El mejor amigo de mi marido Capítulo 5
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Capítulo 5

El amanecer en Ibiza no trae la paz, sino una claridad despiadada que expone los secretos enterrados en la noche.

Son las seis de la mañana. La luz del alba, teñida de un azul pálido y frío, comienza a filtrarse por las rendijas de las persianas de la habitación principal.

A mi lado, la respiración de Tristán sigue siendo acompasada, pero su cuerpo ya no descansa con la misma laxitud de la medianoche.

Se mueve inquieto, atrapado en la duermevela que precede al despertar.

Yo no he pegado un ojo. El abrazo de mi esposo, lejos de reconfortarme, ha funcionado como una soga de satén que me asfixiaba.

En mi interior, el calor pastoso y denso de Mateo sigue vivo, latiendo con un eco persistente que me reclama.

Siento la piel hipersensible, el roce de las sábanas de hilo me escuece y el conjunto de satén rojo borgoña, oculto bajo la bata, se siente como una armadura de pura lujuria que me quema los muslos.

Incapaz de soportar un minuto más el peso de la culpa y la insatisfacción que me devora el vientre, me deslizo fuera de la cama por segunda vez.

Mis movimientos son más rápidos ahora, despojados de la cautela temerosa de la noche anterior; lo que me mueve es una urgencia animal, una adicción química que ha anulado cualquier rastro de cordura.

No me cambio de ropa. Dejo la bata ligeramente abierta, revelando el brillo oscuro del satén sobre mi vientre, y salgo al pasillo descalza, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado.

Cruzo los diez metros que me separan de la habitación de huéspedes. Esta vez no dudo. Empujo la puerta con firmeza.

Mateo está sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en el suelo y los codos sobre las rodillas, sosteniendo una taza de café humeante entre las manos.

Lleva los mismos pantalones cortos de algodón gris de la noche.

Al verme aparecer, su mirada cansada se enciende al instante.

Deja la taza sobre la mesita de noche con un golpe seco, y se pone en pie.

Su hombría, estimulada por mi sola presencia y el recuerdo de lo que nos hicimos hace apenas unas horas, se tensa de inmediato bajo la tela, dibujando un contorno colosal a la luz pálida del amanecer.

—Has vuelto —dice, con una voz ronca que arrastra el cansancio y el deseo mezclados en una vibración brutal—. Sabía que no ibas a aguantar en esa cama.

—No puedo, Mateo —le confieso en un hilo de voz, cerrando la puerta a mis espaldas y avanzando hacia él con las manos temblorosas—. Me estoy volviendo loca. Siento tu olor en mí, siento tu cuerpo dentro del mío y lo único que quiero es más.

Me arrojo a sus brazos con una desesperación que lo toma por sorpresa.

Mateo me sujeta por las caderas, justo sobre las marcas violáceas que sus propios dedos dejaron la noche anterior, y me estampa un beso rudo, hambriento, que me hace gemir contra su boca.

Sus manos bajan de inmediato por mis nalgas, apartando la tela elástica de la bata y clavándose en el satén borgoña de mi braguita.

—Ponte de rodillas, Chloe —me ordena al oído, con un jadeo que delata que su autocontrol está pendiendo de un hilo—. Hazme olvidar que tu marido está a unos metros. Hazme tuyo antes de que el día comience.

La sumisión me golpea como una droga. Me dejo caer sobre la alfombra de yute, justo a los pies de la cama, quedando de rodillas frente a su imponente rigidez.

Mis manos, guiadas por una determinación absoluta, tiran del elástico de sus pantalones grises hacia abajo, liberando su miembro erecto, que late con fuerza a escasos centímetros de mi rostro.

Está ardiendo, cubierto por una sutil capa de humedad que refleja la luz azulada de la mañana.

Abro la boca y lo introduzco de golpe, decidida a devorarlo.

Mis labios se cierran con fuerza alrededor de su grosor, y comienzo un movimiento rítmico, profundo y voraz.

Quiero vaciarlo, quiero absorber cada gramo de su hombría antes de tener que volver a fingir que soy la esposa perfecta durante el desayuno.

Mateo hunde los dedos en mi cabello rubio, guiando el vaivén de mi cabeza, soltando maldiciones en voz baja mientras el sonido húmedo de mi boca trabajando llena el silencio sepulcral de la habitación.

Estoy tan concentrada en el sabor de su piel, en la opresión de mi garganta y en el balanceo de mis pechos bajo el sujetador rojo, que el sutil sonido del pomo de la puerta girando pasa completamente desapercibido para mí.

Pero para Mateo no.

Siento cómo sus manos se congelan sobre mi cabeza. Su cuerpo se tensa como una cuerda de piano y su respiración se detiene por completo. Abro los ojos, aún con su miembro dentro de mi boca, y sigo la dirección de su mirada fija y aterrorizada hacia la entrada del cuarto.

La puerta de la habitación de huéspedes está abierta de par en par.

Recortada contra la luz tenue del pasillo, se encuentra la silueta de Tristán.

Lleva un pantalón de lino blanco suelto y el torso desnudo.

Sus ojos, completamente abiertos, fijos y desprovistos de cualquier expresión de ira, están clavados en la escena que tiene delante: su esposa de rodillas, vestida con lencería de satén borgoña, entregada por completo a la felación del mejor amigo de su vida.

El pánico me paraliza las entrañas. Siento un frío polar recorrerme la espina dorsal.

Intento apartarme, sacar la boca de la hombría de Mateo y ponerme en pie para cubrir mi desnudez, pero antes de que pueda hacer un solo movimiento, la voz de Tristán rompe el silencio.

Es una voz baja, pastosa, temblorosa por una corriente subterránea de excitación que me corta la respiración.

—No se detengan —dice mi esposo, dando un paso hacia el interior de la habitación y cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo—. Continúen. Quiero ver cómo termina.

El mundo parece detenerse. Miro a Mateo, cuyo pecho sube y baja de manera errática, y luego miro a Tristán.

Mi marido no viene a golpearlo; no viene a gritarme que soy una cualquiera.

Se apoya de espaldas contra la puerta de madera, cruza los brazos sobre el pecho y clava sus pupilas dilatadas en el punto exacto donde la boca de su mujer rodea el sexo de su amigo.

Su mano derecha baja lentamente hacia el elástico de su pantalón de lino, comenzando a masajear su propia erección, que ya presiona con fuerza la tela blanca.

El miedo inicial se transforma, en cuestión de milisegundos, en el morbo más sucio y destructivo que he experimentado jamás. Saber que mi esposo está ahí, viéndome humillarme voluntariamente por el deseo de otro hombre, eleva la temperatura del cuarto hasta el punto de ebullición.

—Ya la has oído, Chloe —susurra Mateo, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa salvaje que regresa a sus labios—. Tu marido quiere ver. No lo dejes con las ganas. Vuelve a meterlo en tu boca.

Obedezco. Con los ojos fijos en Tristán, vuelvo a abrir los labios y me trago a Mateo hasta la base.

El gemido que suelta Mateo resuena en las cuatro paredes.

Comienzo a moverme con una lentitud calculada, exhibiéndome para la mirada obsesiva de mi esposo.

Tristán suelta un suspiro ronco desde la puerta; sus movimientos bajo el lino blanco se vuelven más rápidos, más desesperados.

Veo cómo traga saliva, cómo sus ojos devoran la forma en que mi cabello rubio se agita sobre los muslos de Mateo, la forma en que el satén rojo de mi lencería brilla bajo la luz del amanecer.

—Dios mío, Chloe... eres una obra de arte —gime Tristán desde la distancia, con la voz rota—. Mírate... mírate cómo lo disfrutas. Dale más profundo. Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar por él.

Las palabras de mi esposo actúan como un látigo de fuego.

Me entrego al acto con una voracidad demencial.

Uso mis manos, mi lengua, mis labios, succionando a Mateo con una intensidad que lo hace perder el juicio por completo.

Mateo ya no puede sostenerse en pie; se deja caer hacia atrás en el colchón, arrastrándome con él, obligándome a subir a la cama para continuar desde arriba.

Tristán da varios pasos hacia delante, abandonando la puerta.

Se coloca de pie justo al lado de la cama, a menos de un metro de nosotros.

Su erección ya está fuera del pantalón de lino, enorme, palpitante, goteando deseo.

Se la toma con una mano, masturbándose con movimientos frenéticos mientras se inclina sobre nosotros para no perderse un solo detalle visual.

—Ahora tómala, Mateo —ordena Tristán, con una respiración que es puro fuego—. No dejes que termine en su boca. Quiero ver cómo la penetras a plena luz del día. Quiero ver cómo la destruyes delante de mí.

Mateo me agarra por las caderas con una brutalidad que me hace soltar un gemido.

Me gira sobre el colchón, colocándome boca abajo, elevando mis caderas en el aire en la misma posición de la noche anterior.

Pero esta vez no hay sombras que nos oculten.

La luz del sol naciente ilumina cada rincón de mi cuerpo: el satén borgoña de la braguita apartado hacia un lado, mi intimidad expuesta, latiendo y completamente empapada en jugos que brillan ante los ojos de los dos hombres.

Tristán se inclina tanto que puedo sentir su aliento caliente en mi espalda baja.

—Mira eso, Mateo... mira cómo te espera —susurra mi marido, con una voz preñada de una envidia erótica brutal—. Está completamente abierta para ti. Tómala ya.

Mateo se posiciona detrás de mí. Apoya la punta de su miembro ardiente contra mi entrada y, con un empuje salvaje y decidido, se hunde dentro de mí hasta el fondo de un solo golpe.

—¡Ahhh! —un grito desgarrador se me escapa de la garganta, rompiendo el silencio de la villa. Esta vez no me tapo la boca con la almohada; no hay necesidad de esconderse.

Mateo comienza a embestirme con un ritmo implacable, duro y ruidoso.

El sonido de los cuerpos chocando resuena en la habitación con un eco obsceno.

Tristán observa la penetración con una fijeza casi demente.

Extiende su mano libre y la apoya en mi espalda, acariciando mi piel sudorosa mientras Mateo me toma desde atrás.

—Eso es, mi amor... muévete para él —me dice Tristán al oído, mientras sus dedos bajan por mi costado y se entierran en el tejido de mi sujetador de satén rojo, apretando mi pecho con fuerza—. Siente cómo te llena el amigo de tu esposo. Siente lo puta que te has vuelto en esta isla.

El lenguaje sucio de mi marido, mezclado con las embestidas salvajes de Mateo, me empuja al borde del abismo.

Estoy atrapada entre dos fuegos: el hombre que posee mi cuerpo con violencia y el hombre que posee mi mente con su morbo.

Mateo acelera el ritmo, dándome golpes profundos que me hacen balancear sobre las rodillas, haciéndome perder el conocimiento por el exceso de placer.

Mis músculos internos se contraen con una fuerza espantosa, atrapando a Mateo en un puño de carne ardiente.

—¡Me voy a correr, Tristán! ¡No aguantó más! —ruge Mateo, con los ojos en blanco, los tendones del cuello a punto de estallar y las manos clavadas en mis caderas con una fuerza que me dejará marcas permanentes.

—¡Sácala! ¡Sácala ya, Mateo! —le ordena Tristán con un grito autoritario, deteniendo por un segundo su propia masturbación—. ¡No te corras dentro! ¡Quiero verla tomársela toda! ¡Quiero que se la trague delante de mí!

Mateo da una última embestida brutal, llegando hasta el fondo de mi útero, y con un gruñido bestial se retira de golpe. Mi intimidad queda vacía, latiendo en el aire, despidiendo un vaho de calor.

—¡Al suelo, Chloe! ¡De rodillas, ahora mismo! —me ruge Tristán, agarrándome del cabello rubio con una firmeza que no admite réplica y empujándome hacia el borde de la cama.

Me dejo caer de rodillas sobre la alfombra una vez más, con el pecho subiendo y bajando de manera espasmódica, la lencería roja desordenada y la saliva chorreando por mi barbilla.

Quedo con la cabeza erguida, la boca abierta de par en par y los ojos fijos en el miembro de Mateo, que late con una violencia aterradora a escasos centímetros de mis labios.

Tristán se coloca justo detrás de Mateo, apoyando una mano en su hombro, inclinándose hacia delante para tener una visión cenital perfecta.

—Dásela, Mateo. Que no quede una sola gota fuera —dice Tristán, con la voz temblando por el clímax inminente.

Mateo se toma la base con dos dedos y comienza a ordeñarse con fuerza.

De inmediato, la primera línea de semen espeso, blanco y ardiente sale disparada con una fuerza tremenda, impactando directamente en el fondo de mi garganta.

Suelto un quejido ahogado, pero no me aparto; las manos de Tristán en mis hombros me mantienen fija en la posición de sumisión.

Una segunda y una tercera ráfaga de leche densa inundan mi boca, cubriéndome la lengua, los dientes y derramándose sutilmente por la comisura de mis labios.

El flujo es abundante, cargado con la testosterona y la urgencia de toda una noche de deseo contenido.

Mateo se sacude entero, vaciándose por completo en mi boca, soltando un gemido largo y agónico que parece nacerle desde lo más profundo del pecho.

—Trágatela, Chloe. Toda. Quiero ver cómo baja por tu cuello —me ordena Tristán, con los ojos fijos en mi garganta.

Con un esfuerzo supremo, cierro la boca y paso la saliva, tragándome la densa y caliente sustancia de Mateo en un solo movimiento pesado.

El sabor amargo y cálido me inunda las papilas gustativas, sellando mi rendición absoluta.

Abro la boca de nuevo, extendiendo la lengua para mostrarle a mi esposo que está completamente limpia, salvo por los restos brillantes que cubren mis labios.

Al ver la sumisión total de su esposa, Tristán suelta un grito ahogado.

Da tres pases rápidos a su propio miembro y se desborda con una violencia salvaje, eyaculando sobre el colchón de huéspedes, justo al lado de donde Mateo y yo estamos arrodillados.

Su semen salpica las sábanas blancas en una descarga rítmica que lo deja temblando, exhausto y con la mirada vacía.

El silencio vuelve a reinar en la habitación, roto únicamente por los tres jadeos cruzados de nuestros pechos exhaustos.

El sol de la mañana ya ha entrado por completo, iluminando el escenario del libertinaje: la lencería de satén rojo borgoña manchada, el semen de los dos hombres brillando bajo la luz del día y las marcas de la traición expuestas sin ningún tipo de pudor.

Tristán se limpia con una de las sábanas, se sube el pantalón de lino y me mira desde arriba. Ya no hay rastro de la timidez del esposo engañado; hay una chispa de absoluta posesión en sus ojos.

—Esto es solo el principio, Chloe —dice, con una sonrisa fría y excitada que me hace temblar las entrañas—. Esta noche, en el salón, el juego va a ser completo. Y esta vez, yo no me voy a quedar mirando desde la puerta.

Se da la vuelta y sale de la habitación sin decir una palabra más, dejándome de rodillas a los pies de Mateo, con el sabor de la traición aún fresco en mi garganta y la certeza de que el verdadero infierno erótico está a punto de desatarse.