El mejor amigo de mi marido
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Capítulo 1
El calor de Ibiza no es como el de los suburbios.
Aquí, el aire se te pega a la piel como una caricia húmeda y constante, cargada de sal y del aroma dulce de los pinos mediterráneos.
Mientras subo las escaleras de piedra caliza de la villa, arrastrando ligeramente los pies tras el largo viaje, siento cómo el peso de mi vida perfecta y monótona se va quedando atrás, disolviéndose bajo este sol implacable.
Tengo treinta y cuatro años. Si le preguntaras a cualquiera de nuestras amistades en la ciudad, te dirían que Chloe tiene la vida resuelta.
Un matrimonio estable con Tristán, una casa preciosa con el césped siempre cortado a la perfección, una rutina predecible y segura.
Pero la seguridad, a veces, se siente como una jaula de cristal.
El deseo mutuo se ha vuelto algo que planificamos en la agenda, los domingos por la mañana, con las cortinas a medio cerrar y una ternura que me reconforta pero que ya no me enciende.
Por eso, cuando Tristán sugirió pasar dos semanas en esta villa privada, aislados del mundo, acepté de inmediato. Lo que no esperaba era el añadido en la invitación.
—¿Te importa si viene Mateo? —me había preguntado una semana antes, mientras doblaba las camisas para la maleta—. Ha tenido un año de locos con el bufete. Le vendrá bien desconectar. Además, hace siglos que no pasamos tiempo juntos los tres.
Mateo. El mejor amigo de la infancia de Tristán.
El hombre que ha estado presente en los márgenes de nuestra vida matrimonial como una sombra atractiva, sofisticada y perennemente soltera.
Siempre lo he mirado con una mezcla de admiración y una distancia prudencial.
Mateo tiene esa clase de magnetismo que llena una habitación en cuanto entra; es un hombre alto, de hombros anchos y una mirada oscura, inteligente, que parece leerte los pensamientos más ocultos.
Al cruzar el umbral del salón principal, de paredes blancas y techos altos con vigas de madera, lo veo. Ya está aquí. Lleva unos pantalones cortos de lino blanco y una camisa azul claro desabrochada hasta la mitad del pecho. Su piel ya ha tomado un tono bronceado por el sol de la isla.
—¡Pero miren quiénes están aquí! —exclama Mateo, dejando su copa de vino sobre la mesa ratona y abriendo los brazos.
Tristán camina hacia él y se funden en un abrazo fraterno, dándose palmadas en la espalda.
Yo me quedo un paso atrás, acomodándome el bolso sobre el hombro.
Siento una repentina punzada de timidez que no suelo tener.
Llevo un vestido playero de tirantes, ligero, de un color verde oliva que resalta mi cabello rubio, ahora un poco despeinado por el viento del trayecto en el descapotable.
Cuando se separan, la mirada de Mateo se clava directamente en mí.
No es la mirada casual de un amigo que saluda a la esposa de su hermano.
Sus ojos recorren mi rostro, bajan por la línea de mi cuello y se detienen un segundo de más en el escote de mi vestido, antes de volver a encontrarse con los míos.
—Chloe —dice mi nombre con una lentitud que me eriza la piel.
Se acerca y me rodea con sus brazos. Su abrazo es firme, más apretado de lo estrictamente necesario.
Siento el calor de su pecho contra el mío, el olor a su colonia cara mezclada con el salitre del mar.
Su mano grande y cálida se posa en la parte baja de mi espalda, justo donde la tela de mi vestido se vuelve más fina.
Siento la presión de sus dedos durante un segundo que se me antoja eterno—.
Estás espectacular. El aire de la isla te sienta de maravilla.
—Gracias, Mateo —respondo, intentando que mi voz suene casual, aunque noto cómo mi corazón ha acelerado el ritmo. Cuando me suelta, doy un pequeño paso atrás, buscando instintivamente la mirada de mi esposo.
Esperaba encontrar en Tristán ese gesto de sutil posesión, el brazo pasado por encima de mis hombros para marcar territorio, el recordatorio inconsciente de que soy su mujer.
Pero Tristán solo sonríe. Hay algo extraño en su expresión.
Sus ojos van de Mateo a mí, deteniéndose en el sutil rubor que sé que ha subido a mis mejillas.
No hay celos. Al contrario, noto una chispa de una emoción diferente, un brillo de anticipación en su mirada que nunca antes le había visto.
—Le estaba diciendo a Mateo que este lugar es un paraíso —dice Tristán, caminando hacia el gran ventanal que da a la terraza y a la piscina de borde infinito—. Vamos a estar completamente solos aquí arriba. Nadie que nos moleste.
—Perfecto para hacer lo que queramos —añade Mateo, sin apartar los ojos de mí. Su tono es bajo, casi una promesa.
Subimos las maletas a nuestras respectivas habitaciones.
La nuestra es enorme, con una cama king-size vestida con sábanas de hilo blanco que se agitan suavemente con la brisa que entra por el balcón.
Me acerco al espejo del baño para retocarme el maquillaje y recoger mi cabello en un moño alto, dejando mi cuello al descubierto.
Mientras lo hago, Tristán entra y se para detrás de mí.
Posa sus manos en mis caderas, mirándome a través del reflejo.
—¿Te incomoda que esté Mateo aquí? —me pregunta, besando suavemente mi hombro.
—No, para nada —digo, dándome la vuelta para quedar frente a él—. Es tu mejor amigo. Solo... ha pasado tiempo desde la última vez que lo vimos. Está cambiado. Más... no sé, imponente.
Tristán sonríe, y su mano sube por mi costado, acariciando la piel expuesta de mis costillas.
—Es un tipo atractivo, ¿verdad? —me suelta, con una naturalidad que me descoloca—. He notado cómo te miraba cuando has llegado. Te ha devorado con los ojos, Chloe.
El comentario me pilla desprevenida. Siento un vuelco en el estómago, una mezcla de culpa y una súbita oleada de calor entre las piernas.
—Tristán, por Dios, es tu amigo —le digo, intentando reír para quitarle hierro al asunto.
—Lo sé —responde él, acercando su rostro al mío. Su respiración es un poco más agitada de lo normal—. Pero tengo ojos, mi amor. Y sé el tipo de mujer que tengo. Me gusta que otros hombres se den cuenta de lo hermosa que eres. Especialmente él.
Sus palabras se clavan en mi mente como un dardo.
Tristán me besa entonces, pero no es el beso rutinario de siempre.
Es un beso más urgente, más duro, sus manos aprietan mis nalgas a través de la fina tela del vestido.
Me pego a él, dejándome llevar, pero en mi mente, de manera inevitable, se proyecta la imagen de los brazos bronceados de Mateo y la presión de su mano en mi espalda.
Es la primera vez en años que la idea de otro hombre se cuela en mi intimidad con Tristán, y lo más perturbador de todo es que es mi propio esposo quien ha abierto esa puerta.
Cuando bajamos a la terraza un par de horas más tarde, el sol ya ha empezado a caer, tiñendo el cielo de Ibiza de tonos rosados, violetas y dorados.
Mateo está sentado en uno de los sofás de exterior, con una botella de vino tinto ya abierta sobre la mesa de teca y tres copas servidas.
El sonido de la música chill-out suena de fondo, mezclándose con el vaivén del agua de la piscina.
—He abierto un Rioja que tenía guardado para una ocasión especial —dice Mateo, levantándose para ofrecerme una copa—. Para celebrar que estamos juntos.
—Gracias —le digo, tomando la copa. Al hacerlo, nuestros dedos se rozan deliberadamente. Siento una descarga eléctrica que me recorre la espina dorsal. Mateo no retira la mano de inmediato; sus dedos rozan los míos durante un segundo extra, sosteniendo mi mirada con una fijeza que me desarma.
Nos sentamos a charlar mientras la noche va ganando terreno.
Tristán y Mateo empiezan a recordar anécdotas de la universidad, viajes pasados, gamberradas de juventud.
Yo los escucho, bebiendo mi vino a sorbos más grandes de lo habitual, sintiendo cómo el alcohol empieza a relajar mis músculos y a entorpecer mis inhibiciones.
Sin embargo, a medida que avanza la conversación, noto que la dinámica ha cambiado. Tristán ya no habla tanto conmigo; dirige casi toda su atención a Mateo, pero de una manera que parece diseñada para ponerme en el centro.
—Le estaba contando a Mateo el otro día por teléfono que te has apuntado a pilates, Chloe —dice Tristán, estirando las piernas sobre la tumbona—. Que estás más en forma que a los veinte.
—Tristán, por Dios, no le interesan esas cosas —digo, sintiendo que la cara me arde, aunque por dentro una corriente de excitación empieza a despertarse.
—Al contrario —interviene Mateo, reclinándose hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas y mirándome fijamente—.
Me interesa mucho. Se te nota, Chloe. Tienes una postura...
diferente. Más erguida. Más segura. Siempre has sido guapa, pero ahora tienes el cuerpo de una mujer de verdad. Una mujer que sabe lo que quiere.
El cumplido es tan directo, tan descarado, que busco la reacción de Tristán esperando que ponga un límite.
Pero mi esposo solo da un sorbo a su vino, con una sonrisa de autosuficiencia en los labios, observándome con fijeza.
Está disfrutando de esto. Está disfrutando de ver cómo su mejor amigo me halaga, cómo me desnuda con las palabras en su propia cara.
La tensión en la terraza se vuelve tan densa que casi se puede cortar. Cada palabra que cruzamos tiene un doble sentido, cada risa suena un poco más ronca. El aire de la noche es cálido, pero yo siento oleadas de calor interno que me obligan a moverme en el asiento.
—Voy a preparar algo para picar para acompañar el vino —dice Tristán, levantándose de repente.
—Te ayudo —digo instintivamente, haciendo el ademán de levantarme. La idea de quedarme a solas con Mateo en este estado me aterra y me fascina a partes iguales.
—No, no, quédate —me frena Tristán, posando una mano en mi hombro y obligándome a sentarme de nuevo. Su tacto es firme—. Disfruta de la noche. Mateo te vigilará bien. Vuelvo en unos minutos.
Tristán camina hacia el interior de la villa, dejándonos solos bajo las estrellas. El silencio que se instala entre Mateo y yo es ensordecedor. Solo se escucha el rumor del viento entre los pinos y mi propia respiración, que se ha vuelto superficial.
Miro hacia la piscina, intentando evitar los ojos de Mateo, pero sé que me está mirando. Siento su mirada como un foco de calor sobre mi piel.
—Tiene razón, ¿sabes? —dice la voz grave de Mateo, rompiendo el silencio. Se ha movido. Ya no está en su sofá; se ha trasladado al mueble donde yo estoy sentada, acortando la distancia a menos de un metro.
—¿En qué? —pregunto, girando la cabeza hacia él, con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas.
—En que estás increíble —dice, acercándose un poco más.
Puedo oler el vino en su aliento, mezclado con ese aroma masculino tan suyo—.
Tristán es un hombre con suerte. Pero a veces tengo la impresión de que no sabe valorar el tesoro que tiene entre las manos.
O que se ha acostumbrado tanto a él que se le olvida lo peligroso que es.
—Mateo, eres el mejor amigo de mi marido —le recuerdo, en un susurro que suena más como una súplica que como una advertencia.
—Lo sé —responde él, y por primera vez, su mano se mueve.
Estira el brazo y, con una lentitud tortuosa, pasa la yema de sus dedos por mi antebrazo desnudo.
El contacto me hace temblar visiblemente.
Sus dedos son cálidos, ligeramente ásperos, y suben lentamente hasta mi hombro, apartando un mechón suelto de mi cabello rubio—.
Pero también soy un hombre, Chloe. And llevo muchos años guardándome esto.
Su mano baja por mi clavícula, acariciando la piel con una delicadeza que me quita el aliento.
Sé que debería apartarme. Sé que debería levantarme e ir a la cocina con Tristán.
Pero mis piernas no responden. El morbo de la situación, la complicidad silenciosa que he intuido en mi esposo, y el deseo salvaje que emana de Mateo me tienen completamente paralizada, anclada al sofá.
—Mateo... —gimo suavemente, cerrando los ojos por un instante mientras sus dedos trazan la línea del tirante de mi vestido.
—Mírame, Chloe —me ordena en un susurro dominante.
Abro los ojos y me hundo en su mirada oscura. No hay timidez en él. Hay hambre. Un hambre pura y directa que hace años que no veo en los ojos de nadie.
Escucho los pasos de Tristán regresando por el pasillo interior.
Mateo, con una tranquilidad pasmosa, retira la mano justo a tiempo y regresa a su posición original, tomando su copa de vino como si nada hubiera pasado.
Yo me quedo temblando, con la piel de gallina y una humedad creciente entre mis muslos que ya no puedo ignorar.
Tristán sale a la terraza con una bandeja de quesos y jamón. Nos mira a ambos. Su mirada se detiene en mi pecho, que sube y baja rápidamente por la agitación, y luego en Mateo, que le sonríe con complicidad.
—Aquí está —dice Tristán, dejando la bandeja sobre la mesa—. La noche no ha hecho más que empezar.
Miro a mi esposo, luego al amigo de la infancia que acaba de tocarme, y mi mente da vueltas.
Tristán no solo lo sospecha; lo está guiando.
Me doy cuenta de que las líneas que definían mi vida perfecta acaban de empezar a borrarse por completo.
Y lo peor, o lo mejor de todo, es que la expectativa de lo que pasará después me tiene completamente desarmada.