Capítulo 3
El sol de la tarde en Ibiza no tiene piedad.
Cae como un manto de plomo dorado sobre la terraza de la villa, elevando la temperatura hasta volver el aire denso y sofocante.
El reflejo de la luz sobre el agua cristalina de la piscina de borde infinito es casi cegador.
Desde mi posición, sumergida hasta la cintura en el extremo más profundo, el agua se siente como una segunda piel, fresca pero incapaz de apagar el incendio interno que me devora desde la noche anterior.
Tristán está tumbado en una de las hamacas de teca, a solo unos metros del borde.
Lleva un bañador oscuro y unas gafas de sol de espejo que ocultan por completo sus ojos.
Tiene un libro abierto entre las manos, pero llevo observándolo veinte minutos y no ha pasado una sola página.
Su cuerpo está extrañamente rígido, estático bajo el sol, como un depredador que se hace el dormido esperando el momento exacto para atacar.
A mi lado, la superficie del agua se rompe.
Mateo emerge tras nadar un tramo por el fondo.
Su cabello oscuro gotea sobre sus hombros anchos, y las gotas de agua brillan sobre su pecho bronceado y musculoso.
Se apoya contra el borde de la piscina, sacudiéndose el pelo con un movimiento puramente masculino que me hace tragar saliva.
—Hace demasiado calor hoy —dice Mateo, alzando la voz lo suficiente para que su eco flote en la terraza. Sus ojos oscuros, fijos en mí, dicen algo completamente diferente.
—Es el verano de la isla —responde Tristán desde la hamaca, sin moverse un milímetro, con la voz un poco pastosa—. Chloe, mi amor, deberías ponerte más protector solar. Estás muy expuesta ahí en medio.
*Expuesta.* La palabra resuena en mis oídos con una carga erótica brutal.
Miro a mi esposo a través de sus gafas de espejo, intentando adivinar si nos está mirando.
El morbo de la negación plausible está alcanzando su punto de ebullición.
Nadie ha dicho nada sobre lo que pasó anoche en el sofá de cuero.
Nadie ha mencionado el hecho de que amanecí desnuda bajo las sábanas de nuestra cama con el sabor de Mateo aún en mis labios, ni que Tristán me abrazó por la mañana con un temblor de excitación en las manos que nunca antes había sentido.
—Estoy bien, Tristán —digo, y mi voz suena extrañamente ronca en el espacio abierto—. El agua está perfecta.
Mateo se desliza por el fondo de la piscina hasta quedar a escados centímetros de mí. Bajo la superficie cristalina, las leyes del mundo exterior parecen disolverse. El agua distorsiona las formas, difumina los movimientos y crea un santuario privado a la vista de todos.
—¿Segura que estás bien, Chloe? —pregunta Mateo en un susurro que solo yo puedo escuchar, mientras estira el brazo por encima del agua para apartar un mechón húmedo de mi cabello rubio. Su tacto es una quemadura fría—. Te noto... tensa.
—Sabes perfectamente por qué —le devuelvo el susurro, clavando mis ojos en los suyos, sintiendo que el corazón me da un vuelco salvaje.
Bajo el agua, el primer contacto físico de la tarde se produce con una lentitud calculada.
El muslo velludo y firme de Mateo se presiona contra el mío.
El roce de su piel contra la mía, amplificado por la resistencia del agua, me hace soltar un suspiro ahogado.
Mateo sonríe, una sonrisa de absoluta superioridad, sabiendo el efecto que causa en mí.
—Tristán —llama Mateo, alzando la voz de nuevo con una audacia que me corta la respiración—. ¿Nos pasas la botella de agua que está en la mesa?
—Claro —responde mi esposo. Lo veo incorporarse en la hamaca con una lentitud deliberada.
Se quita las gafas de sol por un segundo, limpiándolas con la toalla, y en ese breve instante, su mirada se clava directamente en el agua, justo donde Mateo y yo estamos unidos por las caderas.
Sus pupilas están completamente dilatadas a plena luz del día.
Vuelve a ponerse las gafas, toma la botella y se acerca al borde de la piscina.
Se agacha para entregársela a Mateo. Al hacerlo, sus ojos se fijan en mi rostro. Ve mi respiración agitada, mis hombros descubiertos temblando sutilmente por encima del nivel del agua.
—Tomen —dice Tristán, y su mirada sostiene la mía con una fijeza obsesiva, casi suplicante—. Hidrátense. No quiero que mi mujer se desmaye por el calor.
—No te preocupes, la tengo bien sujeta —responde Mateo, tomando la botella.
Bajo la superficie, para demostrar sus palabras, la mano grande de Mateo baja por mi costado y se aferra a mi cadera con una fuerza posesiva.
Mis dedos se clavan en el borde de la piscina para no perder el equilibrio.
Tristán da un paso atrás y regresa a su hamaca, pero esta vez no toma el libro.
Se recuesta, gira el cuerpo ligeramente hacia nosotros y apoya la cabeza en una posición que le permite una visibilidad perfecta de cada uno de nuestros movimientos por encima del agua.
Ya no hay dudas. Nos está viendo. Nos está pidiendo que lo hagamos.
El agua de la piscina se convierte en nuestro cómplice y en nuestra vitrina.
Mateo deja la botella en el borde y vuelve a acortar la distancia.
Sus manos bajan por mi vientre, deslizándose por debajo de la tela elástica de mi bikini blanco.
Siento cómo desengancha con una destreza pasmosa la braguita por un lado, empujándola hacia abajo por mis muslos hasta que se suelta por completo y flota perdida en el fondo de la piscina.
Me he quedado completamente desnuda de la cintura para abajo, a plena luz del día, a tres metros de mi esposo.
—Dios, Mateo... —gimo en un murmullo, cerrando los ojos mientras el sol me calienta la cara y los dedos de Mateo encuentran mi intimidad ya completamente abierta, lubricada y latiendo de pura anticipación.
—Abre las piernas para mí, Chloe —me ordena en un susurro imperioso—. Deja que te vea. Deja que él vea lo que te hago.
Bajo el agua, Mateo separa mis muslos con sus rodillas.
Sus dedos largos y expertos comienzan a acariciarme con un ritmo constante, subiendo y bajando, presionando el centro de mi placer.
El contraste entre el agua templada de la piscina y el fuego abrasador de sus dedos me hace perder la noción del espacio.
Echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en el borde de piedra, ofreciendo mi cuello al sol y a la vista de Tristán.
Veo a mi esposo a la distancia. Su mano derecha ha bajado de manera inequívoca hacia la entrepierna de su bañador.
A través de la tela oscura se dibuja una rigidez monumental.
Tristán se está masturbando de forma sutil, con movimientos lentos, devorando con la mirada la forma en que mi cuerpo se arquea en el agua, la forma en que mis labios se entreabren para contener los gritos de placer.
El exhibicionismo me golpea como una ola de calor interno; saber que mi propia entrega es el combustible que enciende el deseo de mi marido me despoja de cualquier rastro de vergüenza.
—Ahora tú —me susurra Mateo al oído, su respiración caliente rozando mi lóbulo—. Tócame. Quiero sentir tus manos.
Bajo las manos por su abdomen esculpido, buscando la rigidez que presiona contra mi muslo.
Su hombría está completamente erecta, dura como una roca, contenida apenas por el tejido de su bañador.
Deslizo mis dedos por debajo de la tela y lo libero.
Al contacto con el agua, su miembro se siente inmenso, palpitante.
Lo tomo con una mano, cerrando mis dedos alrededor de su grosor, y comienzo a masturbarlo con un ritmo urgente, imitando el movimiento que sus dedos hacen dentro de mí.
Mateo suelta un gruñido ronco, perdiendo por un instante su fachada de control absoluto.
Sus dedos se entierran más profundamente en mi humedad, acelerando las caricias, encontrando el punto exacto que me hace delirar.
El agua se mueve a nuestro alrededor en sutiles ondas que delatan el vaivén de nuestros cuerpos unidos en ese vaivén clandestino.
—Míralo, Chloe —me exige Mateo, su voz temblando por la excitación—. Mira cómo se toca por ti. Eres una exhibicionista deliciosa.
Giro la cabeza hacia la hamaca. Tristán ya no se esconde.
Sus movimientos bajo el bañador son más rápidos, más desesperados.
Tiene la boca entreabierta, jadeando bajo el sol, con los ojos fijos en el punto donde el agua se agita entre Mateo y yo.
La complicidad a tres bandas es total, un hilo invisible de lujuria pura que nos une en mitad de la tarde de Ibiza.
El deseo de ir más allá nos posee a ambos. Mateo se sumerge de repente. El agua se cierra sobre su cabeza, y yo me quedo sola en la superficie, aferrada al borde de piedra caliza con ambas manos, con las piernas abiertas de par en par.
Bajo la superficie cristalina, la silueta bronceada de Mateo se mueve entre mis muslos. Siento el impacto de sus manos grandes sujetando mis nalgas por debajo del agua, elevándome ligeramente, y de inmediato, el contacto directo de su boca.
Suelto un grito ahogado que rompe el silencio de la villa.
Su lengua caliente, protegida por la burbuja del agua, se clava directamente en mi clítoris con una fuerza y una avidez salvajes.
La sensación es indescriptible: la frescura del agua que me rodea y el calor concentrado de su boca succionándome, devorándome a plena luz del día.
Mateo trabaja mi intimidad con una intensidad implacable, usando la resistencia del agua para crear una succión que me hace perder el juicio.
—¡Oh, Dios! ¡Tristán! —exclamo sin poder contenerme, llamando a mi esposo en mitad de mi delirio erótico.
Tristán se incorpora por completo en la hamaca, apoyando los pies en el suelo.
Se inclina hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas, devorando el espectáculo de mi cuerpo sacudiéndose contra el borde de la piscina, mis nalgas elevándose por encima del agua mientras la cabeza de su mejor amigo permanece sumergida entre mis piernas.
Veo el sudor correr por la frente de mi esposo, veo su desesperación, y eso solo aumenta la intensidad de mi orgasmo inminente.
Mateo me conoce el cuerpo ya como si fuera suyo.
Su lengua da golpes rápidos, precisos, mientras sus dedos se hunden dentro de mí al mismo tiempo.
Estoy atrapada en una tormenta de placer subacuático.
Mis muslos tiemblan incontrolablemente, mis dedos se entierran en la piedra de la piscina y lloro de puro éxtasis mientras el clímax me golpea con la fuerza de un rayo.
Mi cuerpo se estremece en oleadas de espasmos salvajes, liberando mi flujo en el agua, una entrega total que Mateo absorbe y saborea bajo la superficie.
Cuando Mateo emerge del agua, jadeando, con los ojos inyectados en sangre por la falta de aire y la excitación, me toma de la nuca y me planta un beso rudo, sediento, transmitiéndome el sabor de mi propio orgasmo mezclado con el cloro y la sal de la isla.
—Eres una maldita adicción, Chloe —gruñe contra mis labios.
Miro hacia la hamaca de Tristán, pero él ya no está sentado. Se ha puesto en pie, con una mano tapándose la evidente mancha húmeda que ha traspasado su bañador, y camina a zancadas rápidas hacia el interior de la casa, completamente sobrepasado por la intensidad de lo que acaba de presenciar.
Mateo y yo nos quedamos solos en el agua, con los pechos subiendo y bajando de manera errática, sabiendo que el velo de la ignorancia se ha roto para siempre. Mañana, las palabras tendrán que dar paso a la realidad más cruda y ardiente.
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