99 La que escucha
La coordinadora le había dicho el primer día: «aquí no somos psicólogas, somos gente». Carla asintió. Gente le parecía un buen trabajo.
Sofía tenía catorce. Llegó una tarde con los ojos rojos. Alguien la había grabado llorando en el baño del instituto y el vídeo estaba en un grupo. No era gran cosa —treinta segundos, mala luz— y era todo. Lo había visto ya media clase.
Se sentaron en las sillas de plástico, bajo el póster de un concierto. Sofía habló a trompicones: que no quería ir al instituto. Carla no le dio consejos. Le preguntó «¿qué necesitas?».
«Que lo borren.»
«¿Y si no lo borran?»
Sofía la miró. «Entonces, ¿qué?»
«Entonces vienes aquí las tardes que quieras.»
Sofía se quedó callada. Luego, más bajo: «¿tú eres la del vídeo?».
«Sí.»
«¿Y te dejaron en paz?»
Carla lo pensó. «Al final, sí.» No era toda la verdad, pero era la que tenía.
Cogió su móvil, lo apagó delante de Sofía y lo puso en la mesa, entre las dos.
La pantalla en negro. Era lo único que sabía hacer de verdad: enseñarle que se podía estar en una habitación sin que quedara nada grabado.
Sofía lloró un poco, en silencio. Carla no le puso la mano en el hombro.
Se quedó allí, cerca, hasta que pasó. Y en ese rato pensó algo que no le contó a Sofía: que por un segundo le había alegrado que la que lloraba no fuera ella.
Un alivio pequeño y feo, de los que no se dicen. Se avergonzó, y siguió allí.
Marta la esperaba fuera con dos helados. Volvieron andando, hablando de nada. En el portal: «nos vemos». Marta dudó un segundo: «¿estás bien?». «Sí», dijo Carla, y esta vez no tuvo que pensarlo.
En casa, su madre preguntó «¿qué tal el centro?».
«Bien.»
En su cuarto abrió la carpeta del archivo. 12.511. La miniatura: su cara, un año más joven, diciendo «no pasó nada» a una cámara que no le devolvía nada. La miró un segundo. La cerró.
Apagó la luz. La habitación a oscuras era solo una habitación.