El mejor amigo de mi marido Capítulo 4
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Capítulo 4

La villa duerme bajo el amparo de una medianoche cerrada, pero para mí no hay descanso posible.

El zumbido monótono del aire acondicionado en la habitación principal se clava en mis oídos como un metrónomo que cuenta los segundos de mi insomnio.

A mi lado, Tristán descansa profundamente, con el cuerpo laxo y una respiración pesada, agotado por la brutal descarga de adrenalina y tensión que arrastró desde la piscina.

Yo, en cambio, soy un manojo de nervios y electricidad. Siento los muslos entumecidos, la piel tirante por el sol y un latido constante, sordo y exigente entre las piernas que ninguna ducha fría ha logrado apagar.

Me incorporo con lentitud tortuosa, conteniendo el aliento mientras observo la silueta de mi esposo bajo la penumbra.

No se mueve. Deslizo las piernas fuera de la cama de hilo blanco, cuidando de que el colchón no emita el menor crujido.

Mis pies descalzos entran en contacto con el suelo de piedra caliza, que a esta hora se siente helado, un contraste brutal con el fuego que llevo por dentro.

Me acerco al gran espejo del vestidor. La luna de Ibiza se filtra por el ventanal, bañando mi reflejo en tonos plateados.

Tristán había hablado de encaje negro, el uniforme de la rutina, el color de la esposa contenida.

Pero esta noche, al armar mi maleta en los suburbios, guardé algo diferente en el fondo. Un secreto.

Abro el cajón y saco un conjunto de satén en un tono rojo borgoña, oscuro como la sangre, peligroso como el abismo al que estoy a punto de saltar.

Me despojo del camisón blanco y me lo pongo.

El satén se desliza sobre mi piel bronceada con una suavidad lasciva.

No lleva encaje; es liso, brillante, cortado con una precisión que apenas cubre lo indispensable.

El sujetador de copa tres cuartos eleva mis pechos, dejando mis pezones casi al descubierto bajo la fina capa de tela, y la braguita de hilo dental se pierde entre mis nalgas, dejando mis caderas completamente desnudas.

Sobre el conjunto, me coloco una bata corta de satén del mismo color, anudándola flojamente a la altura de la cintura.

Me miro al espejo. El cabello rubio, un poco revuelto, me cae sobre los hombros. Ya no reconozco a la Chloe de la ciudad. Esta mujer tiene una determinación oscura en la mirada, una fijeza felina que sabe exactamente lo que quiere y no va a esperar a que nadie se lo conceda.

Salgo de la habitación principal. El pasillo de la planta alta está en penumbra, iluminado únicamente por las luces de cortesía del suelo.

Cada paso que doy se siente como una profanación.

La distancia entre mi cama matrimonial y la habitación de Mateo es de apenas diez metros; una distancia ridícula, un pasillo estrecho que separa la seguridad de mi vida pasada de la perdición más absoluta.

Cruzo el umbral de las escaleras y avanzo hacia la puerta de huéspedes al fondo del pasillo.

Siento el pulso retumbar en mis sienes, tan fuerte que temo que el sonido despierte a Tristán.

No llamo a la puerta. Agarro el pomo de metal, lo giro con una lentitud milimétrica y empujo.

La habitación de Mateo está a oscuras, salvo por el resplandor azulado de la piscina que se proyecta en el techo a través del balcón abierto.

Huele a él: a tabaco rubio, a su colonia de maderas y al calor de un cuerpo masculino en reposo.

Mateo está tumbado bocarriba sobre las sábanas, vistiendo únicamente unos pantalones cortos de algodón gris.

Parece dormido, pero en cuanto doy el primer paso dentro del cuarto y la puerta encaja tras de mí con un sutil *click*, sus ojos oscuros se abren de golpe.

Se incorpora sobre los codos, entrecerrando la mirada en la penumbra. Al reconocer mi silueta, una sonrisa lenta, cargada de una satisfacción peligrosa, se dibuja en sus labios.

—Chloe... —suelta en un susurro grave, que reverbera en el silencio del cuarto—. Sabía que vendrías. Te has tardado demasiado.

No respondo con palabras. La timidez que me atenazaba en la terraza o en la piscina ha sido consumida por completo por la adrenalina.

Avanzo hacia la cama con paso firme, desatando el nudo de mi bata de satén.

Dejo que la prenda resbale por mis hombros y caiga al suelo como un charco de sombra roja.

Siento la mirada de Mateo recorrer mi cuerpo, deteniéndose en el conjunto borgoña que brilla bajo la luz de la luna.

Sus pupilas se dilatan; su respiración, antes pausada, se corta de golpe.

—Dios santo... —gruñe, y veo cómo su hombría reacciona de inmediato bajo la fina tela gris, tensándose con una violencia que me hace dar un vuelco al estómago—. Qué combinación tan peligrosa. Estás espectacular, Chloe.

Me subo a la cama, pero no me tiendo a su lado. Me coloco de rodillas entre sus piernas, obligándolo a recostarse de nuevo contra las almohadas. Mateo estira las manos para agarrarme las caderas, pero yo le detengo las muñecas con suavidad, ejerciendo una presión firme.

—No —le susurro, inclinándome sobre él hasta que mi aliento roza su oído—. Esta noche las reglas las pongo yo. Y tú vas a guardar silencio. Tristán duerme al final del pasillo.

El desafío en mis palabras enciende una chispa de sumisión voluntaria en sus ojos. Mateo relaja los brazos, apoyando la cabeza en el respaldo de la cama, mirándome desde abajo con un hambre voraz.

—Haz lo que quieras conmigo —me responde en el hilo de voz más bajo que puede articular.

Deslizo mis manos por su abdomen, sintiendo los músculos tensarse bajo mi tacto, y bajo lentamente hasta el elástico de sus pantalones cortos.

Lo tomo con ambas manos y tiro de ellos hacia abajo, despojándolo de la prenda junto con su ropa interior.

Su miembro se libera en la penumbra, completamente erecto, enorme, apuntando hacia mi pecho con un latido rítmico que delata su urgencia.

Una sutil gota de deseo brilla en la punta.

Me inclino hacia delante, dejando que mi cabello rubio roce sus muslos.

No hay vacilación en mí. Me apodero de él.

Primero paso la punta de la lengua por toda la longitud, saboreando el calor de su piel, el salitre que aún parece conservar del agua de la piscina.

Mateo echa la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza, con los tendones del cuello marcados por el esfuerzo de no soltar un gemido.

Abro la boca y lo introduzco lentamente.

La sensación de su grosor llenándome por completo me produce una punzada de placer inside que me recorre todo el cuerpo.

Comienzo a moverme, arriba y abajo, con una determinación y una cadencia expertas que jamás había usado con Tristán.

Uso mis labios para rodearlo con fuerza, uso mis manos en la base para masajearlo, y clavo mis ojos en los suyos cada vez que subo.

Quiero que me vea. Quiero que Mateo entienda que ya no soy la esposa asustada; soy la dueña de la situación, la mujer que está usando su cuerpo para destruir las últimas barreras de su cordura.

—Mierda, Chloe... —consigue articular Mateo en un suspiro ahogado, doblando las sábanas entre sus puños con una fuerza brutal. Sus caderas se elevan de forma instintiva, buscando profundizar el contacto, pero yo me retiro a tiempo, dejando solo la punta en mis labios, jugando con su desesperación.

—Silencio —le recuerdo en un susurro autoritario, rozando su miembro con la yema de mis dedos—. Si te corres en mi boca ahora, el juego se acaba. Y apenas estamos empezando.

Vuelvo a devorarlo, acelerando el ritmo, succionándolo con una voracidad que lo hace temblar por completo.

El morbo auditivo es ensordecedor: el sutil sonido húmedo de mi boca trabajando en el silencio de la habitación, el zumbido del aire acondicionado afuera y el terror delicioso de que Tristán pueda despertar en cualquier momento y caminar por el pasillo atraído por los ruidos de la traición.

El satén rojo borgoña de mi sujetador se presiona contra su vientre con cada uno de mis movimientos, recordándonos el color del peligro que hemos elegido.

Cuando siento que Mateo está al límite absoluto, que sus manos buscan mi cabello de manera desesperada para empujarme más profundo, me detengo. Me incorporo sobre sus muslos, dejándolo jadeando, con los ojos inyectados en sangre y el pecho subiendo y bajando de manera errática.

—Suficiente —digo, con una sonrisa de absoluta suficiencia.

Me doy la vuelta, dándole la espalda, y me coloco a cuatro patas sobre el colchón, elevando mis caderas hacia él. La braguita de hilo dental borgoña queda en el centro de su visión, delineando la curva perfecta de mis nalgas y la intensa humedad que me desborda por delante.

Mateo no espera una sola orden más. Se arrodilla detrás de mí.

Siento sus manos grandes, calientes y rudas aferrarse a mis caderas con una fuerza que me deja los dedos marcados en la piel.

Aparta el fino hilo de satén rojo hacia un lado con un solo movimiento de su pulgar, dejando mi intimidad completamente expuesta, brillando bajo el reflejo de la luna.

Apoya la punta de su hombría contra mi entrada. Está ardiendo. Siento el contacto latir contra mí, y un gemido de anticipación se me escapa de la garganta, amortiguado apenas por mis dientes apretados contra la almohada.

—Tristán va a tener que olerte mañana en mis dedos, Chloe —me susurra Mateo al oído, con una voz ronca, preñada de una lujuria salvaje. Su aliento caliente me quema el cuello—. Y va a saber exactamente lo que te hice mientras él dormía.

Con un empuje firme, lento y devastador, Mateo se hunde dentro de mí por primera vez.

El impacto de la penetración me hace arquear la espalda por completo.

Es inmenso, tan grueso y profundo que siento que me llena hasta el alma.

Suelto un grito ahogado que entierro de inmediato en las sábanas para que el sonido no escape de las cuatro paredes.

Mateo se congela un segundo dentro de mí, dándome tiempo a asimilar su tamaño, saboreando la tremenda opresión de mis músculos que lo aprisionan como un guante ardiente.

Comienza a moverse. Al principio son embestidas lentas, tortuosas, que me hacen balancear sobre la cama.

Cada vez que se retira casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo, el roce de su piel contra la mía me hace perder el juicio.

El satén borgoña de mi ropa interior se frota contra mis muslos, un recordatorio constante de que este encuentro es real, de que estoy en la cama del mejor amigo de mi esposo,

siendo tomada con una determinación salvaje mientras el hombre con el que prometí pasar el resto de mi vida descansa a unos metros.

—Más rápido... Mateo, por favor, más rápido —le suplico en un susurro desesperado, girando la cabeza hacia atrás para buscar sus labios.

Mateo me complace. El ritmo se vuelve más duro, más urgente, más salvaje.

Las embestidas resuenan en el colchón con un impacto sordo que me hace aferrarme a la cabecera de la cama.

Mis dedos se clavan en la madera mientras él me toma desde atrás con una posesividad absoluta.

Siento el roce de su vello púbico contra mis nalgas, el calor de su pecho chocando contra mi espalda baja con cada golpe.

La habitación parece dar vueltas; el placer físico es tan agudo, tan violento, que raya en el delirio.

El morbo psicológico alcanza su clímax junto con el físico.

Me imagino a Tristán despertando en este preciso instante.

Me lo imagino caminando descalzo por el pasillo, empujando la puerta entreabierta y descubriendo el satén rojo de mi conjunto contrastando con la piel bronceada de Mateo, viendo cómo su mejor amigo me desarmaba a golpes de puro deseo en la penumbra.

Esa imagen mental me produce una contracción tan violenta en mis músculos internos que Mateo suelta un rugido ahogado, perdiendo por completo el control.

Sus embestidas se vuelven frenéticas, profundas, implacables. Me sujeta con tanta fuerza de las caderas que sé que tendré marcas al día siguiente, pero solo quiero que me destruya, que borre los últimos vestigios de la Chloe aburrida de los suburbios.

El orgasmo me golpea con la fuerza de una demolición.

Mi cuerpo se tensa, mi intimidad se contrae en espasmos eléctricos e incontrolables que aprisionan a Mateo en su último empuje.

Lloro de puro éxtasis contra la almohada, temblando de la cabeza a los pies mientras el clímax me vacía por completo.

Sintiéndome desfallecer, Mateo da tres embestidas más, brutales, desesperadas, y con un gemido sordo que ahoga contra mi hombro, se derrama dentro de mí, llenándome con su calor en una entrega larga y palpitante que sella nuestro pacto de traición.

Nos quedamos unidos durante varios minutos, escuchando únicamente nuestras respiraciones agitadas que intentan recuperar la normalidad en el silencio de la noche.

Mateo se deja caer a mi lado, abrazándome por la cintura, con su mano descansando sobre el vientre donde su semilla y mi humedad se mezclan bajo el satén rojo.

Miro la hora en el reloj de la mesita: son las tres de la mañana.

Con un esfuerzo supremo, me deslizo fuera de sus brazos. No nos despedimos con palabras; no hace falta. Me coloco la bata de satén borgoña sobre el cuerpo tembloroso, me recojo el cabello desordenado y camino hacia la puerta. Al abrirla, el pasillo sigue en silencio, frío y oscuro.

Avanzo de puntillas, regresando a la habitación principal. Me deslizo bajo las sábanas del hilo blanco, acomodándome de nuevo al lado de Tristán. Mi esposo se mueve sutilmente por el cambio de peso, estira un brazo y me rodea la cintura de manera inconsciente, apegándome a su pecho.

Cierro los ojos, sintiendo el contraste: el abrazo tierno y familiar de mi marido por fuera, y el calor denso, espeso y ajeno de Mateo latiendo en mi interior.

Sé que cuando el sol de Ibiza vuelva a salir en unas horas, las miradas entre los tres ya no se podrán sostener bajo el manto del secreto.

El incendio ha comenzado, y Tristán está a punto de ser consumido por él.