Capítulo 2 El desmayo
El desmayo
El oficial Heriberto Tamayo no era oficial.
Era guardia de seguridad del Plaza Tropical Mall, turno de diez a seis, sector C (fuente central, patio de comidas, baños del ala este), empleado de la compañía Escudo Total Security Solutions LLC , cuyo logotipo era un águila sosteniendo un candado con una expresión de estreñimiento heroico.
Pero en su corazón, que latía bajo una camisa azul dos tallas más chica de lo que su anatomía recomendaba, Heriberto Tamayo era un oficial.
Lo era del mismo modo en que algunos hombres son poetas sin haber publicado nada, o santos sin haber sido canonizados: por convicción interna y a pesar de la evidencia.
Había intentado entrar a la academia de policía del condado tres veces.
La primera vez lo reprobaron en el examen físico, porque se desmayó en la prueba de resistencia a la vuelta número seis.
La segunda lo reprobaron en el examen escrito, porque en la pregunta "¿Cuál es el primer paso ante un incidente con rehenes?
" había respondido, con total sinceridad, "mantener la calma y pedir refuerzos por radio y un café".
La tercera vez nadie supo nunca por qué lo reprobaron.
La carta decía solamente: Tras una evaluación integral del candidato, lamentamos informarle…
Tamayo la había enmarcado. La tenía en la sala, junto a una foto de su madre y un diploma de un curso en línea titulado Primeros Auxilios y Liderazgo en Situaciones de Crisis (Nivel Básico) , que había completado en una tarde, en su teléfono, mientras vigilaba el baño del ala este.
Llevaba un walkie-talkie en el hombro izquierdo, aunque el único otro walkie-talkie de la frecuencia lo tenía Marlene, la de la cabina de cámaras, que nunca contestaba porque estaba siempre viendo telenovelas en el monitor 7.
Llevaba unas esposas de plástico que había comprado por su cuenta en una tienda de disfraces y que no estaba autorizado a usar.
Y llevaba, en el bolsillo interior del chaleco, protegida en una bolsa de sándwich con cierre hermético, una libreta de tapa negra en cuya primera página había escrito, con letra de molde y tinta indeleble:
brOMISTAS DE TIKTOK — EXPEDIENTES
Uso exclusivo del Oficial H. Tamayo
CONFIDENCIAL
La libreta estaba vacía.
Llevaba catorce meses vacía. No por falta de bromistas, porque el Plaza Tropical Mall estaba infestado de muchachos que se tiraban al piso, se escondían en los percheros de las tiendas de ropa, les preguntaban a desconocidos si querían casarse con ellos o fingían ser estatuas junto a la fuente para asustar a las señoras.
Sino porque Tamayo nunca llegaba a tiempo.
Cuando se enteraba, por el radio, por el rumor o por el grito, y cruzaba el centro comercial a su velocidad máxima, que era la de un hombre que camina rápido pero se niega a correr por una cuestión de dignidad institucional, los bromistas ya estaban en el estacionamiento, subiendo el video.
Su supervisor, un señor llamado Duvalier que usaba lentes oscuros bajo techo, le había dicho la semana anterior:
—Tamayo, olvídate de los TikTokers. No es tu trabajo. Tu trabajo es que nadie se robe los rollos de papel del baño.
—Con todo respeto, supervisor —había respondido Tamayo—, los rollos de papel son la puerta de entrada.
—¿La puerta de entrada a qué?
Tamayo había mirado hacia el horizonte, que en ese momento era un kiosco de fundas de celular.
—A todo, supervisor. A todo.
* * *
Mientras tanto, a once kilómetros de allí, en el pasillo de su casa, Gladys Maritza Obregón se desmayaba por decimonovena vez sobre el sofá de plástico.
El sofá chillaba. Era un chillido largo, húmedo y vergonzoso, el sonido de una rana a la que le pisan una pata, y ocurría cada vez que un cuerpo humano caía sobre el forro transparente con suficiente convicción.
Gladys llevaba toda la tarde intentando desmayarse sin que el sofá chillara, porque sostenía que un chillido restaba elegancia al desvanecimiento, y hasta el momento no lo había logrado ni una sola vez.
—Otra vez —dijo, poniéndose de pie.
Yeyo, sentado en el suelo, le dio play a la grabación en el celular. Se escuchó a Gladys decir "ay, qué calor, Dios mío" con voz de soprano agonizante, luego un silencio dramático, luego el chillido.
—Suena como si te hubieras sentado en un pato —dijo Yeyo.
—Eso lo arreglamos en la edición.
—No sé editar.
—Lo arreglamos en el alma, entonces.
La decisión del desmayo había sido tomada el martes por la noche, después del desastre del pasillo 4, en una larga sesión de reflexión estratégica frente a la pizarra de corcho, acompañada por dos cafecitos, un pastelito de carne y la estampita de San Judas, que aquella noche parecía mirar con cierta preocupación.
Gladys había llegado a tres conclusiones fundamentales, que dejó escritas en el cuaderno de los gatitos:
MANIFIESTO DE LA MARCA GLADYS
Cuaderno primero, continuación. Martes por la noche.
9. Los supermercados están controlados por la gerencia. La gerencia no cree en el arte. Rogelio tampoco.
10. La caída es un accidente de pueblo. El desmayo es un accidente de señora con clase.
Las reinas se desmayan. Las actrices se desmayan.
Las novias en las telenovelas se desmayan cuando se enteran de que el novio es su hermano.
Nadie ha visto a una reina caerse sobre un mango.
(Salvo yo, que soy reina de otra manera.)
11. Se necesita un escenario más grande. Con fuente. Con público. Con aire acondicionado, porque el desmayo con sudor no se ve bien.
12. El Plaza Tropical Mall. Sábado. 2:00 p.m. Fuente central.
13. Yeyo pide pizza y un diez por ciento. ¿Diez por ciento de qué? Averiguar qué es lo que tengo.
El miércoles había llegado el pedido de las trescientas batas del hospital, y Gladys las había almidonado todas con una disciplina religiosa, a punto medio exacto, mientras ensayaba en su cabeza la curva que haría su cuerpo al caer, el ángulo del brazo, el temblor de los párpados.
Don Aurelio, al pasar, había notado que la cajera murmuraba "ay, qué calor, Dios mío" cada treinta segundos, y se había acercado a revisar el termostato.
—Está en setenta y ocho, Gladys.
—No es el termostato, don Aurelio. Es el destino.
Don Aurelio le había bajado dos grados al termostato de todos modos, por las dudas, porque había visto morir a un tío de insolación en una boda en Matanzas y desde entonces desconfiaba del destino.
El jueves, Gladys había comprado una botella de agua de colonia de lavanda, porque había leído en una revista de sala de espera que las mujeres de la aristocracia europea se la ponían en las muñecas antes de desmayarse, "para que el caballero que las recogiera tuviera un buen recuerdo".
El viernes compró pestañas nuevas, marca Glamour Imperial , con un pegamento industrial que la vendedora de la farmacia le recomendó bajando la voz, como quien vende algo ilegal.
—Esto no se sale ni con aguarrás, mi reina —le dijo—. A una señora de Kendall se le quedaron pegadas tres semanas.
—Perfecto.
—Después se le cayeron todas juntas en un bautizo.
—Eso es un riesgo que la marca Gladys está dispuesta a correr.
* * *
El sábado, a las 13:47, Kimberly "Kimi" Soto colocó su aro de luz frente a la fuente central del Plaza Tropical Mall y comenzó a ser espontánea.
Kimi tenía veintitrés años, un millón doscientos mil seguidores y una cara que parecía haber sido diseñada por un comité.
Sus videos llevaban el hashtag #VidaRealSinFiltros , y en ellos se mostraba levantándose por la mañana con el pelo perfecto, llorando con el maquillaje intacto, comiendo hamburguesas sin mancharse y hablando sobre la importancia de "ser tú misma" con una voz aterciopelada que había ensayado durante dos años con una fonoaudióloga en Coral Gables.
Nada de eso era real. Todo lo manejaba una agencia llamada Nativa Creative Group , que le enviaba cada lunes un documento de catorce páginas con el título Momentos Auténticos de la Semana y un cronograma que especificaba, por ejemplo: Jueves 3:15 p.m. — Crisis emocional leve (tema: autoestima).
Duración: 40 seg. Lágrima única. No sonarse la nariz.
Ese sábado, el documento decía: Sábado 2:00 p.m. — Live en fuente del mall. Tema: "Por qué dejé de fingir". Sonrisa vulnerable. Mencionar sutilmente bebida Hydra-Glow (patrocinio).
A su lado, fuera del encuadre, estaba Lorenzo, su asistente, un muchacho flaquísimo con una tableta en la mano, un audífono inalámbrico en la oreja y el aire permanente de alguien que está a punto de recibir una mala noticia por correo electrónico.
—Estamos en vivo en tres —dijo Lorenzo—. Dos. Uno.
Kimi sonrió vulnerablemente.
—Hola, mis amores. Hoy quiero hablarles desde un lugar muy real. Estoy aquí, en el mall, sin maquillaje…
Tenía maquillaje. Tenía mucho maquillaje. Tenía la cantidad de maquillaje exacta para parecer que no tenía maquillaje, lo cual, como sabe cualquier persona que se haya maquillado alguna vez, requiere el doble.
—…y quería contarles algo que nunca les he contado. Por qué dejé de fingir.
En la pantalla de la tableta de Lorenzo empezaban a caer los corazones.
* * *
A las 13:52, Gladys Maritza Obregón entró al Plaza Tropical Mall por la puerta del ala este, junto a los baños, y el oficial Heriberto Tamayo la vio de inmediato.
No había nada particularmente sospechoso en ella.
Era una señora de mediana edad, con un vestido de flores azul claro "de desmayo", como ella misma lo había bautizado, una cartera color vino con un broche en forma de herradura, sandalias blancas y unas pestañas tan largas y tan negras que cuando parpadeaba se oía, o parecía oírse, un leve abanicar.
Detrás de ella caminaba un muchacho con gorra y audífonos, con el celular en la mano, que tenía la expresión de un rehén bien alimentado.