El mejor amigo de mi marido Capítulo 6
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Capítulo 6

El día transcurrió en un silencio espeso, cargado de una electricidad estática tan densa que hacía que el aire dentro de la villa fuera casi irrespirable.

No hubo reproches, ni gritos, ni llamadas a abogados.

El matrimonio convencional que Tristán y yo habíamos construido durante años en la ciudad se había disuelto esa misma mañana en la alfombra del cuarto de huéspedes, evaporado por el calor de la eyaculación cruzada y el sabor del semen de Mateo en mi garganta.

Durante la tarde, los dos hombres mantuvieron una distancia calculada, pero no había hostilidad entre ellos.

Al contrario, los observé desde el ventanal mientras compartían un cigarrillo cerca de la piscina; sus posturas eran relajadas, intercambiando palabras bajas y asentimientos firmes.

Estaban pactando. Estaban rediseñando los límites de mi sumisión y el destino de mi cuerpo.

Sabiéndome el centro de sus deliberaciones, el pulso me castigó los oídos durante horas, manteniéndome en un estado de excitación latente, sorda y desesperada.

Cuando la noche finalmente cayó sobre Ibiza, tiñendo el cielo de un negro profundo e infinito, la villa cambió de atmósfera.

Las luces del gran salón de la planta baja se atenuaron hasta quedar reducidas a un resplandor cálido y ambarino.

Una música ambiental, de ritmos lentos y bajos profundos, flotaba en el espacio, vibrando contra las paredes de piedra.

Tristán entró en la habitación principal mientras yo terminaba de cepillarme el cabello frente al tocador.

Iba vestido con un pantalón de lino negro y una camisa oscura entreabierta hasta la mitad del pecho.

Sus ojos, antes tranquilos y predecibles, brillaban con la fijeza obsesiva de un hombre que ha descubierto su verdadera y más oscura naturaleza.

No dijo nada. Se acercó a mí, dejó una pequeña caja de cartón negro sobre la mesa de madera y me dio un beso lento en el cuello, justo donde la piel aún conservaba una sutil sensibilidad.

—Póntelo, mi amor —me susurró al oído, con una voz ronca que me hizo estremecer—. Tu dueño y tu amante te esperan abajo. No los hagas esperar.

Cuando se retiró, abrí la caja. Dentro no había seda tradicional ni conjuntos discretos.

Había un body de rejilla negra, completamente traslúcido, cruzado por cintas de cuero que se ajustaban con hebillas metálicas alrededor del cuello, la cintura y los muslos.

Un diseño diseñado para la exposición absoluta, que dejaba mis pechos y mi intimidad a la vista, apenas enmarcados por las líneas oscuras del cuero.

Me lo puse con dedos temblorosos. Al ajustarme la última hebilla en la entrepierna, me miré al espejo.

La metamorfosis era total. Ya no quedaba nada de la esposa contenida de los suburbios; la mujer que devolvía la mirada desde el reflejo era una criatura entregada al libertinaje, marcada por el sol y lista para ser consumida.

Bajé las escaleras flotantes de madera con paso lento, sintiendo el aire fresco de la noche rozar mi piel casi desnuda a través de la rejilla.

Al llegar al salón, el impacto visual me cortó la respiración.

El gran sofá de cuero negro, donde todo había comenzado la primera noche, ocupaba el centro del espacio.

Sentado en uno de los extremos estaba Mateo, con las piernas abiertas, vistiendo únicamente un pantalón corto oscuro; su torso musculoso brillaba sutilmente bajo la luz tenue, y su hombría ya dibujaba un relieve colosal y tenso bajo la tela.

A su lado, de pie, Tristán sostenía un vaso de whisky en la mano.

Al verme aparecer en el último peldaño, ambos se quedaron en absoluto silencio, devorándome con la mirada.

—Dios mío... —soltó Mateo en un suspiro ronco, enderezándose en el asiento—. Tristán, tu mujer es una maldita perdición.

—Lo sé —responde mi esposo, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

Avanzó hacia mí, me tomó de la mano y me guió hacia el centro del salón, exponiéndome ante los ojos inyectados en sangre de su mejor amigo—.

Mírala, Mateo. Es nuestra. Esta noche no hay barreras, no hay puertas entreabiertas, ni miradas desde el umbral. Hoy vas a tomarla conmigo.

El corazón me dio un vuelco salvaje. El morbo psicológico de escuchar a mi propio esposo ofrecer mi cuerpo de manera tan directa y cruda anuló cualquier rastro de pudor.

—Chloe, ponte de rodillas frente a Mateo —me ordenó Tristán, con un tono autoritario que nunca antes había usado en la intimidad, un tono que me hizo humedecer la rejilla negra de inmediato—. Abre las piernas de tu amante. Quiero que lo prepares para mí.

Obedezco sin vacilar. Me dejo caer sobre la alfombra, encajándome entre los muslos abiertos de Mateo.

Mis manos bajan hacia el elástico de su pantalón y tiran de él, liberando su miembro erecto, que salta hacia fuera con una fuerza impresionante, latiendo con un ritmo acelerado.

Está inmenso, ardiendo a escasos centímetros de mis labios.

—Tómalo, perra —susurra Mateo, hundiéndome los dedos en el cabello con una posesión ruda—. Muéstrale a tu marido lo bien que has aprendido a limpiarme.

Abro la boca y lo introduzco por completo.

El grosor de Mateo me llena la cavidad, obligándome a estirar los labios al máximo.

Comienzo a moverme hacia arriba y hacia abajo con un ritmo urgente, succionándolo con una voracidad que hace que Mateo eche la cabeza hacia atrás contra el respaldo de cuero, soltando maldiciones en voz baja.

El sonido húmedo de mi boca trabajando llena el salón, mezclándose con los bajos de la música.

Tristán se coloca justo detrás de mí. Siento sus manos grandes y familiares posarse en mis hombros desnudos, apretándome con fuerza mientras observa desde arriba cómo la boca de su esposa devora el sexo de otro hombre. La respiración de mi marido es un silbido rápido y caliente que me quema la nuca.

—Eso es, Chloe... dale más profundo —me exige Tristán, mientras su mano derecha baja por mi espalda, recorriendo las cintas de cuero del body, hasta deslizarse por debajo de la rejilla y enterrar sus dedos en mi intimidad, que ya desborda jugos calientes—.

Dios, estás empapada, mi amor. Estás ardiendo por él.

Tristán retira los dedos de mi sexo, cubiertos de mi propia humedad, y se los lleva a la boca a Mateo. Mateo los lame con avidez, saboreando mi deseo mezclado con el sudor de la noche. La complicidad entre los tres alcanza un nivel de depravación que me hace perder la noción de la realidad.

—Ya es hora, Mateo —dice Tristán, con una urgencia que delata que está al límite—. No puedo seguir viendo esto sin estar dentro de ella. Tumbémosla.

Mateo me agarra por los hombros y me empuja hacia atrás, obligándome a recostarme a lo largo del sofá de cuero.

Mis piernas quedan elevadas, apoyadas sobre los hombros de Mateo, quien se coloca entre mis muslos abiertos de par en par.

La rejilla negra del body enmarca mi sexo expuesto, que late y brilla bajo la luz ambarina, completamente abierto para el sacrificio.

Tristán no se queda atrás. Se despoja de su pantalón de lino en un segundo, revelando su propia hombría, tan rígida y dura como la de Mateo, latiendo con una urgencia demencial. Se sube al sofá, colocándose a la altura de mi cabeza, arrodillado sobre mi pecho.

—Mírame, Chloe —me ordena mi esposo, inclinándose sobre mí de modo que su miembro erecto roza mis labios—. Vas a tenernos a los dos a la vez. Vas a aprender lo que significa pertenecer a dos hombres.

Abro la boca y recibo a mi esposo, rodeando su sexo con la misma entrega, mientras que, en el otro extremo, Mateo apoya la punta de su miembro ardiente contra mi entrada.

—Allá voy, Chloe —susurra Mateo en un jadeo ronco.

Con un empuje firme, lento y devastador, Mateo se hunde dentro de mí hasta el fondo.

El impacto de su tamaño me hace arquear la espalda, pero no puedo gritar porque la hombría de Tristán llena mi boca por completo, ahogando mi quejido en el fondo de su garganta.

El dolor inicial se transforma de inmediato en un latido de placer insoportable.

Mateo comienza a embestirme con un ritmo salvaje, haciendo que mis nalgas choquen ruidosamente contra el cuero del sofá con cada golpe.

Al mismo tiempo, Tristán se mueve sobre mi rostro, dictando el ritmo de la felación, hundiéndose en mis labios con una posesión absoluta.

Estoy atrapada en un sándwich de carne y deseo: la boca ocupada por el dueño de mi vida y el sexo habitado por el amante de la isla.

Los dos hombres se mueven en sincronía, un engranaje perfecto de lujuria que me hace perder el juicio.

El sudor de sus cuerpos gotea sobre mi piel, mezclándose con la humedad que me brota de los ojos por la intensidad del doble asalto.

—Mierda, Tristán... está apretadísima —ruge Mateo, acelerando las embestidas, tomándome con una fuerza que hace temblar todo el sofá—. Siento cómo se contrae alrededor de mí con cada pase que le das en la boca.

Tristán se retira de mi boca por un segundo, jadeando, con los ojos empañados por el éxtasis. Mira hacia abajo, devorando con la mirada el punto exacto donde el sexo de Mateo entra y sale de mi cuerpo, estirando la rejilla negra y las cintas de cuero que me aprietan los muslos.

—Gírala, Mateo —ordena Tristán, con una voz rota por la cercanía del clímax—. Gírala. Quiero penetrarla yo también. Quiero sentir tu calor dentro de ella.

Mateo me toma de la cintura con una destreza pasmosa y me da la vuelta sobre el sofá de cuero, colocándome a cuatro patas.

La perspectiva para mi esposo es ahora la más sucia imaginable: mi trasero elevado, el hilo de cuero negro perdiéndose entre mis nalgas y mi intimidad desbordante, goteando el flujo que Mateo ha removido con sus embestidas.

Mateo se posiciona de nuevo desde atrás, hundiéndose en mi sexo con un empuje rudo que me hace enterrar la cara en el respaldo de cuero.

Al mismo tiempo, Tristán se coloca frente a mí, arrodillado en el extremo opuesto del sofá.

Toma su propia rigidez y, con una determinación que me rompe los esquemas, la presiona contra mis labios una vez más, obligándome a devorarlo mientras su amigo me desarma desde atrás.

Pero el juego no se queda ahí. Tristán, devorado por el morbo de la posesión compartida, baja una de sus manos hacia la base de mi espalda y separa mis nalgas con fuerza.

—Abre la boca, Chloe... recíbeme aquí también —me susurra Mateo, pero es Tristán quien toma el mando—. Vas a llenarte por completo de nosotros.

Siento la presión de los dedos de Tristán buscando mi otra entrada, la más prohibida, la que nunca antes habíamos explorado en nuestro matrimonio de la ciudad.

El contraste entre la penetración salvaje de Mateo por delante y la presión insistente y posesiva de los dedos de mi esposo por detrás me hace temblar de la cabeza a los pies.

El libertinaje ha alcanzado su consagración absoluta en este salón de Ibiza; ya no hay reglas, ya no hay moral, solo tres cuerpos fundidos en una masa de sudor, fluidos y cuero.

—¡Me corro, Mateo! ¡Me corro con ella! —grita Tristán, perdiendo por completo los papeles mientras se pasa la mano por el miembro de forma frenética justo frente a mis ojos.

—¡Yo también, Tristán! ¡Vamos a vaciarla juntos! —responde Mateo, dando las últimas embestidas, brutales, profundas, que me hacen ver estrellas en la penumbra del salón.

Mateo se retira de mi sexo con un golpe seco justo antes del final, y Tristán aparta su mano.

Los dos hombres, de pie a cada lado del sofá, me obligan a quedar de rodillas sobre el cuero, con el cuerpo temblando por los espasmos del orgasmo que ya me está demoliendo por dentro.

Mi intimidad se contrae en el vacío, latiendo con una fuerza espantosa.

—Abre la boca, Chloe. Toda —me ruge mi esposo.

Me quedo quieta, con la cabeza erguida y los labios abiertos al máximo.

De inmediato, las dos hombrías se posicionan a milímetros de mi rostro.

La primera descarga de Mateo sale disparada con una violencia tremenda, impactando en mi mejilla y deslizándose hacia mi barbilla; la segunda ráfaga de Tristán inunda el fondo de mi garganta, un chorro espeso, caliente y familiar que me hace tragar por instinto.

Durante varios segundos, las eyaculaciones cruzadas de los dos hombres me cubren por completo: el semen de mi marido llena mi boca, mientras que la leche caliente de Mateo me salpica el rostro, los ojos y el cabello rubio,

decorando el body de rejilla negra con los hilos blancos de su entrega compartida.

Los dos hombres se vacían al mismo tiempo, soltando gemidos agónicos que resuenan en el techo del salón, uniendo sus fluidos sobre mi piel en un bautismo de puro pecado.

Cuando el silencio regresa al salón, roto solo por nuestras respiraciones erráticas, me quedo de rodillas en la alfombra, saboreando la mezcla caliente en mi boca, con el rostro cubierto por la herencia de su lujuria.

Tristán se inclina hacia mí, me pasa un dedo por el labio para recoger una gota de semen y se la lleva a la boca, sonriendo con una satisfacción demente.

—Eres perfecta, Chloe —me susurra, besándome la frente sudorosa—. Nuestro secreto ya no es un secreto. Ahora eres nuestra mujer.

Mateo se deja caer en el sofá, exhausto, mirándome con un respeto oscuro en los ojos.

Los tres sabemos que las maletas están listas para el regreso, pero la vida que dejamos en la ciudad ya no existe.

El velo se ha roto para siempre, y lo que nos espera en la última mañana de la isla será el sello definitivo de este pacto de tres.