El mejor libro (según Gladys) Capítulo 1 El mango #3
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Capítulo 1 El mango #3

Miró a un lado. Miró al otro. Un señor con una canasta llena de latas de salchichas examinaba los plátanos con desconfianza.

Una madre con un bebé en el carrito hablaba por teléfono con alguien a quien llamaba "tú, desgraciado" con un tono muy dulce.

Al fondo, un empleado con chaleco verde acomodaba lechugas con la lentitud de un hombre que cobra por hora.

Gladys dejó caer el mango al suelo.

Hizo plof .

Luego, con discreción de espía, lo pisó un poco con la punta de la sandalia, para esparcirlo. Lo pisó otro poco. El mango se abrió como una flor obscena y dejó en el piso una mancha amarilla, gruesa, gloriosa. Gladys retrocedió tres pasos, se acomodó la blusa, sacó pecho, y miró a Yeyo.

—Graba —ordenó, entre dientes.

—Ya.

—No me mires. Graba los cereales.

—Aquí no hay cereales. Son frutas.

—¡Graba las frutas, entonces!

Yeyo enfocó una pila de limones con profesionalismo documental.

Eran las 11:15.

Gladys respiró hondo. Pensó en su madre, que le había dicho a los once años que tenía "presencia".

Pensó en su primer exmarido, que le había dicho que tenía "demasiada".

Pensó en las cuarenta mil trescientas doce personas, a quienes ya consideraba, de algún modo, su familia extendida.

Pensó en el señor de los aguacates, que había conservado su pestaña.

Y empezó a caminar hacia el mango con un paso casual, natural, espontáneo, que había ensayado cuarenta veces la noche anterior en el pasillo de su casa, entre el baño y la vitrina de los ángeles, hasta que Doña Chela había golpeado la pared para preguntar si estaban matando a alguien.

Tres pasos. Dos pasos. Uno.

En ese instante, de la nada, como una aparición, surgió el empleado del chaleco verde con un trapeador industrial.

Tenía unos sesenta años, un gafete que decía ROGELIO — ¡PREGÚNTAME!

y la expresión serena de un hombre que ha visto cosas en los pasillos de un supermercado que no se le desean a nadie.

Pasó el trapeador sobre la mancha de mango con un solo movimiento, amplio y perfecto, como un pintor zen que traza un círculo. El linóleo quedó limpio. Olía a pino.

—Cuidado, señora —dijo Rogelio—. Alguien dejó caer una fruta.

Gladys se detuvo con un pie en el aire.

—Ese mango —dijo, muy despacio— era mío.

Rogelio la miró. Miró el trapeador. Miró el piso.

—¿Lo iba a comprar?

—Lo iba a utilizar.

Rogelio asintió con la cabeza, como si en treinta años en el ramo esa no fuera la respuesta más extraña que había escuchado, y probablemente no lo era. Luego se alejó arrastrando el balde con ruedas, que chillaba con la voz de un pájaro enfermo.

Gladys permaneció inmóvil en el centro del pasillo 4, con un pie todavía levantado, la cartera colgando del codo y una pestaña Diva Eterna comenzando, pese a todas las garantías del fabricante, a despegarse por la esquina. La flauta de pan arrancó otra canción, idéntica a la anterior.

—¿Sigo grabando? —preguntó Yeyo.

—Sí —dijo Gladys.

Y bajó el pie.

Lo que ocurrió después nunca quedó del todo claro.

Tal vez fue la sandalia lijada. Tal vez fue el trapeador de Rogelio, que había dejado el piso más húmedo de lo que la ética laboral recomendaba.

Tal vez fue el universo, que, una vez apartada la gerencia, decidió cumplir su parte del contrato.

Lo cierto es que la pierna derecha de Gladys Maritza Obregón salió disparada hacia adelante con la potencia de un corcho de champán, la izquierda la siguió por lealtad, los brazos giraron como aspas, la cartera color vino voló hacia la pirámide de mangos verdes, la pirámide se desplomó con el estrépito de un derrumbe minero, y la marca Gladys aterrizó sentada en el centro del pasillo, rodeada de mangos que rodaban en todas direcciones como balas de cañón en la cubierta de un barco pirata.

Silencio.

El señor de las salchichas soltó la canasta. La madre del bebé dijo "ay, desgraciado" sin que quedara claro a quién. El bebé aplaudió. Desde algún rincón, Rogelio, invisible, dejó escapar un suspiro que era casi una oración.

Gladys, en el suelo, no gritó "mangón". Se había prometido no hacerlo, y cumplía sus promesas, al menos las escritas. Pero de algún sótano del idioma subió un sonido que no llegó a ser palabra, un gemido largo y agudo con un final descendente, como una sirena de ambulancia que se queda sin batería.

Luego se acomodó la blusa. Se recogió un mango del regazo. Se volvió hacia su sobrino con los ojos brillantes, la pestaña izquierda colgando de un solo pelo como un trapecista en peligro, y preguntó, con la voz ronca de los que vuelven de la gloria:

—¿Lo tienes?

Yeyo miró la pantalla. Tocó la pantalla. Volvió a mirar la pantalla. La Virgen de la Caridad le devolvió una mirada compasiva desde el protector.

—Tía —dijo—. No le di a grabar.

Gladys cerró los ojos. Respiró el perfume de pino, de mango verde y de fracaso.

Por los parlantes, la flauta de pan subía hacia un estribillo que no llegaba nunca.

Cuando volvió a abrir los ojos, en su cara había una paz inmensa, casi mística, la paz de quien ha comprendido algo esencial sobre el arte.

—Entonces —dijo— fue orgánico.