Capítulo 2
La bandeja de quesos y jamón descansa en el centro de la mesa de teca, pero ninguno de los tres parece tener un apetito real por la comida.
El verdadero hambre flota en el aire de la terraza, denso, pesado y electrizante, mientras el último rastro de luz solar se ahoga en el horizonte del Mediterráneo.
—Toma, Chloe, necesitas rellenar esa copa —dice Tristán, estirando el brazo para tomar la botella de Rioja.
Su voz suena extrañamente suave, desprovista de cualquier atisbo de tensión ordinaria.
Me mira fijamente mientras sirve el líquido rojo y espeso.
Mis ojos se clavan en los suyos, buscando alguna señal de alarma, un destello de la posesividad que cualquier esposo normal mostraría después de dejar a su mujer a solas con un hombre que la devora con la mirada.
Pero no hay nada de eso. Tristán sonríe con una complacencia casi febril.
Sus ojos brillan con un magnetismo nuevo, un morbo que parece alimentarse directamente de mi agitación.
—Gracias —susurro, y mi propia voz me resulta ajena, un hilo ronco que delata la rapidez con la que late mi corazón.
Mateo observa la escena reclinado en su asiento. Su postura es de una confianza absoluta, casi depredadora. Toma su copa, hace girar el vino y da un sorbo lento sin apartar sus ojos oscuros de mi cuello, que aún conserva la piel de gallina por el roce clandestino de hace unos minutos.
—Tristán me estaba contando en el viaje que te ha comprado lencería nueva para estas vacaciones, Chloe —suelta Mateo de repente, con una naturalidad que me hace ahogarme sutilmente con el primer trago de vino—. Me dijo que el encaje negro te queda increíble.
El calor me sube a las mejillas como una llamarada. Miro a Tristán, escandalizada, esperando que desmienta semejante indiscreción. Pero mi esposo solo ensancha su sonrisa, acomodándose en su silla y cruzando las piernas.
—Es verdad —admite Tristán, clavando su mirada en mi escote—.
A Chloe todo le queda bien, pero el encaje resalta la palidez de su piel.
Aunque... últimamente se guarda esa ropa solo para los domingos por la mañana.
Una lámina, ¿no crees, Mateo? Aquí en la isla debería usarla más a menudo. O no usar nada.
—Un pecado desperdiciar un cuerpo así en la rutina —responde Mateo, y su tono baja una octava, volviéndose peligrosamente íntimo—. Si yo tuviera una mujer como Chloe en mi cama, el encaje negro sería el uniforme diario.
El aire se vuelve irrespirable. La conversación ha cruzado una línea de no retorno.
Ya no son insinuaciones veladas; mi esposo y su mejor amigo están discutiendo mi cuerpo, mi intimidad y mis prendas más privadas en mi propia cara, desnudándome verbalmente bajo las estrellas de Ibiza.
Siento un latido violento entre mis piernas, una humedad cálida y traicionera que me dicta que, a pesar de la culpa teórica, mi cuerpo está respondiendo con un deseo salvaje a este juego perverso.
Intentando recuperar un ápice de control, extiendo la mano hacia la bandeja para tomar un trozo de queso. Es en ese preciso instante cuando lo siento.
Un roce cálido, firme y deliberado se posa sobre mi empeine descalzo.
Doy un respingo imperceptible en la silla, aferrando el tallo de mi copa de vino.
Bajo el amparo de la larga mesa de teca, el pie de Mateo se desliza contra el mío.
No es un accidente. Sus dedos masculinos acarician la curva de mi pie, ascendiendo lentamente por mi tobillo.
Mi respiración se entrecorta. Miro a Mateo de frente; él mantiene una expresión imperturbable mientras mastica un trozo de jamón, sosteniendo la copa con una mano.
Su audacia me aterroriza, pero lo que me paraliza por completo es la reacción de Tristán.
Tristán nos está mirando. No a nuestras caras, sino hacia abajo, a la mesa.
Su mirada sigue perfectamente la inclinación de la pierna de Mateo.
Mi esposo sabe exactamente lo que está ocurriendo.
Lo ve, lo procesa, y su única respuesta es dar un sorbo pausado a su vino, manteniendo una fijeza obsesiva en mis ojos.
Nos está dando su permiso. No, es más que eso: nos está empujando al abismo.
Animado por el silencio cómplice de Tristán, Mateo va más allá. Su pie se retira, pero solo para dar paso a algo mucho más audaz. Siento la presión de su mano grande y cálida posarse directamente sobre mi rodilla desnuda, por debajo de la fina tela verde de mi vestido de tirantes.
Un escalofrío violento me recorre la espina dorsal.
Intento juntar las piernas en un reflejo tardío de decencia, pero la mano de Mateo es un ancla pesada.
Sus dedos largos se entierran sutilmente en mi carne, ejerciéndome una presión posesiva que me obliga a entreabrir los muslos.
Comienza a subir. Lentamente, tortuosamente, su palma va deslizando la tela del vestido hacia arriba, dejando mi muslo al descubierto bajo la sombra de la mesa.
—Este Rioja es excelente, Tristán —dice Mateo con una voz completamente estable, de una frialdad ejecutiva que contrasta brutalmente con lo que su mano me está haciendo—. Deberíamos comprar un par de cajas para llevar a la ciudad.
—Sí... excelente —responde Tristán. Su voz ya no es tan firme; noto un sutil temblor en su respiración.
Tiene los ojos fijos en mí, devorando cada una de mis reacciones.
Ve cómo aprieto los dientes, cómo mis nudillos se vuelven blancos al aferrar la mesa, cómo mi pecho sube y baja de manera errática.
La mano de Mateo sigue su ascenso implacable.
La yema de sus dedos roza la sensible piel de la cara interna de mi muslo.
Es un contacto abrasador. Estoy ardiendo.
Siento que en cualquier momento voy a soltar un gemido que romperá la noche, pero el juego me obliga a guardar el secreto a voces.
La punta de sus dedos encuentra finalmente el borde de mi braguita de seda.
Se detiene ahí, delineando la costura, jugueteando con el elástico mientras yo contengo el aliento, al límite del delirio.
Mateo hunde un dedo por debajo de la seda, encontrando de inmediato la intensa humedad que me delata. Escucho un sutil crujido de la tela mojada. Cierro los ojos, incapaz de soportar la intensidad del placer y el morbo, pero la voz de mi esposo me obliga a abrirlos.
—Chloe... —dice Tristán, y su mirada es un ruego febril, oscuro, lleno de una excitación enferma—. Mira a Mateo. No me mires a mí. Míralo a él mientras te... acompaña.
El mandato de mi esposo rompe el último dique de mi resistencia.
Giro la cabeza hacia Mateo. Él me está observando con una intensidad que me hace temblar.
Sus ojos oscuros brillan con el triunfo del depredador que sabe que la presa se ha rendido.
Sus dedos comienzan a moverse con un ritmo lento y experto bajo la seda, hundiéndose en mi intimidad, acariciando el centro de mi placer con una destreza que me hace arquear sutilmente la espalda en la silla.
—Estás tan caliente, Chloe... —susurra Mateo, tan bajo que apenas es un murmullo que se confunde con el viento, pero sé que Tristán lo ha escuchado por la forma en que se le dilatan las pupilas.
Estoy siendo tocada por el mejor amigo de mi esposo, a centímetros de él, bajo su propia dirección.
El placer físico es inmenso, pero el juego psicológico, la humillación deliciosa de romper el tabú social más sagrado con la bendición de mi propio matrimonio, me empuja a un clímax mental antes de que el físico siquiera llegue.
Aprieto los muslos, aprisionando los dedos de Mateo dentro de mí, dictándole que quiero más, que ya no me importa la cordura.
Tristán se levanta de golpe. El ruido de su silla contra el suelo de piedra nos hace congelarnos por un segundo. Mateo no retira la mano, solo detiene el movimiento, manteniendo sus dedos enterrados en mi humedad.
Mi esposo nos mira desde arriba. Está pálido, con la respiración entrecortada y una evidente rigidez en la entrepierna de sus pantalones de lino que ya no se molesta en ocultar. Nos observa a los dos, unidos por debajo de la mesa, y traga saliva con dificultad.
—El viaje me ha dejado más cansado de lo que pensaba —dice Tristán, y aunque intenta que su tono suene casual, la lujuria acumulada en su garganta lo vuelve ronco, casi irreconocible—.
Voy a subir a la habitación a descansar.
No me esperen despiertos. Mateo... encárgate de cerrar todo cuando terminen. Y cuida de mi esposa.
—Descuida, hermano —responde Mateo, y la palabra "hermano" suena como la última profanación al vínculo que los une—. Yo me encargo de ella.
Tristán me da una última mirada. Es una mirada de entrega absoluta, la mirada de un hombre que acaba de regalar su posesión más preciada para cumplir su fantasía más oscura. Se da la vuelta y camina hacia el interior de la villa, sus pasos perdiéndose por el pasillo.
En cuanto escuchamos el eco de la puerta del piso de arriba, la atmósfera estalla.
Mateo se levanta de su silla de un solo movimiento, me toma de las muñecas y me pone en pie.
El vestido verde se desliza hacia abajo, pero ya no me importa.
Me arrastra hacia el interior del salón principal, lejos de los ventanales abiertos, buscando la penumbra de la estancia de paredes blancas.
El salón está iluminado solo por la tenue luz de la piscina que se filtra desde el exterior.
—Ya no tenemos que escondernos, Chloe —dice Mateo, acorralándome contra el gran sofá de cuero marrón.
Me toma de la cintura con una fuerza bruta que Tristán nunca ha usado.
Me pega a su cuerpo y sus labios encuentran los míos en un beso salvaje, hambriento, que me despoja del aire.
Su lengua invade mi boca con una posesividad absoluta, saboreando el vino que compartimos, reclamándome como suya.
Gimo contra sus labios, enredando mis dedos en su cabello oscuro, perdiendo por completo la noción de la realidad.
El contraste entre la ternura predecible de mi matrimonio y esta tormenta de testosterona y peligro me vuelve loca.
Mateo baja sus manos hacia el dobladillo de mi vestido y lo sube por completo, tirando de él por encima de mi cabeza. Me quedo en sujetador y bragas frente a él. Sus ojos recorren mi cuerpo, mi piel rubia y bronceada reluciendo en la penumbra.
—Tristán tenía razón —gruñe Mateo, sus manos grandes recorriendo mis caderas—. Eres una maldita obra de arte. Y lleva diez años desperdiciándote.
Me empuja suavemente hacia el sofá y me tumba bocarriba. Se coloca entre mis piernas, arrodillándose, y sin perder un segundo, engancha sus dedos en los laterales de mi braguita de seda mojada. Tira de ella hacia abajo con urgencia, dejándome completamente expuesta ante él.
Siento el aire fresco del aire acondicionado golpear mi intimidad desnudada, pero el frío dura poco.
Mateo se inclina y me besa el vientre, descendiendo con besos húmedos, calientes, que me hacen temblar.
Sus manos sujetan mis muslos con firmeza, abriéndome por completo, obligándome a mostrarle cada rincón de mi necesidad.
Mientras tanto, en la penumbra del pasillo del piso superior, una rendija de luz se abre silenciosamente.
No lo veo, pero lo siento. Sé que Tristán no está durmiendo.
Sé que está arriba, asomado a la barandilla de madera que da al salón de la planta baja, o detrás de la puerta entreabierta, devorando con los ojos el espectáculo de su esposa siendo desnudada y tomada por su mejor amigo de la infancia.
El exhibicionismo me recorre el cuerpo como una droga inyectada directamente en las venas.
—Mateo... por favor... —suplico, sin saber exactamente qué estoy pidiendo, si que se detenga o que me destruya de una vez.
—Eres mía estas dos semanas, Chloe —me sentencia él, mirándome desde abajo—. Tu marido me ha dado las llaves, y voy a usarlas todas.
Mateo entierra su rostro entre mis piernas.
El primer contacto de su lengua caliente y experta contra mi centro me hace soltar un grito ahogado que reverbera en las paredes altas de la villa.
Su lengua trabaja con una avidez implacable, presionando, succionando, lamiendo la humedad que él mismo provocó bajo la mesa.
Aprieto los ojos, aferrándome a los cojines del sofá, perdiendo el control de mis propios músculos mientras sus manos grandes me sujetan las nalgas, elevándome para ofrecerle un mejor acceso.
Cada movimiento de su lengua es una descarga eléctrica.
El placer físico es tan agudo que raya en el dolor, una tortura deliciosa que me empuja rápidamente hacia el borde del abismo.
En mi mente se mezcla la imagen de Mateo devorándome y la certeza de que Tristán nos está viendo en este mismo instante, excitándose con mi perdición, destruyendo nuestro matrimonio sagrado para renacer en este fuego.
El clímax me golpea con la fuerza de un tsunami.
Mis muslos se tensan, mis dedos se entierran en los hombros de Mateo y lloro de puro placer en la penumbra del salón, mientras mi cuerpo se sacude en oleadas de espasmos incontrolables.
Mateo no se detiene; sigue lamiendo y absorbiendo cada gota de mi orgasmo, prolongando la agonía del placer hasta que me quedo sin fuerzas, jadeando, con el cabello rubio completamente revuelto sobre el cuero del sofá.
Cuando finalmente se incorpora, Mateo está jadeando también. Me mira con una sonrisa oscura, limpiándose sutilmente el labio inferior con el pulgar. Se desabrocha los pantalones de lino y libera su hombría, erecta, enorme y palpitante, brillando con una sutil capa de sudor.
—Esto es solo el principio, Chloe —dice, inclinándose para darme un beso corto, cargado del sabor de mi propio cuerpo—. Mañana vamos a jugar con fuego de verdad. Y tu marido va a tener que ver el incendio mucho más de cerca.
Se levanta, se acomoda la ropa con una parsimonia aterradora y camina hacia su habitación de la planta baja, dejándome sola, temblando y completamente desnuda en la oscuridad del salón, sabiendo que ya no hay vuelta atrás. Las líneas se han borrado para siempre.