablando…

En la tableta, los comentarios caían como una lluvia tropical:

ESE GUARDIA ES UN HÉROE

el guardia está anotando algo??

qué anota el señor jajajaja