El mejor libro (según Gladys) Capítulo 1 El mango
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El mejor libro (según Gladys)

El mejor libro (según Gladys)

Por Karen Carrillo

© inepub.com

Capítulo 1 El mango

El mango

Sostenía que lo espontáneo, para ser verdaderamente espontáneo, exigía una planificación impecable.

Los grandes accidentes de la historia, razonaba mientras soplaba el cafecito, no habían sido improvisados.

Alguien había tenido que colocar la manzana sobre la cabeza de Newton.

Alguien había tenido que dejar la penicilina sucia a propósito, con la esperanza de que un día le dieran un premio.

Nadie se descubre a sí mismo sin un poco de ayuda logística.

El calor de Hialeah entraba por la ventana como un cobrador, sin tocar y con la cara de quien ya sabe que no le van a pagar completo.

En la calle, un gallo sin dueño aparente cantaba con un retraso de tres horas, como todos los gallos de la zona, que habían ido perdiendo la noción del amanecer desde que abrieron el Walgreens de veinticuatro horas.

La pestaña postiza izquierda de Gladys, recién pegada, ya empezaba a negociar su independencia.

—Yeyo —dijo—, hoy la marca Gladys se cae en el Súper Bendición.

Su sobrino estaba tirado en el sofá de plástico de la sala, el que todavía conservaba el forro transparente de fábrica desde 1998, porque la tía Gladys había decidido en 1998 que ese sofá era demasiado bueno para ser usado.

Yeyo tenía diecinueve años, unos audífonos del tamaño de dos toronjas y la expresión de alguien que lleva ocho meses esperando que la vida le devuelva una llamada.

—¿A qué hora?

—A las once y cuarto. Después del café. Una tiene que caerse bien desayunada.

—Ok.

—¿Ok? ¿Eso es todo lo que tienes que decir cuando tu tía te comunica el día más importante de su carrera?

Yeyo lo pensó.

—¿Hay pizza?

—Habrá pizza —dijo Gladys, con la solemnidad de un jefe de Estado que promete un puente.

*   *   *

La decisión, como todas las decisiones grandiosas, tenía un origen humilde y pegajoso.

Había ocurrido el sábado anterior, en ese mismo Súper Bendición, en ese mismo pasillo 4, a las 4:52 de la tarde, cuando Gladys Maritza Obregón, cincuenta y tres años, cajera de la tintorería Siempre Blanco , dos divorcios, una hipoteca y una colección de ciento doce figuritas de porcelana de ángeles en distintas etapas de sorpresa, pisó un mango.

No era un mango cualquiera. Era un Tommy Atkins pasado, de esos que el supermercado dejaba en una caja de cartón con un letrero escrito a mano que decía OFERTA 3 X $1 (MADUROS) , y que en realidad estaban en ese estado previo a la fermentación que en otras culturas se considera un licor.

Alguien lo había dejado caer. Alguien lo había pisado a medias.

El mango había dejado sobre el linóleo una estela amarilla y brillante, casi ceremonial, como si un caracol gigante y tropical hubiera cruzado el pasillo camino a una boda.

Gladys la pisó con el pie derecho.

Lo que siguió duró, según el video, cuatro segundos.

Según Gladys, duró una eternidad y fue, en cierto modo, una experiencia mística.

Su pierna derecha salió disparada hacia adelante con una energía que no había mostrado desde la clase de aeróbicos de 1991.

Su pierna izquierda, leal pero indecisa, intentó seguirla.

Los brazos giraron como aspas de un ventilador de techo en velocidad tres.

La cartera, una imitación de cuero color vino con un broche dorado en forma de herradura, describió en el aire un arco perfecto y aterrizó en la caja de las papayas.

La pestaña postiza izquierda, que ya en ese entonces tenía tendencias separatistas, se desprendió y quedó pegada en la mejilla de un señor que examinaba los aguacates con la seriedad de un joyero.

Y Gladys cayó. Cayó sentada, con un ruido que un testigo describiría luego como "un colchón que se rinde".

Cayó con las piernas abiertas en un ángulo que la gimnasia olímpica habría puntuado alto y la iglesia habría puntuado bajo.

Y al caer, soltó, con toda la potencia de sus pulmones de mujer que había pasado treinta años, en tres tintorerías distintas, gritando números de ticket por encima del ruido de las planchas industriales, una sola palabra:

—¡MANGÓOOOOOOOOON!

Nadie supo nunca qué significaba. Gladys tampoco. Salió de algún sótano del idioma donde se guardan las palabras que no se usan sino una vez en la vida.

A dos metros, un muchacho de unos quince años, con una gorra puesta al revés y un celular en la mano, lo había grabado todo.

Había estado grabando las cajas de cereal para algo del colegio, o eso dijo después, pero su cámara, con el instinto de un perro de caza, había girado por su cuenta hacia el mango, hacia la mujer, hacia la historia.

—Señora, ¿está bien? —preguntó el muchacho, sin dejar de grabar.

Gladys lo miró desde el suelo. Tenía jugo de mango en la pantorrilla, una pestaña de menos y el orgullo derramado sobre el linóleo como la leche de un vaso roto.

Pero en los ojos del muchacho vio algo que no veía desde hacía años en ningún ojo humano, ni en los de sus exmaridos ni en los de su jefe ni en los de los clientes que le entregaban camisas manchadas de mole con la esperanza de que ella hiciera milagros: vio atención.

—Mi amor —le dijo, con una dignidad repentina, alisándose la blusa—, ¿ya dejaste de grabar?

—No.

—Bueno. Sigue.

*   *   *

El lunes, en la tintorería Siempre Blanco , el video ya tenía 18.000 vistas.

La tintorería quedaba en una plaza comercial sobre la calle 49, entre una tienda de celulares desbloqueados y un consultorio de uñas llamado Nails & Faith .

Adentro hacía un calor de sauna finlandesa administrada por el infierno.

Las planchas de vapor resoplaban como animales cansados.

Del techo colgaban cientos de prendas envueltas en plástico transparente, girando despacio en su carrusel eléctrico, como almas en espera de juicio.

Olía a percloroetileno, a almidón y a los pastelitos de guayaba que don Aurelio compraba todas las mañanas y nunca compartía.

Don Aurelio Cabrales, dueño del establecimiento, tenía setenta y un años, un bigote en forma de paraguas y una sola convicción inquebrantable: que el almidón era la columna vertebral de la civilización occidental.

—Una sociedad sin almidón, Gladys —decía—, es una sociedad que se arruga. Y un pueblo arrugado no hace revoluciones. Hace siestas.

Esa mañana, sin embargo, don Aurelio no hablaba de almidón. Estaba parado frente al mostrador con su celular a veinte centímetros de la nariz, el volumen al máximo, viendo por séptima vez cómo su empleada volaba sobre un mango.

"¡MANGÓOOOOOOOOON!", decía el teléfono.

—Gladys —dijo don Aurelio, sin apartar la vista—. Esto es una vergüenza para la casa.

—Es un fenómeno, don Aurelio.

—Tiene usted la falda subida hasta la Constitución.

—Eso es parte de la autenticidad. La gente de hoy quiere verdad. Quiere cuerpo. Quiere mango.

Don Aurelio levantó una ceja, que era, en su repertorio de expresiones, el equivalente a un terremoto.

—La gente de hoy —dijo— no sabe planchar un cuello.

En ese momento entró Doña Chela.

Doña Chela Ruiz era la vecina de Gladys desde hacía veintidós años, lo cual en Hialeah equivalía a un parentesco de sangre con derecho a opinar sobre el testamento.

Era bajita, redonda y se movía con la eficacia de un rumor.

Llevaba siempre el pelo en rolos, independientemente del día, la hora o la ocasión, incluidos dos velorios y una boda, porque sostenía que el peinado de verdad era para "cuando pase algo", y en ochenta años, aparentemente, no había pasado nada que lo mereciera.

Traía una bolsa con tres camisas de su difunto esposo, que seguía llevando a lavar cada dos semanas por principio.

—Ay, Gladys, mi vida —dijo, dejando la bolsa en el mostrador—. Te vi.

—Me vio todo el mundo, Chela.

—No, no, no. Te vi yo. Primero. Antes que todo el mundo. Me lo mandó mi sobrina de Orlando, que se lo mandó una amiga de Tampa, que lo vio en un grupo de "Caídas Buenas". Yo lo mandé al grupo de la iglesia, al grupo de la cuadra y al grupo de las del bingo. Y le puse un audio.

—¿Qué audio?

Doña Chela sacó el celular, un modelo de pantalla rota que parecía haber sobrevivido a una guerra civil, y le dio play a su propia voz, que sonaba idéntica a la voz en persona pero con más eco, como si hablara desde el fondo de un pozo con buena cobertura:

"Muchachas, buenas tardes, bendiciones. Miren esto.

Esta es Gladys, la de la tintorería, la que vive al lado mío, la de los ángeles.

Mírenla cómo se cae. Ay, Dios mío, yo no me estoy riendo, eh, yo no me estoy riendo, pero miren.

MIREN. Esa pierna. Yo siempre dije que esa mujer tenía algo.

No sé qué, pero algo. Bueno, ahí se los dejo.

Recen por ella. Y por el mango. Bendiciones. "

—¿Cuántas personas escucharon eso? —preguntó Gladys.

—No sé, mi vida. Mucha gente. Una señora de Puerto Rico me respondió con un corazón.

Gladys sintió que algo se le expandía dentro del pecho, algo cálido y enorme, como un pan que sube en un horno o como una hernia.

Miró a su alrededor: las planchas, el carrusel de almas embolsadas, don Aurelio con su bigote de paraguas, la bolsa de camisas de un muerto.

Y comprendió, con la claridad fulminante de los profetas y de los que se toman tres cafecitos seguidos, que aquello no era su vida.

Aquello era la sala de espera de su vida.

Su vida verdadera había estado todo este tiempo detenida en algún servidor de California, retenida por un error administrativo del algoritmo, esperando un mango que la liberara.

—Don Aurelio —dijo, quitándose el delantal azul con un gesto que había visto hacer a las actrices de telenovela cuando renunciaban a la hacienda—, voy a necesitar el martes libre.

—No.

—Es un asunto de carrera.

—Usted es cajera.

—Por ahora.

Don Aurelio la miró largamente. Luego volvió a ver el video.

"¡MANGÓOOOOOOOOON!"

—Tómese el martes —dijo al fin—. Pero el miércoles me llega el pedido de uniformes del hospital. Trescientas batas. Almidón medio.