El mejor libro (según Gladys) Capítulo 1 El mango #2
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Capítulo 1 El mango #2

—Almidón medio —repitió Gladys, como quien firma un tratado.

*   *   *

Esa noche, en la cocina, bajo la luz de un tubo fluorescente que parpadeaba con la irregularidad de un corazón nervioso, Yeyo le mostró los números.

—Cuarenta mil trescientas doce —dijo, girando la pantalla hacia ella.

Gladys se llevó una mano al pecho. Con la otra se sostuvo del borde de la mesa, cubierta por un mantel de plástico con estampado de frutas, entre las cuales, notó con un escalofrío casi religioso, había un mango.

—Léeme los comentarios.

Yeyo suspiró como si le pidieran cargar una nevera por una escalera.

—"JAJAJAJAJA".

—Eso es cariño. Sigue.

—"La señora del mangón es mi espíritu animal".

—Espíritu animal. ¿Oíste eso? Eso es un título. Sigue.

—"Alguien sabe si la señora está bien, parece que se lastimó la cadera".

—Preocupación genuina. Engagement emocional. Sigue.

—"Qué asco ese supermercado, nunca limpian".

—Eso no es sobre mí. Salta.

—"Esto es fake, se nota que se tiró sola".

Gladys se incorporó como si le hubieran tocado el himno.

—¿Fake? —dijo—. ¿Fake? Esa caída fue lo más real que ha hecho la marca Gladys en cincuenta y tres años. Yo puse el cuerpo. Yo puse la cadera. Yo puse la palabra, que ni siquiera sé qué quiere decir. Si eso es fake, mi amor, entonces la vida entera es un montaje.

—Tía, es un comentario.

—Todo empieza con un comentario, Yeyo. La Revolución Francesa empezó con un comentario.

Yeyo no tenía cómo refutar eso, principalmente porque no sabía cómo había empezado la Revolución Francesa.

Se puso los audífonos otra vez. Del otro lado, a un volumen que atravesaba la espuma, sonaba algo que parecía la grabación de una lavadora en centrifugado acompañada por un hombre que gritaba en alemán.

Gladys sacó de la gaveta de los cubiertos un cuaderno de espiral con una portada de gatitos, regalo de un intercambio navideño de la tintorería en 2017, y lo abrió en la primera página. Con letra de maestra rural, redonda y firme, escribió:

MANIFIESTO DE LA MARCA GLADYS

Cuaderno primero. Hialeah, lunes por la noche.

1. Hoy el mundo me vio. Cuarenta mil trescientas doce veces. Es más gente de la que fue a mis dos bodas juntas, y aquí nadie me pidió que llevara comida.

2. Esto no fue casualidad. Fue un llamado. Dios no juega a los dados, pero aparentemente sí juega al mango.

3. La gente de hoy está cansada de lo falso. Quiere lo orgánico. Quiere a una mujer real, en un supermercado real, con una cadera real. Yo soy esa mujer. Siempre lo fui. Solo faltaba el piso mojado.

4. El problema de los accidentes es que ocurren cuando quieren. Esto es una falta de profesionalismo de parte de los accidentes. A partir de mañana, los accidentes de la marca Gladys ocurrirán cuando la marca Gladys lo decida.

5. Un accidente planeado sigue siendo un accidente si una no se entera de cuándo va a pasar exactamente. Por lo tanto, sabré la hora, pero no el minuto. Esto se llama margen de espontaneidad.

6. Yeyo será el camarógrafo. Tiene buen pulso y ninguna otra actividad.

7. No volveré a gritar "mangón". Eso fue un regalo único del cielo. Repetirlo sería comercializar lo sagrado. (Salvo que lo pidan mucho.)

8. Nota: comprar pestañas de mejor pegamento.

Firmó al pie con una rúbrica enorme que había practicado a los catorce años para cuando fuera famosa, y que desde entonces solo había usado en recibos de la luz.

Después se paró frente a la pizarra de corcho, desclavó la foto de su segundo exmarido, que llevaba allí seis años sin razón aparente, y la reemplazó por un plano del Súper Bendición dibujado de memoria en el reverso de un menú de comida china.

*   *   *

Y así llegó el martes.

El Súper Bendición, a las 11:08 de la mañana, estaba atravesado por esa luz blanca y definitiva de los supermercados, que no admite sombras ni secretos, y por un aire acondicionado tan feroz que las señoras entraban en chancletas y salían con principio de pulmonía.

Por los parlantes sonaba una versión instrumental de una balada romántica tocada con flauta de pan, a un ritmo tan lento que parecía que la canción también estuviera buscando dónde estacionar.

Gladys había elegido su vestuario con el cuidado de una novia.

Una blusa amarilla, "para combinar con el mango".

Unos pantalones blancos, "para que se note la fruta".

Unas sandalias de suela lisa que había lijado la noche anterior con papel de lija del número 80, "para ayudar a la naturaleza".

Y un par de pestañas postizas nuevas, marca Diva Eterna, con pegamento de "fijación extrema", cuya caja prometía resistencia a "lágrimas, sudor y huracanes de categoría 2".

Yeyo llevaba su gorra, sus audífonos colgados del cuello y el celular de su tía, que tenía un protector de pantalla con la cara de la Virgen de la Caridad y la cámara ligeramente empañada por una década de huellas digitales.

Entraron por la puerta automática, que se abrió con un suspiro.

—Tú no me conoces —susurró Gladys—. Tú eres un joven cualquiera grabando cereales.

—Ok.

—No digas "ok". Un joven cualquiera no diría "ok".

—¿Qué diría?

Gladys lo pensó.

—Diría "ok".

Pasillo 4. Frutas y verduras. Gladys se detuvo en la entrada del pasillo como un torero frente a la arena.

Lo examinó. El piso brillaba. Brillaba con un brillo seco, limpio, profesional, un brillo que olía a desinfectante de pino y a gerencia nueva.

La caja de los mangos maduros había desaparecido.

En su lugar había una pirámide perfecta de mangos verdes, duros como pelotas de béisbol, con un letrero impreso en computadora: MANGO FRESCO. CALIDAD BENDICIÓN.

—Limpiaron —dijo Gladys, con la voz de quien encuentra su casa saqueada.

—Es un supermercado, tía.

—El sábado no limpiaban.

—Por eso te caíste.

Gladys ignoró esa lógica, que le parecía mezquina. Dio unos pasos por el pasillo. Probó el piso con la sandalia lijada: nada. Se deslizó un poco, apenas, con la gracia de una patinadora artística de ochenta años. Nada. El linóleo, traicionero, la sostenía con una firmeza casi insultante.

A las 11:13 metió la mano en la cartera color vino y sacó, envuelto en una servilleta de la tintorería, un mango propio.

Lo había dejado madurar tres días sobre el refrigerador. Estaba negro por un lado y amarillo por el otro, blando como un secreto, y exhalaba un perfume dulce y alcohólico que se notaba a un metro. Gladys lo sostuvo en la palma con una ternura casi maternal.

—¿Trajiste un mango? —preguntó Yeyo, que por primera vez en la mañana parecía interesado en algo.

—Una no deja su carrera en manos de la gerencia.